Otra perspectiva de análisis:
Alumnos estimados: quisiera que lean los capítulos 3, 4 y 5 de Construyendo sobre Roca Firme y me respondas las siguientes preguntas:
¿Cuál es tu OPCIÓN FUNDAMENTAL?
¿Cuáles son los pasos que propone el autor para tomar buenas decisiones?
¿Cuál es la relación entre la libertad y el bien moral? ¿Cuántos tipos de libertades propone el autor?
¿Cómo debemos realizar nuestra verdadera libertad? ¿Cuáles son los 4 puntos que nos comenta el autor?
¿Cuáles son las 4 decisiones básicas que debemos de tomar en la vida y cuál de ellas es nuestro marco de referencia?
¿Cuáles son los cinco principios básicos que nos pueden ayudar como guía para tomar decisiones maduras y prudentes?
¿Qué dice el autor respecto a la conciencia como guía de conducta infalible?
Una vez que tengan listas sus repuestas pueden pegar su comentario aquí en el blog o enviarme sus respuestas a mi correo.
ESTO HAY QUE ENTREGARLO EL DOMINGO 14 DE MARZO AÑO EN CURSO.
Entendiendo los valores
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En una época
de relativismo, donde la respuesta a la pregunta ¿qué son los valores? resulta
confusa, se presenta este libro que es una guía práctica para ayudar a entender
qué son los valores, ofreciendo criterios para discernir entre diversas
opciones y sugiriendo senderos para organizar la propia vida en torno a los
valores que son más conformes con la dignidad de personas humanas.
Presenta preguntas fundamentales, que todo hombre debe afrontar,
al encontrar la respuesta, reconociendo sus implicaciones prácticas y actuar en
consecuencia. Una vez logrado esto, se encontrará la clave de la felicidad.
Para analizar y dar respuesta a estas interrogantes se apoya
en la experiencia humana común, así como en algunos de los más grandes
escritores de la historia. Fijándose en la herencia del cristianismo y en el
ejemplo y enseñanzas de Jesucristo.
El libro no va dirigido exclusivamente a lectores cristianos,
sino que le ofrece a cualquier persona de corazón abierto la oportunidad de
entrar en contacto con los más grandes desafíos de la humanidad bajo la luz de
la perspectiva cristiana.
Capítulo 1: ¿Cuánto
valen los valores?
En los años recientes se ha prestado mucha atención, no sin
motivo, al tema de los valores, particularmente en los foros públicos. La
palabra misma y sus derivados, como valioso, sugieren algo sumamente importante
e interesante. Las personalidades públicas sacuden nuestra emoción al referirse
a los «valores de la familia», «los valores sobre los que se funda nuestra
nación», «los valores centrales de nuestra sociedad», y otras frases por el
estilo. Estas expresiones nos atraen casi por instinto: parecen comunicar algo
fundamental, algo que yace en la raíz de nuestra experiencia.
Pero, a pesar del atractivo de la palabra, es difícil explicar
exactamente qué entendemos por «valores». Mientras que esta ambigüedad puede
ser conveniente para los políticos que usan el término por su impacto
emocional, para el resto de nosotros es desconcertante que un concepto tan
vital resulte así de vago.
Nuestra incerteza en relación con los valores se debe en parte
al libre vaivén del término entre dos ámbitos: el de la economía y el de la
experiencia humana. Aunque a primera vista el concepto parece el mismo en ambos
casos, un análisis más atento revela diferencias sustanciales, que son
decisivas para comprender los valores en la esfera humana.
Precio y valor
En términos económicos, «valor» es un concepto fácil de entender.
Está estrechamente ligado al «precio» y tenemos la suerte de contar con un
medio de intercambio, el dinero, que permite colocar toda propiedad o servicio
en una escala universal de valor: basta comparar el precio de dos artículos
para determinar cuál es más «valioso».
En nuestra experiencia ordinaria, el mercado es un indicador
eficaz, pues asocia estrechamente el precio de la mercancía al costo de las
materias primas, el diseño, la manufactura y la distribución. Todo esto sugiere
que el valor es algo intrínseco al artículo, algo que no depende de una
apreciación individual sino de aspectos objetivos y medibles. Y, en general,
nuestra conducta como consumidores refleja esta tesis.
Podrías pagar ciento cincuenta mil dólares por un Ferrari,
pero no ofrecerías lo mismo por una motocicleta. Y la razón que darías sería
«que no vale tanto». Si fueras a una tienda y encontraras televisores a color
con pantalla gigante a sólo cincuenta dólares cada uno, sentirías la tentación
de comprar todos los que hubiera en el almacén. Si te preguntaran por qué
compraste tantos, cuando en realidad sólo necesitabas uno, responderías: «Es
que su valor real es diez veces mayor que ese precio». Y estarías convencido
-con toda razón- de que podrías revender los restantes a otros compradores por
un precio mayor, pues reconocerían el valor real de los televisores.
Sin embargo, en cuanto exploramos entre bastidores el
comercio, la realidad ya no es tan simple. ¿Qué determina el valor de una obra
maestra de Van Gogh? El lienzo y el óleo no suponen más que unos cuantos
dólares. Por muy altos que sean los honorarios de un artista, no se pueden
comparar con el precio que se paga por algunas pinturas subastadas. Otros
cuadros, en cambio, de artistas menos conocidos, no atraen el mismo interés de
los coleccionistas, aunque hayan requerido un trabajo más prolongado o estén en
oferta «a mitad de precio».
Entramos así en un ámbito en el que el precio y el valor
dependen más bien del juicio personal. Un artista puede gustar hoy a la gente,
y mañana dejar de gustarle, con la consiguiente alza y baja del precio de sus
obras, mientras éstas permanecen intactas.
Puesto que los precios están sujetos a la ley de la oferta y
la demanda, el valor de las cosas queda fijado por la estima o popularidad de
que gozan. El valor se torna casi completamente subjetivo: ya no depende tanto
del producto en sí, sino del número de compradores que lo desean.
Cuando, al inicio de los años 80, los consumidores perdieron
el interés por comprar música grabada en cintas eight-track, se desplomó el
mercado y pronto se arrinconaron a veinticinco centavos en los almacenes de
gangas. No importaba que se hubieran gastado varios dólares en fabricarlas o
que se le hubiera pagado al artista un dólar o más por los derechos de autor.
Durante las décadas de los 50 y 60 estaba en plena moda el
hula-hoop (un hula-hoop es un aro de plástico que se coloca alrededor de la
cintura y gira si se mueve rápidamente el talle). Los distribuidores vendieron
fácilmente decenas de millares por varios dólares cada uno. Fuera de esta
gracia, los aros no tenían ningún valor ni servían para nada más.
Otro artículo sin valor objetivo era el Pet Rock, la «Piedra
doméstica», que se puso de moda durante los años 70. Sin duda fue un hábil
negocio: vender trozos de granito, que de otro modo no hubieran tenido ningún
valor, por el solo hecho de darles un nombre, instrucciones de «mantenimiento»
y un hábitat apropiado. Se podrían citar innumerables ejemplos parecidos:
yo-yos, botas para la luna, gomas mágicas...
Los precios dependen también del gusto del consumidor, porque
el valor económico, como la belleza, está en los ojos del que juzga. En una
exposición canina celebrada en Milán, Italia, en marzo de 1993, un pastor
alemán llamado Fanto se ganó el «collar de oro». Muchos lo consideraban el
ejemplar más bello de pastor alemán de todos los tiempos. Su precio: mil
millones doscientas mil liras; que entonces equivalían a algo más de
setecientos cincuenta mil dólares. Alguien podría preguntar: «¿Qué diferencia
hay entre Fanto, el cachorro maravilloso, y el pastor alemán de mi vecino, que
cuesta sólo ciento cincuenta dólares? Son más o menos de la misma talla y
color, comen lo mismo, ambos morirán y serán enterrados en unos diez años, más
o menos». En realidad, no hay ninguna diferencia sustancial, pero para algunos
entendidos Fanto es incomparable.
Y esto no sólo ocurre con algunas baratijas y artículos de
lujo. La demanda, y, por tanto, el precio, fluctúa en cada sector del mercado,
desde los almacenes de productos domésticos hasta el comercio de metales
preciosos. Basta recordar las dramáticas fluctuaciones del costo del oro a
comienzos de la década de los 80 para caer en la cuenta de que ni siquiera los
objetos más duraderos tienen una estabilidad garantizada. Los antojos y la
sensibilidad de los consumidores son muy volubles, y suben y bajan como el
mercurio en un termómetro.
Todo esto es comprensible en un sistema económico. Pero, ¿se
puede aplicar sin más al campo de los valores humanos? La vida nos ofrece
muchos valores a los que no podemos pegar una etiqueta con el precio. ¿Cuánto
pagaríamos por una familia sólida y unida? ¿cuánto podría costar un amigo leal,
un socio honesto...? «No puedo comprar amor con dinero», cantaban los Beatles.
Todos estos valores: humanos, religiosos, morales..., ¿pueden basarse en el
mismo principio subjetivo del deseo personal?
Muchos dirán que sí. De hecho, el modelo económico es el que
prevalece cuando se habla de valores en la sociedad moderna. Se consideran como
un asunto personal, un producto de los deseos y de las preferencias
individuales o colectivas. De este modo los valores se reducen a una expresión
de sentimientos personales, como la preferencia de un color en vez de otro o de
un deporte en vez de otro.
Otros consideran, en cambio, que los valores tienen un
elemento de estabilidad y objetividad. Esto permite calificarlos como buenos o
malos, profundos o superficiales, superiores o inferiores.
En definitiva, el problema es saber si hay en la vida algunas
cosas que realmente son mejores que otras y si vale la pena luchar por algunas
cosas y por otras no. Si todo es arbitrario, si dan lo mismo la honestidad y la
deshonestidad, la guerra y la paz, la educación y la ignorancia, entonces no
tiene sentido hablar de valores desde un punto de vista objetivo.
La aplicación del modelo económico a los valores humanos en
general tiene dos inconvenientes. El primero es la subjetividad, que separa los
valores de la realidad de la existencia humana. En las cosas de poca monta, los
valores pueden variar. En cambio, cuando hablamos de valores humanos, es decir,
ligados a nuestra naturaleza humana, hay necesariamente una mayor estabilidad.
Salir a correr por las tardes o hacer dieta puede ser cuestión de moda; la
salud es siempre un valor de la persona humana.
La segunda dificultad estriba en colocar todos los valores en
el mismo nivel como si fueran conmensurables: pasarlos por el mismo rasero. En
economía esto funciona bien: todos los productos de consumo están en una escala
común porque se miden por su valor monetario. Los valores humanos no pueden
someterse al mismo mecanismo. La sinceridad, por ejemplo, no puede compararse
con un buen almuerzo. La sinceridad y la comida son valores, pero en niveles
esencialmente diferentes.
Lo que cuenta de verdad
Los genuinos valores se basan no sólo en el factor subjetivo
del deseo, sino también en el elemento objetivo de su mérito intrínseco.
Podríamos decir, como definición metodológica, que un valor es un bien que es
reconocido y apreciado como bien, o, más brevemente, es un bien para mí.
Se pueden distinguir claramente dos dimensiones: (1) un valor
debe ser algo bueno (dimensión objetiva), y (2) yo debo reconocer su bondad
para mí (dimensión subjetiva). Las dos son esenciales.
Nada podrá atraerme o motivarme para actuar si yo no reconozco
o aprecio en ello un bien para mí. Por tanto, no será un valor para mí. Nicolás
Maquiavelo, gran escritor y político del Renacimiento y autor de «El Príncipe»,
no apreciaba la honradez porque la veía como obstáculo para un gobierno
eficiente. Así, la honestidad -algo de por sí bueno- no constituyó un valor
para su vida, porque no fue capaz de reconocer su bondad.
Por otra parte, un verdadero valor debe ser objetivamente
bueno. Podemos sentirnos atraídos por algo que parece un bien, pero que en
realidad no lo es. Aunque algunos drogadictos deseen la heroína
apasionadamente, ésta no podrá ser un verdadero valor porque los daña como
personas.
Así pues, los valores no son puramente objetivos, independientes
de la persona; pero tampoco son puramente subjetivos, mero fruto de los propios
deseos. Se requieren los dos factores.
Algunas parábolas del Evangelio ilustran bien este principio.
Por ejemplo, la parábola del tesoro en el campo: «El Reino de los cielos es
semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre,
vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y
compra aquel campo» (Mt. 13, 44). La parábola expone las dos facetas de los
valores. Primero, vemos que un valor (en este
caso el Reino de los cielos, el valor supremo) es, por encima de todo, un
hallazgo, un descubrimiento. Lo que se ha desenterrado es un tesoro, un
verdadero tesoro. El tesoro no es una creación del hombre, ni de su fantasía ni
de su deseo. Es algo que se desea precisamente porque es deseable.
En segundo lugar, tenemos al descubridor, al hombre que
reconoce el tesoro. ¿Qué tipo de persona es? Ha de ser alguien capaz de
identificar un tesoro cuando lo ve, y de distinguir entre la riqueza auténtica
y las chácharas. Las urracas se sienten atraídas por
los objetos brillantes y resplandecientes, y los acumulan en sus nidos; no
importa que sea la envoltura de un chicle o una cadena de oro de dieciocho
quilates. Una urraca no es capaz de apreciar el valor objetivo. Muchos caen en
el mismo engaño. Se lanzan, como las urracas, en pos de las apariencias que
atrapan los sentidos, pero que no satisfacen el corazón. Recordemos la
sentencia de Shakespeare: «No todo lo que brilla es oro». No todo lo que parece
bueno es bueno.
La crisis de la modernidad
La idea de que los valores son una creación individual se
remonta a las teorías de varios filósofos existencialistas como Nietzsche,
Heidegger, Sartre, de Beauvoir y Polin. También está presente en diversas
escuelas psicológicas, especialmente en Carl Rogers y Abraham Maslow. De los
años sesenta a los ochenta, esta corriente ideológica se infiltró en el sistema
educativo americano hasta llegar a ser el modelo más popular.
En las escuelas, más que enseñarse a los alumnos a reconocer
los verdaderos valores y a ponerlos en práctica, se les instaba a «esclarecer»
sus propios valores sin hacer mucho caso de la realidad objetiva. Se exigía a
los profesores, además, que propiciaran una mentalidad abierta en los alumnos,
dejando de lado los prejuicios y las imposiciones cuando se trataba de valores.
Se aplicó esta técnica por igual al hablar de la ética sexual, del respeto a
los propios padres y a la autoridad, del uso de drogas, del aborto, de la
eutanasia y de otras cuestiones de la vida humana. Los efectos han sido tan
vastos y asoladores que muchos ya no logran distinguir sencillamente entre lo
bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto. Como ha dicho recientemente el
escritor francés André Frossard: «La primera premisa de la modernidad es que no
hay valores, ningún valor en absoluto; sólo hay opciones y opiniones». Esto
equivale a decir que se ha perdido el sentido de la objetividad de los valores,
para fijarse sólo en los valores que cada uno se cocina por su cuenta.
Imagínate al profesor de química explicando tranquilamente en
clase: «La sal común se designa con la fórmula NaCl porque generalmente se cree
que está compuesta de sodio y cloro. Por supuesto, si alguno de ustedes no está
de acuerdo, puede proponer cualquier otra combinación de elementos y tendremos
en cuenta su opinión con el mismo respeto y consideración que la opinión de la
mayoría». Esta escena, por supuesto, es impensable. En la educación actual
existe una firme convicción de que las matemáticas, las ciencias naturales y
los datos verificables empíricamente pertenecen al dominio del «saber», de la
certeza; mientras que la religión, la ética, la metafísica y otras disciplinas
similares pertenecen al dominio de la opinión y de las inclinaciones
personales. De acuerdo con esta mentalidad, los valores no tienen nada que ver
con la realidad objetiva, sino que dependen de lo que cada uno acepta o elige
creer. Esto equivale a decir, en resumidas cuentas, que no existe ningún bien
absoluto para el hombre.
Aunque la sociedad moderna quiere proclamarse totalmente
imparcial ante los valores, existen, con todo, al menos dos valores que suelen
presentarse como absolutos: el valor de la tolerancia y el valor del
pluralismo.
¿Tolerancia auténtica, o un sucedáneo barato?
La tolerancia, es decir, el respeto incondicional a los demás
y a sus ideas, se promueve como el bien supremo e inequívoco. La tolerancia es,
sin duda, un gran bien, pero no es el único bien. La tragedia empieza cuando se
llama tolerancia a lo que en realidad no lo es. Muchos consideran tolerancia lo
que no es más que indiferencia o escepticismo.
La indiferencia consiste en no preocuparse, ni siquiera
interesarse, por los demás. «Cada uno puede pensar lo que quiera, con tal que
no perjudique a nadie» -especialmente a mí-. Esta actitud se ve reflejada, por
ejemplo, en los escritos de Voltaire sobre la tolerancia. Voltaire identificó
la tolerancia con lo que, en lenguaje actual, se dice: «no te metas en lo que
no te importa». Santo Tomás de Aquino era para él un intolerante porque se
atrevió a desear en sus escritos que todo el mundo fuese cristiano. Pero para
santo Tomás aquello era lo mismo que desear que todo el mundo fuese feliz.
¿Alguno consideraría intolerancia desear que todo el mundo goce de buena salud
o sea bien educado -aunque esto implique «intolerancia» contra la enfermedad y
la mala educación-? La verdadera tolerancia de ninguna manera implica
indiferencia en relación con nuestro prójimo.
El escepticismo, por otra parte, consiste en dudar de la
existencia de la verdad o, al menos, de nuestra capacidad para encontrarla.
Relega los valores personales al ámbito de la «opinión», que se contrapone al
de los «hechos». Los hechos se pueden mostrar; las opiniones son una cuestión
personal y es mejor reservarlas para uno mismo.
Esta mentalidad se debe en parte al influyente filósofo
británico del siglo XVII John Locke. En su célebre carta sobre la tolerancia
religiosa, Locke afirmó que la tolerancia es un ingrediente necesario para que
la sociedad viva en paz. Sin embargo, el fundamento de la tolerancia para Locke
era su convicción de que no podemos conocer, simple y llanamente, quién tiene
razón y quién está equivocado -por lo que toda teoría sería, por principio, tan
válida como cualquier otra-. Esto es escepticismo, no tolerancia.
La confusión se origina en gran parte por no distinguir entre
el respeto a alguien y el respeto a las ideas de alguien. No son lo mismo. Las
ideas tienen que ganarse el respeto; las personas ya se lo merecen, por su
dignidad de hijos de Dios. No necesitas probarme tu valía para merecer mi amor.
El solo hecho de que seas persona humana, creada por el amor de Dios a su
imagen y semejanza, me basta.
Pero, ¿y las ideas? Las hay de todos tamaños, colores y sabores:
verdaderas y falsas; ridículas y serias, brillantes y aburridas, diabólicas y
divinas. Te respeto y defiendo tu derecho a seguir tu conciencia porque Dios te
ha hecho libre y digno de respeto. Pero no dudaré en sopesar tus ideas para
escudriñar su propio valor. Algunas serán aceptables; otras quizá tendrán que
ser rechazadas.
La auténtica tolerancia no exige que abandonemos nuestras
convicciones, sino que respetemos la inviolabilidad de la conciencia ajena y su
derecho a seguir sus creencias. Implica también reconocer como intrínsecamente
malo el uso de la fuerza para cambiar el modo de pensar de alguno, aunque
estemos ciertos de que está equivocado.
Ahora bien, no es correcto decir que las teorías verdaderas
son «toleradas»; se aceptan, más bien, porque son razonables, por su propio
peso. Los errores, en cambio, algunas veces son tolerados en vista de un bien
mayor: por ejemplo, el respeto hacia una persona. Esta es la esencia de la
genuina tolerancia. Con respeto, pero con decisión, debemos esforzarnos por
guiar a los demás hacia una existencia cada vez más plena, mostrándoles el
camino que lleva a los valores superiores.
El considerar la tolerancia como valor absoluto conlleva
finalmente un serio problema: no se puede tolerar cualquier cosa. No toleramos
la viruela, ni el abuso de menores, ni la contaminación de aceite en los mares,
ni otros muchos males que aquejan a la sociedad. George Bernard Shaw escribió:
«Podemos hablar de tolerancia como queramos, pero la sociedad siempre tendrá
que trazar en alguna parte una línea divisoria entre la conducta aceptable y la
locura o el crimen».
¿Pluralidad o pluralismo?
Juntamente con la tolerancia, la sociedad contemporánea
promueve el valor del pluralismo. El pluralismo se puede entender de dos
maneras. Uno es el reconocimiento objetivo de que existe la diversidad. El otro
considera que se ha de buscar como ideal una creciente diversidad.
De acuerdo con el primer significado, el pluralismo es un
simple reconocimiento de que la pluralidad existe y que, por tanto, se han de
tomar en cuenta los diversos modos de pensar y de comportarse. Las personas que
son diferentes tienen necesidades diferentes; hemos de tomar en consideración
las necesidades particulares de todos y no sólo las de aquéllos que son como
nosotros.
La otra forma de pluralismo parece más bien una ideología.
Esta ideología sostiene que para que haya una sociedad perfecta o ideal es
necesario construirla sobre la variedad más amplia posible de valores. La
variedad es buena. La uniformidad es mala.
A primera vista esta postura parece plausible y los argumentos
de sus expositores convincentes. Después de todo, ¿no le da la variedad «sabor»
a la vida? La variedad de los valores, dirán, añade a la belleza de la sociedad
lo que la diversidad de las flores añade a la belleza de un jardín o la
variedad de los instrumentos a la belleza de una orquesta. Las cuatro
estaciones de Vivaldi no tendría, ciertamente, la misma vivacidad ni el mismo
encanto si la ejecutara el fagot en solo. La variedad de intereses y de
aficiones también embellece la cultura.
Sin embargo, al pretender aplicar este principio a los valores
nos topamos con dos dificultades. Ante todo, ¿la variedad es un bien absoluto?
Parecería, más bien, que es buena en la medida en que complementa y perfecciona
el todo. En el caso del jardín, es verdad que el añadir diversas especies de
flores aumenta la belleza y la armonía del conjunto, pero sólo porque cada una
de ellas es bella en sí misma.
¿Qué pasaría si dispersásemos latas de cerveza, bolsas de
plástico y cáscaras de naranja en medio de las flores? La variedad aumentaría,
pero se destruiría la belleza. Lo mismo ocurriría si, en el caso de nuestra
orquesta, introdujésemos un silbato de policía o un martillo compresor. Estos
artificios aumentarían ciertamente la variedad pero arruinarían la armonía del
todo. Por eso, las piezas musicales son «variaciones de un mismo tema». Es
necesario que haya un orden y que las partes individuales tengan un valor por
sí mismas.
De modo similar, un valor humano completa y perfecciona
nuestra naturaleza y contribuye a la armonía de la persona. La variedad es
buena solamente cuando los elementos individuales que la componen son buenos.
Ningún organismo puede constituirse de pura diversidad. La
unidad fortalece, la división debilita. Los padres fundadores de los Estados
Unidos escogieron como lema de la incipiente nación la frase latina: E pluribus
unum, cuya traducción literal es: «De todos, uno». Esta elección manifiesta
claramente la diversidad de los orígenes y de las culturas del nuevo pueblo. Al
mismo tiempo, podemos percibir el proceso claramente unidireccional de esta
expresión: proceso no de homogeneización, sino de unificación. Muchos
individuos, de muy diversos antecedentes sociológicos y culturales, se juntan
para conformar una nación basada en ciertos valores comunes. Aquí no hay traza
de ese moderno «multiculturismo» que quiere acentuar las diferencias. Se ve,
más bien, el deseo de formar una unidad, enriquecida con la natural diversidad
de sus miembros.
La fuerza de toda asociación, nación o sociedad puede medirse
por la unidad fundamental de sus propósitos y de sus ideales. El conocido
adagio romano «divide y vencerás», que sintetiza una estrategia militar
altamente efectiva, nos da la clave para prever los posibles efectos cuando se
busca deliberadamente la división interna. Como enseña la experiencia -pensemos
en Bosnia y Rwanda-, el acentuar las diferencias obtiene muy pocos frutos,
aparte de conflictos, odios y guerra.
La segunda falacia de esta línea de argumentación es la
suposición de que toda uniformidad es mala. Yo diría, más bien, que el
conformismo y el inconformismo son siempre parámetros insuficientes para
actuar, mientras que la uniformidad puede ser buena o mala dependiendo de otros
factores.
El conformista y el que se opone obstinadamente a todo no son
contrarios, aunque lo parezcan. En realidad sólo cantan dos versiones de la
misma pieza. Su mayor defecto es que asumen la conducta de los demás como
criterio para sus acciones, en lugar de apelar a sus propios principios. El
conformista es un imitador de la conducta ajena. El opositor obstinado observa
el proceder de los demás y actúa, como por reflejo, de modo diverso. En
realidad, estos dos comportamientos demuestran inseguridad y excesiva
dependencia de los demás. El conformista y el opositor dejan su libertad
personal en manos de la moda, de la opinión pública, de lo que es socialmente
aceptable, en lugar de tomar decisiones basadas en sus propias convicciones.
La uniformidad, en cambio, resulta natural y buena si lo que
todos escogen es un valor en sí mismo. Si nadie copia en el examen de biología,
y Carlitos tampoco, no quiere decir que él sea un borrego o una víctima de la
presión ambiental. Él es honesto porque la honestidad es un valor en sí misma.
Su decisión es independiente de lo que hagan los demás.
Si todos fuésemos leales, rectos y trabajadores, tendríamos
más uniformidad, y no por eso la sociedad se tornaría insípida o aburrida. La
uniformidad o la «mismidad» es secundaria. Yo hago lo que creo que es bueno,
independientemente de lo que hagan los demás. Si ellos hacen lo mismo que yo,
bien. Si no, ¿tendré por ello que comportarme de otro modo?
¿Libertad o anarquía?
Surge incluso un problema aún mayor y de más graves consecuencias
cuando se cree que los valores son puramente subjetivos. Si afirmamos que no
existe ningún bien para el hombre fuera de sus deseos personales e
individuales, estamos preparando el pedestal para la anarquía. La sociedad
propondrá la tolerancia como principio, pero siempre habrá quién verá las cosas
de otro modo.
Puesto que los valores no se pueden «imponer», el intolerante
tendrá el mismo derecho a su postura como el tolerante. Y lo mismo cabe decir
del antisemita, del distribuidor de droga y del asesino. Si no existen valores
objetivos y absolutos que sirvan de referencia, cada uno jugará con sus propias
reglas.
Alguno traerá a flor de labios la respuesta: «Sí, es verdad,
pero allí es donde interviene la ley. La ley nos protege del fanatismo, preserva
el bien común y mantiene el orden social». Es cierto, pero esto no resuelve el
problema. Las leyes son útiles, incluso necesarias, pero ellas mismas deben
apelar a valores universales como la justicia, la imparcialidad, el orden
social, el bien común. La ley no es una mera convención; se apoya en valores
objetivos y en los derechos humanos universales.
Podemos mover este argumento al campo lógico. Dejemos que un
antilegalista pregunte a un subjetivista: «¿No tiene igual peso mi opinión que
la de los demás? Tú aprecias la justicia, pero yo la aborrezco. Podrás
impedirme, por la fuerza, hacer lo que yo quiera, pero no digas que lo haces en
nombre de la rectitud».
Si no hay valores absolutos, la ley pierde todo su fundamento;
no hay parámetros para evaluar los actos de los políticos, de los criminales,
de los dictadores; ni siquiera para evaluar las mismas leyes particulares. La
ley no será más que un valor arbitrario más, respaldado por la fuerza. Siempre
ha sido verdad que quien está en el poder puede realizar su voluntad y dominar
a quien no esté de acuerdo con él. Pero éste es el código de los salvajes.
Pensemos en las atrocidades cometidas en Francia después de la Revolución, bajo el
reinado del terror. Robespierre presumía de encarnar la volonté générale
(«voluntad general») y amparado en este título no vaciló en masacrar a sus
opositores.
Un grupo de personas o una ley pueden estar equivocados lo
mismo que un individuo. Una determinada sociedad puede votar a favor de la
esclavitud o del aborto o del exterminio de una parte de su población -Hitler
fue elegido democráticamente-, pero la legalidad no garantiza la legitimidad
moral o el valor de estas acciones. Cuando se cree que el derecho no es más que
el capricho de cada hombre, es lógico que impere la ley del más fuerte. Por
eso, para que la ley pueda de verdad promover el bien común, tiene que apoyarse
sobre el fundamento sólido de valores objetivos.
Como observa Juan Pablo II con perspicacia en su encíclica
Veritatis Splendor: «Si no hay una verdad fundamental que guíe y dirija la
actividad política, las ideas y las convicciones podrán ser manipuladas por
razones de poder. Como lo demuestra la historia, una democracia sin valores se
convierte fácilmente en un totalitarismo, declarado o encubierto».
Valores Humanos
Dejando claro que los valores son esencialmente objetivos y
subjetivos, podemos ahora enfocar nuestra atención en los valores humanos y,
más adelante, en los diferentes tipos y niveles de valores. ¿Qué es un valor humano? Los valores humanos son
aquellos bienes universales que pertenecen a nuestra naturaleza como personas y
que, en cierto sentido, nos «humanizan» porque mejoran nuestra condición de
personas y perfeccionan nuestra naturaleza humana.
La libertad nos capacita para ennoblecer nuestra existencia,
pero también nos pone en peligro de empobrecerla. Las demás creaturas no
acceden a este disyuntiva. Un gato callejero no podrá ser algo más que un gato
común y corriente; siempre se comportará de modo felino y no será culpado o
alabado por ello. Nosotros, en cambio, si prestamos oídos a nuestros instintos
e inclinaciones más bajas, podemos actuar como bestias. De este modo nos
deshumanizamos. Boecio, el filósofo y cortesano del siglo V, escribió: «El
hombre sobresale del resto de la creación en la medida en que él mismo reconoce
su propia naturaleza, y cuando lo olvida, se hunde más abajo que las bestias.
Para otros seres vivientes, ignorar lo que son es natural; para el hombre es un
defecto».
Si no
descubrimos lo que somos, tampoco descubriremos los valores que nos convienen.
Cuanto mejor percibamos nuestra naturaleza, tanto más fácilmente percibiremos
los valores que le pertenecen.
Alimentación y naturaleza
Hay una diferencia entre los valores humanos en general y
nuestros propios valores personales. El
concepto de valores humanos abarca todas aquellas cosas que son buenas para
nosotros como seres humanos y que nos mejoran como tales. Los valores
personales son aquellos que hemos asimilado en nuestra vida y que nos motivan
en nuestras decisiones cotidianas.
Podríamos comparar la diferencia entre los valores humanos en
general y los valores personales con la diferencia que hay entre ciertas
comidas y su respectivo valor nutricional para el cuerpo humano. La nutrición
es para el cuerpo lo que los valores son para la persona humana.
El cuerpo humano tiene sus requerimientos: algunos alimentos
son muy nutritivos; otros complementan la alimentación; otros son al menos
tolerables en pequeñas cantidades. Todos necesitamos una alimentación balanceada
en vitaminas, fibra, minerales y proteínas para mantener una buena salud. Algo
parecido sucede con los valores humanos: nos nutren, nos benefician como seres
humanos en diversa medida. Así tenemos toda una gama de valores culturales,
intelectuales y estéticos que promueven nuestro desarrollo humano y enriquecen
nuestra personalidad.
Cuando se habla de la nutrición corporal hay espacio para las
preferencias personales. Entre comer coliflor, chícharos o judías verdes, cada
uno puede escoger a su gusto; el número de calorías apenas varía. Nuestro
organismo asimilará estos alimentos y se nutrirá más o menos igual. Se insiste,
más bien, en que la dieta sea balanceada. El organismo cubre sus necesidades y
se mantiene en forma en la medida en que el alimento es sano y la dieta
equilibrada.
En la esfera de los valores humanos se requiere también un
equilibrio y que cada uno de los valores, tomado individualmente, sea
«saludable». Así como ciertos alimentos son esenciales y otros sólo sirven para
adornar algún platillo, así también los valores tienen una jerarquía, según
favorezcan más o menos nuestro desarrollo humano. Una porción discreta de
pastel de zanahoria con helado de vainilla es un excelente postre para una
comida familiar, pero no se nos ocurriría comer pastel y helado tres veces al
día y terminar con una discreta porción de carne con papas. Nuestro organismo
no lo soportaría (nuestra línea tampoco). Los valores humanos también pueden
ordenarse y clasificarse de acuerdo con los beneficios que nos proporcionan.
Algunos son esenciales; otros son más periféricos.
Una jerarquía de valores
Entre los valores objetivos existe una jerarquía, una escala.
No todos son iguales. Algunos son más importantes que otros porque son más
trascendentes, porque nos elevan más como personas y corresponden a nuestras
facultades superiores. Podemos clasificar los valores humanos en cuatro
categorías: (1) valores religiosos, (2) valores morales, (3), valores humanos
inframorales, y (4) valores biológicos.
Niveles de valores
Valores religiosos
Fe, esperanza,carida caridad, humildad, etc.
Valores morales
Sinceridad, justicia, fidelidad, bondad, honradez, benevolencia, etc.
