martes, 27 de mayo de 2014

CALENTAMIENTO GLOBAL

CALENTACALENTAMIENTO GLOBAL Y CAMBIO CLIMÁTICO

Este vídeo de Omnilife es excelente para explicar qué está ocurriendo en nuestro planeta con el famoso calentamiento global. No sólo es tema de películas de Disney sino un tema que está sobre los escritorios de los dirigentes de todos los países del mundo. 
Véanlo y anoten los tips que pueden sernos de utilidad para frenar este problema. Sus comentarios antes del 15 de mayo 2016



lunes, 26 de mayo de 2014

VERDAD VS PAZ

DICEN ALGUNOS QUE LA PAZ Y LA VERDAD SON EXCLUYENTES PUES AFIRMAN QUE QUIENES BUSCAN LA PAZ POR ENCIMA DE TODO, ENGAÑARÁN PARA MANTENERLA.

USTEDES, ¿QUÉ OPINAN? ¿SON EXCLUYENTES O SE PUEDEN COMPLEMENTAR? ¿CÓMO LE HARÍAN USTEDES PARA ARMONIZAR UNA CON OTRA? PARA VIVIR UN VALOR SIN DESTRUIR EL OTRO?

miércoles, 2 de abril de 2014

Violencia 2001 a 2011


Este link tienen datos mas actualizados sobre este tema en los hogares mexicanos, desde el 2001 al 2011.
Revisenlas plis para que se den una mejor idea.

Violencia familiar

Esta encuesta data de 1999, hace apenas 13 años. Las cosas tardan en moverse pero van haciéndolo poco a poco. Sobre todo porque se va haciendo más conciencia cada vez de este problema y la información que recibimos desde hace ya algunos años, nos va haciendo saber que este tipo de conductas son reprobables y no por ser comunes son sanas o buenas.
Les dejo el link del INEGI para que puedan consultarla:
Qué opinan? Espero su opinión aquí mismo en el blog! Para este fin de semana del 16 y 17 de abril!



martes, 25 de marzo de 2014

miércoles, 19 de marzo de 2014

Dignidad del Cuerpo, tatuajes y piercings

El cuerpo humano es lo que somos. Cuerpo espiritualizado o espíritu encarnado es lo que somos. Es un cuerpo humano vivo y somos en tanto es. Así es que después de lo que hemos leído en su material de autoestudio les dejo estos links que nos ha compartido uno de sus compañeros para que los vean y analicen y podamos compartir en este espacio alguna investigación sobre lo que los estudios psicológicos arrojan sobre este tema, ¿les parece?  ¿Será que se aparta a estas personas por "imagen"? o ¿habrá algo más? ¿Ustedes qué opinan independientemente de que sean "libres" para hacerlo o no?

jueves, 27 de febrero de 2014

Declaración Universal de los Derechos Humanos

Les dejo la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Recuerden el análisis que realizaremos será sobre los derechos tutelados!!

Declaración Universal de los Derechos Humanos

lunes, 24 de febrero de 2014

Historia de los Derechos Humanos Documental




Es un breve recorrido bastante interesante por la historia de los Derechos Humanos. Sólo una aclaración: al principio dice "los derechos humanos no existían".  Hay que recordar que existían pero no eran reconocidos! ok?

miércoles, 19 de febrero de 2014

CONSTRUYENDO SOBRE ROCA FIRME



Otra perspectiva de análisis: 
Alumnos estimados: quisiera que lean los capítulos 3, 4 y 5 de Construyendo sobre Roca Firme y me respondas las siguientes preguntas: 

¿Cuál es tu OPCIÓN FUNDAMENTAL? 
¿Cuáles son los pasos que propone el autor para tomar buenas decisiones?
¿Cuál es la relación entre la libertad y el bien moral? ¿Cuántos tipos de libertades propone el autor?
¿Cómo debemos realizar nuestra verdadera libertad? ¿Cuáles son los 4 puntos que nos comenta el autor?
¿Cuáles son las 4 decisiones básicas que debemos de tomar en la vida y cuál de ellas es nuestro marco de referencia?
¿Cuáles son los cinco principios básicos que nos pueden ayudar como guía para tomar decisiones maduras y prudentes?
¿Qué dice el autor respecto a la conciencia como guía de conducta infalible? 
Una vez que tengan listas sus repuestas pueden pegar su comentario aquí en el blog o enviarme sus respuestas a mi correo. 
ESTO HAY QUE ENTREGARLO EL DOMINGO 14 DE MARZO AÑO EN CURSO.