Valores humanos inframorales Prosperidad, logros
intelectuales, valores sociales, valores stéticos, éxito, serenidad, etc.
Valores biológicos
Salud, belleza, placer, fuerza física, etc.
La línea más baja representa el nivel biológico o sensitivo.
Los valores de este nivel no son específicamente humanos, pues los comparten
con nosotros otros seres vivos. Dentro de esta categoría quedan comprendidos la
salud, el placer, la belleza física y las cualidades atléticas.
Desafortunadamente, hay muchas personas que ponen demasiado
énfasis en este nivel. No es raro escuchar frases como ésta: «Mientras tenga salud,
todo lo demás no importa». Según esto, uno lo pasaría mejor siendo un saludable
jefe de la mafia que un enfermizo hombre de bien. Ya lo decía Tomás de Kempis
hace unos cinco siglos: «Muchos se preocupan por vivir una vida larga, pero
pocos por vivirla rectamente».
No eres más persona porque seas sano o bien parecido. Eso no
te dignifica ni aumenta tu valor. Recuerda que estamos hablando del nivel más
bajo, que compartimos con los animales. Voltaire, por ejemplo, que a veces se
preocupaba más de la ingeniosidad que de la exactitud de sus afirmaciones,
llegó a decir que un gallo de corral es «galante, honesto, desinteresado,
adornado de todas las virtudes».
Por simpática que parezca esta imagen, difícilmente la
tomaríamos a la letra. Puedes tener un canario sano, pero no un canario
sincero. Puede crecer un abeto muy hermoso en tu jardín, pero jamás crecerá uno
que posea un fino sentido de justicia.
Algunas personas invierten buena parte de su tiempo en buscar
comidas saludables, planear bien su dieta y practicar ejercicio. Todo esto
tiene su lugar en la vida, pero un lugar limitado; más o menos como el saque
inicial en un partido de fútbol. No tenemos por qué «vivir para comer» sólo por
el hecho de que tenemos que comer para vivir.
Los valores del segundo nivel
(valores humanos inframorales) son específicamente humanos. Tienen que ver con
el desarrollo de nuestra naturaleza, de nuestros talentos y cualidades. Pero
todavía no son tan importantes como los valores morales. Entre los valores de
este segundo nivel están los intereses intelectuales, musicales, artísticos,
sociales y estéticos. Estos valores nos ennoblecen y desarrollan nuestro
potencial humano.
El tercer nivel comprende valores que son también exclusivos
del ser humano. Se suelen llamar valores morales o éticos. Este nivel es
esencialmente superior a los ya mencionados. Esto se debe al hecho de que los
valores morales tienen que ver con el uso de nuestra libertad, ese don
inapreciable y sublime que nos hace semejantes a Dios y nos permite ser los
constructores de nuestro propio destino.
Estos son los valores humanos por excelencia, pues determinan nuestro
valor como personas. Los valores morales incluyen, entre otros, la honestidad,
la bondad, la justicia, la autenticidad, la solidaridad, la sinceridad y la
misericordia.
Mientras que en los niveles
inferiores los valores a veces se excluyen mutuamente -no es fácil pintar con
acuarelas mientras se está tocando el saxofón-, los valores morales jamás
entran en conflicto entre sí. Forman un todo orgánico. Podemos, y debemos, ser
sinceros, justos, honestos y rectos al mismo tiempo. Cada valor apoya y
sostiene los demás; juntos forman esa sólida estructura que constituye la
personalidad de un hombre maduro.
Los valores morales son incondicionales y siempre prevalecen
sobre los valores inferiores. No puedo sacrificar la justicia para gozar de una
mayor prosperidad o traicionar a un amigo por el qué dirán. Esto no ocurre con
los otros dos niveles inferiores. Aunque la música es un valor superior a la
comida, tendré que dejar de practicar el saxofón para ir a comer alguna cosa.
Hay todavía un cuarto nivel de valores, el más elevado, que
corona y completa los valores del tercer nivel, y que nos permite incluso ir
más allá de nuestra naturaleza. Son los valores religiosos. Éstos tienen que
ver con nuestra relación personal con Dios.
El mundo de hoy con frecuencia pasa por alto un hecho muy
sencillo: la persona humana es religiosa. Aunque seguramente será difícil
encontrar esta afirmación en un texto de sociología -el fundador de la
sociología, Augusto Comte, fue visceralmente antirreligioso y creía que la
religión habría de ser reemplazada por la ciencia-, no ha habido en la historia
una sola sociedad que no haya sido religiosa. Buscamos instintivamente a Dios
porque fuimos hechos para Él.
En 1991, la revista norteamericana U.S. News & World
Report publicó los resultados de una amplia encuesta realizada en los Estados
Unidos. La pregunta era: «¿Cuál es tu meta más importante en la vida?». El 56%
de los entrevistados contestó: «Tener una relación más íntima con Dios». Somos
religiosos por naturaleza. Necesitamos a Dios, aunque no siempre caigamos en la
cuenta de ello.
Como señala el Papa Juan Pablo II en su libro Cruzando el
umbral de la esperanza, la pregunta sobre la existencia de Dios toca el corazón
mismo de la búsqueda del hombre por el sentido de su vida: «Uno puede ver
claramente que la respuesta a la pregunta por la existencia de Dios no es algo
que interese sólo a la mente; es, al mismo tiempo, algo que impacta fuertemente
toda existencia humana. Depende de muchas circunstancias en las que el hombre
busca el significado y el sentido de su propia existencia. Preguntar por la
existencia de Dios es algo que está íntimamente unido al por qué de la
existencia humana.
Buscamos de forma natural la trascendencia. Fuimos creados
para ir más allá de nosotros mismos, para tender hacia arriba, hacia el
Absoluto. San Agustín expresó esta verdad justo al inicio de sus Confesiones,
donde dice: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta
que descanse en ti». Nuestra trascendencia como seres humanos es lo que da
sentido y significado a nuestra vida sobre la tierra. Si el hombre cultiva los
valores religiosos con tanta tenacidad es porque ellos corresponden a la verdad
más profunda de su ser.
Desde una perspectiva
cristiana
¿Qué relación tienen los valores con el cristianismo? Si los valores humanos dependen de lo que es
bueno para nosotros como seres humanos, ¿en qué sentido difieren nuestros
valores como cristianos de los valores de un no-cristiano? Finalmente, ¿por qué
nos preocupamos de los valores humanos? ¿No bastan los valores religiosos?
Como cristianos, tenemos tres grandes razones para estudiar
los valores humanos y reflexionar sobre ellos. En primer lugar, todo cristiano
es una persona humana, un miembro de la familia humana. Todo lo que es bueno
para la humanidad es igualmente bueno para el cristiano. El cristianismo nos
eleva, pero no cambia nuestra naturaleza.
En segundo lugar, Dios mismo se hizo uno de nosotros para
revelarnos la verdad sobre la existencia humana. Jesucristo es Dios, pero es
también un hombre. Si en Él conocemos a Dios, también en Él conocemos al ser
humano ideal, a la persona perfecta. Los cristianos estamos profundamente
interesados en la vida humana porque Dios mismo está profundamente interesado
en ella. Si queremos saber en qué consiste, de verdad, «ser hombre» y qué cosas
son en verdad importantes en la vida, podemos descubrirlo estudiando la vida de
Cristo.
Finalmente, incluso si creemos que lo único importante como
cristianos es llegar a la santidad, debemos reconocer que la santidad no es
algo abstracto y desconectado de la vida ordinaria. La trama de nuestra
relación con Dios está tejida con nuestras acciones más ordinarias y, por lo
mismo, es preciso que la santidad se apoye en una sólida escala de valores como
infraestructura esencial. Primero el hombre, después el santo. La gracia
edifica sobre la naturaleza. La santidad presupone una armonía interior, un
carácter bien formado y una idea clara de lo que es realmente importante en la
vida.
Jesús habló con frecuencia de prioridades; su misma vida es un
testimonio transparente de los verdaderos valores. El núcleo de su enseñanza
sobre los valores subraya la escasa importancia del bienestar material en
comparación con la vida eterna. «¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el
mundo si pierde su alma? ¿Qué podrá dar el hombre a cambio de su alma?»
(Mt. 16,26). Todo en este mundo es pasajero: coches, vestidos, juventud,
belleza, amigos, placer..., todo menos Dios. Al final de la vida lo único que
queda es lo que hallamos hecho por Dios y por los hombres.
Este mismo énfasis sobre el relativo valor de los bienes
temporales en comparación con los eternos se repite una y otra vez en las
parábolas de Cristo. Anima a sus seguidores a tener la mirada fija en los
cielos y a no empantanarse en los bajos placeres y en las riquezas fugaces que
este mundo ofrece. En el evangelio de san Lucas podemos encontrar otro ejemplo
más de la luminosa escala de valores que Cristo predicó: «No andéis
preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os
vestiréis: porque la vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el
vestido; fijaos en los cuervos: ni siembran, ni cosechan; no tienen bodega ni
granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves!... Así
pues, vosotros no andéis buscando qué comer ni qué beber, y no estéis
inquietos. Que por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe
vuestro Padre que tenéis necesidad de eso. Buscad más bien su Reino, y esas
cosas se os darán por añadidura» (Lc. 12, 22-31).
Jesús también distingue el valor de nuestras acciones. Por
ejemplo, cuando una pobre viuda deposita en la alcancía del templo dos monedas
de cobre de muy poco valor, Cristo asegura a quienes le rodean que esa ofrenda
vale más que las grandes cantidades depositadas por los ricos. «Porque éstos
dieron de lo que les sobraba, mientras ella dio todo lo que tenía para vivir»
(Mc. 12, 44). Por otra parte, recrimina fuertemente a los fariseos por haber
invertido la escala de valores. Ellos lavan el plato y la taza por fuera, pero
olvidan las cosas más importantes de la ley: «la justicia, la misericordia y
la buena fe» (Mt. 22, 23).
Cuando le preguntaron cuál de los mandamientos era el más
importante, Cristo no dudó en subrayar el amor a Dios y el amor al prójimo como
la suma y la esencia de toda la ley, mucho más que cualquier sacrificio.
San Pablo, además, exhortó a los primeros miembros de la Iglesia a conservar esta
escala de valores, a convertirse en «hombres nuevos», a asumir los nuevos
criterios y valores del evangelio. Precisamente por estos valores se
distinguirían los cristianos de los no creyentes. Escribe en una de sus cartas:
«Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde
está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a
las de la tierra» (Col. 3, 1-2).
Y cuando se dirige a los corintios, les ofrece un mensaje
parecido: «No prestemos atención a las cosas visibles, sino sólo a las cosas
invisibles, ya que las cosas visibles duran sólo por un momento y las
invisibles son eternas» (2 Co. 4, 18).
El cristianismo ofrece una visión global de la existencia
humana, un modo de ver y de evaluar todas las actividades y acontecimientos de
la vida humana. Esta visión se basa en la verdad sobre el hombre, sobre su
destino y sobre sus relaciones con Dios y con el mundo. Los valores tratan de
lo que es bueno, y el camino más seguro para saber lo que es bueno para el
hombre es conocer quién es el hombre. De esto hablaremos en el siguiente
capítulo.
Capítulo 2: El
fundamento del valor
¿Recuerdas el cuento del águila que creció en un corral de
gallinas? En una ocasión, alguien encontró un huevo de águila y lo colocó en
una jaula de gallinas para ver si alguna de ellas lo empollaba. Cuando nació,
el aguilucho se adaptó rápidamente a la vida del corral, comportándose como una
gallina.
Un día, otra águila, que la vio en el corral con las gallinas,
decidió bajar a conversar con ella: «¿Qué estás haciendo aquí con el pico en el
cieno? Tú estás hecha para empresas más altas: encumbrarte por los cielos, ser
experta cazadora, contemplar la tierra desde muy, muy alto».
La convenció de que por lo menos lo intentara. Hizo que la
observara despegar y aterrizar, y le invitó a probar la capacidad de sus
propias alas. De este modo, el águila del corral aprendió a volar.
La moraleja de este cuento es muy sencilla: la altura que
alcancemos en la vida depende de nuestros ideales y del empleo que hagamos de
nuestro potencial. Para marcarse metas es preciso ante todo saber de qué se es
capaz. De este modo, conocer nuestra naturaleza será de gran ayuda para fijar
los valores que nos son propios.
Hemos dicho que un valor es un bien reconocido y apreciado.
Pero ¿cómo descubrir lo que es verdaderamente bueno para un hombre? Para llegar a la raíz de los valores humanos
necesitamos dejar de lado las idiosincrasias personales y enfocar nuestra
atención en la naturaleza que los hombres tienen en común. Sólo así podremos
encontrar los bienes universales de la humanidad.
Llamamos «bien» a aquello que mejora o perfecciona algo. Para
nosotros, una cosa es buena si nos convierte en mejores personas. Esto puede
ocurrir de dos maneras: por convenir a nuestra naturaleza, o por convenir al
propósito o fin que tenemos en la vida. Es decir, una cosa es buena para mí
según lo que soy cuando me ayuda a ser más perfectamente lo que se supone que
soy; pero también puede ser buena para mí según para qué soy, cuando me ayuda a
alcanzar el fin de mi existencia. Esta distinción nos permitirá descubrir la
infraestructura de los valores humanos.
Naturaleza
Todos sabemos que un motor de combustión interna no funciona
bien con leche, mientras que un gatito sí. Ello se debe a que tienen
constituciones o naturalezas fundamentalmente diferentes. Lo que es bueno para
un ganso lo es también para una gansa, porque el ganso y la gansa comparten la
misma naturaleza. Pero lo que es bueno para el ganso no lo es para la ostra, la
alondra o la vaca.
De igual modo, para un árbol es bueno que lo poden, lo rieguen
y lo abonen con estiércol, debido a su naturaleza. Sin embargo, no todas las
criaturas se beneficiarían si se les amputaran sus miembros, y muchas se
resistirían a ser anegadas en estiércol. Necesitamos primero descubrir qué es
un determinado ser para poder determinar lo que es bueno para él.
Lassie y Snoopy son individuos distintos, pero hay algo que comparten
y que los hace perros: su naturaleza. La
naturaleza de algo es sencillamente lo que eso es. Una vaca tiene naturaleza
bovina, un lobo tiene naturaleza lupina y un hombre tiene naturaleza humana. La
naturaleza es lo que somos.
A pesar de nuestras numerosas diferencias compartimos una
naturaleza común. Tenemos algunas características que nos identifican como
personas humanas y nos distinguen de todas las demás criaturas. Por ejemplo, tú
y yo tenemos personalidades diferentes, pero ambos tenemos una personalidad. Un
ladrillo de adobe no tiene personalidad. Tú podrás ser mucho más inteligente
que yo, pero ambos tenemos un intelecto. Los geranios no tienen intelecto. Tú y
yo somos realizaciones concretas, individuales y distintas de la naturaleza humana.
Así pues, la naturaleza no excluye la individualidad. Cada persona es en verdad
única, individual y no tiene precio. Y, sin embargo, cada una es, ante todo, un
ser humano.
Hay algunas características especiales de nuestra naturaleza
que nos separan radicalmente del resto de la creación. Estos rasgos nos
llevarán a descubrir el cimiento de nuestros valores humanos comunes. Pero
antes de examinarlos con detalle, consideremos la otra dimensión del bien.
Finalidad u objetivo
Ciertas cosas son buenas para nosotros porque nos ayudan a
alcanzar nuestro fin u objetivo. Si acertamos a descubrir a dónde vamos como
hombres, cuál es nuestro objetivo, podremos entonces saber qué es bueno para
nosotros en este sentido.
Puedes observarlo fácilmente cuando se trata de tus metas
personales. La espigada gimnasta que se especializa en barras paralelas
asimétricas no pensará jamás en desayunar los ocho huevos crudos y la pila de
hot cakes que toma diariamente en el almuerzo un defensivo de los Vaqueros de
Dallas. Puesto que ella desea ser gimnasta de nivel olímpico, tendrá que
reconocer que sólo ciertas cosas son buenas para ella: aquéllas que le ayudan a
alcanzar su meta.
Podemos aplicar este mismo principio al hombre en general. En
este contexto, no hay que atender tanto a las metas individuales, sino al
objetivo y destino universal de todos los hombres. Una vez más, conviene
recordar que cada uno de nosotros tiene un destino y objetivo específico y
único en la vida. Al mismo tiempo, todos tenemos un objetivo común que deriva
de nuestra naturaleza común. Los valores verdaderos nos ayudan a alcanzar este
objetivo.
El Fundamento de los valores
El ser humano es un misterio. Un misterio que todos nosotros
intentamos descubrir de algún modo. ¿Qué es el hombre? ¿Quién soy yo? Este
interés no nace de una simple curiosidad académica; ni siquiera de un legítimo
deseo de conocer más sobre nosotros mismos. Lo que aquí nos interesa es la base
objetiva de los valores humanos. Cuando hablamos de valores, la clave para
descubrir nuestro verdadero bien consiste en examinar nuestra naturaleza
humana. No podemos soñar en descubrir lo que es bueno para el hombre hasta que
no hayamos afrontado el problema de quién es el hombre.
Un rápido paseo a través de la historia puede dejarnos pasmados
de asombro. El hombre... tan grande y al mismo tiempo tan increíblemente
frágil. Capaz de realizar proyectos colosales y, al mismo tiempo, capaz de las
iniquidades más bajas y aborrecibles. ¿Es posible que José Stalin, san
Francisco de Asís, Nerón y la madre Teresa de Calcuta pertenezcan todos a la
misma especie humana?
Nuestra maravilla ante la nobleza y la miseria del hombre
queda reflejada en las palabras del salmista: «¿Qué es el hombre para que de él
te acuerdes, el hijo del hombre para que de él te cuides? Apenas inferior a los
ángeles lo hiciste, coronándolo de gloria y de esplendor» (Sal. 8, 5-6).
Las palabras de Shakespeare son también eco de admiración
espontánea ante la maravilla del hombre: ¡Qué obra maestra es el hombre!
¡Cuán noble en razonamiento! ¡Cuán infinitas sus facultades! Su forma y
movimiento, ¡cuán ágiles y admirables! ¡Actúa como un ángel! ¡Aprende como un
dios! ¡Modelo de animales! Mas, para mí, ¿qué es esta quintaescencia de polvo?
(Hamlet II, 2).
¿Dónde podemos buscar una respuesta al enigma del hombre? Hoy
día casi todos los productos incluyen una lista de instrucciones. Se ofrece
información sobre los ingredientes que contiene la comida, cuándo y en qué
dosis tomar las medicinas, y cómo lavar mejor las prendas que compramos. Un
bebé recién nacido, en cambio, llega al mundo desnudo, sin ninguna etiqueta de
instrucciones o manual de operación. Para saber lo que es el hombre y qué es lo
que le conviene, habrá que buscar en otra parte.
Disponemos de dos fuentes principales para conocer lo que
somos: la experiencia y la revelación divina. La experiencia es una observación
continua y un contacto de primera mano con nosotros mismos y con los demás. La
naturaleza del hombre se manifiesta a través de sus acciones, habilidades y
tendencias espontáneas. Gracias a nuestra inteligencia podemos reflexionar
sobre ellas y descubrir datos muy significativos.
Al mismo tiempo, hay muchos secretos y misterios que van más
allá de nuestra experiencia, pero que conocemos por el don de la revelación
divina. El misterio de la persona se nos descubre en Jesucristo. La revelación
es como un «manual del divino diseñador». Dios, que nos conoce por dentro y por
fuera, no ha querido dejarnos en la oscuridad; nos manifiesta lo que somos y
hacia dónde vamos; nos brinda la clave de lectura del plan divino y nos da las
«instrucciones y reglas de mantenimiento» para llevarlo a cabo. Ha sido un
gesto muy noble de su parte, pues muchos enigmas que nos atañen profundamente
-como la muerte, el sufrimiento y el sentido final de la vida- escapan a la
simple observación.
¿Quién es el hombre?
Si nos atenemos a estas dos fuentes -la experiencia y la
revelación-, podemos distinguir cuatro características fundamentales de nuestra
naturaleza humana. Éstas nos dan ya una imagen clara de lo que somos en el
corazón mismo de nuestro ser: 1) Somos creaturas, 2) hechas a imagen y
semejanza de Dios (racionales y libres), 3) compuestas de cuerpo y alma, 4) con
una naturaleza herida por el pecado original.
Ante todo, somos creaturas. No imaginemos con este término ese
repugnante lagarto verde que salía de una laguna negra para agredir a gente
inocente. Una «creatura» es, simplemente, lo que ha sido creado. Tú y yo no
hemos existido siempre; ni siquiera el género humano. No es éste el lugar para
discutir sobre las teorías creacionistas o sobre la evolución. El modo en que
Dios creó al primer hombre es mucho menos importante que el hecho mismo de que
lo creó.
El hecho de que seamos creaturas lleva consigo algunas
conclusiones muy interesantes. Para empezar, dependemos fundamental e
intrínsecamente de Dios, nuestro Creador. A nosotros, hombres y mujeres de
nuestro tiempo, nos gusta pensar con frecuencia que somos totalmente autónomos
y suficientemente grandecitos para cuidarnos solos. Esto es verdad, pero hasta
cierto punto, pues en el origen mismo de nuestro ser está el hecho de nuestra
creación. Nuestra vida pende de Aquél que nos introdujo en la existencia y que
nos mantiene en ella. Y esto lo compartimos con toda creatura: piedras,
minerales, arbustos, peces, cometas y ángeles. No surgimos de nosotros mismos,
sino de Dios.
En segundo lugar, el hombre
es racional y libre. Hay aquí algo inédito en toda la creación: hemos
sido creados a imagen y semejanza de Dios. Somos, más que ninguna otra
creatura, un reflejo de Dios. Dios nos creó a su imagen, «hombre y mujer los
creó», según la expresión del Génesis (1, 27). Como escribió Chesterton: «El
hombre no es simplemente una evolución sino una revolución». El hombre
constituye una revolución porque es radicalmente diferente del resto de la
creación; la única creatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma.
Es cierto que no siempre actuamos racionalmente, pero por
naturaleza tenemos la capacidad para pensar y conocer. Somos seres racionales.
Esta cualidad es, de hecho, la que nos asemeja a Dios y nos separa del mundo de
los demás seres vivientes. Nos otorga, además, la dignidad de personas. Yo no
soy un «algo», sino un «alguien».
Porque somos racionales,
somos también libres. Esta cualidad, que nos abre un horizonte infinito de
posibilidades y nos confiere una dignidad especial por encima de todas las
creaturas no racionales, deriva de la dimensión espiritual de nuestra
naturaleza. Reflexionamos, ponderamos, deliberamos y actuamos. Planeamos y
programamos para el futuro.
La libertad no es sólo un valor en sí mismo, sino también la
condición necesaria para entrar en el mundo de los valores. Si fuésemos seres
«programados» y obligados a seguir nuestros instintos como los animales, la
palabra «valor» no tendría ningún sentido. Porque somos libres, somos capaces
de reconocer los valores y de luchar por ellos voluntariamente.
En tercer lugar, somos personas compuestas de cuerpo y alma.
No se trata de dos partes distintas unidas artificialmente, sino de dos
dimensiones inseparables de nuestra naturaleza unitaria. Somos una unidad.
No somos un espíritu aprisionado o sepultado en un cuerpo, como creía Platón;
ni una composición de dos sustancias diferentes, una material y otra
inmaterial, como consideraba Descartes. Tú y yo no tenemos un cuerpo y un alma;
sino que somos cuerpo y alma.
Gracias a esta dualidad presente en nuestra naturaleza,
echamos raíces tanto en el mundo material como en el mundo espiritual. Tenemos
algunas cosas en común con las plantas y con los animales; en otras cosas nos
parecemos más bien a los ángeles. Esto es muy importante porque nos permite
entender que el hombre es algo más que materia orgánica. Por lo mismo, nuestros
valores tendrán que ir más allá de lo que es bueno para el cuerpo o placentero
para nuestros sentidos.
Por último, nuestra naturaleza ha sido dañada, inclinada al
mal por el pecado original. Por experiencia sabemos que hay una cierta división
dentro de nosotros. Así se explica por qué a menudo nos resulta tan difícil
hacer lo que debemos, aunque sepamos que es nuestro deber. Con frecuencia nuestro cuerpo nos sugiere algo, pero
nuestra razón propone exactamente lo contrario. No resulta fácil hacer lo que
se debe en cada momento; tenemos que luchar duro para vencer y dominar nuestras
tendencias. «Dios y el diablo están luchando allí y el campo de batalla es el
corazón del hombre», dice Dostoievski en Los Hermanos Karamazov.
Esta grieta interna en el núcleo más profundo de nuestro ser es
otro aspecto clave de nuestra naturaleza, que arroja luz para comprender el
origen de muchas de nuestras dificultades. Al entender esto descubrimos,
además, que uno de los más grandes valores consiste en reconquistar la armonía
de nuestro ser. Tenemos que señorear y organizar nuestras facultades según una
recta jerarquía.
Estas cuatro características de la naturaleza humana nos
ofrecen la llave para entender lo que nos conviene como personas creadas a
imagen y semejanza de Dios, dotadas de inteligencia y de libre voluntad, de
cuerpo y alma, y heridas en nuestra naturaleza por el pecado. Esta descripción,
sin embargo, es aún parcial. Debemos todavía examinar la otra dimensión de
nuestro ser: nuestra finalidad o destino.
El significado de la vida
La vida está llena de sentido. Los mil y un episodios que
componen nuestra existencia encajan unos con otros en un cuadro más amplio. La
vida no es una serie inconexa de experiencias y sensaciones, sino una trama; la
vida no es un episodio estático, sino un viaje. ¿Por qué estamos aquí? ¿Hacia
dónde vamos? Podemos ofrecer tres respuestas que están relacionadas entre sí.
Dios nos creó para conocerlo, amarlo y servirle en esta vida,
y para que, de este modo, lleguemos a ser eternamente felices con Él en el
cielo. De todas las creaturas visibles sobre la tierra sólo nosotros somos
capaces de conocer y amar a nuestro Creador. Conocer y amar a Dios: para eso
estamos aquí; éste es el sentido y la finalidad de nuestra vida sobre la
tierra.
Es fácil perder la brújula y pensar que amar a Dios es sólo un
aspecto más de la vida, que compite en el mismo plano con nuestro interés por
el esquí acuático, el trabajo en la oficina y las películas. No debería ocurrir
así. Todas nuestras actividades adquieren su auténtico significado solamente
dentro de un esquema más amplio, que es el verdadero sentido de nuestra vida:
conocer y amar a Dios. Esto no es una actividad más junto a otras, sino el
marco y la motivación de fondo de todo lo que hacemos.
Una segunda respuesta complementaria acerca de nuestro destino
lo encontramos en el hecho de que somos mortales. Todos y cada uno de nosotros
morirá algún día. Sin incurrir en pensamientos obsesivos, como los que gustaban
a Edgar Allan Poe y a Stephen King, hemos de reconocer que la muerte es algo
real, importante y digno de consideración.
Evidentemente, esta realidad se puede mirar desde diversos
ángulos. El filósofo alemán Martin Heidegger diría que el hombre es «un ser
para la muerte». Los epicúreos que vivían en la época de Cristo seguían el
lema: «Comamos, bebamos y disfrutemos, que mañana moriremos». Nuestra visión de
la muerte condicionará mucho nuestra visión de la vida y, por consiguiente,
nuestra visión sobre el verdadero bien del hombre. Si la muerte fuese el fin
absoluto de nuestra existencia, la vida sería un absurdo.
Por fortuna, la muerte no tiene la última palabra; sólo abre
la compuerta que lleva a la nueva vida. Fuimos creados para una felicidad
eterna, inalcanzable en esta vida; junto a ella, la dicha terrena no es más que
un reflejo, un entremés, un parpadeo. Desde esta perspectiva podemos comprender
esa máxima plurisecular que nos brinda la medida para sopesar todas las cosas:
Quid hoc ad æternitatem? -«¿Qué relación tiene esto con la eternidad?»-. Lo que
permanece para siempre no tiene comparación con lo que es caduco.
La realidad del juicio final es la última característica de
nuestro destino humano. La muerte no es la última palabra, pero tampoco es
cierto que la vida terrenal y la vida eterna son dos hechos inconexos. Nuestra
vida terrena afecta e incluso decide nuestro destino eterno.
Isaac Newton nos asegura que en la tierra no hay acción física
que no produzca un efecto. Asimismo, cada uno de nuestros actos libres produce
su efecto. Cada acto, cada buen o mal ejemplo, cada palabra tiene consecuencias
eternas. Somos responsables de nuestras opciones, y un día rendiremos cuenta de
ellas. Jesús asemeja el cielo a una recompensa, y el infierno a un castigo.
El hecho de considerar que después de la muerte nos aguarda el
juicio final, nos ofrece todavía más material para desentrañar nuestro fin
último. Un jugador de fútbol, cuando está en entrenamiento, valora ciertos
ejercicios y rutinas que en sí mismos parecen de muy poca utilidad. En realidad
esas rutinas forman parte de un contexto más amplio, y lo preparan para el
momento de la verdad, cuando llegue el juego del domingo. Ese jugador valdrá lo
que valga el domingo; por eso hizo lo que hizo de lunes a sábado. Nuestro
verdadero bien, aquí y ahora, es aquello que podamos considerar como bueno en
vista de la eternidad.
Mantener el orden
Además de examinar las características esenciales de nuestra
naturaleza y de nuestro destino, conviene hacer un inventario de las
herramientas que tenemos a mano para conseguir nuestras metas, es decir,
nuestras cualidades, talentos y capacidades. Este inventario de nuestro mundo
interior será una magnífica ayuda en nuestro proyecto de forjarnos como hombres
y mujeres de sólidos valores.
¿Qué instrumentos tenemos a disposición para alcanzar nuestros
objetivos? Nosotros, que estamos compuestos de cuerpo material y alma
espiritual, poseemos ciertos poderes o facultades. Una facultad es simplemente
una capacidad para llevar a cabo un determinado tipo de acción.
Si observamos un automóvil subiendo una cuesta podemos estar
seguros de que cuenta con un motor dentro. Cada acción requiere una capacidad,
un poder para llevarla a cabo. Si tú y yo podemos ver, necesariamente poseemos
la facultad de la vista. Si pensamos y razonamos, es porque tenemos el poder
para pensar y razonar. Este poder es la facultad de la inteligencia. Nos damos
cuenta de nuestras facultades al observar nuestras acciones y las de los demás.
No todas las facultades están en el mismo nivel. La habilidad
para olfatear no es, definitivamente, tan sublime como la habilidad para
razonar. Puesto que somos una unidad, todas nuestras facultades trabajan juntas
y todas son importantes, pero guardando cierto orden.
Supongamos, a modo de comparación, que cada uno de nosotros es
un velero que cruza el océano. Los instrumentos, la tripulación, las
condiciones de navegación, todo entra en juego en nuestra travesía por la vida.
Todas las partes del bote tienen que trabajar juntas y armónicamente para que
la nave funcione adecuadamente. Cada parte tiene un objetivo particular.
Las pasiones
Un primer elemento que conviene tomar en cuenta son nuestras
pasiones. Ellas nos impulsan a la acción como el viento hincha las velas y
empuja la barca hacia adelante. Algunas veces los vientos son fuertes como un
huracán e impulsan la barca con increíble vigor. Otras veces son suaves y
permiten que el velero avance con serenidad.
Ocurre con cierta frecuencia que el viento no sopla en la
misma dirección en la que nosotros queremos ir. Esto significa que mientras
algunas pasiones son positivas, otras pueden arrastrarnos fuera de ruta y
obligarnos a avanzar en una dirección diferente de la planeada.
Las pasiones son tendencias naturales que tienen una fuerza
especial para impulsarnos hacia algo o alejarnos de algo. En sí mismas no son
buenas ni malas, como el viento tampoco lo es. Todo depende de la ayuda o del
impedimento que ellas nos ofrezcan en nuestro viaje. Hay pasiones corporales,
como el deseo sexual, el apetito y el instinto de conservación; y pasiones del
espíritu, como el amor, el odio, la ambición, el temor, el orgullo, la envidia
y la ira. Algunos psicólogos dicen que no es saludable controlar nuestras
pasiones; que nos sentiremos mejor si les damos rienda suelta. La escuela freudiana,
por ejemplo, aconseja que cedamos a nuestros impulsos instintivos como un medio
necesario «para vivir de acuerdo con nuestra verdad psicológica».
Pero es precisamente en el dominio de la razón sobre el
instinto donde manifestamos nuestra superioridad sobre los animales y
alcanzamos nuestra verdadera dignidad. Encauzar nuestras pasiones no es lo
mismo que reprimirlas. Si siento hambre a la 1.00 de la tarde es inútil tratar
de convencerme de que no la siento. Sería, en cambio, un ejercicio muy provechoso
continuar trabajando una hora más, hasta el momento de la comida, en lugar de
levantarme del escritorio y buscar instintivamente el refrigerador más cercano.
Es preciso que enlacemos bien nuestras pasiones y las dirijamos hacia nuestras
metas.
Sentimientos
Los sentimientos son una segunda fuerza que actúa en nosotros,
que puede compararse con la corriente del mar. La corriente también puede ser
favorable o desfavorable. Algunas veces es una corriente cruzada o empuja
nuestra barca hacia peligrosos escollos. Otras veces va en la misma dirección
de nuestro objetivo y añade un feliz impulso en el rumbo correcto.
Los sentimientos actúan del mismo modo. Algunas veces sentimos
que estamos haciendo lo que debemos. Otras veces nuestros sentimientos obstaculizan
el logro de los objetivos. Los sentimientos son reacciones personales,
puramente subjetivas, espontáneas y psicológicas ante ciertos estímulos. Puesto
que se trata de reacciones, son ciegos, pasivos y fuera de nuestro control. No
está en nosotros el sentirnos felices o tristes, alegres o deprimidos.
Al hablar de sentimientos es importante no perder de vista que
son irracionales: no siempre corresponden a nuestro verdadero bien. Por lo
mismo, a veces será necesario ir contra ellos. Si el capitán permite que su
velero sea arrastrado por la corriente, seguramente está en camino de
naufragar.
Tipo de personalidad
Hay que considerar un tercer factor: nuestro tipo de
personalidad, que es una dimensión del carácter con que hemos nacido. El tipo
de personalidad -o temperamento- es como el modelo del barco en que navegamos.
Existen canoas, piraguas y pequeños veleros, y también grandes embarcaciones
como los cargueros y los trasatlánticos. Unas naves son ligeras y fáciles de
maniobrar, como el catamarán. Otras son lentas, pero más estables, seguras y
duraderas.
Nuestro temperamento es la suma total de nuestras
disposiciones y tendencias naturales. Algunas personas son optimistas,
extrovertidas, francas y sinceras por naturaleza. Otras son más introvertidas,
pensativas y sentimentales. Algunos individuos son activos, otros son pasivos.
Algunos tienden a ser más emotivos; otros menos.
Lo importante aquí consiste en que cada uno se conozca a sí
mismo y sepa cómo sacar el mayor provecho posible de su temperamento. Formamos
nuestro carácter a partir de este material «en bruto». El capitán debe tomar en
cuenta el tipo de embarcación que está dirigiendo, sus peculiaridades, sus
desventajas y puntos fuertes. De este modo podrá llegar a su destino con mayor
probabilidad.
Inteligencia
Estos tres elementos -pasiones, sentimientos y temperamento-
forman parte de nuestra naturaleza corporal. Pero tenemos también dos
facultades espirituales: nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Estas dos
facultades entran en acción cuando se trata de buscar nuestros valores; la
inteligencia reconoce lo que es bueno y la voluntad lo escoge. El objeto de la
inteligencia es la verdad, la realidad de las cosas. La inteligencia realiza
esta tarea por medio de la reflexión, el razonamiento, la contemplación, el
análisis y la síntesis.
«Todos los hombres desean conocer», decía Aristóteles. Nos
interesa espontáneamente conocer cómo son las cosas, y por qué son de esa
manera. Nuestra inteligencia jamás se satisface plenamente, sino que siempre
tiende a más, al infinito.
La inteligencia es como el capitán del barco, que analiza la
ruta que lleva la nave y da instrucciones al timonel. El capitán no trabaja
solo, sino que se ayuda del vigía (los cinco sentidos), la brújula (la
conciencia), los mapas y las cartas de navegación (fe).
El vigía es el ojo del barco e informa al capitán sobre la
presencia de rocas, aguas poco profundas, arrecifes, tormentas y tierra. Él
está muy alerta a las situaciones cambiantes. De modo similar, la persona recibe
información del mundo exterior a través de sus cinco sentidos: vista, olfato,
gusto, tacto y oído.
La brújula del barco señala al capitán el verdadero norte, de
forma que pueda corregir la dirección. Así también, gracias a la conciencia,
nuestra vida sigue el rumbo correcto y cuenta con una guía segura.
Todo capitán dispone de cartas de navegación y mapas para
conocer con certeza lo que aún no ha aparecido en el horizonte. Hay escollos
que no se ven a simple vista, estrechos peligrosos, atajos aprovechables. De
forma semejante, la fe nos ofrece certezas que sobrepasan nuestra experiencia o
las limitaciones del conocimiento empírico.
Voluntad
El último integrante de nuestro barco es el timonel. En fin de
cuentas, él determina la dirección del barco. Esta tarea corresponde a la
voluntad. Incluso cuando hay vientos contrarios, olas y corrientes, un buen
timonel mantiene el barco en ruta y encauza las demás fuerzas hacia el destino
escogido.
En el plano humano, una persona vale lo que vale su voluntad.
La voluntad es la columna vertebral del carácter. Las personas de carácter se
distinguen por su fuerza de voluntad. Si pensamos en los grandes protagonistas
de la historia, incluso en los grandes hombres y mujeres de nuestro tiempo,
encontraremos la fuerza de voluntad como elemento clave de su personalidad.
Ha habido grandes líderes y grandes santos que no han
sobresalido por su inteligencia (recordemos al Cura de Ars), pero jamás los ha
habido sin fuerza de voluntad. Se puede decir que una persona es más persona en
la medida en que su inteligencia y su voluntad tienen el dominio sobre las
tendencias más bajas. Nuestras pasiones nos llevan, nuestros sentidos nos
ofrecen información, pero depende sólo de nuestra fuerza de voluntad el actuar
como personas libres o no.
Tras este breve repaso «en cápsula» de nuestras facultades y
de algunas de las fuerzas que intervienen en cada uno de nosotros, hay que
añadir que el ordenarlas adecuadamente es un valor fundamental para toda
persona. Tal como ocurre en los equipos deportivos, donde el éxito depende de
la coordinación y del apoyo mutuo entre los miembros, así también la persona
necesita coordinar estas fuerzas para poder alcanzar la madurez y alcanzar los
más altos valores en su vida.
Esto exige tomar en cuenta todas las dimensiones de nuestra
naturaleza humana: comprender lo que somos y para qué hemos sido creados. Sólo
así podremos escoger buenos valores -aquéllos que nos ayudarán en nuestro
proyecto vital.
De las diversas cualidades ya mencionadas, hay una que destaca
por su particular importancia cuando se habla de valores: la libertad humana.
Para buscar buenos valores, optar por ellos y vivirlos con coherencia, se
requiere la libertad.
Es tan importante y, con frecuencia, tan descuidado este punto,
que bien merece que le dediquemos un capítulo entero.
Capítulo 3: La
libertad y los valores
Pocos valores tienen un atractivo tan universal como la
libertad. Esta palabra ha sido tan traída y llevada como el birdie en un juego
de bádminton. Organizaciones de muy diversa índole -partidos políticos, frentes
revolucionarios, movimientos juveniles, etc.-se sirven de ella para enarbolarla
en sus estatutos y presentaciones públicas. Los protagonistas de la revolución
francesa la adoptaron como una de las piedras fundamentales de su credo:
Liberté! Egalité! Fraternité! Algunos años antes, los colonos americanos
revolucionarios tomaron las armas contra Gran Bretaña bajo la misma bandera,
asumida en la famosa frase de Patrick Henry: «Dame la libertad o dame la muerte».
El ideal de la libertad parece que jamás estará fuera de moda.
Es difícil encontrar una campaña revolucionaria o una constitución nacional que
no proponga la libertad como uno de sus máximos logros.
Hoy día, con la caída del comunismo, la expansión de la
democracia, el fácil acceso a la información y el progreso tecnológico el
género humano está desarrollando un agudo sentido de la libertad. La cultura
occidental rinde homenaje a la libertad en todos los sectores de la
civilización. Existen estatuas y naves espaciales que llevan su nombre, monedas
acuñadas en su honor, champús y dentífricos que prometen más libertad a quien
los compra.
La palabra libertad casi tiene un talismán adherido. Hay
ciertas palabras que poseen una especie de carga positiva o negativa, como los
iones. Términos como «opción», «creatividad», «nuevo», «original» y «libertad»
llevan una carga positiva: de antemano estamos predispuestos favorablemente a
ellos, aunque no sepamos a qué se refieren. Otras palabras nos provocan
aversión, y desde fuera tiñen negativamente nuestra actitud ante alguna frase.
Si hemos de ser objetivos, debemos superar el impacto emocional para considerar
el verdadero valor que puede haber detrás de una expresión.
Tomemos, por ejemplo, la palabra «nuevo». El hecho de que una
idea sea nueva no nos dice prácticamente nada acerca de ella, y no podemos
discernir si se trata de una idea valiosa o ridícula. A veces ocurre que lo
nuevo es inferior a lo antiguo. ¿Recuerdas lo que pasó cuando salió la «nueva
Coca-Cola»? Su éxito se extendió con más rapidez que un incendio forestal,
hasta que la gente se dio cuenta de que en realidad la «vieja Coca-Cola» era
mejor. O fijémonos ahora en la palabra «opción», que es muy atractiva, pero que
en realidad tiene una valencia ambigua. Lo que importa no es la «opción» en
abstracto, sino las «opciones» concretas que hacemos.
Las diversas caras de la libertad
Este mismo principio se aplica al concepto de libertad. Es un
término análogo, que tiene muchas aplicaciones. Había, por ejemplo, una leona
llamada Elsa, que había «nacido libre» (born free), porque no había sido
sometida nunca a la cautividad. Se dice también que no hay nada como una «Cuba
libre». Un «pájaro libre» es el que no está enjaulado. Una dieta «libre de sal»
se caracteriza por la ausencia de esta substancia presumiblemente perniciosa.
Tenemos también el caso de las puertas bien engrasadas que giran «libremente»,
o de la madre con seis hijos que finalmente tiene un «tiempo libre» en sus
manos cuando el más pequeño de sus querubines empieza a frecuentar el jardín de
niños.
En algunos casos, la libertad se refiere simplemente a la
ausencia de elementos perniciosos, como en el caso de los alimentos dietéticos
que son libres de azúcar. Aquí la libertad no tiene un valor propio. Aunque
conserva su atractivo, su valor depende directamente de la repulsividad que
produce el elemento ausente. Que el café no tenga cafeína es un atributo
positivo siempre y cuando se considere la cafeína un ingrediente nocivo.
¿Iríamos, en cambio, a un parque de atracciones libre de
diversión? ¿Intentaríamos nadar en una piscina libre de agua?
Cuando el Papa Juan Pablo II habla de la libertad como raíz de
la dignidad humana, él se está refiriendo a una realidad que va mucho más allá
de la mera libertad de movimiento o de la ausencia de constricción externa. La
libertad específicamente humana es un ingrediente esencial de la naturaleza del
hombre que lo distingue radicalmente del resto de la creación. Los seres
humanos son esencialmente libres aunque estén en un calabozo o haciendo
trabajos forzados en un campo de concentración; un animal no es verdaderamente
libre, aunque esté surcando plácidamente el aire o rumiando a sus anchas en las
llanuras del Serengeti. La naturaleza, en cuanto tal, no es libre, pues obedece
a una serie de leyes fijas. El agua correrá siempre hacia abajo. El fuego no
puede encenderse en el vacío. La combinación de sodio y cloro producirá sal,
pero jamás nos dará pimienta.
La libertad humana no se identifica con la libertad de
pensamiento o con la libertad física, sino con la libertad de la voluntad -o
libre voluntad- por la que gobernamos nuestras propias acciones. Un acto humano
es un acto libre.
Estrictamente hablando, los «actos del hombre» difieren de los
«actos humanos». Acto humano significa un acto realizado con conocimiento y
libertad, es decir, un acto específicamente humano. Algunas veces nuestras
acciones son deliberadas y plenamente conscientes; otras veces actuamos
inadvertidamente o incluso hacemos cosas de forma involuntaria. Cuando la
cajera de la farmacia te devuelve accidentalmente el doble del cambio que te
debía dar, no ha realizado una acto humano, porque no fue intencional. Pero si,
al llegar a tu coche, te das cuenta del error y regresas para devolver lo que
en realidad no es tuyo, tu acto es humano porque lleva impreso el sello de tu
conciencia y libertad.
La libertad humana incluye la libertad moral. En virtud de
ella existen el bien y el mal, la virtud y el vicio. Un gesto de bondad para
con tu hermano pequeño tiene valor y mérito porque es un acto libre. La
libertad no es como un examen de matemáticas, donde se trata de «escoger» la
respuesta correcta -una computadora lo haría tal vez igual o mejor que tú-.
Tampoco se identifica con una pura espontaneidad para escoger entre diversas
posibilidades sin valor moral, como hace un gorrión cuando «escoge» en qué
árbol y en qué rama construir su nido. La libertad humana encuentra su máxima
expresión cuando tiene que elegir entre varias cosas buenas y, especialmente,
entre el bien y el mal.
Tres niveles de libertad
Dado que la palabra libertad tiene varios significados, es
necesario distinguir y aclarar cuáles son las diversas dimensiones de la
libertad.
Libertad de constricción
La libertad se aplica en este caso al hecho de estar libre de
impedimentos o de interferencias externas para hacer algo. Es la acepción de
libertad que más se emplea. Es la autonomía, en contraposición con el control
externo. Un adolescente ansía que sus padres le dejen un amplio espacio de
libertad. Las industrias tratan de librarse de las restricciones del gobierno.
El preso de la cárcel sueña en el día en que por fin podrá saborear una vez más
la libertad. La libertad, aunque es un bien en sí misma, puede ser mal
empleada. Cuando una persona pretende liberarse de toda responsabilidad y
compromiso, comete un grave error, pues está tratando de evitar un ingrediente
necesario para su realización como ser humano.
Otro peligro de este aspecto de la libertad es la posibilidad
de ser manipulados: pensando que somos nosotros los que decidimos, en realidad
es otro el que decide en lugar nuestro. Podríamos preguntar si la gente de hoy
goza de mayor libertad que la del pasado. Es cierto que hoy tiene más capacidad
para moverse; cuenta con modernos medios de comunicación instantánea y de
procesamiento de información. Posee, además, un dominio más amplio sobre el
medio ambiente y es capaz de ejecutar tareas que las personas de unas décadas
atrás ni siquiera hubieran imaginado.
Sin embargo, en su vida personal, mucha gente se encuentra hoy
confundida, insegura, incapaz de pensar por sí misma y de escapar del ruido,
del bombardeo de imágenes y de sutiles mensajes generados por la sociedad y,
especialmente, por los mass-media. Sus principios se ven atacados y encuentran
poco apoyo cuando tratan de vivir coherentemente como seres humanos. En
consecuencia, muchas de sus acciones, opciones y preferencias son determinadas
por la moda, la opinión pública y las tendencias políticas. Esta manipulación
se lleva a cabo con frecuencia impactando directamente nuestras emociones y
evadiendo el proceso ordinario de una elección racional.
Para asegurar nuestra libertad, debemos defender nuestra
independencia de estas presiones externas.
Libertad de elección
Tú eres el autor de tus acciones. Cuando vas al supermercado o
hablas con tu vecino o visitas a un amigo en el hospital, estás ejercitando tu
libertad en una serie de actos conscientes. Ahora mismo tú y yo estamos
escribiendo nuestra propia historia. Esta dimensión de la libertad es la
posibilidad, que se opone a la necesidad. La necesidad es aquello que no podría
ser de otro modo. Los actos humanos jamás están sujetos a la necesidad, porque
cada acto verdaderamente humano es libre. Las personas son libres. Las cosas
son necesarias. Bajo esta luz, la libertad consiste en el dominio que ejerce
una persona sobre sus acciones.
Nuestra libertad abarca también la realización de un proyecto
vital. Cada uno elige libremente lo que quiere ser en la vida. Una persona
honesta es honesta por elección, no por obligación. Nos estamos refiriendo aquí
a la auto-determinación, que es contraria al determinismo. Hoy día, como en el
pasado, algunos sostienen que el ser humano se encuentra inexorablemente
determinado por factores externos a su voluntad. Los que profesan el
determinismo biológico señalan que nuestras decisiones están inscritas
anticipadamente en nuestro código genético. Otros hablan de condicionamientos
culturales y sociales, que determinan nuestra forma de pensar y de escoger.
Hay que reconocer que estas posiciones tienen una pequeña
dosis de verdad. Hay factores biológicos y sociales que influyen hasta cierto
punto en nosotros. Pero esto no quiere decir que supriman nuestra libertad; aunque
haya influencias externas, nuestras decisiones son nuestras. Resulta más cómodo
culpar a otro de nuestras caídas, pero en el fondo sabemos que la
responsabilidad es nuestra. Por esta misma razón, nuestras buenas acciones
merecen recompensa, pues las realizamos libremente, aunque tengamos posibilidad
de obrar diversamente.
La libertad es algo más que un deseo. Es la capacidad para
realizar ese deseo. Podrías querer, tal vez, no morir jamás, o tener dos metros
de estatura, pero no podrás optar por esto porque no tienes el poder para
realizarlo. Sólo podemos escoger aquellas cosas cuya realización está dentro de
nuestras posibilidades.
Libertad para actuar
La verdadera liberación consiste en algo más que quitar los
escombros de nuestra pista vital o romper las cadenas que nos mantienen
cautivos. Si descombramos la pista es para iniciar el despegue. Si
desencadenamos a alguien es para que pueda vivir su vida y realizar sus sueños.
Lo que pretendemos al librarnos de las constricciones es gozar de la libertad
para actuar. La libertad invita a la actividad, a la consecución de una meta.
Si tengo libre el viernes por la noche... implica que tengo libertad para hacer
algo -se sobreentiende que queremos hacer algo-.
La libertad exige compromiso, realización. Si tengo un par de
horas libres el viernes por la noche pero no hago nada, me parezco a esas
gallinas acurrucadas en el gallinero, esperando algo que empollar. Queriendo
aprovechar el tiempo, más bien pensaría: Por fin tengo un par de horas libres,
así es que puedo... seguir armando aquel modelo de aeroplano, terminar de leer
«El Quijote de la Mancha»,
escribir a la tía Sara. El dinamismo de la libertad se concreta en una decisión
y en una actividad, las cuales se contraponen a la indecisión y a la pasividad.
La libertad es libertad sólo cuando se aprovecha para hacer algo, cuando se
ejercita.
En este nivel, lo contrario de la libertad es la pasividad y
la falta de compromiso. En nuestros días se ha difundido el miedo al
compromiso. Muchos deciden «no decidir», porque tienen miedo de optar
equivocadamente. Esas personas se aprisionan voluntariamente en la cárcel de su
propia inseguridad y temor al futuro. Por querer dejar abiertas todas las
opciones, ellas mismas cierran las puertas de su plena realización como
personas. Pretenden comer el pastel y conservarlo a toda costa, sin sacrificar
ninguna de estas dos opciones. Podría formularse en estos términos el silogismo
que respalda la moderna postura del no-compromiso:
1. Lo más importante es ser libre.
2. Si ejercito mi libertad (y me comprometo), limito mis
opciones y disminuye mi libertad
.
3. Por tanto, no me comprometeré.
La libertad humana no consiste en la ausencia de compromisos,
sino en la capacidad para comprometerse y perseverar en ese compromiso. Nos
realizamos cuando nos comprometemos libremente como personas y vivimos
coherentemente los compromisos que hemos asumido. ¿Acaso una mujer ha perdido
su libertad porque ahora tiene cuatro hijos? ¿Acaso ha encontrado un hombre la
llave de la libertad perpetua porque a los 43 años sigue sin graduarse del
bachillerato y sin buscar trabajo? Obviamente no. Como veremos, el hecho de
desconectarnos de los demás, de evitar las ataduras del amor, de las amistades
y de la responsabilidad, no es el camino para lograr nuestra realización
personal. Es precisamente en la donación de nosotros mismos donde se realiza y
completa nuestro potencial como seres humanos.
El valor de la libertad
A menudo se entiende hoy la libertad en términos de total
autonomía. Se la ve como la base única e indiscutible de nuestras opciones
personales y como autoafirmación a cualquier precio. Algunos, como Jean Paul
Sartre, creen que nuestra libertad crea los valores, y que la libertad misma es
el valor supremo. Esta teoría tiene dos contradicciones implícitas. En primer
lugar, Sartre dice que la libertad en un valor absoluto, mientras sostiene que
todos los valores son relativos. En segundo lugar, considera que el individuo
es el creador de todos los valores y, al mismo tiempo, que la libertad debe ser
el valor más alto para todos. Si alguno no está de acuerdo con esto, obviamente
está equivocado. Como siempre, el relativismo degenera infaliblemente y se
convierte en dogmatismo.
Cabe una distinción más. No es lo mismo ser libre que usar
correctamente la libertad. Apreciamos, con razón, la libertad en sí misma y
reconocemos que es bueno ser libres. La libertad nos ennoblece como seres
humanos y nos permite participar en cierto modo de la libertad de Dios. Sin
embargo, podemos también abusar de la libertad. Si existen leyes, policías y
prisiones es porque existe la posibilidad real de que usemos mal nuestra
libertad. En cierto momento, estas instituciones se colocan delante de uno y le
dicen: «Lo siento, amigo, has ido demasiado lejos. Te has pasado de los
límites».
Resulta extraño ver cómo muchos traen a cuento el mismo
concepto como fuente e inspiración de actividades muy dispares. Los pecadores
pecan en nombre de la libertad, mientras que los santos ejercitan su santidad
precisamente bajo esta misma bandera. Charles Manson fue capaz de asesinar un
buen número de personas inocentes porque era libre. Y por esta misma razón,
Juana de Arco dio su vida en lugar de renunciar a la misión que Dios le había
encomendado. De hecho, no puede haber pecado, ni crimen, ni violencia si no hay
libertad, como tampoco puede haber santidad, ni virtud, ni bondad, ni amor.
Sin embargo, la libertad no es, en realidad, la inspiración de
horribles crímenes, ni tampoco de heroicos gestos de virtud. Sólo es la condición
necesaria que permite que estos actos se realicen. Cuando se ve la libertad
como un absoluto, desligada de todo principio, puede llevar a los más graves
abusos. Como dijo Juan Pablo II en un discurso en Polonia en enero de 1993: «La
libertad entendida como algo arbitrario, separada de la verdad y de la bondad,
la libertad separada de los mandamientos de Dios, se vuelve una amenaza para el
hombre, y conduce a la esclavitud; se vuelve contra el individuo y contra la
sociedad».
La libertad necesita de los valores. Ella sola me ofrece
únicamente la posibilidad de actuar, mientras que los valores me dan la razón o
el motivo para actuar. Si soy totalmente libre, pero carezco de valores, ¿qué
haré? Mi libertad no me lo dirá. Simplemente me responderá: «Puedes hacer
cualquier cosa». Mis valores son los que me moverán, los que me dirán: «Haz
esto. Esto es bueno; es correcto; es importante». Los valores son los que
atraen mi voluntad; la libertad permite que mi voluntad se mueva hacia esos
valores. Mi voluntad desea y, porque es libre, es capaz de ir en busca de sus
deseos.
También es útil distinguir entre libertad y derechos. La
libertad no es una especie de calcomanía cósmica que certifica que todas mis
acciones son buenas y lícitas en la medida en que son libres. La libertad no es
lo mismo que el derecho de hacer algo, aunque los dos se confunden con
frecuencia. «¡Puedo hacer lo que me plazca! ¡Este es un país libre y
soberano!». El hecho de que sea libre para hacer algo (sin constricción) no me
da derecho para hacerlo. Soy libre para matar a una persona -tal vez nadie me
lo podrá impedir físicamente-, pero no tengo derecho de matar.
La libertad, en sí misma no justifica nada. Si Antonio dice a
su hermano: «Francisco, no debes cometer adulterio. Debes ser fiel a tu
esposa»; y Francisco le contesta: «¡Puedo hacer lo que yo quiera! ¡Para eso soy
libre!», esta respuesta está fuera de lugar, y tiene muy poco que ver con el
consejo de su hermano. Nadie está poniendo en duda la capacidad de Francisco
para hacer esto o aquello. Todos somos capaces de obrar como bestias, pero no
debemos actuar como bestias, ni tenemos derecho de hacerlo.
¿Compañeros irreconciliables?
Libertad y responsabilidad
La libertad lleva consigo algunos corolarios un tanto
olvidados. Para empezar, consideremos el dúo formado por la libertad y la
responsabilidad. Para la mente actual, parecen contradictorios; y, sin embargo,
están íntimamente unidos. No son dos realidades separadas, sino dos aspectos de
la mismísima realidad. Como una madre y su bebé, no se encuentran nunca
separados. Nadie puede decir: «Me gustaría ser madre, ¡pero sin niños!». Es una
imposibilidad lógica. Algo parecido ocurre aquí: no puede haber libertad sin
responsabilidad -ni responsabilidad sin libertad. Viktor Frankl remarcó una vez
que la excelente obra iniciada con la Estatua de la Libertad en Nueva York debía ser completada con la Estatua de la Responsabilidad en
Los Ángeles.
Una acción libre equivale a una acción responsable. El mérito
o la culpa, fruto de nuestras acciones, recae directamente sobre nuestros
hombros. De modo semejante, no hay responsabilidad allí donde no hay libertad.
No se nos ocurre castigar un árbol porque no se quitó del camino cuando nos
fuimos a estrellar contra él. Reconocemos que el árbol no tiene ninguna
responsabilidad, porque no es libre. La responsabilidad presupone el poder para
hacer algo.
Sólo podré ser responsable de una acción cuando ésta sea verdaderamente mía.
Ser responsable significa «responder», «rendir cuenta» de
nuestras acciones a alguien con quien estamos comprometidos, al menos
implícitamente (Dios, otras personas, nuestra propia conciencia).
Responsabilidad significa también asumir las consecuencias de nuestras
acciones. A veces nos gustaría poder separar los dos elementos: disfrutar los
beneficios de la libertad sin tener que cargar con las consecuencias de la
responsabilidad. Esta es una de las razones por las que mucha gente se rebela
contra la autoridad, por las que los adolescentes se quieren independizar de sus
padres, por las que algunos psicólogos inventan métodos para tratar de acallar
la persistente voz de la conciencia. Sin embargo, el divorcio entre la libertad
y la responsabilidad destruye la libertad misma. La libertad sin
responsabilidad no es libertad sino licencia. El que es libre es verdaderamente
dueño de sus acciones; y el que es dueño de sus acciones es verdaderamente
responsable.
Libertad y límite
A pesar de nuestra grandeza por llevar el sello de la imagen y
semejanza de Dios, somos limitados. Desentrañamos progresivamente los secretos
de la naturaleza y aprendemos cómo sacar provecho de las fuerzas del cosmos, y,
sin embargo, ¡cuánto queda aún fuera de nuestro control! La libertad humana no
es infinita o absoluta. Tenemos que trabajar juntamente con nuestra naturaleza.
Esta limitación fundamental de la existencia humana se manifiesta en cuatro
dimensiones:
-Limitaciones lógicas: Hay ciertas cosas que no podemos hacer
simplemente porque no se pueden hacer. Esto no se debe a la flaqueza del hombre,
sino a la realidad misma de las cosas. No puedes construir, diseñar, ni
siquiera concebir, un círculo cuadrado; es una imposibilidad lógica. Tampoco
puedes componer un soneto clásico en cinco líneas. Estas limitaciones se dan,
pues, en toda situación que es intrínsecamente contradictoria.
-Limitaciones físicas: Podemos hacer muchas cosas, pero
siempre dentro de las posibilidades de nuestra naturaleza. Ella no consiente
que tú y yo salgamos volando por la ventana sin necesidad de instrumento
alguno, ni tampoco que alcancemos una edad de 529 años, o que aumentemos
nuestra estatura unos 10
centímetros después de los 20 años. Las leyes físicas y
biológicas no dependen de nuestra voluntad, y nos señalan con claridad un
límite real.
-Limitaciones intelectuales: Ninguna persona humana es
omnisciente. Por cada segmento de información que logramos asimilar, hay una
cantidad infinita de datos que se nos escapan. Como dijo un filósofo: «Cuanto
más sé, más me doy cuenta de lo poco que sé». Nuestro conocimiento de las cosas
jamás es completo.
-Limitaciones morales: En sentido propio, esta limitación se
refiere a nuestra incapacidad para escoger siempre el bien, si no es con la
ayuda de una gracia sobrenatural. En un sentido secundario, quiere decir que
estamos sujetos a la ley moral, y no por encima de ella. Somos libres para
optar por el bien o por el mal, pero no podemos dictaminar según nuestro
capricho que algo sea bueno o malo. Somos libres para robar, pero no podemos
convertir el robo en un acto de virtud por pura fuerza de voluntad. Seguirá
siendo un acto malo, sea que lo reconozcamos o no. El bien y el mal no son
invención del hombre. La moralidad corresponde al bien y al mal objetivos. De
nosotros depende solamente el adherirnos a uno o a otro.
La presencia de restricciones es una condición indispensable
para el ejercicio de la libertad. Soy libre para jugar béisbol en la medida en
que existen unos límites que constriñen mi libertad, es decir, unas reglas que
debo seguir. Si pudiera poner un número variable de jugadores en el campo, por
ejemplo, 34, en lugar de nueve, se arruinaría el juego; ya no sería libre para
jugar béisbol. Sería, además, ridículo ir cambiando las reglas a lo largo del
partido.
La libertad sin restricciones es como un cuerpo sin esqueleto
o como una compañía que no acaba de decidir si su objetivo es hacer dinero o
perderlo. Todo carece de sentido cuando no hay una estructura, unos objetivos
claros o una dirección. La libertad necesita unos límites, como todo río
necesita sus riberas, o todo rifle su cañón.
Libertad y autocontrol
La libertad no consiste en seguir ciegamente nuestros
impulsos, sino en el autodominio. Podríamos pensar que somos libres cuando en
realidad seríamos esclavos de las cosas: de nuestros apetitos, de nuestras
pasiones, de la opinión pública, de las modas, del qué dirán. San Pedro, cuando
escribía a los primeros cristianos, acusó la contradicción de algunos que
proclamaban ser libres porque se abandonaban a los deseos carnales: «Ellos
pueden prometer libertad, pero no son más que esclavos de la corrupción; porque
si alguno se deja dominar por algo, se hace esclavo de ello» (2 Pe. 2, 19).
La esclavitud de la carne es sólo un tipo de servilismo; la esclavitud de la
voluntad es todavía peor.
Ser libre es como estar en buena forma. Cualquier persona
tiene libertad para escalar el monte Everest, pero muchos son incapaces de
hacerlo porque están fuera de forma. No hay ninguna restricción externa en este
caso, pero hay una interna. Como hemos dicho, la libertad es algo más que el
simple deseo; es la fuerza para realizar lo que deseamos. Si quiero dejar de
fumar, pero no puedo porque me falta fuerza de voluntad, no soy libre. Mi
voluntad está fuera de forma.
La libertad humana es libertad de toda la persona, no de
alguna de sus partes. Para que un esposo posea la libertad de ser fiel, debe
poder controlar sus pasiones. Sin este autocontrol no hay libertad. Imagínate
el caso de un piloto de Fórmula 1. Es libre de manejar sólo si tiene un dominio
completo sobre su vehículo. Debe ser capaz de frenar, de acelerar, de girar en
un momento dado. Todas estas maniobras exigen un estricto control sobre el
volante, el acelerador, la caja de velocidades, el freno, etc., y son
necesarias para conducir con libertad un Fórmula 1.
Si voy a esquiar, afilo las orillas de mis esquís. Ya no serán
libres de ir hacia adelante y hacia atrás, pero yo lo seré para girar y para
detenerme. Controlar y dirigir las partes en una dirección es necesario para
que el todo sea libre.
No somos libres porque no hay quien nos detenga sino porque,
con la gracia de Dios, somos capaces de alcanzar nuestro verdadero fin y
destino como hijos de Dios. Si la libertad consistiese en dar rienda suelta a
nuestras pasiones más bajas y a nuestros instintos, los animales serían más
libres que los hombres. Ellos no se sienten inhibidos por la razón o por la
conciencia. Su ley es el instinto y los reflejos.
La verdadera libertad es la capacidad para dirigir nuestros
sentimientos, pasiones, tendencias, emociones, deseos y temores bajo el
gobierno de nuestra razón y voluntad. Así entendida, la libertad requiere que
cada uno sea de verdad señor de sí mismo, decidido a luchar y vencer las
diferentes formas de egoísmo e individualismo que amenazan su madurez como persona.
Las personas verdaderamente libres son abiertas, generosas en su dedicación y
servicio a los demás.
La verdad os hará libres
Jesucristo, cuando era procesado por blasfemia y oposición a
que se pagase el tributo al César, fue obligado a comparecer ante el procurador
romano, Poncio Pilato. Pilato preguntó a Jesús acerca de sus enseñanzas y Jesús
le replicó: «Yo he venido para dar testimonio de la verdad. Todo el que es
de la verdad oye mi voz». Y el procurador, que bien podría ser el vocero de
nuestro mundo moderno, se burló y replicando: «¿La verdad? ¿Qué es la
verdad?».
Muchas personas no tienen hoy, desafortunadamente, ningún
interés por la verdad, aunque la traen a flor de labios. Para la mayoría, lo
importante es la simpatía que uno siente hacia una determinada idea, y el modo
como a uno le afecta, y no tanto si corresponde o no con la verdad objetiva.
Esto es muy cómodo, desde luego. ¡Tú cree lo que quieras creer; yo creeré lo
que yo quiera, y todos estaremos juntos y felices! Esto es pluralismo, ¿no es
así? Esto es «respeto mutuo». Cada uno tiene sus propias ideas -sobre religión
y política; acerca del aborto y del matrimonio-, y basta.