Entendiendo los valores



En una época de relativismo, donde la respuesta a la pregunta ¿qué son los valores? resulta confusa, se presenta este libro que es una guía práctica para ayudar a entender qué son los valores, ofreciendo criterios para discernir entre diversas opciones y sugiriendo senderos para organizar la propia vida en torno a los valores que son más conformes con la dignidad de personas humanas.


Presenta preguntas fundamentales, que todo hombre debe afrontar, al encontrar la respuesta, reconociendo sus implicaciones prácticas y actuar en consecuencia. Una vez logrado esto, se encontrará la clave de la felicidad.

Para analizar y dar respuesta a estas interrogantes se apoya en la experiencia humana común, así como en algunos de los más grandes escritores de la historia. Fijándose en la herencia del cristianismo y en el ejemplo y enseñanzas de Jesucristo.


El libro no va dirigido exclusivamente a lectores cristianos, sino que le ofrece a cualquier persona de corazón abierto la oportunidad de entrar en contacto con los más grandes desafíos de la humanidad bajo la luz de la perspectiva cristiana.



Capítulo 1: ¿Cuánto valen los valores?


En los años recientes se ha prestado mucha atención, no sin motivo, al tema de los valores, particularmente en los foros públicos. La palabra misma y sus derivados, como valioso, sugieren algo sumamente importante e interesante. Las personalidades públicas sacuden nuestra emoción al referirse a los «valores de la familia», «los valores sobre los que se funda nuestra nación», «los valores centrales de nuestra sociedad», y otras frases por el estilo. Estas expresiones nos atraen casi por instinto: parecen comunicar algo fundamental, algo que yace en la raíz de nuestra experiencia.


Pero, a pesar del atractivo de la palabra, es difícil explicar exactamente qué entendemos por «valores». Mientras que esta ambigüedad puede ser conveniente para los políticos que usan el término por su impacto emocional, para el resto de nosotros es desconcertante que un concepto tan vital resulte así de vago.
 

Nuestra incerteza en relación con los valores se debe en parte al libre vaivén del término entre dos ámbitos: el de la economía y el de la experiencia humana. Aunque a primera vista el concepto parece el mismo en ambos casos, un análisis más atento revela diferencias sustanciales, que son decisivas para comprender los valores en la esfera humana.



Precio y valor


En términos económicos, «valor» es un concepto fácil de entender. Está estrechamente ligado al «precio» y tenemos la suerte de contar con un medio de intercambio, el dinero, que permite colocar toda propiedad o servicio en una escala universal de valor: basta comparar el precio de dos artículos para determinar cuál es más «valioso».

En nuestra experiencia ordinaria, el mercado es un indicador eficaz, pues asocia estrechamente el precio de la mercancía al costo de las materias primas, el diseño, la manufactura y la distribución. Todo esto sugiere que el valor es algo intrínseco al artículo, algo que no depende de una apreciación individual sino de aspectos objetivos y medibles. Y, en general, nuestra conducta como consumidores refleja esta tesis.

Podrías pagar ciento cincuenta mil dólares por un Ferrari, pero no ofrecerías lo mismo por una motocicleta. Y la razón que darías sería «que no vale tanto». Si fueras a una tienda y encontraras televisores a color con pantalla gigante a sólo cincuenta dólares cada uno, sentirías la tentación de comprar todos los que hubiera en el almacén. Si te preguntaran por qué compraste tantos, cuando en realidad sólo necesitabas uno, responderías: «Es que su valor real es diez veces mayor que ese precio». Y estarías convencido -con toda razón- de que podrías revender los restantes a otros compradores por un precio mayor, pues reconocerían el valor real de los televisores.