Tomemos un ejemplo. A Juan le encantan las zanahorias. Para
Martha, en cambio, las zanahorias no son nada del otro mundo; pero le fascina
el tomate. Ahora bien, ¿por qué Martha habrá de consumir sus energías
predicando las glorias y los beneficios del tomate si Juan está feliz con sus
zanahorias? En pocas palabras, ¿qué derecho tiene uno de imponer su manera de pensar
a otro?
Cuando se trata de preferencias culinarias, este razonamiento
es correcto. No tengo por qué imponer mis puntos de vista, simplemente porque
son mis puntos de vista, mis preferencias, mis gustos. Pero la verdad no es
como las verduras. La verdad es algo más que mi modo de ver las cosas; la
verdad es la realidad de las cosas en sí mismas. Y esto vale no sólo para lo
que es posible demostrar con pruebas matemáticas, sino para todo lo que es. La
verdad se impone por sí misma y exige ser escuchada.
En cierto sentido se podría decir que el conocimiento nos hace
menos libres. Una vez que descubro que la luna es un pequeño astro en el que no
hay vida, ya no tengo libertad para considerarla un disco de plata, o una
tajada circular de queso Roquefort. Mientras más sé, menos libre soy de pensar
lo que quiera. Si te cuesta aceptar esto, intenta creer que 2+2 es igual a 256.
Por mucho que te fuercen, tu mente no podrá convencerse de que 2+2 es igual a
otra cosa que no sea 4. Esto se debe a que nuestra inteligencia no es una
facultad libre. Busca siempre la verdad.
Normalmente este tipo de conocimiento no nos causa gran
problema, porque no repercute en nuestro estilo de vida. Pero si una
determinada verdad va a cambiar mi vida en la práctica, encontraré seguramente
más dificultad para aceptarla, por miedo a que me corte las alas. Esta es la
razón por la que se discute tan poco entre los cristianos el misterio de la Santísima Trinidad,
mientras que las enseñanzas de la
Iglesia sobre el aborto y los anticonceptivos es un perpetuo
campo de batalla. Y esto no porque el misterio de la Santísima Trinidad
sea más fácil de entender que la ética sexual; al contrario, es más difícil.
Simplemente, cuando nuestra forma de vivir se ve amenazada, la búsqueda
desinteresada de la verdad requiere una elevada dosis de honestidad personal.
El notable escritor italiano Alessandro Manzoni escribió en
una ocasión que si el aceptar algunas verdades matemáticas tuviese
consecuencias más prácticas en nuestra vida, veríamos muchos debates sobre la
validez del teorema de Pitágoras. Por eso Cristo dijo: «Todo el que es de la
verdad, escucha mi voz».
Y sin embargo, en un sentido más real y de mayor importancia,
el conocimiento -es decir, la verdad- nos libera. Cuando conozco me libero de
la duda, de la ignorancia y del error, y adquiero una mayor capacidad para
tomar mejores decisiones. Para ser verdaderamente libres hemos de cultivar la
adhesión incondicional a la verdad.
Libertad y cristianismo
A menudo se acusa al cristianismo de recortar nuestra
libertad. Cristo, por el contrario, dijo que Él era la Verdad, y que la Verdad nos haría libres. La
oposición se puede cifrar en estos términos: El cristianismo, ¿defiende u
oprime la libertad humana?
Quien quiera actuar éticamente ha de poder percibir la
frontera entre lo bueno y lo malo. Es una primera condición para ser libres. En
segundo lugar, no sólo debemos ser capaces de distinguir lo que es correcto,
sino que debemos contar con la fuerza necesaria para realizarlo. El cristianismo
nos promete precisamente estos dos elementos: (1) la luz para distinguir lo
bueno de lo malo y (2) la gracia de Dios, que es la fuerza para realizar el
bien.
El cristianismo nos revela a Dios en la persona de Jesucristo.
Cristo nos enseñó y nos mostró con su ejemplo la diferencia entre lo que es
correcto y lo que es incorrecto, entre el bien y el mal, entre lo que agrada a
Dios y lo que le desagrada. La
Iglesia tiene por tarea dar continuidad a la misión de Cristo
desde el momento en que Él le mandó: «Id, pues, y enseñad a todas las
naciones...».
Tal vez muchas personas insistirán hoy que la Iglesia coarta nuestra
libertad al enseñarnos a discernir entre el bien y el mal. En realidad es
justamente al contrario. Cuando nos enseña a discernir entre el bien y el mal, la Iglesia está esclareciendo
nuestras alternativas de manera que podamos tomar una decisión mejor informada.
¿Cómo podría escoger lo que ni siquiera conozco? La Iglesia, que es maestra,
nos ilumina y nos permite decidir con claridad entre el bien el mal. La
ignorancia moral nos confunde y dificulta nuestra decisión; por lo mismo,
limita nuestra libertad.
Jesús declaró que Él es la luz del mundo. La luz nos permite
ver, conocer la verdad de nuestro derredor, caminar con confianza y saber a dónde
vamos. La oscuridad no es libertad. Quienes acusan al cristianismo de limitar
nuestra libertad prefieren la oscuridad; prefieren la esclavitud de la
ignorancia a la libertad de la verdad.
Un cristiano es verdadera y genuinamente libre, especialmente
por tres razones, dos de las cuales ya hemos visto: por el conocimiento de la
voluntad de Dios, por la fuerza de la gracia de Dios, y por el regalo
inmerecido de la salvación. Por eso san Pablo identifica el cristianismo con la
libertad. En Cristo encontramos la realización completa de la humanidad, el
paradigma y el modelo de lo que significa ser plenamente hombre. En Él
experimentamos la verdad de nuestra existencia y de nuestro destino y, sobre
todo, recibimos la fuerza para vivir de acuerdo con esa verdad.
El mayor triunfo
La libertad es la raíz de nuestra dignidad como seres humanos.
Esto quiere decir que nuestra dignidad empieza con nuestra libertad, pero no
termina allí. La raíz no es todo el árbol, ni tampoco la libertad es la última
meta de nuestra existencia humana. La libertad nos ofrece la posibilidad de
obtener el mayor triunfo como creaturas hechas a imagen de Dios: el amor, el
«derramamiento» de todo mi ser hacia alguien. El amor es imposible sin
libertad. De hecho, muchos seres humanos -esencialmente libres-, no son capaces
todavía de amar, porque el amor requiere un nivel más elevado de libertad: la
capacidad de olvidarse de uno mismo, de anteponer al otro. Muchos no están
preparados para esto. Los mayores heroísmos exigen el mayor grado de libertad.
La libertad humana, en su sentido más pleno y más profundo, nos impulsa a la
donación responsable de nosotros mismos en favor de los demás. Éste es el modo
más genuino de usar la libertad y su expresión más profunda. La donación
sincera de sí mismo es la senda privilegiada que conduce a la auténtica
realización personal.
El amor es la cúspide de la libertad. «Ama, y haz lo que
quieras», es la sorprendente máxima de san Agustín. El amor asume todo lo que
es bueno. El amor busca el bien del otro pero termina por brindar el mayor bien
posible al que lo ejercita. En realidad esto no debería ser ninguna sorpresa,
pues ya san Juan nos recordaba que «Dios es amor, y el que vive en el amor,
vive en Dios» (1 Jn. 4, 16).
Cultivando mi libertad personal
A lo largo de este capítulo se han ofrecido algunas ideas y
recomendaciones para ayudarnos a vivir en la verdadera libertad. Resumamos todo
esto en cuatro principios básicos:
1. Las personas libres son dueñas de sí mismas. Los que se
dejan dominar por cualquier cosa, se hacen esclavos de ella. La libertad no
consiste en permitir que nuestros impulsos nos arrastren, sino en el
auto-dominio. Y esto, desde luego, significa auto-disciplina. Es cierto que
esta recomendación no suele ser muy grata o bien recibida, pero si somos
sinceros con nosotros mismos, hemos de reconocer su valor. Cualquier atleta
aprecia el valor y la necesidad del sacrificio. Si queremos de verdad ser
libres, hemos de aceptar el sacrificio con coraje y confianza.
2. Las personas libres son leales a la verdad. La verdad es
liberación de la ignorancia y de la duda. Para vivir como personas auténticas,
debemos buscar, venerar, vivir de acuerdo con la verdad: del sentido de la
vida, de la finalidad de las cosas que nos rodean, de la verdad de nuestro ser.
3. Las personas libres ejercitan su libertad. Crecemos en
libertad cuando la ejercitamos consciente, decidida y deliberadamente. La
rutina, si se cuela e nuestra vida, nos asemeja a un vagón de ferrocarril sobre
la vía férrea: empujado por detrás, tirado por delante, metido en una
trayectoria fija por dos rieles metálicos. Es mejor determinar por nosotros
mismos a dónde vamos, por qué vamos, y cómo llegaremos hasta allí. Sólo así
podremos poner todo lo que somos en nuestras decisiones y vivir con coherencia
nuestros compromisos.
4. Las personas libres piensan por sí mismas. No nos dejemos
gobernar por la opinión pública, por lo que están haciendo los demás, por las
ideas y las modas que hoy son y mañana desaparecen. Adhirámonos, en cambio, a
lo que sabemos que es correcto, sin tener miedo de llamar a las cosas por su
nombre, aunque corramos el riesgo de perder popularidad o de parecer
retrógrados.
Como hemos visto, la libertad es mucho más que un eslogan
pegadizo que se trae a cuento para justificar nuestras acciones. Es un don que
requiere ser administrado cuidadosamente, si hemos de usarlo bien. En el
próximo capítulo examinaremos el modo práctico de usar nuestra libertad al
tomar decisiones. Allí es donde nuestros valores tienen un impacto en el curso
de nuestra vida.
Capítulo 4: Los
valores en acción: tomando decisiones
Las elecciones forman el tejido de la vida humana. Desde la
aurora hasta el ocaso, nuestra vida discurre en una cadena ininterrumpida de
decisiones, una tras otra. Cuando te levantas por la mañana y te pones unos
calcetines grises, en lugar de tus calcetas blancas de deporte, estás tomando
una decisión. Cuando te vas a la cama por la noche, puedes elegir entre leer
unos minutos, o ver la televisión o, después de rezar un poco, partir
directamente hacia el «otro mundo». A lo largo del día tomamos continuamente
decisiones sobre qué hacer, cómo hacerlo y por cuánto tiempo.
Hay dos formas de enfocar esta serie de decisiones, así como
hay dos formas de enfocar la vida: podemos imaginar que es una sucesión de
experiencias inconexas, o podemos contemplar la vida como un conjunto lleno de
significado, como una historia o un viaje. Para el primer enfoque, la vida se
parece a uno de esos canales de televisión que transmiten una serie
ininterrumpida de videos musicales. Este enfoque invita a saborear el néctar de
la vida, a paladearlo y beberlo sin dejar una gota; su consigna es: ¡vivir el
momento! La vida, en su conjunto, no tiene significado. Nuestras decisiones son
totalmente independientes unas de otras y carecen de consecuencias. Lo
importante es vivir «según los propios sentimientos».
El segundo enfoque, en cambio, considera la vida como un viaje
en el que cada uno es capitán de su propio barco. Tus elecciones son maniobras
que realizas con el timón, y tienen un efecto real en tu trayecto. Otro modo de
considerar la vida desde esta perspectiva es asemejarla a una novela histórica
en la que cada uno es co-autor y personaje principal. El drama de tu vida es
una aventura cuyo argumento, fascinante e intrincado, se va desenvolviendo ante
los tus ojos a medida que lo vives. Tu pasado, tu presente y tu futuro forman
parte de un todo continuo, ininterrumpido y lleno de significado.
Nuestras decisiones reflejan nuestros valores; así también,
nuestros valores son como el telón de fondo de nuestras decisiones. Esto quiere
decir que nuestros valores constituyen una fuerza orientadora que está detrás
de nuestras decisiones. Si aprecias el valor del orden, lo reflejarás con tu
decisión de doblar bien la ropa, ordenar las cosas del escritorio antes de
empezar a trabajar, etc. Las elecciones y los valores son compañeros
inseparables. Nuestras decisiones son la manifestación concreta de nuestros
valores.
¿Qué hay de por medio en una elección?
No todas las decisiones producen el mismo impacto en nuestra
vida. Algunas, como el matrimonio, marcan un comienzo, un cambio importante en
nuestro estilo de vida. Otras, como elegir la corbata por la mañana, repercuten
poco en nuestra vida. Sin embargo, todas las elecciones, grandes y pequeñas,
constan de algunos elementos que podemos resumir en cinco puntos: 1) libertad
de elección, 2) múltiples posibilidades, 3) deliberación, 4) renuncia, y 5)
acto de elegir. Cada ingrediente es necesario y, cuando falta alguno, no hay
elección.
Libertad de elección
La elección se basa en una premisa básica: la libertad.
Sencillamente, donde no hay libertad no puede haber elección. Si bien hay quien
niega el libre albedrío, es decir, que tengamos una voluntad realmente libre,
nuestra experiencia personal y el sentido común nos confirman su existencia. Tú
y yo somos libres de actuar como queramos.
La libertad de elección depende de la conciencia, de la
reflexión y de la fuerza de voluntad. Una elección no es una respuesta ciega a
un estímulo, parecida al instinto de un animal. Es, más bien, la capacidad de
tomar una decisión después de haber reflexionado sobre distintas posibilidades.
Incluso la pasividad es una forma de elección: la abstención
del ejercicio de nuestra libertad. Equivale a consentir que otras personas o
que los acontecimientos decidan por nosotros. La pasividad equivale a abordar
un tren cualquiera sin importarnos su destino; o flotar en medio de un río
dejando que la corriente nos lleve adonde quiera. La pasividad, en definitiva,
es abdicar voluntariamente el derecho y el deber de protagonizar nuestro propio
destino. Es un modo de abusar de nuestra libertad.
Así pues, nos vemos obligados a elegir. La vida se entreteje a
base de decisiones constantes, una detrás de otra, y debido a nuestra
naturaleza de seres libres no podemos esquivar el tener que elegir. La
pasividad dice: «No quiero elegir». Pero en realidad, aun cuando decidamos no
elegir, estamos realizando una elección. Si todos los días Guillermo pregunta a
Susana si se quiere casar con él, y cada día ella responde: «No lo sé,
pregúntamelo mañana», al final de su vida, Susana se habrá quedado soltera,
habiendo elegido, de hecho, esta opción.
Las elecciones no están desconectadas entre sí. Dado que la
vida discurre en una trama, tus decisiones más importantes repercuten
profundamente sobre las elecciones cotidianas menos significativas que sueles
afrontar. En efecto, esas elecciones menores a menudo provienen directamente de
tus decisiones básicas, como ramas que brotan de un tronco, o calles que se
originan de una misma avenida. Cada elección es una bifurcación en el camino.
Si manejas por carretera y decides tomar cierta autopista, las
nuevas alternativas que se te presenten estarán determinadas por esta elección.
Nunca hallarías las siguientes salidas si no hubieras tomado esa autopista. Del
mismo modo, hay muchas posibilidades que ni siquiera consideras, porque no
elegiste la ruta que conduce a ellas.
En el poema El camino no tomado, Robert Frost representa
estupendamente esta imagen y expone la importancia y la trascendencia de las
decisiones de la vida:
Dos caminos se bifurcan en un bosque dorado,
y no poder elegir los dos es mi lamento,
pues soy un único viajero;
y me detengo largo tiempo...
Nuestras elecciones presentes determinan nuestras opciones
futuras. Una vez emprendido un determinado sendero, daremos sólo con las
encrucijadas que se hallan en ese camino.
Piensa en el cuento de Peter Pan. El inmortal enemigo del
Capitán Hook se enamora de la pequeña Wendy, que era una persona normal. Se le
ofrece la oportunidad de elegir entre seguir siendo como es, sin ella, o
volverse una persona normal con ella. Esta fue la encrucijada de su camino.
Como Chesterton expresó con tanta perspicacia: «Ni siquiera en el mundo de las
hadas podrás recorrer dos caminos a la vez». Solamente se puede escoger una
opción.
Si bien tus elecciones presentes repercuten en las futuras, no
por eso dañan o disminuyen tu libertad. Por ejemplo, si permaneces fiel a tus
deberes y mantienes tu palabra, no se debe a que tu libertad está condicionada
por la decisión que tomaste, sino que ratificas y confirmas libremente hoy lo
que ayer elegiste.
Múltiples posibilidades
Un día, a las dos o tres de la tarde, el estómago te avisa que
ya es hora de comer. Vas al refrigerador, pero lo encuentras vacío. Abres la
despensa y encuentras tan sólo una lata de sopa de cebolla, que no hay más que
calentar... En este caso sólo existe una opción: la sopa de cebolla (claro que
morir de hambre también podría ser una opción, pero no la vamos a considerar).
Sólo podemos elegir cuando se presenta, al menos, una alternativa.
Si envías tu solicitud de ingreso a dieciséis universidades y
sólo te aceptan en una, no necesitas decidir, pues no tienes alternativa.
Ahora bien, para que se dé una elección no basta con que haya
por lo menos otra opción, sino que debes darte cuenta de que existe esa
alternativa. En el ejemplo anterior, de nada te serviría descubrir a la mañana
siguiente una alacena repleta justamente al lado de la despensa donde
encontraste la lata de sopa. Estaba allí, pero no lo sabías; así es que, por lo
que ve a tu elección, es como si nunca hubiera existido. Si tu hermanito menor
hubiera abierto las cartas de aceptación que te enviaron las dieciséis
universidades, te habría perjudicado mucho, pues no hubieras podido elegir lo
que no conocías.
Deliberación
El aspecto intelectual de una elección se llama deliberación.
Consiste en ponderar atentamente las posibilidades según sus aspectos positivos
y negativos. «Este coche tiene una línea más elegante y viene con aire
acondicionado. Este otro, en cambio, es más barato y gasta menos gasolina...».
Deben observarse muchos factores antes de adoptar una decisión.
No todas las elecciones requieren el mismo esfuerzo de
deliberación. A menudo aplicamos ese piloto automático, tan especial y
conveniente, que se llama «hábito». Hay varios tipos de nudos que podrían
servir para atarse los zapatos, pero es raro que nos apartemos del tradicional
nudo de florecitas que aprendimos cuando niños. Lo hacemos en un instante, sin
pensarlo. ¡Imagínate si tuvieras que estar ponderando cada movimiento de los
dedos cuanto te atas los zapatos!
Anudarse los cordones es sólo un ejemplo. Quien está
aprendiendo a jugar golf tiene la cabeza llena de mil consejos cuando se acerca
a la pelota colocada en el césped: las piernas separadas, la cabeza hacia
abajo, tirar de los hombros, balancear el peso, girar sobre uno mismo, soltar
las muñecas... -con tantos consejos en la cabeza tendrá mucha suerte si acierta
a darle a la pelota-. Pero después de horas de práctica, la mayoría de estos
consejos resultan superfluos. Jugar golf se vuelve algo natural.
Somos seres
rutinarios, y quizá esto nos libre de volvernos locos. Si tuviésemos que pensar
en todos los pequeñas pasos que realizamos cuando conducimos, hablamos,
caminamos, comemos y nos vestimos, nos quedaríamos mentalmente secos a media
mañana.
La formación de los hábitos libera la mente y le permite
realizar elecciones más importantes. En vez de pensar con qué dedo formar el
lazo del nudo del zapato, podrás reflexionar en un nuevo contrato o en la
presentación que harás por la tarde. En lugar de concentrarte en mantener recto
tu brazo izquierdo, calcularás exactamente en qué parte del green deseas que
caiga la pelota. En lugar de poner conscientemente un pie delante del otro,
pensarás más bien a dónde quieres ir.
Renuncia
El cuarto elemento de cada elección es la renuncia. Quizá te
sorprenda, porque no estamos acostumbrados a enfocar la elección como la
negación de algo, sino, por el contrario, como libertad de hacer algo. Pero
ésta no es más que una cara de la moneda. La palabra decisión deriva del latín
de-cidere, que quiere decir "separar cortando". Seleccionar una parte
implica siempre dejar el resto.
¿Recuerdas cuando tu mamá te llevaba de niño a la heladería?
Te preguntaba: «¿Qué sabor quieres?», y tras unos momentos de angustiosa
indecisión, probablemente mencionabas, al mismo tiempo, dos o tres:
«¡Chocolate, ...y vainilla, ...y fresa!». ¿Por qué te costaba tanto decidir?
¿Por qué en ciertos momentos las elecciones resultan tan difíciles? Porque al
optar por el de chocolate, eliminabas el de pistache, el napolitano, el de
coco, y las demás posibilidades que tanto prometían a tu paladar. Debido a
nuestra capacidad limitada, cada elección supone una renuncia. Nos gustaría
elegirlo todo... ¡todos los helados parecen tan sabrosos!
Del mismo modo, sólo tenemos una vida para vivirla y nuestras elecciones
adquieren un peso especial debido a esa limitación. Tendremos que realizar
nuestras elecciones con realismo y reflexión, considerando lo que implican. Si
tuviésemos a disposición muchas vidas podríamos ensayar cualquier cosa. Al fin
y al cabo tendríamos por delante nuevas posibilidades. Pero, como ya hemos
dicho, sólo tenemos un cartucho en la vida, y más vale que lo aprovechemos bien
a la primera.
El acto de elegir
Pero los cuatro elementos mencionados hasta ahora no son
suficientes. Nos llevan solamente al borde de la decisión. El escenario está
listo, cada cosa está en su lugar, pero falta un ingrediente indispensable: la
elección en sí, el acto de elegir. Podría parecer evidente, pero aquí es donde
está la esencia de la elección, cuando lo que podría ser se transforma en lo
que es. Los otros cuatro componentes constituyen sólo las condiciones
necesarias para que la elección sea posible.
Hay dos tipos de elección: elecciones intelectuales y
elecciones vitales. No es lo mismo decidir una cosa que realizarla. Una cosa es
el plan y otra es la ejecución, aunque ambas sean formas de elección. Como
Shakespeare nos recuerda: «Si hacer fuera tan fácil como saber qué sería bueno
hacer, las capillas serían catedrales, y las chozas de los pobres, palacios de
príncipes». En otras palabras, la elección no es solamente un acto de la
inteligencia, sino también un acto de la voluntad.
Basta ver a un niño de seis años en la piscina: decide que ha
llegado el momento de tirarse del trampolín de tres metros, como hacen los
chicos más grandes. Sube la escalerilla del trampolín tomando bocanadas de aire
llenas de resolución; se acerca lentamente hasta la punta, echa un vistazo
hacia abajo y le parece que el agua ¡está tan lejos...! que termina por bajar
por la escalerilla con igual resolución. Otro ejemplo bien conocido es el de
las dietas. Muchos se imponen un régimen estricto; calculan escrupulosamente el
número de calorías de cada alimento y confeccionan un menú que compite en
frugalidad con el de un asceta... pero sucumben miserablemente ante el primer
ofrecimiento de chocolates envinados o de un trozo de pastel de queso con
fresas. Nuestras decisiones manifiestan mejor su radicalidad en las situaciones
difíciles.
En la actualidad se ha difundido el temor a elegir, la actitud
del «no-comprometerse». Muchos carecen de la madurez básica necesaria para
comprometerse en un proyecto, en un ideal, o con una persona, en especial
cuando el compromiso es para toda la vida. ¿De dónde proviene esa actitud? De
la visión del compromiso, es decir, del ejercicio de la libertad, como una
limitación de la libertad personal: «En cuanto me comprometo, quedo obligado;
elimino las demás posibilidades y me ato a las consecuencias de mi elección».
Cada elección es total, en el sentido de que el pasado es
irrevocable: nunca podré volver atrás y repetir lo que hice o no hice. Con
todo, encuentro mi felicidad y mi realización personal precisamente aquí: en
ejercer responsablemente mi libertad, y no en llenar un gran depósito de libertad
potencial que nunca usaré.
Un hombre rico que no gasta nunca su dinero por miedo a
quedarse pobre, termina por vivir como un mendigo (que era precisamente lo que
quería evitar). La mentalidad de no-comprometerse encierra una paradoja
similar. La persona que teme comprometer su vida en una causa noble, en un
ideal, con una persona, vive en realidad como quien no tiene libertad; por
temor al compromiso, termina por perder su libertad.
En cada elección, especialmente en las más fundamentales, se
acepta siempre un cierto riesgo. ¿Cómo te sentirás dentro de cinco años? ¿Cómo
sabes que esto y aquello no cambiará? ¿Cómo puedes estar seguro de haber
encontrado tu vocación? Este riesgo no hace más que ennoblecer y embellecer una
promesa, pues supone un compromiso maduro y personal, que no depende de las
circunstancias actuales o futuras. La fidelidad irá aquilatándose con el paso
del tiempo, más aún si viene con dificultades.
Las cuatro grandes
Después de repasar los elementos de toda elección, podemos ahora
considerar los tipos de decisiones que existen. Se pueden clasificar según su
grado de «trascendencia». Trascender significa ir más allá del momento. Las
elecciones trascendentes son las que afectan más profundamente nuestras vidas y
las de los demás. Algunas influyen poco; otras lo hacen de modo radical y
condicionan nuestras decisiones futuras.
El histórico día en que Julio César decidió cruzar el río
Rubicón, tomó otras muchas decisiones que pronto fueron olvidadas. Cada día
realizamos numerosas elecciones: algunas insignificantes y algunas que
estremecen todos los rincones de nuestra existencia.
La trascendencia de una elección depende de su profundidad y
permanencia. La profundidad se refiere al grado de implicación de una persona
en su elección. La elección de mudarme a otro estado del país me afectará mucho
más, sin duda, que la de pedir unas enchiladas suizas en lugar de unos huevos
rancheros en un restaurante. En el primer caso mi vida y mi persona se verán
más comprometidos.
La permanencia es el factor temporal de nuestras decisiones.
Una elección cuyos efectos se pueden percibir por un tiempo prolongado es
trascendente; otras, en cambio, son como estrellas fugaces, pues rápido se
desvanecen. Tatuarse es una decisión más trascendente que maquillarse: el
tatuaje quedará por muchos años; para eliminar el maquillaje bastará lavarse.
A decir verdad, muy pocas decisiones en la vida sacuden
profundamente nuestra existencia. Vivimos la mayor parte de nuestros días sobre
las consecuencias de las elecciones que hemos hecho. Además, no siempre
reconocemos la trascendencia de nuestras decisiones al momento de tomarlas.
En cierto sentido, la decisión de la señora Jordan de regalar
a su hijo Michael -el jugador estrella de los Bulls de Chicago- una pelota de
baloncesto, en lugar de un charango o una subscripción al semanario sobre aves
Bird Watchers´ Weekly, fue un momento histórico. El día en que Johann y María
Beethoven decidieron inscribir a su hijo Ludwig en clases de piano, en lugar de
enviarlo a aprender natación o estudiar arquitectura, fue un gran momento,
tanto para Beethoven como para la música. A veces las consecuencias de nuestras
decisiones emergen sólo con el tiempo.
Mientras que algunas decisiones adquieren un notable
significado gracias al desarrollo de los acontecimientos, otras son importantes
por su misma naturaleza. Éstas requieren mayor reflexión y ponderación. Valdrá
la pena detenernos a considerar un momento las cuatro decisiones más
importantes que la gente suele afrontar en su vida.
La elección de una carrera.
Muchas personas afrontan esta decisión. Ciertamente, entre las
cuatro que vamos a examinar, ésta es la de menor trascendencia, y varía de
individuo a individuo. Para algunos la carrera no es más que la forma más
conveniente de poner pan sobre la mesa cada día y de mantener lleno el tanque
de la gasolina. Un número cada vez mayor de personas cambia de profesión varias
veces durante su vida, según las oportunidades que se vayan presentando.
Para otros, en especial para aquellos que han pasado años
estudiando y preparándose, la decisión adquiere mayor significado. Un doctor,
por ejemplo, invierte muchos años en prepararse. El motivo de dicha elección
depende, a menudo, del deseo de realizar algo en la vida y contribuir de ese
modo al bien de la sociedad.
Elegir una vocación
Otra decisión importante consiste en elegir una vocación. En
este caso no nos estamos refiriendo al curso introductorio que se suele ofrecer
a los aprendices en algunos trabajos, ni tampoco al curso de orientación para
ingresar en una universidad. Por eso la vocación no forma parte del mismo
apartado dedicado a la carrera, pues tiene sus características propias. Una
vocación (del latín vocare, llamar) es una llamada, un sendero particular de
servicio a Dios y a nuestro prójimo. La vocación marca el estilo de vida que
Dios ha señalado para cada persona, la misión para la cual Él creó a cada uno.
Los cristianos distinguen, tradicionalmente, tres tipos de vocación: 1)
matrimonio, 2) celibato, 3) vida consagrada (dedicada exclusivamente a Dios),
que incluye el sacerdocio, la vida religiosa y la consagración seglar.
Desafortunadamente, el término vocación ha sufrido muchas
distorsiones en los últimos treinta años, y en la actualidad muchos jóvenes no
piensan ni siquiera en preguntarse qué les pide Dios en sus vidas. Sin embargo,
no puede minusvalorarse un tema tan serio. Si Dios me creó, Él sabe para qué me
creó. Es verdad que me creó para que fuera feliz, pero, ¿quién conoce mejor lo
que me hará feliz a la larga? ¿Él o yo? No es difícil perder de vista la verdad
más elemental de nuestra vida: de dónde vengo, a dónde voy y cómo puedo llegar
ahí.
Para un joven resulta importante considerar esta pregunta con
objetividad y generosidad, ayudándose de la oración. ¿Me está llamando Dios a
ser sacerdote, religioso, cónyuge o laico consagrado? No debería darse esto por
supuesto con demasiada facilidad. Con frecuencia se responde a esta pregunta:
«Sólo quiero ser normal, y hacer lo que la mayor parte de la gente hace». Pero
quien piensa así olvida que no estamos hechos «en serie», como los automóviles
o las computadoras. Dios me creó personalmente, me ama personalmente y espera
que yo, personalmente, cumpla una misión. No me dio la vida sólo para que fuese
«normal», o «uno del montón».
Elegir cónyuge
La mayor parte de las personas, al llegar a la madurez
juvenil, afrontan la delicada elección de su pareja. No debe subestimarse la
profundidad, la hermosura y la importancia de este paso en la vida,
especialmente en una era en la que esta institución humana fundamental sufre
violencia y distorsión.
Desconcierta la superficialidad con que muchas personas se
acercan al matrimonio, si se tiene en cuenta la seriedad con que afrontan otras
decisiones menos importantes. Piensa, por ejemplo, en la elección de un coche.
Hay quienes pasan meses buscando marcas y modelos diferentes, consultando a
expertos o propietarios de coches. Antes de cerrar el trato quieren estar
seguros del consumo de gasolina, de las garantías, del sistema eléctrico, de la
durabilidad de los neumáticos: todo ha de funcionar a la perfección. Un coche
es una inversión y tiene que compensar el gasto.
La elección del cónyuge sobrepasa infinitamente cualquier
compra. Se trata de encontrar un compañero para toda la vida, alguien con quien
compartir las alegrías y tristezas, un amigo del todo especial. Los esposos se
embarcan en una de las aventuras más grandes que ofrece la vida: formar una
familia, célula de la sociedad.
Desafortunadamente, muchos se dejan guiar por criterios
periféricos para decidir con quién casarse, reflejo de la concepción tan
superficial que tienen del matrimonio. Pasan por alto las cuestiones más
profundas y prestan más atención a aspectos frívolos y secundarios. El elemento
más importante de compatibilidad entre un hombre y una mujer no está en que les
guste jugar juntos a los naipes, o en que tengan alguna otra afición o
pasatiempo en común; ni siquiera en el mutuo atractivo.
Aunque estos aspectos también tienen su lugar, el ingrediente
primordial debe ser el coincidir en su visión de la vida, de la fe, de los
ideales y objetivos para su futuro hogar. Cuando hay unidad en lo que es
fundamental y esencial, podrán solucionarse con el diálogo otros aspectos menos
importantes en los que no concuerdan. Pero si los ideales, las creencias y las
aspiraciones no coinciden, no será de extrañar que surjan graves dificultades
cuando la luna de miel ceda el paso a la realidad de vivir juntos.
La elección de vivir como cristianos
La cuarta elección vital que deben afrontar los creyentes es
la decisión de ser o no ser cristianos. Hay que advertir que no se trata
simplemente de llevar el título de «cristianos», como quien tiene un
certificado colgado en la pared; ni siquiera de llevar el sello del bautismo en
el alma (que es la puerta de entrada para formar parte de la Iglesia y el punto de
partida de la vida cristiana): una carrera olímpica es mucho más que el disparo
de salida. Se requiere un proceso, un ponerse en camino.
Decidirte a ser cristiano significa optar por seguir a
Jesucristo, aceptar la salvación que Él te ofrece y comprometerte a vivir según
sus enseñanzas. La fe y las obras se combinan para formar la esencia de la vida
cristiana. Nuestra elección proviene de la convicción de que Jesucristo es el
Hijo de Dios, que vino a la tierra, vivió y murió para salvarnos, y resucitó de
entre los muertos como prueba de su victoria sobre la muerte. Pero también
implica un determinado estilo de vida. El cristianismo no consiste sólo en una
creencia intelectual separada de la vida práctica. Más bien, se presenta como
un camino de vida según el ejemplo y las enseñanzas de Aquél que le dio nombre:
Jesucristo.
Si pudiésemos preguntar a Cristo cuáles son las decisiones más
importantes en la vida, ¿qué nos diría?
Para Cristo la opción más fundamental se reduce, en
definitiva, a escoger entre la vida y la muerte. Como mencionamos en el primer
capítulo, las palabras de Cristo son simples y claras: «¿De qué le sirve al
hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? Pues ¿qué puede dar el hombre a
cambio de su alma?» (Mt. 16, 26). Esta es la opción más importante que nos
ofrece la vida: la senda que conduce a la vida eterna o el camino que lleva a
la muerte eterna. No resulta fácil aceptar la disyuntiva, por su tono tan
drástico. Pero son palabras de Cristo mismo. Las opciones que vamos realizando
-grandes y pequeñas- forman parte de esa elección única y radical entre la vida
y la muerte.
Cristo nos advierte que en el día del juicio final se trazará una
clara línea para separar dos grupos de hombres: los que vivieron para los demás
y los que vivieron para sí mismos. Hace la comparación con un pastor que separa
las ovejas de los cabritos. Dice a los que están a su derecha (las ovejas):
«Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para
vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de
comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba
desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis
a verme» (Mt. 25, 34-36). Ellos responden diciendo que nunca lo vieron en tales
condiciones, pero Él les contesta: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a
unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt. 25, 40).
El cristianismo toca el corazón de nuestra vida y repercute en todas nuestras
decisiones. El cristiano es de verdad un hombre nuevo.
Desde luego, cuando uno decide vivir como cristiano no pone
fin a la contienda. No basta una resolución de «una vez para siempre» para que
todo quede resuelto. Esta decisión no nos libera automáticamente de las
tentaciones o de las dificultades; más bien, nos ofrece una nueva orientación
fundamental.
Opción fundamental
De todas las elecciones que hacemos hay una que fija los
horizontes y el marco de toda nuestra vida. Todas las demás decisiones las
tomamos en referencia a esta opción fundamental. Implícita o explícitamente,
damos a nuestra vida una dirección básica, un significado completo.
La vida del hombre es una unidad. Un hilo conductor recorre en
toda su extensión nuestras decisiones y acciones. Para cada persona existe un
principio, una orientación profunda en la vida, un ideal vital que la persona
aspira a realizar, y al que se subordinan todos los demás valores o proyectos.
La opción fundamental de vida no es un acto particular que precede a otros. Es
una actitud subyacente y una orientación primaria que está presente tácitamente
en todas nuestras decisiones.
Utilizo intencionalmente la palabra opción, en lugar de
elección, porque su significado es más amplio y profundo que el de una
elección. No busca un objeto particular sino que abarca toda nuestra
existencia. Esta opción determina el significado que cada uno confiere a su
vida y la orientación que imprime a sus acciones.
Decir que es fundamental subraya el hecho de que afecta el
núcleo y los cimientos más profundos de la existencia humana, la relación de
una persona consigo misma y con Dios. Expresa el dilema entre dos posibilidades
opuestas que, según santo Tomás de Aquino, se resumen en una elección a favor o
en contra de Dios. Es la base de toda elección futura.
El hombre ha sido creado para alcanzar un fin último, y no
sólo algunos «bienes» particulares. En cada acto nos realizamos, hacemos de
nosotros la persona que somos. Elegimos nuestro fin eligiendo los medios. Si
alguien dice: «Quiero esto y esto», pero sus acciones no se dirigen a ese fin,
podemos deducir que en realidad no lo quiere o, por lo menos, que hay otra cosa
que quiere más.
Nuestras elecciones configuran y desvelan nuestra identidad.
Cada elección nos hace y, al mismo tiempo, muestra el tipo de personas que de
verdad somos, manifiesta nuestra opción fundamental. Babe Ruth fue un gran
jugador de béisbol que bateó muchos home-runs. O, mejor dicho, cada vez que
lograba conectar un home-run, estaba haciendo de sí mismo un gran jugador de
béisbol. Nunca lo clasificaríamos entre los grandes del béisbol si jamás
hubiera hecho un hit. Del mismo modo, nuestras pequeñas decisiones son una
expresión de la orientación de nuestra vida y, al mismo tiempo, determinan esa
orientación.
Si optas por decir una mentira habrás optado no sólo por ese
acto aislado, sino que también habrás optado por ser un mentiroso. No existen
personas honestas que cometan actos deshonestos. Como dijo Cristo: «¿Acaso se
recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da
frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede
producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Así que por sus
frutos los reconoceréis» (Mt. 7, 16-20). Nuestras acciones manifiestan lo que
somos. Nuestro estilo de vida -la suma total de nuestras acciones- es la
expresión exterior más clara de nuestra opción fundamental de vida.
Raramente se dan trasformaciones radicales de 180 grados en la
vida. Por lo general cambiamos poco a poco, de forma imperceptible. Judas
Iscariote no nació traidor, ni Teresa de Jesús nació santa. Una persona
generosa puede volverse menos generosa gradual y sutilmente. Un individuo
egoísta puede mejorar si elige actuar cada vez con más generosidad y bondad en
las incontables oportunidades que le ofrece la vida. En cada acto libre nuestra
opción fundamental puede ser ratificada, modificada o, incluso, invertida.
Decisiones firmes
Hemos hablado de las decisiones, de sus componentes y de las
decisiones importantes que afrontamos en la vida. Pero aún resta el aspecto más
práctico: ¿Cómo puedo tomar buenas decisiones? ¿Cómo puedo alcanzar el nivel de
madurez en el que podré ser libre de verdad, capaz de comprometerme sin temor y
de mantener mis compromisos con serenidad y alegría? Vamos a considerar cinco
principios básicos que nos pueden ayudar como guía para tomar decisiones
maduras y prudentes.
1. Saber qué es lo que se quiere. Si todavía no estás seguro
de lo que quieres en la vida, si no has alcanzado aún la etapa en que puedes
decir: «Éste es el verdadero significado de la vida», con dificultad podrás
tomar otras decisiones. No podrás saber si una decisión concreta te lleva más
cerca o más lejos de tu meta si no has establecido primero cuál es esa meta.
Hay que empezar por lo primero. Para tomar decisiones hace falta tener unos
principios. Ya lo decía Chesterton: «La clave para solucionar cualquier problema
es tener un principio, así como la clave para poder leer una cifra es tener un
punto. Cuando un hombre conoce sus propios principios, entonces puede actuar».
Hay muchos que dan por sentados sus principios y se sumergen
en mil actividades sin pensar en su significado. Corren el peligro de
desperdiciar los mejores años de la vida apoyando sus esfuerzos en ilusiones,
emociones e impresiones, en lugar de fundarlos en valores y objetivos
duraderos. Vale la pena invertir el tiempo y las energías que sean necesarios
en descubrir el significado de la vida. Es lo más importante que hemos de
averiguar.
2. Fundamentar las decisiones en lo perdurable, y no en las
impresiones o sentimientos del momento. El doctor Spencer Johnson, en su
best-seller «"Sí" o "No": guía para mejorar las decisiones»
ofrece este simple secreto para acertar en las decisiones: «Para descubrir lo
verdaderamente necesario me pregunto: ¿Qué me gustaría haber hecho?» Se suele
decir que las cosas se ven mejor en retrospectiva, una vez que ya ocurrieron.
Cuando miramos hacia atrás, percibimos con mayor facilidad si hemos tomado una
buena decisión o no. Podemos, entonces, aplicar el siguiente experimento a
nuestra opción fundamental: proyectarnos en el futuro hasta el final de nuestra
vida y desde allí, desde ese lugar estratégico, volver la mirada para
contemplar nuestro paso por la tierra con mayor claridad y objetividad. ¿Qué
nos muestra esta visión «retrospectiva»?
Muchas cosas, que en su momento parecían importantes, asumirán
un valor relativo -o incluso insignificante- a la luz de la eternidad. Otros
aspectos, que hoy pueden parecernos poco interesantes, se transformarán en
elementos esenciales y de la máxima importancia para nuestra vida. Los bienes
materiales, la fama, los logros personales y el poder sobre los demás se
convertirán, sin duda, en poca cosa. Los gestos de bondad, de generosidad y de
amor brillarán de improviso con un resplandor nuevo. Al final de nuestra breve
estancia en la tierra, cuando nos encontremos ante el umbral de nuestro paso a
la eternidad, ¿qué nos gustaría haber hecho? Nuestra mayor consolación será
«haber vivido una vida bien vivida».
3. Reflexionar antes de elegir. La deliberación debe ser
proporcional a la trascendencia de la decisión. Algunos se lanzan de forma
impulsiva y toman compromisos que más tarde querrán rechazar. Otros se dejan
llevar por sus sentimientos en lugar de razonar. Y hay también algunos
indecisos a quienes les cuesta mucho tomar incluso una pequeña decisión. No
temamos elegir, comprometernos con un ideal o con un modo de vivir. Nunca
tendremos una certeza completa. Tenemos que aprender a ser prudentes en la
decisión, pero enérgicos y diligentes en la ejecución.
Esta reflexión a menudo supone consultar a otros. Conviene,
sobre todo, preguntar a personas prudentes, cuyas vidas sean testimonio de la
solidez de sus propios principios y decisiones. Quien cuenta con un amigo que
puede ayudarle a discernir el sendero justo en medio de la duda y de la
indecisión posee un auténtico tesoro.
4. Renovar cada día las «decisiones clave». Nunca permitas que
tus decisiones vitales se vuelvan una rutina ni las des por descontado. Estas
decisiones tocan lo más profundo de tu alma y comprometen toda tu persona. A
veces atropellamos con excesiva superficialidad nuestras convicciones más
profundas; otras veces las dejamos oxidar por el «desuso». Deberíamos, en
cambio, renovarlas cada día, ratificarlas con plena libertad, devolverles su
primera lozanía, especialmente cuando la fidelidad a ellas nos exija mayores
sacrificios.
Renueva tu ideal. Mantenlo siempre presente y no lo pierdas
nunca de vista. Renueva el amor a tu vocación, ese único sendero y estado de
vida que Dios eligió para ti con un amor infinito y personal. Renueva tu amor a
Dios, tu amor a la persona de Jesucristo. Y manifiesta este amor
comprometiéndote a seguirlo «en las buenas y en las malas», en una obediencia
plena y fiel a su voluntad, a su Iglesia, a sus mandamientos, y de modo
particular al mandamiento del amor.
Estas opciones son el verdadero cimiento de tu vida, las que
dan sentido y significado a tu trabajo, a tus esfuerzos, a tus sudores y
lágrimas.
«Renovar» no significa «cuestionar» los compromisos que has
adquirido, o «replantear» tus decisiones una y otra vez. Renovar es hacer nueva
una cosa, revitalizarla, darle frescura e ilusión. Renovar es lo contrario de
caer en la rutina, ese cáncer del alma que reseca la vida, dejándola marchita y
seca, como una flor sin perfume ni belleza. Renovar es la vitalidad del
comenzar de nuevo.
5.Mantener la mirada fija en la meta. Quien compite en una
carrera no se limita a correr mucho y rápido, o a mantener un paso constante
para no agotarse; sino que se dirige hacia un destino muy preciso. Si corres
mucho y rápido, pero en la dirección equivocada, o haciendo un rodeo por donde
no debías, no sólo no ganarás, sino que ni siquiera lograrás mantenerte dentro
de la competencia. Para tomar buenas decisiones, primero hay que saber a dónde
se quiere ir y qué es lo que se está buscando.
Aunque sea perogrullada, hay que decirlo: si no sabemos a
dónde vamos, es seguro que no llegaremos a ninguna parte. Cuando uno sale de
viaje con toda la familia, normalmente no llena el coche de equipaje, acomoda a
sus hijos y a su esposa, y sale a toda velocidad por la carretera... sin haber
antes decidido a dónde va y cómo piensa llegar. Es cierto que a veces salimos
sólo a dar un paseo, sin ningún destino preciso en la cabeza. Pero todas las
carreteras llevan a alguna parte. Eventualmente llegaremos a un lugar, y
posiblemente no sea del tipo que nos gustaría visitar. Un modo más inteligente
de actuar es fijar primero un destino y después salir a tomar el camino que
lleve hasta ahí.
Saber a dónde voy es, ciertamente, resolver más de la mitad
del problema. Sin embargo, esto no tiene ningún valor si no lo utilizo para
llegar efectivamente a ese lugar. Saber cómo llegar implica utilizar los medios
apropiados para conseguir el objetivo. Hay muchas autopistas muy placenteras en
el mundo, pero sólo una determinada combinación me llevará a donde quiero ir.
La costera de Manzanillo a Puerto Vallarta, en México, es muy hermosa, pero de
poco me servirá si tengo que volver de Manzanillo a Guadalajara.
Con estos principios en mente, podemos ahora enfocar los
valores que más nos afectan como personas. De todas las decisiones que tomamos
en la vida, las decisiones morales o éticas son las que tienen una mayor
importancia. Ellas se rigen por nuestros valores más profundos y determinan el
tipo de personas que seremos. A ellas les dedicaremos el siguiente capítulo.
Capítulo 5: El
valor moral
Hitler dijo que era un invento de los judíos. Sigmund Freud la
redujo al «super-ego» inconsciente, y los seguidores del análisis transaccional
la explican como una interiorización de la figura del padre en la persona. Para
ser algo que supuestamente no existe, la conciencia atrae ciertamente más
atención de la que merecería. La mayor parte de nosotros cree que la existencia
de la conciencia es un hecho inequívoco. Su evidencia crece día a día por
nuestra experiencia personal, y es una realidad tan obvia como nuestra mente,
nuestro corazón, nuestros dientes y nuestras uñas.
La lucha contra la propia conciencia -precisamente porque es
inseparable de la experiencia humana- es uno de los temas perennemente
favoritos de la literatura. Obras como Telltale Heart, de Poe; Scarlet Letter,
de Hawthorne; Macbeth de Shakespeare; y Crimen y Castigo, de Dostoievski
apuntan al corazón de nuestra existencia y dramatizan experiencias morales que
todos hemos vivido de primera mano.
Dentro de la serie innumerable de opciones que tomamos en la
vida, nuestras decisiones morales son, seguramente, las más sobresalientes.
Nuestras decisiones de conciencia constituyen los momentos de mayor grandeza en
nuestra vida. Quizá a esto se debe la inmortalidad de las obras literarias que
he citado, las cuales siguen despertando una fascinación particular en las
nuevas generaciones.
A pesar de nuestra familiaridad con la conciencia, sigue
siendo una noción confusa que nos cuesta indicar con el dedo. ¿En qué pensamos
cuando escuchamos la palabra «conciencia»?
Quizá la imaginación se adelanta y pone frente a nuestros ojos
dos figuritas, prendidas de cada uno de nuestros hombros; una toda vestida de
satín blanco, con alas doradas y una aureola resplandeciente; la otra armada
con tridente, cuernos, vestida de rojo y con una malévola expresión en el
rostro. O, tal vez, la palabra «conciencia» trae a la memoria la imagen de Pepe
Grillito, el amigo de Pinocho, exhortando a la traviesa marioneta a «dejarse
guiar por su conciencia». En cierta ocasión pregunté a una clase de niños de
educación básica, qué es la conciencia. Uno me contestó: «es una campanita que
empieza a tocar cuando hacemos algo que no debemos».
Estos ejemplos nos dicen algo acerca de la conciencia, pero no
nos dan una imagen completa.
El Bien y el Mal
Antes de analizar la conciencia, tenemos que echar un vistazo
al bien y al mal. En 1980, cuando estudiaba en la Universidad de
Michigan, a uno de mis compañeros en el curso de psicología le costaba mucho
aceptar un modo particular de conducta defendido por el profesor. Levantó la
mano y preguntó: «Pero ¿es correcto?» Después de un momento de silencio el
profesor respondió: «Prefiero no emplear los términos ´correcto´ y
´equivocado´; para mí, todo se describe mejor utilizando los términos
´práctico´ o ´impráctico´». Mi compañero aceptó la respuesta, aunque se veía en
su cara un notable desconcierto por la idea de reducir toda la moralidad a un
asunto de mero pragmatismo.
Nuestra experiencia de la obligación moral es completamente
única, substancialmente diferente de cualquier otra experiencia humana. La
encontramos en la esencia de nuestra identidad como personas humanas libres y
responsables. En su libro El problema del dolor, C.S. Lewis expresa
estupendamente la singularidad de este fenómeno: «Todas los seres humanos que
la historia conozca han admitido algún tipo de moralidad; es decir, han
experimentado ante determinadas acciones esa "sensación" que puede
expresarse con las palabras "debo" y "no debo". Estas
experiencias... no se pueden deducir lógicamente del entorno ni de la
experiencia física del hombre que las vive. Se podrán barajar todo lo que se
quiera frases como "yo quiero", "me veo forzado",
"convendría estar bien asesorado", y "no me atrevo", pero
jamás se extraerán de ellas ni una pizca de un "debo" y un "no
debo". Los intentos por reducir la experiencia moral a cualquier otra cosa
nunca dejan de presuponer precisamente lo que intentan probar».
Es importante reconocer la existencia del bien y del mal
objetivos para apreciar el valor de la conciencia. La conciencia dirige
nuestras acciones hacia el bien, hacia algo que existe realmente y nos atrae.
Nuestra alma posee una tendencia espontánea que le urge, con la fuerza de un
mandato, a hacer el bien y evitar el mal. Esta tendencia, como la llama Newman,
es «la voz de Dios en el alma». Esta inclinación interior tan irresistible no
nos la enseñó nadie, ni la asimilamos de nuestra cultura, ni es una decisión
que tomamos por cuenta nuestra. Es una característica común de todos los seres
humanos.
«El bien» no se identifica simplemente con lo que me atrae o
que me resulta agradable o útil. Algo es bueno cuando es lo que debería ser, y
algo es ´bueno para mí´ cuando me ayuda a ser lo que debo ser. La «bondad» es
la perfección de la naturaleza y la plenitud de la existencia. Una «buena
comida» es una comida que cumple lo que debe cumplir: deleitar el paladar y
alimentar. Una comida a base de pastelillos y batido de fresa no es una buena
comida, aunque pueda agradar a algunos paladares, porque le falta una cualidad
esencial: la de alimentar. Un partido de fútbol es bueno cuando reúne todos los
elementos que debe reunir: competitividad, destreza atlética, jugadas limpias y
emoción.
Y ¿qué podemos decir de una persona buena? Si alguien nos dice
que Martha es una buena persona, todavía no podemos deducir si se trata de una
extraordinaria gimnasta, de una chica inteligente o alucinantemente hermosa. Lo
único que sabemos es que ha de ser una persona desinteresada, honesta, leal,
generosa y amable. En otras palabras, sabemos que es una persona moralmente
buena, según unos parámetros objetivos de bondad.
Sin importar la abundancia (o escasez) de otras cualidades y
talentos, la bondad moral es siempre el peso que se pone en la balanza cuando
se trata de calificar a una persona como buena o mala. Por ejemplo ¿cuál podría
ser «la libreta de calificaciones» de Adolfo Hitler en valores humanos? Tal vez
sería algo así:
HITLER, Adolf
Valentía 9.5 Astucia 9.8 Inteligencia 9.9
Fuerza de voluntad 10.0
Valor moral 0.0
Valor como persona
0.0
A pesar de las elevadas notas de Hitler en algunos sectores,
su calificación final como persona refleja su vida moral. El valor moral se
sobrepone a los demás valores. Cuando actuamos bien ratificamos la verdad de
nuestro ser, pues somos imagen y semejanza de Dios, la Bondad por excelencia. Por
otro lado, cuando obramos mal, negamos esta verdad, incurrimos en una falsedad
moral. La conciencia es la voz de la verdad, y hace cuanto de ella depende para
preservarnos de vivir en la mentira. El remordimiento de conciencia funciona a
modo de alarma que se activa cuando algún acto cometido no ha sido coherente
con la verdad de nuestro ser.
El verdadero tú
La persona humana posee diversas facultades corporales y
espirituales. Así, por ejemplo, gracias a su inteligencia puede distinguir
entre lo verdadero y lo falso. También es capaz de percibir y discernir
sensaciones, sonidos, visiones y olores -caliente o frío, grito o murmullo,
claro u oscuro, dulce o salado- gracias a sus sentidos externos. La conciencia
es la facultad que le permite distinguir entre el bien y el mal.
Santo Tomás de Aquino definió la conciencia como «el juicio
práctico de nuestra razón que decide sobre la bondad o la maldad de nuestros
actos humanos». Es como un «vigía siempre en vela» para detectar la verdad
moral; es la facultad que nos dice lo que debe hacerse y lo que debe evitarse
en un momento u otro; es como una voz interior que nos dice: «¡Haz esto...! ¡No
hagas aquello...!».
Las nociones populares sobre la conciencia nos dicen algo
acerca de su naturaleza, pero casi todas ellas tienen un defecto común, que es
el de situarla fuera de nosotros mismos, como una especie de policía que está
sentado esperando la ocasión para acusarnos cuando violamos la ley moral. En
realidad, la conciencia no es una ley fría, arbitraria y externa, sino una ley
razonable, que está escrita en nuestros corazones; de hecho, es nuestra propia
razón, pero en su papel de juzgar el valor de nuestras acciones.
Tú eres tu propia conciencia. Tu «verdadero yo», tu «yo
profundo, espiritual y trascendente», él es tu conciencia. Todos experimentamos
en nuestro interior tendencias opuestas, dada nuestra naturaleza caída. Nuestro
espíritu quiere volar alto, mientras que nuestras pasiones e instintos (lo que
algunos llaman «la carne») quieren arrastrarnos hacia abajo. San Pablo
describió esta lucha interior entre la carne y el espíritu en su carta a los
romanos: «Realmente mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero,
sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo
con la Ley en que
es buena; en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en
mí. Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en
efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que
no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y, si hago lo
que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí.
Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me
presenta. Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero
advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me
esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros» (Rm. 7, 15-23).
Es claro que Pablo se identifica con su ser espiritual
interior; ése es el verdadero Pablo. Es la misma expresión que utiliza el
salmista cuando dice: « Bendigo a Yahveh que me aconseja; aun de noche mi ser
interior me instruye» (Sal. 16:7). La imagen que tenemos de la conciencia
depende de la imagen que tenemos de nosotros mismos. Si reconocemos en nosotros
dos tendencias opuestas, no nos queda más remedio que tomar partido. Tenemos
que decidir cuál de las dos será nuestro «verdadero yo».
Si me identifico con mis pasiones y tendencias instintivas, si
las considero mi verdadero yo, entonces me parecerá que la conciencia y la
razón son una camisa de fuerza de la que debo librarme. Éste es el punto de
vista freudiano, perpetuado en el psicoanálisis clásico y en los movimientos
que glorifican lo primitivo y lo instintivo. La teoría de la educación de Jean
Jacques Rousseau se basa también en esta visión del hombre. Para Rousseau,
cuanto más primario e instintivo, tanto mejor. Deshagámonos de la razón y
dejemos que broten los sentimientos más silvestres. Bajo esta perspectiva, la
conciencia se convierte en un tabú, un «super-ego», una personificación de
normas sociales que hemos de vencer.
Si, por otro lado, me identifico con mi espíritu, que anhela
la verdad y el bien, entonces encauzaré y aprovecharé la fuerza de mis pasiones
en lugar de someterme servilmente a su tiranía. Ningún caballo se siente cómodo
con un freno en el hocico, como tampoco nuestra carne se siente a gusto cuando
la sujetamos a nuestra voluntad. Todo depende, por tanto, de que decidamos ser
caballo o jinete.
El cristianismo nos llama a convertirnos en hombres «nuevos»,
a identificarnos con el espíritu y las obras del espíritu. «El espíritu es el
que da vida; la carne para nada aprovecha» (Jn. 6, 63). Cuando obedecemos a la
carne y actuamos contra nuestra conciencia, actuamos contra nosotros mismos.
Cuando obedecemos a nuestra conciencia, respondemos a nuestras aspiraciones más
profundas, las cuales nos llevan a la satisfacción y a la felicidad.
Enfoque moral
Aunque la conciencia forme parte de nuestro verdadero ser
interior, esto no quiere decir que sea puramente subjetiva. Ella juzga de
acuerdo con una determinada norma o principio, y esta norma es la verdad moral objetiva. La conciencia es personal, pero objetiva. Es tan personal como la
vista de cada uno. Todos podemos ver una misma cosa, pero cada uno lo hace con
su propia vista. Diez personas con buena vista reconocerán que la bandera de
México es tricolor (verde, blanca y roja), y que tiene como escudo en el centro
un águila devorando una serpiente. Si una de ellas dijese que la bandera de
México es azul con estampados amarillos en forma de triángulo, podríamos
deducir inmediatamente que le haría bien una visita al oculista. Algo parecido
ocurre con la verdad moral: podemos verla gracias a nuestra «vista moral», que
llamamos conciencia.
Para que la conciencia emita juicios certeros, es indispensable
que se encuentre sana; de otro modo percibirá la realidad deformada y
pronunciará sentencias equivocadas. Cristo lo dejó muy claro cuando comparó la
conciencia con los ojos: «La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Si tu ojo está
sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si está enfermo, también tu cuerpo
estará a oscuras» (Lc. 11, 34).
Si alguien tiene la córnea de sus ojos deformada, verá las
cosas más grandes y delgadas de lo que son. Si no lo operan o le colocan unos
lentes, jamás podrá apreciar correctamente la distancia, la profundidad ni la
forma de las cosas. Algunos expertos creen, por ejemplo, que las figuras
alargadas de los cuadros de El Greco se deben más a una disfunción visual que a
una técnica revolucionaria. Lo mismo puede pasar con nuestra conciencia. Si se
deforma, juzgará nuestras acciones de forma distorsionada: lo que está mal le
parecerá o «sentirá» que está bien, y verá maldades donde no hay más que
bondad.
En la actualidad se glorifica, a menudo, la conciencia como si
fuera una guía de conducta infalible, único e indiscutible punto de referencia
para el bien y el mal. «Es un asunto personal entre mi conciencia y yo». «Usted
siga su conciencia; yo seguiré la mía». «Si su conciencia está de acuerdo,
entonces está bien».
Esta actitud brota del subjetivismo moral, el cual sostiene
que todo depende del punto de vista de cada uno, y que no hay una moral
absoluta. Lo que está bien para una persona no tiene nada que ver con lo que
está bien o mal para otra. Apoyándonos en este subjetivismo, podemos sentir la
inclinación a justificar moralmente todo lo que nos plazca, siempre y cuando se
acomode a nuestra conciencia subjetiva.
Este subjetivismo conduce a una especie de «moral de
cafetería», donde cada uno escoge las doctrinas, los dogmas, las normas y las
enseñanzas que le gustan o que coinciden con su estilo de vida. Pero ya san
Pablo, que se esforzó con todas sus fuerzas por obrar el bien, señaló que la
conciencia no es el juez supremo, pues también ella se puede equivocar: «Cierto
que mi conciencia nada me reprocha; mas no por eso quedo justificado. Mi juez
es el Señor» (1 Co. 4, 4).
Ninguno de nosotros tiene la última palabra sobre el valor
moral. Si nuestra conciencia puede discernir entre el bien y el mal es porque
ha sido «calibrada» de antemano según el orden objetivo de la verdad moral.
Cuando un hombre inventa algo, él pone las reglas. El bien y el mal, en cambio,
no son fabricación humana. Asesinar voluntaria e injustamente a una persona es
siempre moralmente malo; aquí no cabe más que sujetarse a esta norma, y no
querer sujetar la norma a las propias opiniones.
Si somos honestos, hemos de reconocer que en el fondo de
nuestra conciencia existe una ley que no ha sido escrita por nosotros, y a la
cual nos sentimos obligados a obedecer. Podemos obrar el bien o el mal, pero no
podemos decidir por nosotros mismos que algo sea bueno o malo. Podemos
«decidir», por ejemplo, no respirar más oxígeno, pero al cabo de un minuto, más
o menos, nuestro cuerpo nos recordará que no le hemos consultado antes de tomar
esta decisión. Podemos «decidir» que el cianuro sea saludable pero si ingerimos
una pequeña cantidad estamos comprando un boleto «sólo de ida» al cementerio.
Algunas cosas son como son a pesar de nuestras opiniones o de nuestros deseos
personales.
Al mismo tiempo, el bien y el mal no son arbitrarios, sino
razonables. No son simplemente los antojos de algún legislador caprichoso. La
justicia, por ejemplo, es buena -realmente buena. No es una noción inspirada en
la fantasía de Dios cuando se sentó en cierta ocasión a escribir los Diez
Mandamientos. Es buena porque es buena. Dios no exige la honradez, la justicia,
la templanza y la religión porque siente que son buenas, sino porque son
realmente «buenas» para nosotros. Lo moralmente bueno es precisamente tal en
virtud de que es «bueno para nosotros». En efecto, cuanto más examinamos la
bondad, más atractiva y prometedora la encontramos en todos sentidos.
Volviendo al ejemplo de nuestro barco, nuestra conciencia nos
guía de forma muy parecida a como hace la brújula que mantiene el barco en la
ruta. La brújula señala hacia el norte. Gracias a ella podemos saber qué
dirección lleva el barco y rectificar el curso de la nave de acuerdo con la
ruta que nos habíamos fijado. Si la brújula es veraz, todo lo que tiene que
hacer el timonel es seguir la aguja que apunta hacia el norte, con la seguridad
de que el barco va hacia el norte. Pero la brújula puede fallar e indicar un
norte falso, que bien puede ser el sudeste. Así, en lugar de llegar a
Groenlandia, tal vez el barco atraque en Cuba. Esto quiere decir que el piloto
estaba «subjetivamente» en lo correcto, pues no hizo más que obedecer a la
brújula; sin embargo, «objetivamente» estaba equivocado, pues la brújula le
sacó de la ruta que él quería seguir.
Más que un sentimiento
El juicio de la conciencia es una actividad intelectual. Es un
acto de la razón, no un sentimiento. Solemos sentir satisfacción cuando hemos
actuado bien; y experimentar remordimiento cuando hemos obrado mal, pero la
conciencia en sí no es un sentimiento. Muchas actividades producen
sentimientos, pero las actividades de por sí no son sentimientos. Podemos
«sentirnos bien» jugando béisbol o yendo a una fiesta de cumpleaños, pero ni el
béisbol ni las fiestas son sentimientos. No nos sentimos muy bien en el sillón
del dentista, pero tampoco el sillón del dentista es un sentimiento. Un
sentimiento es el resultado de otra cosa, un efecto. Los sentimientos
frecuentemente acompañan la actividad de la conciencia, pero la conciencia no
es un sentimiento.
Los juicios de la conciencia no son destellos aislados de una
reflexión moral, sino conclusiones razonadas. Cuando te sientes mal después de
haber mentido para salir de una situación difícil, es porque tu conciencia está
juzgando tu acción y, a la luz de los principios objetivos, te dice que has
obrado mal: «Debes decir siempre la verdad. Mentir es malo. Has actuado mal».
En realidad este proceso es casi siempre instantáneo y los juicios morales se
vuelven un hábito, pero siguen siendo juicios racionales. No es que sólo
sientas que has obrado mal, sino que lo sabes.
Esta importante distinción puede salvarnos de caer en algunos
errores comunes ligados a los sentimientos y a la moralidad. Algunas veces
podríamos pensar que, puesto que no nos sentimos mal después de determinadas
acciones, éstas no son malas, aunque sepamos que violan principios básicos de
una conducta recta.
Esto es particularmente común cuando hemos formado el hábito
de obrar mal. Después de repetir una mala acción varias veces, terminamos por
no sentir que es algo malo; la conciencia ya no nos reprende por nuestra
conducta. Podemos, incluso, experimentar un sentimiento de poder y de
satisfacción, por ejemplo, después de vengarnos de un enemigo. Pero esto no disminuye
nuestra responsabilidad, ni cambia la cualidad moral de nuestras acciones. Más
bien indica que nuestra conciencia se ha deformado. Algunas veces pasa lo
contrario y nos sentimos culpables aunque no hayamos hecho nada malo (es el
caso de la conciencia escrupulosa). Pero éste también es un error.
El papel de la conciencia
Pero, ¿acaso se reduce la conciencia a avisarnos que hemos
obrado mal? En realidad, esa es sólo una parte de la actividad de nuestra
conciencia. De hecho, ella actúa en tres momentos distintos: 1) antes de
decidirnos a actuar, 2) mientras actuamos, y 3) después de haber actuado. Antes
de decidirnos a actuar, la conciencia nos ilumina y aconseja. Nos revela la
cualidad moral de la acción que estamos pensando realizar y, en consecuencia,
ordena, prohíbe o permite, según sea la acción buena o mala. Mientras actuamos,
nuestra conciencia atestigua que la acción es moral o inmoral, buena o mala.
Finalmente, después de haber actuado, la conciencia juzga lo que hemos hecho y
emite un juicio de alabanza o de condena por el acto cometido.