Sin embargo, en cuanto exploramos entre bastidores el comercio, la realidad ya no es tan simple. ¿Qué determina el valor de una obra maestra de Van Gogh? El lienzo y el óleo no suponen más que unos cuantos dólares. Por muy altos que sean los honorarios de un artista, no se pueden comparar con el precio que se paga por algunas pinturas subastadas. Otros cuadros, en cambio, de artistas menos conocidos, no atraen el mismo interés de los coleccionistas, aunque hayan requerido un trabajo más prolongado o estén en oferta «a mitad de precio».

Entramos así en un ámbito en el que el precio y el valor dependen más bien del juicio personal. Un artista puede gustar hoy a la gente, y mañana dejar de gustarle, con la consiguiente alza y baja del precio de sus obras, mientras éstas permanecen intactas.

Puesto que los precios están sujetos a la ley de la oferta y la demanda, el valor de las cosas queda fijado por la estima o popularidad de que gozan. El valor se torna casi completamente subjetivo: ya no depende tanto del producto en sí, sino del número de compradores que lo desean.

Cuando, al inicio de los años 80, los consumidores perdieron el interés por comprar música grabada en cintas eight-track, se desplomó el mercado y pronto se arrinconaron a veinticinco centavos en los almacenes de gangas. No importaba que se hubieran gastado varios dólares en fabricarlas o que se le hubiera pagado al artista un dólar o más por los derechos de autor.

Durante las décadas de los 50 y 60 estaba en plena moda el hula-hoop (un hula-hoop es un aro de plástico que se coloca alrededor de la cintura y gira si se mueve rápidamente el talle). Los distribuidores vendieron fácilmente decenas de millares por varios dólares cada uno. Fuera de esta gracia, los aros no tenían ningún valor ni servían para nada más.

Otro artículo sin valor objetivo era el Pet Rock, la «Piedra doméstica», que se puso de moda durante los años 70. Sin duda fue un hábil negocio: vender trozos de granito, que de otro modo no hubieran tenido ningún valor, por el solo hecho de darles un nombre, instrucciones de «mantenimiento» y un hábitat apropiado. Se podrían citar innumerables ejemplos parecidos: yo-yos, botas para la luna, gomas mágicas...

Los precios dependen también del gusto del consumidor, porque el valor económico, como la belleza, está en los ojos del que juzga. En una exposición canina celebrada en Milán, Italia, en marzo de 1993, un pastor alemán llamado Fanto se ganó el «collar de oro». Muchos lo consideraban el ejemplar más bello de pastor alemán de todos los tiempos. Su precio: mil millones doscientas mil liras; que entonces equivalían a algo más de setecientos cincuenta mil dólares. Alguien podría preguntar: «¿Qué diferencia hay entre Fanto, el cachorro maravilloso, y el pastor alemán de mi vecino, que cuesta sólo ciento cincuenta dólares? Son más o menos de la misma talla y color, comen lo mismo, ambos morirán y serán enterrados en unos diez años, más o menos». En realidad, no hay ninguna diferencia sustancial, pero para algunos entendidos Fanto es incomparable.

Y esto no sólo ocurre con algunas baratijas y artículos de lujo. La demanda, y, por tanto, el precio, fluctúa en cada sector del mercado, desde los almacenes de productos domésticos hasta el comercio de metales preciosos. Basta recordar las dramáticas fluctuaciones del costo del oro a comienzos de la década de los 80 para caer en la cuenta de que ni siquiera los objetos más duraderos tienen una estabilidad garantizada. Los antojos y la sensibilidad de los consumidores son muy volubles, y suben y bajan como el mercurio en un termómetro.

Todo esto es comprensible en un sistema económico. Pero, ¿se puede aplicar sin más al campo de los valores humanos? La vida nos ofrece muchos valores a los que no podemos pegar una etiqueta con el precio. ¿Cuánto pagaríamos por una familia sólida y unida? ¿cuánto podría costar un amigo leal, un socio honesto...? «No puedo comprar amor con dinero», cantaban los Beatles. Todos estos valores: humanos, religiosos, morales..., ¿pueden basarse en el mismo principio subjetivo del deseo personal?

Muchos dirán que sí. De hecho, el modelo económico es el que prevalece cuando se habla de valores en la sociedad moderna. Se consideran como un asunto personal, un producto de los deseos y de las preferencias individuales o colectivas. De este modo los valores se reducen a una expresión de sentimientos personales, como la preferencia de un color en vez de otro o de un deporte en vez de otro.