Se podría comparar la conciencia con el dolor físico. A nadie
le gusta sentir dolor y, sin embargo, tiene una función muy importante. El
dolor nos anuncia que algo no anda bien en nuestro organismo. Supón que te has
fracturado una pierna, pero no sientes ningún dolor. Tal vez seguirías
trabajando o jugando, aunque la lesión se hiciese más grave; tal vez el hueso
soldaría por sí solo, pero en una posición incorrecta. Del mismo modo, la
conciencia nos indica que se ha producido un daño en nuestra vida de forma que
podamos repararlo.
El papel de la conciencia, sin embargo, no se limita a
descubrir lo malo, sino que nos alienta, y esto es más importante, a obrar el
bien, a buscar la perfección en todo lo que hacemos. Cuando se presenta la
oportunidad de ayudar a una persona mayor a llevar la bolsa de compras a su
coche, o de lavar los platos en la cocina, nuestra conciencia nos estimula a
actuar de forma positiva.
Calibrando con precisión
Cuando la conciencia es sana no anda con ambages: «al pan, pan
y al vino, vino»; reconoce y llama bien al bien y mal al mal, sin confundirlos.
Pero, por diversos motivos, nuestra conciencia puede desajustarse, como ocurre
con las básculas que no señalan el peso correcto. Tal vez la mayor parte de
nosotros no se inquietaría demasiado al subir a un báscula que marca menos de
lo que debería. Más aún, quizá nos halagaría descubrir que la aguja se detiene
en los 70 kg.,
en lugar de ir hasta los 85 kg.
que pesamos en realidad. Sin embargo, quien desea conocer la verdad sabe que no
puede engañarse utilizando básculas defectuosas.
Para ayudarnos a distinguir entre una conciencia bien
calibrada y una que está desajustada, podemos emplear tres adjetivos que
describen los grados de sensibilidad de la conciencia: escrupulosa, laxa y bien
formada.
1. Escrupulosa: Una conciencia escrupulosa es una conciencia
enferma. Es como una báscula que marca más de lo debido: todo le parece peor de
lo que es. Descubre pecados donde no los hay y ve pecados graves donde hay sólo
alguna imperfección. La persona escrupulosa es tímida y aprensiva; cree que
«sentir» equivale a «consentir» y, por lo mismo, confunde la tentación con el
pecado. Vivir con una conciencia escrupulosa es como conducir un auto con el
freno de mano puesto: en continuo estado de fricción, tensión y estrés.
La conciencia escrupulosa es un síntoma de la falta de
confianza en la bondad y en el amor de Dios. El mejor tratamiento para esta
enfermedad moral es formar nuestra conciencia correctamente, de acuerdo con las
normas objetivas, y hacerse aconsejar por alguien de probada rectitud de
juicio.
2. Laxa: Si la conciencia escrupulosa peca por exceso, la
conciencia laxa peca por defecto. Se asemeja a una báscula que marca menos de lo
debido. La persona con conciencia laxa decide, sin fundamentos suficientes, que
una acción es lícita, o que una falta grave no es tan seria. Ve virtudes donde
hay pecados y acepta como bueno lo que es una clara desviación de la ley moral.
La persona laxa tiene como lema: «Errar es humano»; vive
convencida de que es demasiado débil para resistirse al pecado, y tiende a
quitarle toda importancia. No se preocupa ni hace esfuerzo alguno por
investigar si lo que va a hacer es malo; se excusa en un «todo mundo lo hace,
por lo que no debe de ser tan malo». Este tipo de persona tiende también a
infravalorar la responsabilidad de sus acciones. Una conciencia laxa es como un
resorte vencido. A fuerza de repetir actos contrarios a lo que exige su
conciencia, la persona laxa pierde toda tensión espiritual; su conciencia ya no
le reclama. Normalmente empieza por cosas pequeñas, pues cree que «carecen de
importancia»; no advierte que ese camino desemboca en el abismo. Como señaló
Chesterton: «Un hombre que jamás ha tenido un cargo de conciencia está en serio
peligro de no tener una conciencia que cargar».
3. Bien formada: La conciencia bien formada se localiza entre
estos dos extremos. Una conciencia bien formada es delicada: se fija en los
detalles, como un pintor de pincel fino que no se contenta con figuras y formas
más o menos burdas, sino que insiste en la perfección, incluso en los aspectos
más pequeños.
La persona que tiene su conciencia bien formada sabe que se
encuentra delante de Dios en cada instante; no se deja llevar por sofismas ni
pretende huir de la verdad. Aún más, la conciencia bien formada no se limita a
percibir el mal, sino que impulsa a buscar activamente el bien y la perfección
en todo.
Obligación moral
Como hemos visto, la conciencia es mucho más que un grillito
cantor con sombrero de copa. Ella entra en acción constantemente a medida que
trazamos la ruta de nuestra vida como seres libres. Para vivir moralmente, es
necesario aceptar dos obligaciones en relación con nuestra conciencia: formarla
y obedecerla. Para ser hombres de bien es preciso tomar una resolución firme de
actuar según las reglas objetivas que nos muestra la razón. Sin embargo,
nuestra conciencia no es infalible; requiere educación. De ahí nuestro deber de
formarla.
Obedecer a la conciencia
A menudo es difícil obedecer a la conciencia. Thomas More,
Canciller de Inglaterra en el s. XVI, fue decapitado por su buen amigo, el rey
Enrique VIII, por haberse negado a reconocer a Enrique como cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Fue
un problema de conciencia. Pero ordinariamente las dificultades surgen de
nuestro interior: las pasiones, la soberbia y el egoísmo tiran de nosotros en
dirección opuesta a la que debemos seguir.
Un obstáculo particular de nuestra época es la tendencia al
racionalismo. Cuando no alcanzamos a comprender el por qué de una norma u
obligación, rehusamos obedecerla. Esto contrasta curiosamente con la
experiencia diaria de la vida, en la que aceptamos sin mayor dificultad un
sinnúmero de leyes y fenómenos que no comprendemos plenamente. Pocas personas
podrían dar una explicación científica seria del magnetismo, de la electricidad
o de la gravitación de los cuerpos; los demás nos conformamos con admitir que
son una realidad y que «funcionan». Cada vez que enciendo la luz de mi
habitación, entro en contacto con un fenómeno «misterioso», del cual ignoro más
de lo que sé. Tal vez deberíamos ser más consecuentes en el campo moral y
admitir que, aunque las proposiciones éticas son de suyo razonables, no siempre
seré capaz de descubrir sus «porqués» con mi entendimiento, especialmente si no
soy perito en la materia. Esto no elimina mi responsabilidad, la cual brota de
un principio general que comprendo en sí o de la libre aceptación de una
autoridad que me comprometo a obedecer.
Formar una conciencia recta
Nuestra conciencia no es infalible y, de hecho, se equivoca.
Algunas veces se debe a una formación deficiente. Es posible, por ejemplo, que
un niño crezca con un sentido equivocado de lo que significan algunos valores
de notable importancia moral, como el perdón de nuestros enemigos, la honradez,
la pureza y la obediencia a la autoridad legítima. También ocurre que personas
dotadas de valores sanos se equivocan al afrontar circunstancias nuevas o
imprevistas. La conciencia es un juicio humano e imperfecto, que requiere
educación y, a veces, corrección.
Toda persona debería al menos conocer suficientemente las
obligaciones morales de su propio estado y profesión: un médico debería conocer
la ética médica; una pareja casada, sus deberes mutuos y para con sus hijos; un
hombre de negocios, sus obligaciones para con sus empleados, así como los
principios de la justicia y de la caridad. ¿Cómo imaginar a un cristiano que
ignora los Diez Mandamientos y la enseñanza moral básica de Cristo y de su
Iglesia? Estas obligaciones morales son los principios objetivos, los puntos de
referencia para nuestra conciencia.
Cuestión Perspectiva
Nuestra conciencia, lo hemos dicho, decide el tipo de persona
que somos y que seremos; ella abre o cierra las compuertas de nuestra
fecundidad y felicidad personal. Nuestra conciencia es mucho más que un
apéndice de nuestra vida, especialmente para los cristianos. Como señala el
Papa Juan Pablo II en su encíclica El esplendor de la verdad: «La conciencia
moral no encierra al hombre en una soledad infranqueable e impenetrable, sino
que lo abre a la llamada, a la voz de Dios. En esto y no en otra cosa reside
todo el misterio y dignidad de la conciencia moral: en ser el lugar, el espacio
santo donde Dios habla al hombre».
Nuestra postura ante la conciencia refleja muchas veces
nuestra postura hacia la vida. Para algunos, la conciencia es un fastidio, un
yugo que hay que sacudirse, una voz que les fastidia con sus prohibiciones y
recriminaciones: «¿Por qué no me dejará en paz? Tanta gente lo hace, y mi
conciencia no me deja...».
Es curioso que despotriquemos contra nuestra conciencia cuando
normalmente no nos quejamos de nuestras demás facultades. Nadie se lamenta de
poseer una buena inteligencia, o buenos sentimientos, o un buen sentido del
olfato o de la vista. ¿Por qué enojarse ante una conciencia sana? Tal vez
porque no nos deja disfrutar el mal «a gusto». Ciertamente este modo de pensar
no es muy sano que digamos. El hecho de reconocer nuestra culpa después de
haber obrado mal no es más que una consecuencia lógica; como es lógico que
caigamos enfermos después de un atracón de veinticuatro hamburguesas. Si el mal
nos inquieta, deberíamos sentirnos agradecidos; es señal de una conciencia
sana. Querer hacer una maldad sin sentir remordimiento desentona con el
verdadero sentido de nuestra vida.
Otros, en cambio, aceptan la conciencia como lo que es: un
regalo. Quien de verdad quiere obrar correctamente, encuentra en su conciencia
una herramienta sumamente útil, que le permite mantenerse en la senda correcta,
aunque sea estrecha. Todo depende, por tanto, de lo que uno quiera hacer con su
vida. Si un conductor, por ejemplo, en un arrebato adolescente, prefiere salir
de la carretera para dar brincos con el coche por parajes agrestes, verá en la
barrera de protección de la carretera un estorbo que se opone a ese capricho.
Los conductores «normales» suelen agradecer que haya carriles señalados y
barreras de protección que les ayudan a mantenerse sobre la cinta asfáltica.
Quien decida vivir en conformidad con la verdad de su propia existencia,
agradecerá igualmente el auxilio de una conciencia que le permita mantenerse
dentro del camino que le llevará al objetivo que persigue.
Más allá del legalismo: el amor
Nuestras actitudes marcan el tono de nuestros actos y colorean
nuestras reacciones. ¿Has estado alguna vez con una persona que ama
verdaderamente el arte? Se puede pasar una hora contemplando un Renoir o un
Monet, mientras que otro pasaría por delante sin ni siquiera darse cuenta. Una
puesta de sol o un jardín radiante de color le provoca una necesidad
irresistible de correr por una cámara fotográfica o por un pliego de papel y
una caja de acuarelas. Su predisposición positiva le mantiene en perpetuo estado
de «observador de arte» y todo le habla de arte.
Cada uno podría preguntarse: «¿Cuál es mi predisposición hacia
lo bueno y lo malo? ¿Me entusiasma el deseo de vivir una vida recta?» Pienso
que hay dos modos de responder a estas preguntas fundamentales. En primer
lugar, tenemos a esas personas cuya meta en el campo moral es la de no
infringir las reglas. Se sienten satisfechas con «mantener limpia su
conciencia». Esta actitud se puede denominar legalismo moral. Para esta clase
de gente, la moralidad es un código de leyes, un conjunto de reglas que hay que
obedecer, límites que hay que respetar. Puesto que la tendencia normal de la
gente es buscar el mínimo exigido, la moralidad se resuelve en los términos
«permitido» y «prohibido».
El primer defecto del legalismo moral es que oculta nuestras
omisiones, todo el bien que podríamos hacer, pero que no hacemos. A veces nos
sentimos satisfechos con no cometer ningún delito, pero olvidamos que nuestro
paso por esta tierra conlleva el deber de realizar obras de bien. También nos
ocurre que pasamos por la vida haciendo muchas cosas que en sí mismas no son
malas, pero que se centran en nuestros propios intereses, sin ofrecer ningún
beneficio a los demás.
La esencia del cristianismo es algo más que evitar el mal: es
imitar a Cristo, que «pasó haciendo el bien» (Hch. 10, 38). Esta realidad nos
recuerda la parábola de Cristo sobre los talentos que un señor dio a tres
siervos para que los administraran. Cuando el señor volvió para ver cómo habían
aprovechado los talentos, alabó a los dos primeros siervos, pero al tercero lo
condenó porque desperdició el talento que había recibido, escondiéndolo y
perdiendo la oportunidad de lograr algún beneficio.
San Pablo se esforzó denodadamente por dejar su mentalidad de
fariseo legalista, pues sabía que ella refleja la relación que se da entre un
esclavo y su señor, y no la que corresponde a la verdadera libertad de los
hijos de Dios. Defendió la ley del amor contra una legalidad fría y
desencarnada. San Agustín comprendió tan bien esto que llegó a resumir la ley
moral en su célebre frase: «¡Ama, y haz lo que quieras!». Cuando una madre está
afligida porque su hijo está enfermo, no se conforma con cumplir su «deber»
mínimo de madre; no se pregunta por el límite inferior de su obligación. ¡No!
Movida por el amor, rebasa con mucho el mínimo exigido por «la ley», y se
desvive por aliviar a su niño. Busca al mejor doctor, consulta a otros papás,
consigue las mejores medicinas. ¿Por qué? Porque es el amor el que la impulsa y
no la mera obligación.
Para quienes desean amar a Dios de verdad, para quienes
aspiran a realizar cabalmente las potencialidades de su ser, la conciencia es
un faro de luz de inestimable valor; es una guía que les permitirá recorrer el
sendero del amor más elevado y de la donación de sí. Ella les alertará ante
cualquier claudicación en la búsqueda de su ideal, y los impulsará hacia metas
cada vez más elevadas.
Pocos escritores han descrito el poder del amor mejor que
Tomás de Kempis: «Gran cosa es el amor; bien sobre manera grande; él solo hace
ligero todo lo pesado y lleva con igualdad todo lo desigual. Pues lleva la
carga sin carga y hace dulce y sabroso todo lo amargo... El que ama, vuela,
corre y se alegra, es libre y nada puede frenarlo. El amor no siente la carga
ni hace caso de los trabajos; desea más de lo que puede, no se queja que le
manden lo imposible, porque cree que todo lo puede y le conviene. Para todo,
pues, sirve, y muchas cosas cumple y pone por obra, en las cuales el que no ama
desfallece y cae. El amor siempre vela, y durmiendo no se duerme; fatigado, no
se cansa; angustiado, no se angustia; espantado, no se espanta; sino, como viva
llama y ardiente antorcha, sube a lo alto y se remonta con seguridad. Si alguno
ama, conoce lo que significa esta palabra».
En resumen, la conciencia orienta a quien vive en el amor, no
en el legalismo, y le ofrece un camino seguro para emplear correctamente su
libertad, dando respuesta a esa pregunta fundamental en la vida: ¿cómo usar la
propia libertad?
Nuestra respuesta a esta pregunta (expresada con las obras y
no sólo con las palabras) marca la ruta de nuestra vida y, a la larga,
determina la clase de persona somos.
Capítulo 6: Armonía
de la persona humana
Quien sigue su conciencia ha encontrado la puerta que conduce
hacia una vida auténtica. Como dice William Kilpatrick, «La moralidad no
consiste simplemente en aprender las reglas de lo bueno y lo malo; es una
rectificación total de nosotros mismos». El hombre es como un cubo de Rubik,
ese «cubo mágico» que estuvo de moda hace algunos años: ningún cuadro puede
estar fuera de lugar. Todas las partes del hombre se encuentran
interrelacionadas; se requiere la armonía entre ellas para que el hombre
realice su potencial. Esta auto-rectificación suele llamarse comúnmente
«madurez». A diferencia de los demás valores, que perfeccionan y complementan a
la persona, la madurez sintetiza e integra los valores humanos en un todo
orgánico.
A todos nos gusta que nos consideren maduros. Uno de los
insultos más humillantes para un muchacho de quince años es que se le tache de
«inmaduro». Los adolescentes ambicionan con todas sus fuerzas, además de ser
aceptados por sus compañeros, que se les considere maduros. Cada año, muchos
jóvenes estudiantes, recién salidos del bachillerato, se trasladan a otras
ciudades para continuar sus estudios y, de paso, para paladear el sabor de la
independencia (toda una oportunidad para determinar su porvenir y llegar a ser
adultos).
La madurez es un valor universal, algo que todos desean por la
imagen que expresa: «Soy maduro, soy independiente, sé pensar por mí mismo».
Sin embargo, una cosa es que a uno lo consideren maduro y otra muy distinta es
que en verdad lo sea. Damos así una vez más con la afirmación de que libertad
no sólo no existe sin la responsabilidad sino que depende de ella.
Por lo general, la gente asocia la madurez con la edad (a
mayor edad, mayor madurez). La edad, es cierto, tiene algo que ver con la
madurez (nuestro desarrollo psicológico, intelectual, físico y espiritual se va
verificando con el pasar del tiempo). Sin embargo, la edad no es el factor
determinante. Hay octogenarios irresponsables, como hay muchachos maduros de
catorce años. Basta un simple vistazo a los problemas que afligen a la sociedad
en nuestros días para percatarnos de que no todos los mayores de 25 años son
verdaderamente maduros.
Todos conocemos casos que ilustran este hecho lamentable. Un
ejemplo típico es el hombre de mediana edad que abandona a su esposa y a sus
hijos por una mujer más joven. Nuestra reacción inmediata puede ser de
incredulidad, lástima y coraje: «¡Qué tontería! ¡Pobre mujer y pobres hijos!
¡Qué canalla!» Cabe notar, aparte de las obvias implicaciones morales, una
absoluta carencia de madurez humana. En lugar de un hombre, tenemos un
adolescente con toda la apariencia exterior de un adulto.
Mitos de la madurez
La cultura popular suele atribuir a la madurez elementos que
no corresponden a su verdadera naturaleza. Hay tres mitos, en especial,
entrelazados con las nociones modernas de madurez: 1) invulnerabilidad, 2)
infalibilidad, 3) inflexibilidad.
En primer lugar, la madurez no es invulnerabilidad. Nuestra
sociedad presenta a veces la madurez como si fuese una cierta inmunidad de toda
tentación o maldad, como si lo bueno y lo malo fuesen cosas de niños. Los
adultos suelen creer que ya están «más allá del bien y del mal» (para usar una
expresión de Nietzsche). Basta pensar en los carteles colocados en las salas de
cine o en los periódicos que anuncian películas pornográficas: «Sólo para
personas maduras» (como si la preocupación por la moral fuese sólo un asunto de
niños). La verdad, por supuesto, es todo lo contrario. Un adulto es maduro
precisamente porque no necesita que nadie le diga que debe obrar el bien y
evitar el mal. Actúa según sus convicciones personales y su recta conciencia.
Una persona madura reconoce sus debilidades. Evita las
ocasiones que pueden conducirlo al mal y busca las oportunidades para hacer el
bien. Como diría Alexander Pope: «Los necios corren allí donde los ángeles no
se atreven ni a pisar».
Pensar que la madurez es invulnerabilidad equivale a decir que
una persona no puede hacerse daño con una sierra eléctrica simplemente porque
es madura. El adulto es capaz de usar herramientas peligrosas de alto poder
precisamente porque está alerta ante el peligro y toma las precauciones
necesarias para evitar cualquier accidente.
El segundo error es el de concebir la madurez como
infalibilidad. Madurez no significa posesión de todas las respuestas. Nada más
lejos de la realidad. Sócrates afirmó que el hombre sabio es aquél que reconoce
su propia ignorancia. Mientras más madura es una persona, reconoce con mayor
humildad sus límites. «La humildad, como decía santa Teresa de Ávila, es la
verdad». Ni más ni menos. Y la verdad es que todos podemos equivocarnos. La
persona madura reconoce sus debilidades y no se precipita en sus juicios.
Pondera, estudia, consulta y decide con prudencia.
El tercer error consiste en asociar la madurez con la
inflexibilidad. Algunos, equivocadamente, creen que la madurez consiste en una
seriedad impasible y en una perpetua rigidez, como si el reír, el gozar de las
cosas sencillas y el saber relativizar los problemas fuesen signos de
inmadurez. Lo hermoso de la madurez es su armonía. Reír, conversar, apreciar a
los demás, admirar las maravillas de la naturaleza..., son cualidades humanas
bellísimas y forman parte de la madurez.
La persona verdaderamente madura sabe cuándo es tiempo de
ponerse serio y cuándo de tomar las cosas con tranquilidad; no lleva su vida
con superficialidad sino guiada por principios claros. El capítulo tercero del
Eclesiastés nos ofrece una excelente sinopsis del equilibrio que es fruto de la
madurez:
Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo:
Su tiempo el nacer, y su tiempo el morir...
su tiempo el destruir, y su tiempo el edificar...
su tiempo el llorar, y su tiempo el reír...
su tiempo el lamentarse, y su tiempo el danzar...
su tiempo el callar, y su tiempo el hablar...
Madurez significa tener la capacidad para discernir entre un
tiempo y otro, y para saber lo que conviene en cada ocasión.
En busca de una definición
Tras examinar lo que no es la madurez, volvamos ahora a lo que
sí es. La palabra tiene distintas acepciones, según el contexto. Un programa de
televisión sobre la vida en el reino animal puede informarnos que un oso pardo
macho «maduro» puede pesar más de 700 kilos. En otro momento, tal vez una amiga
nos dirá que ha conocido a un hombre extraordinario y «muy maduro». El concepto
«maduro» tiene, pues, diversos matices de significado. Por este motivo, es
mejor ofrecer tres definiciones, en lugar de una.
Perfección de nuestra naturaleza
En el sentido más amplio, «madurez» significa cumplimiento o
perfección de nuestra naturaleza, el punto más alto de un proceso de
crecimiento y desarrollo. Se trata de un proceso unidireccional, progresivo, no
de un simple «cambio». El proceso de maduración es un recorrido que culmina en
la adquisición de todo aquello que una planta, un animal o un hombre debería
ser. Un perro es «más perro» cuando llega a la cumbre de su desarrollo, a su
«madurez». Hasta entonces había sido un «cachorro», más tarde será un «perro
viejo», de esos que ya no aprenden nuevos trucos. Una manzana es «más manzana»
cuando está madura. En algunos idiomas se usa la misma palabra para designar la
madurez de una planta que la madurez de un ser humano. Así, por ejemplo, en
alemán una manzana madura es ein reifer Apfel y un hombre maduro es ein reifer
Mensch. También en francés una granada madura es une grenade mûre y una mujer
madura es une femme mûre.
En este sentido la madurez se puede aplicar a las plantas, a
los animales, a las personas, incluso a los vinos, a todo lo que se somete a un
desarrollo orgánico. Esta definición vale también para la naturaleza física del
hombre. Un niño crece hasta que alcanza la madurez; después el cuerpo empieza a
deteriorarse. De aquí la expresión «en la plenitud de la vida»; la plenitud es
el punto culmen del desarrollo físico de una persona.
Pero a diferencia de las manzanas y de los osos pardos, el
hombre tiene también una naturaleza espiritual, y aquí adquiere la madurez su
dimensión propiamente humana, del todo única. En las cosas meramente
materiales, la madurez es un fenómeno estrictamente físico; la madurez humana,
en cambio, es física, emocional, psicológica y espiritual.
Interiorización de los principios
Según una definición más restringida, se entiende por madurez
la transformación de las normas y reglas externas en convicciones y principios
internos. Este proceso de asimilación se irá dando de forma consciente y libre
en la medida en que la persona aprenda gradualmente a reconocer y apreciar
ciertos valores.
Los niños necesitan que se les vigile, incluso a veces que se
les obligue de alguna manera, para que hagan la tarea o vayan a misa los
domingos. Los papás tienen que poner un límite al tiempo que dedican los niños
a ver televisión, ya que ellos no tienen la madurez suficiente para exigirse a
sí mismos lo que conviene. Si un niño pudiera planear su propia dieta,
seguramente pondría como plato fuerte de la cena una buena tajada de pastel de
chocolate en lugar de una porción de guisantes. Al niño hay que imponerle las
normas desde fuera, porque de otro modo se dejaría llevar por inclinaciones
espontáneas e impresiones del momento. Aún no es capaz de comprender el porqué
de muchas cosas ni ve la necesidad de sacrificar un placer inmediato en vistas
de un mejor futuro. Éstas son cualidades propias de un adulto.
De modo semejante, un adolescente que se fuga del colegio y
desperdicia su tiempo, que no sigue un programa de estudios, olvida la moral y
se deja llevar por sus pasiones y tendencias
«naturales»,
no puede considerarse maduro.
Para el que es maduro no importa quién le esté mirando, ni qué
están haciendo o dejando de hacer sus amigos, ni qué dirán los demás. Él lleva
las riendas de su vida, siguiendo los principios y las convicciones que él
mismo, libremente, ha hecho suyos.
Armonía de la persona humana
La madurez humana, en su sentido pleno, consiste en la armonía
de la persona. Más que una cualidad aislada, es un estado que consiste en la
integración de muchas y muy diversas cualidades; es un compendio de valores más
que un solo valor. Podemos comparar la madurez con una obra de arte, con un
cuadro de Rembrandt o de Velázquez. Los colores se combinan perfectamente. Todo
está en su punto, las líneas, las figuras y las formas, la proporción y la
perspectiva. Cada pincelada tiene su valor y cada color resulta indispensable
para completar y perfeccionar la obra.
Lo mismo sucede con la madurez. Es armonía y proporción, es
combinación e integración de cualidades humanas muy diversas en un conjunto
orgánico: voluntad, intelecto, emociones, memoria e imaginación; todas las
facultades de una persona humana. Pero no basta que estén presentes todos estos
elementos; tiene que haber un orden y una armonía entre ellos. Sobre la paleta
del artista descansan todos los colores, pero no por eso forman una obra de
arte.
Esta armonía se traduce en la correspondencia perfecta entre
lo que uno es y lo que uno profesa ser, y su expresión más convincente es la
fidelidad a los propios compromisos. En una persona madura no hay lugar ni para
la hipocresía ni para la insinceridad.
Así como una manzana madura es «más manzana», así una persona
es más humana cuando alcanza la madurez. Pero a diferencia de lo que ocurre con
las manzanas y las demás creaturas, el hombre es capaz de reflexionar sobre su
naturaleza y de escoger libremente entre vivir o no de acuerdo con lo que
debería ser como persona humana. De este modo, la madurez consiste en la
conformidad entre el modo como vivimos y nuestra verdadera naturaleza.
Entre otras cosas, esto implica aceptar el propio estado de vida
y actuar con coherencia. Una persona casada madura vive de acuerdo con la
naturaleza del estado matrimonial; no se comporta como si fuera soltera
-llevando una vida social más activa, quedándose en el trabajo hasta altas
horas de la noche, viajando cuando se le ocurre...-. A partir de la boda, sus
costumbres y pasatiempos, sus relaciones con los demás y el uso de su tiempo
libre tendrán que regirse por el compromiso que libremente ha asumido ante
Dios, ante los demás y ante sí mismo. Lo contrario sería vivir en la mentira:
decir que se es casado pero comportarse como un soltero.
Madurez significa aceptar las alegrías y las dificultades que
conllevan las propias decisiones, como hacen los esposos el día de su boda: «En
la prosperidad y en la adversidad, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y
en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe». Las personas maduras son
capaces de comprometerse sin temor, porque son dueñas de sí mismas y no
esclavas de las mudables circunstancias.
Una generación
"light"
El famoso psiquiatra y escritor español Enrique Rojas publicó
en 1992 un libro titulado El hombre light, en el que compara la oleada de
productos «light» que invadió el mercado en la década de los años 80 -Coca Cola
sin cafeína, cerveza sin alcohol, margarina sin grasa, y edulcorantes sin
azúcar- con un nuevo tipo de persona que carece de substancia, que es sólo
apariencia, máscara, sin nada por dentro. Lo «light» está de moda, y con ello
toda una forma nueva de ver la vida: todo light, flojo, reducido, aguado, vacío
de contenido.
Rojas asevera que en este nuevo clima psicológico está
surgiendo un nuevo modelo de persona: el «hombre light». Puede describírsele de
la siguiente forma: un hombre indiferente a los valores trascendentes, que hace
del dinero, del poder, del éxito, del sexo, del narcicismo y del pasarlo bien,
la totalidad y el contenido de su vida. Carece de creencias firmes y no acepta
que haya una verdad absoluta -aunque tiene un deseo insaciable de información-.
Quiere saberlo todo, no para cambiar o mejorar sino, simplemente, para conocer
lo que está pasando.
El «hombre light» se parece al que C. S. Lewis llama «hombre
sin pecho». El pecho, según la terminología de Lewis, es el lugar donde residen
el temperamento, los principios y la magnanimidad. El pecho tiene el cometido
de conjugar la dimensión «cerebral» y «visceral» del hombre. Quien no posee
principios, deja de lado lo más humano que hay en él. La superabundancia de
datos y estadísticas no suple en modo alguno la falta de principios y de
carácter. El racionalista no es el hombre más inteligente. «Su cabeza, como
observa Lewis, no es más grande que lo ordinario. Lo que ocurre es que tiene el
pecho atrofiado y por eso podría parecer que su cabeza es más grande».
El «hombre light» posee cuatro atributos característicos:
hedonismo, consumismo, permisivismo y relativismo. Padece de un exceso de
«cosas» y de una correspondiente carencia de valores. Harto y aburrido de la
vida, busca una felicidad «a la carta». Su pensamiento es débil e
inconsistente; sus convicciones, tambaleantes. En conjunto, el «hombre light»
es una persona que no tiene puntos de referencia; no posee una meta en la vida
ni un ideal que dé sentido a sus empresas.
En contraste con este tipo de hombre frágil, Rojas presenta
otro modelo: el «hombre sólido». Mientras el «hombre ligth» avanza en todo,
menos en lo más importante, el «hombre sólido» se compromete, se esfuerza; es
consistente, profundo y moralmente auténtico; se sobrepone al escepticismo
cínico reinante y es capaz de subir al plano espiritual para descubrir cuanto
tiene de bello, noble y grande la existencia.
El «hombre sólido» es una persona madura. Su vida tiene una
dirección y sus acciones encajan perfectamente dentro del significado de toda
su existencia. La madurez es solidez. La madurez desemboca en ideales y genera
la firmeza para mantenerse fiel a ellos. En términos parecidos, el padre
Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, describe la diferencia
básica entre el hombre maduro y el inmaduro: «La historia y la mentalidad
modernas nos han acostumbrado a clasificar a los hombres en buenos y malvados,
listos y tontos, ricos y pobres; pero tengo para mí que hay una distinción más
básica y más en consonancia con lo que es el hombre; yo los separaría en
generosos y egoístas, batalladores y sensuales. El egoísmo y la magnanimidad,
la sensualidad y la lucha han partido al mundo en dos bandos penetrando todas
las razas, las culturas, las edades y las estructuras sociales. Al fin y al
cabo se puede ser materialmente el más pobre del mundo y el más tonto, pero si
hay generosidad y espíritu de trabajo y conquista, ahí está un hombre que tiene
su centro más arriba de sí mismo, un hombre que se ha tomado la vida en serio y
ha puesto su ideal a rendir, un hombre abierto. Si a este ser humano le
infundimos el amor a Cristo, si le ofrecemos un ideal trascendente, si le
invitamos a cultivar la vida de gracia, tenemos ya al santo».
Un hombre así fue santo Tomás Moro. En 1960, el dramaturgo
británico Robert Bolt escribió el estupendo drama Un hombre para todas las
estaciones, del que luego se sacó una película que ganó el Oscar para la mejor
película en 1966. Bolt, un no-cristiano, quedó tan impresionado por la firmeza
de carácter de santo Tomás Moro, que se dedicó a estudiar e investigar sobre su
vida.
Bolt, al igual que Rojas y Lewis, percibió también el fenómeno
moderno del «hombre light». «Nos ocurre algo parecido a lo que pasa en las
ciudades -comenta Bolt en el prefacio de su obra-, cuando termina el horario de
trabajo se inicia una carrera a toda prisa hacia la periferia, dejando un
centro completamente vacío...». Le cautivó la solidez de Tomás Moro por su
contraste con la sociedad que le circundaba, cargada de ligereza. «Lo primero
que me atrajo -escribe- fue una persona que no podía ser acusada en absoluto de
incapacidad para vivir; una persona que valoraba la vida de múltiples formas;
una persona que, sin embargo, encontró en sí misma algo sin lo cual la vida
perdía todo su valor y que, al negársele eso, aceptó morir».
Ésta es, pues, una línea divisoria fundamental de la
humanidad. Un hombre o es sólido o es «light», o es maduro o es inmaduro, o es
egoísta o es abierto a los demás. Más adelante tendremos que analizar de cerca
las características de estos dos tipos de personas.
Cuando yo era niño
Visitando el museo del Louvre en París, el Palacio de los
Uffizi en Florencia o una de las numerosas iglesias de Roma, es fácil encontrar
alguna pintura al óleo de Caravaggio. Sus obras maestras, cuyo efecto más
característico es el claroscuro, son un testimonio de la fuerza que hay en el
contraste. La luz y la oscuridad nunca resaltan tanto como cuando están una
junto a otra. De modo semejante, los conceptos suelen verse con mayor claridad
cuando se comparan con sus contrarios. Para aclarar lo que hemos dicho hasta
aquí sobre la madurez, podemos presentar ahora un cuadro más o menos detallado
del concepto opuesto: la «puerilidad» (del latín puer, que significa niño). El
proceso de maduración humana, lo sabemos, no es otra cosa que el paso de la
niñez a la edad adulta.
Al escribir a los corintios, san Pablo reflexionó sobre este
proceso en su propia vida: «Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como
niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño» (1
Co. 13, 11). Y luego añade una distinción: «Hermanos, no seáis niños al juzgar.
Sed niños en lo que se refiere al mal, pero como hombres maduros en vuestra
manera de pensar» (1 Co. 14, 20).
Ser como un niño no es del todo malo. En numerosas ocasiones,
Cristo exhortó a sus discípulos a ser «como niños», al grado de poner esto como
condición para entrar en el cielo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis
como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt. 18, 3). La palabra
«niño» tiene dos connotaciones radicalmente distintas. Ser «como niño»
significa ser sencillo, confiado, inocente y espontáneo (todas las notas
positivas de la niñez). En este sentido, hemos de empeñarnos en ser como niños.
Ser «pueril», en cambio, significa ser caprichoso, egoísta e ingenuo (en una
palabra, inmaduro).
Tal vez si comparamos diez pares de características
contrastantes, podemos precisar mejor el significado de la madurez. El primer
término de cada par se asocia a la puerilidad y el segundo a la madurez. El
siguiente cuadro presenta una síntesis de estas cualidades:
Niño Adulto
1 Superficialidad Profundidad
2 Impulsividad Reflexión
3 Inestabilidad Constancia
4 Sentimentalismo Carácter
5 Satisfacción Capacidad de
inmediata sacrificio
6 Autoestima exagerada Humildad
7 Subjetivismo Objetividad
8 Extremismo Equilibrio
9 Egoísmo Apertura
10Dependencia Independencia
1 Superficialidad vs. Profundidad
Superficialidad significa fijarse en lo externo sin penetrar
en la esencia de las cosas. Una persona superficial se interesa más por las
apariencias que por la realidad.
Los niños tienden a ser superficiales. Un niño vive de cada
instante; su vida es un sucederse de experiencias y descubrimientos, uno tras
otro. Cuando termina una aventura ya está empezando una nueva. No alcanza a ver
bajo la superficie el hilo conductor de los acontecimientos o el significado
más profundo de sus experiencias. Se contenta con tomar las cosas como vienen.
Esta superficialidad en su mirada es el origen de ese candor inocente que lo
caracteriza, pero también es la causa de su modo de juzgar basado en
apariencias y primeras impresiones. Los niños son excelentes observadores, pero
no suelen ser tan buenos para interpretar las palabras y las acciones de los
demás.
La superficialidad no es exclusiva de los niños. Un amigo mío,
al volver de visitar a su familia, a la que no había visto en varios años, me
comentaba que su hermano menor, ahora de veintinueve años, se entretiene todo
el día conduciendo a toda velocidad por las calles de la ciudad en un coche
deportivo. Más tarde espera vender ese coche y comprar una motocicleta. Su
hermana se pasa cerca de tres meses al año viajando por Europa con un grupo de
ciclistas que se alegran cuando la gente les sale al encuentro. Mi amigo quedó
algo apenado al ver que «sus vidas no tienen ningún otro sentido que el de
pasarlo bien mientras puedan».
Una persona madura se caracteriza por su profundidad. Busca el
significado detrás de la información; busca la realidad detrás de las
apariencias. Este interés por llegar al fondo de las cosas le permite juzgar
correctamente sobre las personas, los acontecimientos y las ideas. Para ser
profundo hay que tener una mirada realista, libre de prejuicios y de críticas
superficiales. Una persona madura sabe afrontar la realidad y manejarla tal
como se presenta.
La «realidad» es un horizonte mucho más amplio que el de las
cosas visibles o, más genéricamente, perceptibles para nuestros sentidos. No
hay ninguna razón para suponer que lo invisible es necesariamente menos real
que lo visible. El amor no es menos real que los trastos de la cocina. Dios no
es menos real que sus criaturas. De hecho, es infinitamente más real. Todas las
criaturas tienen un principio y un fin de su existencia. Dios, en cambio, no
tiene principio ni fin.
2. Impulsividad vs. Reflexión
Un efecto de la superficialidad es la impetuosidad. Dado que
una persona superficial percibe sólo las apariencias inmediatas, no es capaz de
ver a distancia las consecuencias de sus acciones. Actúa sin pensarlo. Recuerdo
cómo se accidentó un muchacho que vivía cerca de mi casa cuando yo era niño.
Puso un petardo dentro de una botella y, cuando miró dentro para saber por qué
no pasaba nada, el petardo estalló. Aunque los médicos le salvaron el ojo, su
vista quedó dañada permanentemente. Es un ejemplo típico de imprudencia que
deriva de la falta de reflexión.
A la impulsividad se opone la virtud de la prudencia: el
hábito de reflexionar las cosas antes de actuar. La persona madura no suele
lamentarse de sus decisiones, pues suele pensar y medir las consecuencias de
sus acciones. Y esto vale para todo, desde si conviene o no hacer una inversión
en tal negocio hasta qué cursos opcionales escoger en la universidad; desde el discernimiento
vocacional hasta la elección de la pareja para el matrimonio.
Ahora bien, reflexión no significa indecisión. Nunca podremos
tener una seguridad total ni tampoco es posible tomar en consideración todos
los factores y posibles consecuencias de nuestros actos. La prudencia es
equilibrio.
La reflexión entra en juego tanto al hablar como al actuar.
¡Cuánto lastiman las palabras duras y los comentarios desconsiderados! Como
decía el apóstol Santiago, «El que no peca con la lengua es un hombre perfecto»
(Sant. 3, 2). La reflexión puede librarnos de muchos remordimientos.
3. Inestabilidad vs. Constancia
Los sentimientos son volubles. Si dejamos que ellos tomen las
riendas de nuestras decisiones, terminaremos siendo inconstantes. Es una de las
características más típicas de los niños: no pueden entretenerse por mucho
tiempo en una cosa. El niño empieza a armar un rompecabezas, y a los cinco
minutos ya está harto; va entonces a jugar con el cochecito..., hasta que
encuentra el monedero de mamá, tan atractivo para su espíritu explorador. No
hay ningún principio que dé continuidad a lo que hace.
Los adultos inmaduros suelen ofrecer un cuadro parecido. Les
falta constancia y tenacidad para realizar sus proyectos hasta concluirlos del
todo. La persona que no ha alcanzado la madurez es irresponsable y difícilmente
conserva un trabajo; desmerece toda confianza, ya que no se sabe si hará o no
lo que se le encarga. Necesita que alguien esté detrás para supervisar su
trabajo y evitar que se meta en problemas, pues sus antojos pasajeros
fácilmente lo sacan de ruta.
Sólo una persona verdaderamente libre es capaz de
comprometerse y de ser fiel a la palabra dada. Y sólo una persona madura es
verdaderamente libre. Si uno es maduro, puede tomar decisiones responsables sin
tener que arrepentirse. La responsabilidad, además, da estabilidad a la propia
vida.
Cuando una persona madura toma una decisión importante en la
vida, no se pasa años enteros replanteando su decisión: «¿Me habré equivocado?
Tal vez no sabía lo que estaba haciendo; era tan joven. Creo que he cambiado de
opinión...». La actitud de un individuo maduro es muy diferente: «Yo sabía que
no todo iba a ser fácil; sabía que vendrían dificultades y sacrificios, y aun
así determiné que valía la pena. Ahora lo que cuenta es la fidelidad». Viendo
así las cosas, el hombre se libera de los altibajos del buen o mal humor y del
vaivén de las circunstancias.
Algunas veces se subestima la tenacidad. En un número de 1993
de la revista US News and World Report, John Leo deploraba una campaña que
pretendía eliminar las competencias deportivas en las escuelas para evitar
traumas a los alumnos. El éxito de esta campaña, señalaba Leo, podía ser un
desastre para el país.
El deporte enseña la virtud de la determinación, de la
perseverancia y de la tenacidad, del trabajo en equipo, del valor. Saber ganar
y perder, saber levantarse cuando se ha caído, saber retomar los aparejos y
volver a empezar... ésta es la virtud que ha hecho posible los más grandes
logros de la humanidad, tanto a nivel personal como colectivo. El duque de
Wellington solía decir: «la batalla de Waterloo se ganó en los campos de juego
de Eton».
Hay ciertos ideales por los que vale la pena luchar a toda
costa. Ni siquiera quienes se esfuerzan por quitar las competiciones en las
escuelas pueden soñar en tener éxito si no demuestran resolución, perseverancia
y tenacidad.
La constancia implica autodisciplina. Cualquier trabajo u
ocupación, por interesante que parezca, produce inevitablemente cierto tedio y
hastío; de ahí la facilidad con que muchos se dejan llevar por las
distracciones o dejan el trabajo a medias. Una persona madura, en cambio, jamás
deja algo sin acabar, salvo en casos de verdadera necesidad; «obra comenzada,
obra terminada». Comenzar un proyecto con entusiasmo es relativamente fácil;
llevarlo a término no es así de fácil. La célebre fábula de Esopo de la tortuga
y la liebre, tan válida hoy como cuando se escribió, es un testimonio del valor
de la perseverancia. Más vale despacio, pero seguro...
4 Sentimentalismo vs. Carácter
El carácter es como un buen bistec: sólido y sustancial. Los
sentimientos son sólo un aderezo. Es preciso mantenerlos en su lugar. Los
sentimientos dependen de los estados anímicos, de las impresiones y de las
sensaciones; el carácter, en cambio, se basa en principios y en una voluntad
firme.
Los niños suelen dejarse llevar por sus sentimientos y deseos
del momento. No necesitan que nadie les diga: «Si te gusta, hazlo», pues les
brota espontáneo. El sentimiento y la espontaneidad llevan la voz de mando.
Una persona inmadura es como una hoja seca llevada por el
viento, o una veleta que gira constantemente, sin una orientación fija. ¿Alguna
vez has visto una hoja seca llevada por el viento? En un instante el viento la
levanta y la lleva hasta una colina radiante de sol; pero un minuto más tarde,
el viento la arranca de ahí y la deposita en un charco de aguas negras. La
persona inmadura corre una suerte parecida, pues está a merced de sus
impredecibles caprichos.
En una persona madura, la razón y la voluntad gobiernan sobre
los sentimientos y los estados de ánimo. Por eso es capaz de actuar en un
determinado modo aunque los sentimientos sean contrarios. Esto no significa que
el hombre deba rechazar las emociones o reprimir ciegamente los sentimientos.
No se trata, pues, de elegir entre razón o sentimiento, sino de determinar
quién ha de gobernar. No debemos ofuscar la razón, pero tampoco reprimir los
sentimientos; hay que armonizarlos. Los principios han de situarse por encima
de los sentimientos. Quien forma el hábito de dirigir sus emociones a la luz de
la razón y de la voluntad, se libera de esa terrible esclavitud que consiste en
vivir de impulsos, sentimientos o impresiones.
Quizá esto pueda parecer una agresión contra la
«espontaneidad». Nuestra generación suele valorar mucho la capacidad de
adaptarse y de saber improvisar. «Hay que tomar las cosas como vienen, con
flexibilidad...», se dice.
Sin embargo, la espontaneidad no siempre es ventajosa. En una
charla informal o en un momento de descanso, algo de espontaneidad no viene
mal. Pero nadie recomendaría al cirujano que le va a operar que proceda con
absoluta espontaneidad. Un cirujano que se deja llevar de ocurrencias y
experimentos improvisados en medio de una operación a corazón abierto no
inspira mucha confianza. En éste y en otros muchos campos, preferimos la
seriedad y la profesionalidad, en lugar de la «creatividad» o la espontaneidad.
La clave es saber cómo actuar en cada circunstancia, y esto exige dominio
personal.
Una persona madura es auténtica, es decir, lleva las riendas
de su vida. Hay dos modos de entender la «autenticidad». Algunos la consideran
como la expresión desinhibida de los propios impulsos instintivos, al margen de
toda restricción. Esta visión vitalista de la autenticidad se queda muy corta y
no hace justicia al hombre, pues lo reduce a la condición de un animal.
El otro modo de entender la autenticidad tiene en cuenta la
naturaleza espiritual del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Según
esta visión integral del hombre, la conciencia interviene para examinar las
tendencias, los impulsos instintivos y las aspiraciones, aprobándolos o
desaprobándolos. La autenticidad así considerada no es la expresión espontánea
de nuestros impulsos, sino un ideal por conquistar. Es un esfuerzo por vivir de
acuerdo con la verdad de nuestro ser y con el significado auténtico de la vida
humana.
5 Satisfacción inmediata vs. capacidad de sacrificio
El mundo del niño es el presente; de ahí su natural
impaciencia. No sólo quiere una galleta, sino que la quiere ahora. Decir a un
niño que deberá esperar antes de salir a jugar es como decirle que no podrá
jugar nunca más. Puesto que vive de sensaciones, un niño no tiene perspectiva
de futuro, ni es capaz de planear el porvenir. Por eso es tan saludable
enseñarle a meter su dinero en una alcancía. Así se va preparando para su vida
adulta.
El hombre maduro actúa según su deber, por encima de los
gustos a antojos del momento. Para los padres de familia no siempre resulta
agradable cuidar a sus hijos, lavarlos, proporcionarles todo lo que
necesitan... Afortunadamente para los niños, hay muchos padres generosos.
El sacrificio nunca ha sido popular. Cuando Jesús anunció a
sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome
su cruz cada día, y sígame», seguramente los discípulos no pudieron evitar
retorcerse un poco bajo la túnica. Ningún sacrificio es agradable. No sólo eso,
sino que tampoco tiene ningún valor en sí o por sí mismo. El sacrificio sólo
tiene valor en tres casos. Las personas maduras saben reconocerlos.
Como medio para alcanzar un objetivo. Toda elección conlleva
una renuncia. Dejamos de lado un bien determinado, pero sólo porque así podemos
obtener uno mejor. Un estudiante, por ejemplo, invierte varios años de su vida
en prepararse profesionalmente, renunciando con frecuencia a muchas
satisfacciones inmediatas, pero porque así podrá cosechar los beneficios
después.
Como ejercicio para formar la voluntad. Algunas cualidades
sólo se pueden adquirir con la práctica. La fuerza de voluntad es una de ellas.
Un libro puede enseñarte las principales técnicas que se requieren para ser un
buen jugador de fútbol, pero después habrá que practicar en el campo durante largas
horas de entrenamiento. La abnegación es un entrenamiento indispensable para la
voluntad.
Como acto de amor. Cuando uno se sacrifica por otro, es como
si le dijera: «Mira, te quiero más que a mí mismo. Te prefiero a ti antes que a
mí mismo». Todo regalo es un tipo de sacrificio, algo de nosotros mismos que
ofrecemos a los demás.
La capacidad de sobreponernos a nosotros mismos y de llevar a
cabo acciones costosas vigoriza nuestro carácter y nos abre el camino hacia la
máxima realización de nuestras potencialidades. Toda grande obra y todo
proyecto a largo plazo, incluido el de construir una personalidad auténtica,
requiere fuerza de voluntad y capacidad de sacrificio.
6 Autoestima exagerada vs. humildad
Los niños suelen irse a los extremos. A veces son impetuosos y
a veces excesivamente cautos. No han adquirido una perspectiva realista de sus
capacidades y de sus límites. Esto mismo les ocurre a las personas inmaduras
que nunca se ajustan completamente a la realidad.
La humildad consiste en conocerse y aceptarse a uno mismo, con
las propias cualidades y limitaciones. Se es humilde cuando se tiene una mirada
objetiva de uno mismo, sin creerse más ni sentirse menos de lo que se es en
realidad. Para triunfar en la vida, es preciso conocerse con honestidad.
Quien es humilde es capaz de reconocer el valor de los demás.
Se siente lo suficientemente seguro de sí mismo como para apreciar la riqueza
de ciertas tradiciones, y no exagera el valor de la propia «creatividad».
Richard John Neahaus escribió a este respecto: «La creatividad requiere
humildad, que equivale a hacerse aprendiz del pasado. La creatividad del
ignorante e inexperto no es sino «auto-expresión», que es, lamentablemente, lo
que hoy muchos llaman creatividad. También los bebés son maestros de
«auto-expresión» cuando se trata de chillar. Los adultos que solicitan la
atención de los demás suelen dar por supuesto, desde luego sin ninguna
garantía, que ellos mismos son interesantes para los demás. En realidad, las
personas interesantes son aquéllas que se reconocen al servicio de una
tradición; y las tradiciones interesantes son las que aspiran a una verdad o a
un bien que está más allá de ellas mismas».
7. Subjetivismo vs. Objetividad
Los niños suelen tener una visión demasiado subjetiva de sí
mismos. Esto no es más que un síntoma de un subjetivismo aún mayor. El mundo de
un niño suele ser muy pequeño. Para él no existe más realidad que su
experiencia personal y la impresión que le producen las cosas.
A medida que crece, el niño debe ir aprendiendo a ser más
objetivo a la hora de evaluar diversas situaciones. Este hábito, juntamente con
la reflexión, le librará de la precipitación al juzgar. Las personas maduras
suelen entrar en el núcleo de las cosas y, después de sopesar los diversos factores,
son capaces de hacer una evaluación justa y equilibrada.
Esta equidad es particularmente necesaria cuando se trata de
la relación con los demás. Es preferible dudar antes que condenar tajantemente
sus palabras o actuaciones. Bien puede valer como lema para nuestra relaciones
con los demás: «Creer todo el bien que se oye; y no creer sino el mal que se
ve».
Otra faceta de la objetividad es la capacidad para ver las
cosas desde otra perspectiva. Es cierto que no resulta fácil abandonar nuestros
prejuicios inveterados o las opiniones que hemos sostenido por mucho tiempo
para valorar otras posiciones y puntos de vista, pero éste es un camino que
libra del subjetivismo y nos hace más imparciales a la hora de juzgar.
8. Extremismo vs. Equilibrio
Los niños suelen ser muy ágiles para pronunciar juicios
categóricos: o es blanco, o es negro; o es bueno o es malo. La realidad no es
así de nítida. Todos los hombres, aunque con diversos matices, compartimos una
tonalidad más bien grisácea: todos somos capaces de acciones muy loables,
incluso heroicas; pero también somos capaces de horrendos crímenes.
Desafortunadamente, esta costumbre infantil de etiquetar a las
personas y las cosas se convierte fácilmente en vicio para el resto de la vida.
La madurez, en cambio, nos lleva a descubrir el lado bueno de todas las
personas, a excusar sus defectos y sus faltas, a cultivar y potenciar la propia
bondad.
Puesto que la madurez es armonía, la persona madura sabe
discernir lo que es importante y lo que puede pasar a segundo plano. Así, por
ejemplo, los padres de familia maduros detectan con facilidad aquello que, en
la educación de sus hijos, no puede venir a menos. Muchas cosas pueden ser
secundarias, pero la educación, la fe, la moral, el sentido de justicia y de caridad,
son virtudes que no pueden dejar de fomentar y encauzar en sus hijos, y ellos
lo saben.
Aristóteles enseñaba que la virtud está en el punto medio
entre dos extremos. Así, por ejemplo, describió la valentía como el medio entre
la cobardía y la temeridad. El cobarde huye del peligro; el temerario se mete
de cabeza en él. El hombre valiente afronta el peligro cuando es necesario, sin
cohibirse por el miedo.
Es importante, sin embargo, no confundir este equilibrio con
la mediocridad. Buscar el justo medio no equivale a pactar con la tibieza. El
hombre que reza todos los días y toma en cuenta el valor de la eternidad en sus
decisiones no es un fanático religioso; es un realista. Una persona madura pone
el énfasis donde corresponde: en lo que es más importante en la vida.
9. Egoísmo vs. Apertura
Los niños pequeños creen que ellos son el centro del universo.
Todo gira alrededor de sus necesidades y deseos, y no son capaces de anteponer
los intereses de los demás a los suyos propios.
El egoísmo es otro rostro de la inmadurez. La persona inmadura
se encuentra tan ocupada en sí misma y en lo que le interesa que le resulta
difícil pensar en los demás, comprenderlos, compadecerse de sus sufrimientos o
compartir sus alegrías.
La madurez, en cambio, se caracteriza por la apertura y la
sincera preocupación por los demás; es una disposición habitual de olvido de
uno mismo para poner a los demás en el primer lugar.
Una niña de siete años se queja amargamente antes de recibir
una inyección, y haría cualquier cosa por evitarla. Pero años más tarde
podríamos encontrarla ofreciéndose para donar sangre en el hospital de la Cruz Roja, pues sabe que
su sacrificio puede salvar la vida de una persona. La diferencia está en la
madurez.
10. Dependencia vs. Independencia
El «borreguismo» es la plaga de los adolescentes. Los niños
suelen pasar por períodos de inseguridad y necesitan que los demás los acepten.
Es natural de esa edad; pero sería catastrófico arrastrar esta inseguridad toda
la vida. La persona inmadura se preocupa demasiado por lo que los demás puedan
pensar o decir de él; no posee la fortaleza necesaria para mantenerse firme en
sus principios. Así, termina por actuar de modos muy diversos según se
encuentre solo o con sus amigos o con otras personas.
La persona madura, en cambio, es consistente y actúa del mismo
modo, sea que esté sola, sea que esté con otras personas. En su interior
encuentra la dirección justa y el significado que debe dar a sus acciones, sin
tener que acudir a otros parámetros que circulan por el mundo. La autenticidad
es una tarea fundamental de nuestra vida, y sólo se logra a través de la
coherencia entre lo que hacemos y lo que somos.
La independencia propia de la persona madura en relación con
el ambiente tiene, además, otra dimensión: la capacidad para cuestionar los
valores que la sociedad le presenta. Es característico de este tipo de personas
el no creer todo lo que se escucha por ahí. Desde luego, no es señal de madurez
el no creer en nada; eso es cinismo. La persona madura toma en consideración
qué es lo que se dice, quién lo dice y por qué. Suele poner a prueba los
valores que se le ofrecen confrontándolos con los principios ciertos y probados
que posee. Como dice la carta a los hebreos: «El alimento sólido es para hombres
maduros, que por razón de la costumbre tienen el sentido moral desarrollado
para distinguir entre el bien y el mal» (Heb. 5, 14).
Después de repasar estos diez principios, tal vez podemos
sentir cierto agobio ante la perspectiva de poner todo esto en práctica.
Estudiar la madurez es una cosa; vivirla es algo muy distinto. ¿Es posible
vivir humanamente como personas maduras?
Afortunadamente hay muy buenos ejemplos, incluso heroicos, de
personas maduras. Podemos trasladarnos, por ejemplo, al mes de enero de 1993, a la ciudad de
Bérgamo, en Italia. Una joven madre de familia llamada Carla Levati moría ocho
horas después de haber dado a luz a Stefano, su segundo hijo. Durante el
embarazo, los médicos le habían diagnosticado un tumor maligno, por lo que le recomendaban
recurrir al aborto. Ella se rehusó. A quienes trataban de persuadirla para que
se sometiese a la radioterapia, les decía: «Un día menos para mí es un día más
para mi hijo».
Su esposo, Valerio, es un carpintero. A los reporteros que
acudieron a entrevistarlo para pedirle su punto de vista, les dijo con toda
sencillez: «Yo no sé nada de estas cosas. En mi vida, lo único que he aprendido
es a meter clavos en la madera». Sin embargo, en un cuaderno desvencijado, que
le servía a Valerio como diario, se encuentra la siguiente nota:
«Gracias,
Carla, porque me has hecho un hombre completo. Me siento feliz de que haya
nacido Stefano. Felicidades, Carla. Gracias. Adiós». A pesar de las pésimas
noticias que nos ofrecen los periódicos todos los días, es posible todavía
encontrar héroes en el mundo.
El camino a seguir
Los cristianos no tenemos que ir muy lejos para encontrar un
modelo de madurez auténtica y un camino seguro para avanzar firmemente hacia
ella. Jesucristo, el hombre perfecto, es el centro y el modelo de la vida
cristiana. Él nos ha dejado un ejemplo consumado de madurez y nos invita a
imitarlo.
Cuando uno piensa en la vida de Cristo, no puede dejar de
conmoverle inmediatamente su profundo sentido de identidad personal. Él sabe
quién es, y para qué está aquí. Al venir al mundo, resume su actitud en las
palabras: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». Toda su vida es un
desarrollo continuo de esa identidad, tanto que hacía de la fidelidad a ella su
alimento: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y completar su
obra» (Jn. 4, 34).
Jesús jamás sucumbió ante la opinión de la gente. Cuando las
multitudes, admiradas por sus enseñanzas y milagros, querían llevárselo para
proclamarlo rey, él se retiró solo, porque su hora no había llegado aún.
Y cuando llegó finalmente esa hora, se abrazó a la voluntad de
su Padre y se entregó libremente a la muerte, a pesar de que su naturaleza
humana se resistía ante la perspectiva de tanto sufrimiento. No podremos
encontrar en ninguna parte un ejemplo más perfecto de madurez. La vida de
Cristo es un libro abierto que nos revela la verdad sobre nosotros mismos y nos
señala el camino a seguir.
La formación de una personalidad madura, verdaderamente
integrada, es un ideal por el que vale la pena luchar. La sociedad actual, que
con frecuencia valora más el «tener» que el «ser», necesita con urgencia nuevos
testimonios de madurez. Sólo viviendo de acuerdo con la verdad de nuestro ser,
podremos descubrir el camino que conduce a la felicidad auténtica y duradera.
Capítulo 7: En
busca de la felicidad
Comprar regalos para los demás no siempre es fácil, sobre todo
si no conocemos bien a la persona a la que queremos obsequiar. Por eso existen
tantos libros que aconsejan cómo proceder ante esta cuestión tan espinosa.
«Vamos a ver... podría usted comprarle un gatito», pero y ¿si no le gustan los
gatos? o ¿si es alérgica...? «A él le podría regalar una corbata de Armani...»,
pero tal vez anda muy sobrado de corbatas; además, ¿cómo atinar a sus gustos? «¡Ah!
podría regalarle una buena botella de Grand Marnier...», pero ¿y si es
abstemio? Para acabar pronto, la clave está en encontrar alguna cosa que
nuestro agasajado desee de veras y todavía no posea.
La sociedad ha encontrado una buena solución en las tarjetas
de felicitación que nos intercambiamos en ciertas fechas importantes. «¡Feliz
Navidad y Próspero Año Nuevo!», «¡Feliz Cumpleaños!», «¡Feliz Aniversario de
Bodas!», «¡Feliz Día de las Madres!». Todo es un «feliz» esto, o «feliz»
aquello, independientemente de lo que estemos celebrando. Cualquier persona
recibe estos buenos deseos con agrado -excepto, desde luego, las amargadas que
refunfuñan de todo-, porque la felicidad siempre nos resulta apetecible, y
jamás quedamos satisfechos.
¿Qué tiene que ver esto con los valores humanos? La felicidad
es la reina de los valores, la «vasija de oro que está al final del arcoiris».
Todos la buscamos y apreciamos sobremanera. ¿Acaso no es un bien para todo
hombre? Como vimos en el capítulo segundo, hemos sido creados para la
felicidad. Ese es nuestro destino: ser felices para siempre. Más aún, todas
nuestras acciones tienden, en definitiva, a conquistarla. La felicidad no es un
«medio» para obtener otros fines; no es un peldaño para llegar a otra meta.
Nadie vende su felicidad simplemente para conseguir dinero; más bien, busca
dinero porque lo considera un medio para alcanzar mayor felicidad.
¿Es feliz todo el mundo?
Si esto resulta tan claro, ¿por qué fracasan con tanta
frecuencia nuestros esfuerzos por ser felices? El rostro del mundo
contemporáneo nos sugiere que hay muy pocas personas verdaderamente felices. Un
artículo de la revista Time (del 13 de septiembre de 1993), llevaba como
subtítulo: «La alegría es muy difícil de encontrar en estos días, adondequiera
que vayas, según un grupo internacional de encuestadores».
Es verdad, muchos ríen y se sumergen en distracciones,
pasatiempos y entretenimiento, pero no dan muestras de haber conquistado la
felicidad. Más bien parece que están huyendo de sí mismos. Un síntoma claro de
esto es el rechazo, tan difundido en la actualidad, del silencio. Preferimos el
ruido, la música, la actividad frenética, antes que enfrentarnos con nuestra
propia realidad. ¡Cuánto nos ayudaría tomar un momento para reflexionar sobre nuestra
vida y sobre el destino hacia el que nos encaminamos!
Cientos de libros hablan de la felicidad. Desde los antiguos
filósofos hasta los psicólogos de moda, abundan las recetas para la felicidad,
pero la gente no parece muy feliz. Basta caminar por las calles de París, Nueva
York o Londres, y mirar a los ojos de la gente que pasa; casi todos llevan la
mirada triste. Los periódicos y muchas personas conocidas nos descubren a
diario la tragedia de la infelicidad.
A veces nos engañamos pensando que, para ser felices, se
requieren muchos ingredientes: dinero, poder, placeres, «experiencias»... Es la
consabida receta de la felicidad que propone la cultura moderna. Incluso las
Naciones Unidas formularon en cierta ocasión una lista con 12 requisitos para la
felicidad, que incluía la radio, la bicicleta y un juego de utensilios de
cocina para la familia.
Sin embargo, apoyar toda la felicidad sobre el tambaleante
soporte de las posesiones materiales y de la buena suerte es desconcertante.
Estas condiciones son externas y, hasta cierto punto, no dependen de nosotros.
Más aún, ninguna de ellas es permanente o segura. Jamás estaré seguro de poder
conservar indefinidamente estos requisitos «indispensables» para ser feliz; por
tanto, jamás seré verdaderamente feliz. Viviré angustiado, pensando que la
felicidad es tan inestable como un castillo de naipes, próximo a precipitarse
de un momento a otro. Sin embargo, la experiencia humana nos sugiere otra
realidad. Hay personas que viven materialmente en la pobreza, pero son felices;
como también hay millonarios que inspiran verdadera compasión.
¡Cuántos hombres de nuestra era se sienten como niños mimados:
inundados de «cosas», pero profundamente insatisfechos! La civilización actual
nos ofrece una infinidad de bienes de consumo que nuestros abuelos ni siquiera
habían soñado. Y, sin embargo, tal vez la vida de muchos hombres hoy es más
miserable y angustiada que la de la gente de hace unas cuantas décadas. El
hombre sabe cómo construir un avión, cómo llegar a la luna; conoce el
funcionamiento de un coche o de una computadora, pero se siente inmensamente
infeliz porque, en el fondo, no sabe «cómo funciona» él mismo, ni para qué está
aquí, ni cuál es el sentido de su existencia. El progreso tecnológico pone ante
sus ojos muchas respuestas a sus «qué», «cómo» y «cuándo», pero no a sus «por
qué».
Incluso Nietzsche llegó a decir: «Quien tiene un por qué
vivir, siempre encontrará un cómo». Los «por qué» tienen que ver con el
significado de nuestra vida, y este significado tiene que ver con nuestra
felicidad. El problema está en que hemos puesto todo nuestro interés en los
«cómo», dejando de lado lo que es fundamental: el «por qué».
¿Cómo solucionar esta situación? ¿Cómo alcanzar la felicidad?
¿Cómo ayudar a los demás a alcanzarla? La felicidad es escurridiza; se nos va
de las manos; parece que no se deja alcanzar. En realidad, tal vez nos ocurre
esto porque no sabemos qué es exactamente la felicidad. Por aquí habrá que
empezar. Circulan muchas teorías sobre el significado de la felicidad; pero
veremos que la única verdadera es aquélla que toma en cuenta lo que significa
«ser hombre».
Tal vez muchas personas se verían en apuros para contestar a
quemarropa esta pregunta: ¿qué es la felicidad? En parte porque hay diversos
tipos de felicidad. Decir que uno «se siente feliz» después de beberse una copa
de vino es algo muy diverso de decir, por ejemplo, que «Fernando es una persona
feliz», o que «Carlos y Beatriz son una pareja feliz». Hay, pues, diversos
tipos o grados de felicidad.
Grados de felicidad
El churrasco es uno de los platos más famosos de la comida
brasileña. Consiste en un buen trozo de carne asada lentamente al carbón,
después de una noche de remojo en una mezcla de vinagre, sal, y algunas hierbas
y especias. Cuanto más tiempo pasa la carne en el remojo, tanto más se impregna
del sabor de las especias. Todo depende del sabor que queramos.
Algo parecido pasa con la felicidad. Hay varios «grados de
penetración». La felicidad puede ser algo superficial y pasajero, o puede
penetrar hasta el corazón de nuestro ser. Tal vez mostrando los cuatro niveles
básicos de felicidad podemos entender lo que significa esa palabra, según el
contexto en el que se esté usando.
Primer grado: Disfrute
Todos hemos experimentado momentos de deleite, euforia, placer
emocional. ¿Quién no se ha recostado plácidamente en la arena, olvidando todos
los problemas, para tomar el sol y «dejar que las cosas se arreglen solas».
Estos sentimientos pueden provenir de muy diversas fuentes: un paseo en
bicicleta, una hoguera con los amigos, la contemplación del cielo en una noche
estrellada. También se pueden producir artificialmente, recurriendo, por
ejemplo, a las drogas o al alcohol.
La famosa canción de «Simon and Garfunkel» The 59th Street
Bridge Song, asume una actitud típica de los años sesenta que también puede ser
atractiva para muchos de nosotros:
«Más despacio, vas muy de prisa,
tienes que hacer que dure la mañana,
pateando una piedra por la calle,
buscando diversión y sintiéndote estupendamente...
No tengo hazañas que realizar,
ni promesas que cumplir,
estoy cansado, soñoliento y listo para dormir,
deja que el amanecer deje caer sus pétalos
sobre mí,
vida te amo, todo va estupendamente».
Ese «sentirse estupendamente» es una fuente muy superficial de
felicidad, que poco tiene que ver con la realidad. Consiste simplemente en
olvidar las preocupaciones, los compromisos, y refugiarse en sentimientos de
falsa tranquilidad y libertad, como una balsa que se desliza suavemente sobre
un río sereno. El «sentirse estupendamente» se puede entender de dos maneras:
uno activo (la euforia), y otro pasivo (la despreocupación). Este tipo de
felicidad ejerce su atracción sobre la capa más superficial de nuestro ser.
Pasa por alto nuestras facultades superiores (la inteligencia y la voluntad)
para ir directamente al nivel sensitivo de nuestra naturaleza: la imaginación,
los sentidos externos y los sentimientos.
No está mal, desde luego, escapar de los problemas de vez en
cuando para airearse, siempre que se usen medios lícitos, pero no debemos
confundir estas «escapadas» con la verdadera felicidad. La experiencia nos
enseña que la superficialidad suele desembocar en la insatisfacción.
Éste es el tipo de felicidad que prometen algunos cultos religiosos
de moda, como el New Age, y la televisión de puro entretenimiento. Muchos
canjean la posibilidad de una vida llena de significado por un caudal de
sensaciones y experiencias superficiales. Al final, se quedan con el alma y con
la mente marchitas y secas, como un mazo de flores agostadas. Éste no es el
tipo de felicidad que satisface nuestros anhelos más profundos.
Segundo grado: Alegría
Hay días en los que uno se levanta «con el pie derecho». Todo
sale a pedir de boca. El primer día de vacaciones, un aumento de sueldo, un
premio de tres millones en la lotería... uno se siente dueño del mundo. Son
grandes momentos, pero pocos en la vida y muy distanciados unos de otros.
La alegría y el gozo son muy parecidos; a veces no se pueden
distinguir. Sin embargo, hay entre ellos tres diferencias notables: 1. La
alegría puede ser ilusoria, mientras que el gozo es siempre auténtico. 2. La
alegría es transitoria, mientras que el gozo es permanente. 3. La alegría sigue
siendo, esencialmente, un sentimiento, mientras que el gozo es un estado
habitual, un modo de ser.
San Agustín distingue muy bien entre la alegría y el gozo.
Para él, el gozo es «la alegría en la verdad»; la alegría puede ser provocada
por una causa buena o mala, mientras que el gozo siempre es fruto del bien
(porque es en la verdad). Uno puede sentir alegría al pecar. Un esposo adúltero
puede sentirse «alegre» cuando se encuentra con su amante en una cita
clandestina. Un atracador de bancos puede sentir «alegría» cuando logra un
golpe perfecto, dejando a la policía totalmente confundida. Hay una alegría
buena (que brota de las cosas buenas) y una alegría perversa (que brota de las
cosas malas).
Quien peca puede sentir alegría, pero no gozo. El pecado es
una forma de mentira; el gozo se funda en la verdad.
Tercer grado: Paz
La paz es el tercer grado de felicidad. Consiste en la
ausencia de conflictos, divisiones y de todo aquello que pueda perturbarnos o
inquietarnos. Como uno de esos lagos cristalinos en una tarde de agosto, la paz
es tranquilidad, serenidad, calma interior. La paz es ausencia de temores,
angustias, dolores o lágrimas; la paz es reposo después del tráfago del día,
serenidad después de las prisas, tranquilidad después de reconocer los fallos
cometidos; la paz es eso que se experimenta cuando al final todo se arregla.
La verdadera paz sólo la disfrutaremos en el cielo, meta final
de nuestro maratón terreno. Sólo allí todo será «perfecto»; sólo allí se
secarán las lágrimas para siempre; sólo allí las heridas sanarán, desaparecerán
las divisiones y cesarán las preocupaciones.
Aquí, en la tierra, percibimos sólo reflejos de esa paz, al
menos los indispensables para darnos cuenta de que la anhelamos con todo
nuestro corazón y con toda nuestra alma.
Podríamos decir, incluso, que la paz y la felicidad son la
misma cosa. De hecho, en la Sagrada Escritura se entiende la paz no sólo como
la ausencia de todo mal, sino también como la presencia de todo bien. Para el
hombre de nuestro tiempo, la paz se asocia normalmente con el reposo y la
liberación de todo esfuerzo. En este sentido, la paz es necesaria para la
felicidad, pero no es la felicidad en sí misma. La felicidad es un bien real, y
no sólo la ausencia de otra cosa.
Tal vez los jóvenes tienen razón al no aceptar fácilmente que
la paz se identifica, sin más, con la felicidad auténtica, pues les parece
insípida, que no satisface. Ellos quieren acción, aventuras; les gusta soñar,
planear, descubrir, en una palabra: vivir. La felicidad es vida. Por eso
rechazan esa caricatura que algunos pintan de lo que nos espera en el cielo.
Les repugna el tedio y la monotonía de un cielo de descanso, de contemplación,
de coros celestiales que cantan salmos repetitivos una y otra vez...
Teniendo esto presente, hay que dar un paso más para descubrir
la verdadera naturaleza de la felicidad: el gozo.
Cuarto grado: Gozo
Boecio, uno de los más grandes filósofos cristianos, describe
la felicidad como «el bien que, una vez alcanzado, no deja espacio para desear
otra cosa. Es la perfección de todos los bienes y contiene en sí todo lo que es
bueno». Más adelante añade: «La felicidad es el estado perfecto por la posesión
de todo lo que es bueno». Esta es la verdadera y perfecta felicidad. Esto es lo
que en realidad anhelamos. El gozo consiste en poseer y disfrutar el bien, y
esto sólo es posible plenamente en el cielo, donde el gozo se convierte en
«beatitud», es decir, en posesión y disfrute de la Bondad Suma.
Ya se ve por qué resulta insuficiente ese concepto, demasiado
infantil, que a veces tenemos del cielo. El cielo no es sólo la ausencia de
problemas o de dolor, sino la presencia de todo bien. Jesucristo no habla del
cielo como si consistiese en estar sentados sobre las nubes, tocando el arpa
todo el día. Las imágenes que utiliza se refieren a banquetes, fiestas,
bodas..., algo más atractivo, ciertamente, que una serie de ejercicios para
arpa.
A San Pablo se le encadena literalmente la lengua cuando trata
de describir el cielo y termina por decirnos, que «ni el ojo vio, ni el oído
oyó, ni el hombre pudo imaginar lo que Dios tiene preparado para aquéllos que
le aman» (I Cor. 2, 9).
La felicidad no consiste en tener todo lo que uno quiere. No
siempre queremos lo que nos puede hacer felices. El que es alcohólico querrá
siempre un vaso con whiskey; el que es misántropo, querrá estar siempre solo;
el que es dictador querrá siempre controlar a cuantos habitan la faz de la
tierra. Para ser felices, necesitamos no sólo poseer lo que queremos, sino
aprender a querer lo que es bueno.
Una cosa es saber lo que se quiere y otra, cómo alcanzarlo.
Todos los hombres suspiran por sus sueños en la vida; y, sin embargo, muy pocos
los realizan. Cuando un niño visita la tienda de animales y se obsesiona por
una lagartija, que a él le parece particularmente atractiva, tiene que
ingeniárselas para convencer a mamá de que aquel lagarto en miniatura tiene
mucho que ofrecer a la familia. Saber lo que queremos es el primer paso, pero
después viene el problema de cómo conseguirlo.
No basta decidir, de un momento a otro, que uno quiere ser
feliz. La felicidad no es una actividad, como patinar sobre hielo o ir de
compras al centro comercial. Ni siquiera es algo que podemos producir a fuerza
de quererlo. La felicidad es un estado, una manera de vivir. Es más un efecto que
una tarea, más una consecuencia que un proyecto.
En busca del tesoro
Retomemos la parábola de Cristo sobre el tesoro escondido en
el campo, que comentamos en el primer capítulo de este libro:«El Reino de
los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo. El que lo encuentra lo
esconde y, lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo»
(Mt. 13, 44).
Conviene notar que el tesoro no está en venta. El tesoro viene
con el campo. Sucede de modo semejante con la felicidad: no está en venta, no
se puede escoger ser feliz directamente, sino sólo indirectamente, a través del
uso de nuestra libertad en las decisiones de la vida diaria.
Entonces, ¿dónde está el secreto? ¿Cuál es ese campo donde
está el tesoro escondido? Hay muchas respuestas para esta pregunta, tan
sencilla en apariencia. La respuesta que el mundo suele ofrecer es la de las
tres «p»: placer, poder y posesiones. Aunque esta respuesta, bien lo sabemos,
no satisface nuestras aspiraciones más profundas, no deja de ejercer una fuerte
fascinación sobre nosotros.
Las tres «p»
1. Placer
El placer es agradable, a todos nos gusta. Es inútil tratar de
convencernos de lo contrario. El problema no consiste en saber si el placer es
agradable o no; hay que preguntarse, más bien, si es suficiente. ¿Puede el
placer colmar el espíritu humano? Me refiero en este caso al placer sensible,
pues existe, por extensión, un tipo de placer «espiritual», de alcance más
profundo.
Quienes han experimentado realmente el placer, nos aseguran
que no basta. El célebre humanista francés del renacimiento, Michel Montaigne,
asegura en el tercer libro de sus Ensayos: «Yo, que me jacto de gozar de todos
los placeres de la vida tan a menudo y de forma tan particular, encuentro en
ellos, cuando los observo detenidamente, que no son nada más que viento. Los
placeres nos atraen fuertemente, pero una vez que los tenemos en la mano, nos
damos cuenta de que son vanos y efímeros».
La Biblia nos ofrece un testimonio similar de la insuficiencia del placer
para satisfacer las necesidades del espíritu humano. Así, por ejemplo, el libro
del Eclesiastés sugiere, con palabras muy ilustrativas, el escaso valor de una
vida acomodada: «Dije en mi corazón: "¡Ea, quiero probar la alegría; gozar
del placer!... Resolví en mi corazón regalar mi cuerpo con el vino..., y
entregarme a la necedad para ver dónde está la felicidad de los hombres y lo
que hacen debajo de los cielos durante los días de su vida. Emprendí grandes
obras, me construí palacios y me planté viñas; me hice huertos y jardines, y
planté en ellos árboles frutales de toda clase. Me hice estanques de agua para
regar con ellos un bosque fértil. Compré siervos y siervas, y tuve siervos
nacidos en mi casa; tuve también mucho ganado, vacas y ovejas, en mayor número
que todos los que me precedieron en Jerusalén. Amontoné plata y oro, y tesoros
de reyes y de provincias; me hice con cantores y cantoras, y lo que constituye
la delicia de los hombres, princesas en cantidad. Y continué engrandeciéndome
más que cuantos me precedieron en Jerusalén... No negué a mis ojos nada de
cuanto deseaban, ni privé a mi corazón de placer alguno... Luego reflexioné
sobre todas las obras que mis manos habían hecho y sobre la fatiga que me había
tomado por hacerlas, y he aquí que todo es vanidad, atrapar el viento, y no
queda provecho alguno bajo el sol» (Ec. 2, 1-11).
Los psicólogos suelen hablar de la «ley de la saturación» y de
la «desensibilización» de las personas en el disfrute del placer. Cuanto más
nos abandonamos a los placeres, tanto menos nos satisfacen. Pasa aquí como con
el uso de narcóticos: hay que incrementar constantemente la dosis para obtener
el mismo nivel de gratificación. Así (incluso desde el punto de vista de los
epicúreos), es preciso medirse en los placeres para poder apreciarlos.
Evidentemente, si éste es el caso, hay que buscar la felicidad en otra parte.
2. Poder
La mayoría de la gente no admite que busca más poder, porque
cae mal. Sin embargo, dada nuestra naturaleza y nuestra tendencia al orgullo, a
todos nos gusta sentirnos superiores: nos gusta ser servidos y no servir; nos
gusta que nos traten de modo especial; nos gusta hacer las cosas a nuestro
modo. Esto es poder.
El poder, como el placer, no conduce a la felicidad. Quien
alimenta su hambre de poder, en lugar de mantenerla a raya, alimenta lo que
tiene de más bajo y vil. El deseo de poder es una pasión; si no la dominamos,
ella nos domina. Y una vez que esta pasión nos encadena, podemos decir adiós a
la felicidad.
Las vidas más trágicas de la historia han sido las de hombres
obsesionados por el poder: Nerón, Napoleón, Hitler, Mussolini, para nombrar
algunos de los más famosos. Julio César, el célebre emperador romano, dijo que
él preferiría mil veces tener el dominio sobre una pequeña aldea, pero de modo
absoluto, que ocupar el segundo puesto en el Imperio Romano.
El ansia de poder es un cáncer. Nos va comiendo por dentro,
sin dejarnos en paz. No es un mal exclusivo de dictadores y potentados; a todos
nos asecha.
Incluso cuando el anhelo de poder se ve satisfecho, deja un
inmenso vacío en el alma. Basta leer las palabras de Abderrahman II, Califa del
reino de Córdoba hasta el año 961, en su testamento: «He reinado por más de
cincuenta años, en victoria o en paz. He sido amado por mis súbditos, temido por
mis enemigos y respetado por mis aliados. Las riquezas, los honores, el poder y
los placeres acudían inmediatamente a mi llamado. No hay bendición terrena que
no haya tenido. Viviendo en esta situación, procuré contar con cuidado los días
en que pude disfrutar de una felicidad pura y genuina. Fueron sólo catorce. ¡Oh
hombre, no pongas tus esperanzas en esta tierra!
En el mejor de los casos, el poder es temporal e incierto. En
el peor de los casos, el poder es obsesivo, y convierte al hombre en el peor enemigo
de sí mismo. Cuando estaba en la cumbre de su poderío, José Stalin se volvió
tan fanático y desconfiado que llegó a exterminar a sus amigos y colaboradores
más cercanos, convencido de que estaban armando algún complot para derrocarlo.
Las más de las veces, el poder nos acarrea ansiedad, no felicidad.
3. Posesión
Al corazón humano le gusta poseer. Cuando ponemos la mirada en
algo que nos atrae, inmediatamente lo queremos para nosotros. La felicidad
tiene mucho que ver con la posesión. Cuando tengamos todo lo que necesitamos,
todo lo que anhelamos, todo lo que nuestro corazón desea, seremos felices, sin
lugar a duda. El problema no está, pues, en poseer, sino en qué es lo que se
posee.
¿Qué significa poseer? Significa tener pleno dominio sobre algo.
Poseer no es simplemente tomar una cosa en la mano o traerla en el bolsillo.
Cuando voy a la casa de un amigo y tomo un video, no pasa a ser de mi propiedad
por el solo hecho de que lo tengo en mis manos. Lo tendré temporalmente en mi
poder, pero no será mío para siempre.
Preguntémonos ahora: ¿acaso hay «algo» que poseeremos para
siempre? Diariamente, miles de personas sufren robos y despojamientos. De un
día para otro pierden sus posesiones. Los terremotos, las inundaciones y otras
catástrofes naturales deberían recordarnos a todos que los bienes materiales
son inestables, pasajeros; y que tarde o temprano los vamos a perder.
Hay que añadir, además, que las cosas materiales no son
completamente «poseíbles». Ellas están ahí, fuera. No podemos poseer lo que es
exterior a nosotros, sino lo que es interior: nuestra alma, nuestra libertad,
nuestras virtudes. En cierto sentido, poseemos también nuestro pasado, todos
nuestros pensamientos, palabras y acciones -lo bueno, lo malo, y lo feo.
Nuestras decisiones y elecciones son verdaderamente nuestras.
Es mucho más importante ser que tener. Muchas personas tienen
mil y una cosas, pero no son felices. Tener cosas no basta. Por eso hay tanto
suicidio, tanto divorcio, tanto problema psicológico entre gente rica. Precisamente
en esta semana, mientras escribía este capítulo, cundió la noticia del suicidio
de tres prominentes hombres de negocios.
¿Por qué habrá dicho Jesucristo: «Felices los pobres de
espíritu»? Porque las cosas no satisfacen. Si aceptamos la falacia de que la
felicidad consiste en tener cosas, no deberá maravillarnos que seamos víctimas
de la depresión cuando, después de alcanzar una notable fortuna, nos demos
cuenta de que aún estamos vacíos interiormente. Esto es lo que significa
«atrapar el viento».
Con cuánto tino describe Dickens en su obra Great Expectations
la profunda insatisfacción que experimenta quien posee todo lo que el dinero
puede comprar. Pone en los labios de Pip estas palabras, una vez que ha
acumulado su fortuna: «Hemos gastado tanto dinero como hemos podido, y a cambio
hemos recibido tan poco como la gente nos ha querido dar. Hemos sido más o
menos miserables, y la mayor parte de nuestros conocidos han estado en la misma
condición. Siempre rondó sobre nosotros la alegre ficción de que éramos
felices, junto a la esquelética verdad de que nunca lo fuimos».
En resumidas cuentas, las tres «p» son campos estériles.
Podemos excavar todo lo que queramos. Podemos traer picos, excavadoras o
maquinaria pesada. En estos campos jamás encontraremos ni tesoro, ni felicidad.
Tal vez podamos desenterrar alguna baratija, suficiente para mantener nuestro
interés, como los buscadores de oro, que se pasan la vida haciendo minas sólo
por haber encontrado dos pepitas. Jamás los veremos millonarios.
Las tres «p» no sólo no nos obtienen la felicidad sino que,
además, nos obstruyen el camino para alcanzarla. Jesucristo lo sabía. Por eso
nos ofreció una misteriosa alternativa: los consejos evangélicos de pobreza,
castidad y obediencia. La pobreza (no el despojo, sino el desapego de las
cosas) nos libera de la esclavitud de las posesiones. La castidad (no la
represión, sino el correcto uso de la sexualidad) nos libera de la esclavitud
del placer. La obediencia (no la sumisión ciega, sino la libre dependencia de
Dios y de la autoridad legítima) nos libera del apego al poder y al orgullo.
Sólo cuando nuestra mente se libera de la voz de estas tres sirenas -las
posesiones, el placer y el poder-, podemos ir en busca de la verdadera
felicidad.
Tres campos fecundos
Si la felicidad no se encuentra en los campos señalados
convencionalmente por la sociedad materialista, ¿dónde podemos encontrarla? La
respuesta no es suficientemente sensacional como para ponerla en la primera
plana de los diarios o en las revistas de sociedad. No es una solución rápida,
como las medicinas milagrosas o los limpiadores que anuncian los supermercados.
Sin embargo, una vez más, lo que cuenta no es el campo, sino el tesoro que
encierra.
El amor
El amor es el don de sí. Lo curioso de este don es que no se
pierde cuando se da. Cuando damos dinero, perdemos dinero. Cuando damos nuestro
tiempo, nos queda menos tiempo. Cuando damos comida o vestidos o cualquier otro
bien material, merman nuestras pertenencias. Pero cuando nos damos a nosotros
mismos, terminamos con más, nos ganamos a nosotros mismos.
Entre las excelentes historias de Among O. Henry, una de las
mejores es El regalo de los magos. Es un cuento sobre una joven pareja (James
Dillingham Young y su esposa Della) que apenas tienen para sobrevivir con lo
que gana James. Viven en un pequeño apartamento en la ciudad, y a duras penas
les alcanza el presupuesto, pero son felices. Cuando se acerca el invierno,
cada uno busca el modo de conseguir dinero, pues en su corazón ha decidido ofrecerle
al otro el mejor regalo de Navidad. La posesión más valiosa de James era el
reloj de bolsillo de oro, que había heredado de su padre. Della piensa que el
mejor regalo que puede ofrecerle es una cadenilla para su reloj. Viendo que el
precio de la cadenilla era muy superior a sus posibilidades, Della optó por
vender su largo y hermoso cabello oscuro.
James tenía sus propios planes. Después de recorrer la ciudad,
finalmente encontró el regalo perfecto para su querida esposa: un juego de
peines de concha de tortuga para su hermoso cabello. Viendo que le alcanzaba el
dinero que tenía, optó por vender -ya se adivina- su reloj de bolsillo para
comprar los peines.
El amor es así. Ridículo. Ilógico. Tonto. Pero ¿qué es la vida
si falta el amor? ¿Qué clase de significado se podría dar a una vida sin amor?
El amor es una realidad difícil de conceptualizar, un misterio que no admite
explicaciones fáciles. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, y Dios
es amor. Sin amor nos convertimos en monstruos de la naturaleza; nos volvemos
un enigma para nosotros mismos. Jesucristo ya había advertido que hay más
felicidad en dar que en recibir, y así es. La felicidad se encuentra en el
olvido de sí y en la donación a los demás.
Esto nos lleva a una importante conclusión, que hace
estremecer a la mentalidad contemporánea: ¡la felicidad y el sufrimiento no son
dos polos contrapuestos! Los publicistas se han afanado por hacernos creer que
la solución para la infelicidad es la eliminación del dolor: «tómate una pastilla»,
«tómate unas vacaciones», «tómate un trago». Enredados en esta mentalidad,
difícilmente podremos comprender la lógica del amor. El amor no rehuye el
sufrimiento. El misterio del amor es un misterio de sacrificio, de abnegación,
de olvido de sí en favor del otro. Por eso la cultura de los
"algodones" y del "sentirse bien" es incapaz de ofrecer
felicidad, porque nos incapacita para amar. Y nos incapacita para amar porque
nos incapacita para olvidarnos a nosotros mismos.
Parece extraño que las personas más felices del mundo sean
personas que han sufrido mucho. Blindar nuestro corazón para hacerlo insensible
al dolor es deshumanizarnos. Tú y yo hemos sido creados para amar, y
encontraremos nuestra realización y nuestra felicidad en esta sublime actividad
humana. Como dijo Corneille: «En la felicidad de los demás yo busco la mía».
El mayor obstáculo para la felicidad es el egoísmo o la
búsqueda de uno mismo. Nadie es una isla. Quien se cierra en sí mismo jamás
podrá ser feliz, porque «no es bueno que el hombre esté solo» (Gen. 2, 18).
No sin razón, la reclusión solitaria es uno de los peores
castigos. Importa poco si las murallas las construyen los demás para
encerrarnos o si las levantamos nosotros mismos para mantener fuera a los
demás. Nuestra pequeñez e impotencia nunca son tan evidentes como cuando
estamos completamente solos. Y nadie está tan solo como la persona que está
llena de sí misma.
Egoísmo significa hacer de uno mismo la medida de todas las
cosas. Es la preocupación exagerada por sí mismo, por el propio mundo y los
propios problemas. Egoísmo es buscar lo más fácil y cómodo, en lugar de lo que
es justo, noble y bueno. Egoísmo es esa mirada individualista, que considera
siempre a los demás como enemigos. El egoísta ve en su vecino un rival, como
una hiena mira a otra mientras giran alrededor de la misma presa: o es mía o es
tuya, pero no puede ser de los dos. No hay espacios para la solidaridad en este
esquema.
En lugar de
tratar al otro como persona, el egoísta lo usa, le saca provecho.
La felicidad y la caridad (el amor) caminan juntos. El egoísmo
destruye la caridad y, por lo mismo, aniquila la felicidad. Como sugiere el P.
Marcial Maciel en una carta escrita en 1977: «La caridad abre, el egoísmo
cierra; la caridad mantiene el ideal, el egoísmo lo agosta; la caridad agudiza
la conciencia y tensa la voluntad, el egoísmo embota la conciencia y tuerce la
voluntad hacia otros fines; la caridad perfecciona, el egoísmo apoca. La
caridad inquieta, es dinámica, es apostólica...»
La vida consiste en aprender a amar. Puesto que tendemos
espontáneamente a buscarnos a nosotros mismos, dada nuestra naturaleza herida
por el pecado, tenemos que permanecer alertas para mantener el egoísmo a raya.
Sólo dominándolo podremos ser libres para amar.
<B<FIDELIDAD< b>
El segundo campo es la fidelidad. La fidelidad es el fruto y
la culminación del amor. Es la capacidad para comprometernos, para vivir de
acuerdo con la palabra dada, aunque las circunstancias cambien y se tornen
adversas. La persona fiel no se apoya en las arenas movedizas de la fortuna,
sino que vive en la libertad del autodominio. La fidelidad no necesita poesía,
porque el alma fiel es el más bello poema que se puede admirar en esta tierra.
Las palabras sobran. Es una virtud que se caracteriza por las obras, hechas en
silencio y sin aspavientos. La fidelidad es un verdadero heroísmo, porque
supone perfección y constancia.
La fidelidad consiste en la identidad entre el «yo debo» y el
«yo quiero». Todos hemos tenido en la vida dos experiencias muy profundas, las
más profundas que se pueden tener: la experiencia del deber y la experiencia de
la libertad. Si uno hace lo que debe, está cumpliendo su deber, su «yo debo».
Pero si lo hace libremente, porque quiere hacerlo y no sólo porque debe hacerlo,
entonces está realizando su «yo quiero». Cuando el «yo quiero» y el «yo debo»
coinciden, la felicidad brota espontánea. El «yo debo» sin el «yo quiero» crea
una experiencia de esclavitud; el «yo quiero» sin el «yo debo» produce
vaciedad.
Hay muchas obras buenas que despegan muy bien, como un cohete,
pero pronto se desvanecen. Es fácil empezar con entusiasmo, pero es difícil
conservar el mismo espíritu durante todo el trayecto. Los actos heroicos
aislados se parecen a un «sprint». El heroísmo de la fidelidad es un «maratón».
El mundo occidental ha dejado de ser una cultura de la
fidelidad; ahora es una cultura de la infidelidad. Antes, todos nuestros héroes
eran héroes de la fidelidad: escuderos fieles a sus caballeros, caballeros
fieles a sus reyes, reyes fieles a sus pueblos y a sus príncipes.
Tenemos, por ejemplo, la fidelidad de Penélope, la esposa de
Odiseo, que esperó contra toda esperanza por veinte años, mientras su marido
volvía de Troya. Rechazó con valentía las oleadas de pretendientes que llegaban
a diario para cortejarla y casarse con ella. Tenemos también la fidelidad de
Cordelia, la hija del Rey Lear, que se mantuvo firme junto a su padre a pesar
de tanta incomprensión.
Por otra parte, la historia no ha titubeado al calificar de
villanos y canallas a los máximos traidores de la amistad y la confianza.
Todavía nos estremece la traición de Bruto, amigo y después asesino de Julio
César; o la traición de Judas Iscariote, quien entregó a su Señor por treinta
monedas de plata.
Hoy, sin embargo, la infidelidad goza de las mejores
credenciales y se presenta como camino de libertad y espontaneidad. En otros
tiempos, la infidelidad era considerada como lo que es: una traición. Hoy
recibe títulos menos drásticos, que suavizan su dura realidad. Usamos
expresiones como «echar una cana al aire», tener una «experiencia inocente» o
una «aventurilla».
¿Quiénes son los héroes de nuestro tiempo? Tenemos, por
ejemplo, a James Bond, el «agente 007»: un tipo simpático, que conjuga sus
buenas maneras con una vida moral a ras de tierra y un corazón tan voluble como
las circunstancias que le van saliendo al paso. Como Bond, muchos héroes de
turno son personajes de telenovela, que planean cómo engañar a sus esposas, a
sus amigos y a sus socios. ¡Cuántos cantantes y estrellas de cine viven, ya
fuera del escenario, las mismas tragedias que representan en sus canciones y
películas!
La infidelidad, por desgracia, aunque parezca fascinante y
alucinadora, es uno de los caminos que conducen con mayor certeza al vacío y a
la desilusión.
Las relaciones marido y mujer, médico y paciente, abogado y
cliente, socios de negocios, exigen confianza. Quien es fiel a sí mismo y a sus
principios, a Dios y a los demás, es una persona íntegra, de una pieza. Y esta
integridad es ingrediente necesario para ser felices.
Dios
Aunque parezca muy obvio, el tercer campo de fecundidad es
nuestra relación con Dios. Quizá no es tan obvio. Hoy se discute mucho sobre la
posibilidad de construir una ética totalmente «laica», que no tenga ninguna
relación con un Ser Supremo. ¿Es posible ser felices sin Dios? Muchos afirman
desesperadamente que sí. Y digo «desesperadamente» porque les da pánico
reconocer que, para ser verdaderamente felices, es necesario recurrir a Dios.
El hombre es un ser espiritual. Por eso pasa espontáneamente
de lo finito y lo limitado a la búsqueda de lo Absoluto. El espíritu humano
tiende al infinito; jamás se satisface con los bienes limitados, aunque sean
muchos. Aunque se sumerja en mil placeres, aunque se lance por incontables
aventuras y obtenga todas las posesiones que el mundo le ofrece, el espíritu,
insatisfecho, se levanta, mira hacia lo lejos y pregunta: «¿No hay nada más?».
A todos nos sucede que buscamos y no encontramos; buscamos a
izquierda y derecha, miramos en derredor y debajo de nosotros, pero no se nos
ocurre levantar la mirada y buscar arriba. Sólo Dios es capaz de llenarnos
plenamente, porque Dios es infinito. El vacío infinito que reside en nuestros
corazones sólo puede llenarlo un Ser infinito. Blas Pascal, en sus
Pensamientos, nos ofrece un diagnóstico estupendo de esa sed insaciable que
tenemos de felicidad: «Un abismo infinito sólo puede ser colmado con un objeto
infinito e inmutable, es decir, sólo con Dios mismo».
Más cercano a nuestros días, C.S. Lewis, en su popular obra
Mere Christianity, explica por qué la felicidad sin Dios no es más que un sueño
inconsistente: «Lo que Satanás hizo creer a nuestros antepasados remotos fue la
idea de que ellos podían inventar algún tipo de felicidad lejos de Dios,
apartándose de Dios. Y a raíz de ese intento desesperado fueron llegando todas
las cosas que denominamos historia humana: dinero, pobreza, ambición, guerras,
prostitución, diferencias de clases, imperios, esclavitud; la larga y terrible
historia del hombre que intenta encontrar algo para poder ser feliz, pero al
margen de Dios. Sin embargo, esto es imposible, ya que Dios es nuestro Hacedor.
Él nos «inventó», como un hombre inventa una máquina. Y así como el hombre
fabrica coches que funcionan con gasolina, y éstos no pueden funcionar con otra
cosa que no sea gasolina, así también Dios dispuso que el hombre «funcionase»
solamente con Él. Dios mismo, y sólo Él, ha querido ser la gasolina para que
nuestros espíritus ardan, el alimento para que nuestros espíritus se nutran.
Por eso no tiene sentido pedir a Dios que nos permita ser felices «a nuestra
manera», sin tener que preocuparnos de la religión. Dios no puede darnos la
felicidad y la paz fuera de Él, simplemente porque fuera de Él no existe tal cosa».
Puesto que la persona humana es una, todas las dimensiones de
su vida están ligadas entre sí. La felicidad no es un elemento aislado,
independiente de los demás aspectos de su vida. Todos los valores, incluida la
felicidad, forman una red y se apoyan mutuamente. Todas nuestras decisiones,
iluminadas y orientadas por la conciencia, son como las ramas que convergen en
el sólido tronco de una personalidad madura, enraizado en la libertad. La
felicidad es el fruto maduro de ese árbol. Si la raíz, el tronco y las ramas
son sanos, siempre habrá frutos.
La clave para encontrar algo es buscarlo donde está. La
felicidad está en Dios. No pretendamos encontrarla en otra parte. Las creaturas
de la tierra, buenas en sí, no son más que señales que apuntan hacia el Bien
Supremo. Lo importante es no confundir las señales con el punto de destino. Si
somos conscientes de que nuestra vida es un viaje, disfrutaremos de la vida
como un viajero disfruta de su viaje. El viajero -el peregrino- es feliz por la
esperanza, por la certeza de que poseerá en el futuro lo que hoy todavía no
posee. Un día no muy lejano, cuando el viaje haya concluido, gozaremos la
felicidad del destino conquistado.
Un valor no se aprende como se aprende un dato cualquiera; el
valor se asimila. Tampoco se enseña, sino que se testimonia. Si queremos
contribuir a hacer felices a los hombres de nuestro tiempo, los discursos y los
argumentos, por ingeniosos que sean, nos salen sobrando. Sólo el ejemplo de
nuestra vida auténtica, cimentada en la roca firme de los verdaderos valores,
puede ayudarles. El único camino para librar a nuestra era de una visión
superficial y subjetiva de los valores consiste en tomar en nuestras manos los
auténticos valores y mantenerlos muy en alto para que todos puedan apreciar su
bondad y su belleza.