Otros consideran, en cambio, que los valores tienen un elemento de estabilidad y objetividad. Esto permite calificarlos como buenos o malos, profundos o superficiales, superiores o inferiores.

En definitiva, el problema es saber si hay en la vida algunas cosas que realmente son mejores que otras y si vale la pena luchar por algunas cosas y por otras no. Si todo es arbitrario, si dan lo mismo la honestidad y la deshonestidad, la guerra y la paz, la educación y la ignorancia, entonces no tiene sentido hablar de valores desde un punto de vista objetivo.


La aplicación del modelo económico a los valores humanos en general tiene dos inconvenientes. El primero es la subjetividad, que separa los valores de la realidad de la existencia humana. En las cosas de poca monta, los valores pueden variar. En cambio, cuando hablamos de valores humanos, es decir, ligados a nuestra naturaleza humana, hay necesariamente una mayor estabilidad. Salir a correr por las tardes o hacer dieta puede ser cuestión de moda; la salud es siempre un valor de la persona humana.


La segunda dificultad estriba en colocar todos los valores en el mismo nivel como si fueran conmensurables: pasarlos por el mismo rasero. En economía esto funciona bien: todos los productos de consumo están en una escala común porque se miden por su valor monetario. Los valores humanos no pueden someterse al mismo mecanismo. La sinceridad, por ejemplo, no puede compararse con un buen almuerzo. La sinceridad y la comida son valores, pero en niveles esencialmente diferentes.

Lo que cuenta de verdad

Los genuinos valores se basan no sólo en el factor subjetivo del deseo, sino también en el elemento objetivo de su mérito intrínseco. Podríamos decir, como definición metodológica, que un valor es un bien que es reconocido y apreciado como bien, o, más brevemente, es un bien para mí.


Se pueden distinguir claramente dos dimensiones: (1) un valor debe ser algo bueno (dimensión objetiva), y (2) yo debo reconocer su bondad para mí (dimensión subjetiva). Las dos son esenciales.

Nada podrá atraerme o motivarme para actuar si yo no reconozco o aprecio en ello un bien para mí. Por tanto, no será un valor para mí. Nicolás Maquiavelo, gran escritor y político del Renacimiento y autor de «El Príncipe», no apreciaba la honradez porque la veía como obstáculo para un gobierno eficiente. Así, la honestidad -algo de por sí bueno- no constituyó un valor para su vida, porque no fue capaz de reconocer su bondad.

Por otra parte, un verdadero valor debe ser objetivamente bueno. Podemos sentirnos atraídos por algo que parece un bien, pero que en realidad no lo es. Aunque algunos drogadictos deseen la heroína apasionadamente, ésta no podrá ser un verdadero valor porque los daña como personas.

Así pues, los valores no son puramente objetivos, independientes de la persona; pero tampoco son puramente subjetivos, mero fruto de los propios deseos. Se requieren los dos factores.

Algunas parábolas del Evangelio ilustran bien este principio. Por ejemplo, la parábola del tesoro en el campo: «El Reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo» (Mt. 13, 44). La parábola expone las dos facetas de los valores. Primero, vemos que un valor (en este caso el Reino de los cielos, el valor supremo) es, por encima de todo, un hallazgo, un descubrimiento. Lo que se ha desenterrado es un tesoro, un verdadero tesoro. El tesoro no es una creación del hombre, ni de su fantasía ni de su deseo. Es algo que se desea precisamente porque es deseable.

En segundo lugar, tenemos al descubridor, al hombre que reconoce el tesoro. ¿Qué tipo de persona es? Ha de ser alguien capaz de identificar un tesoro cuando lo ve, y de distinguir entre la riqueza auténtica y las cháchara
s. Las urracas se sienten atraídas por los objetos brillantes y resplandecientes, y los acumulan en sus nidos; no importa que sea la envoltura de un chicle o una cadena de oro de dieciocho quilates. Una urraca no es capaz de apreciar el valor objetivo. Muchos caen en el mismo engaño. Se lanzan, como las urracas, en pos de las apariencias que atrapan los sentidos, pero que no satisfacen el corazón. Recordemos la sentencia de Shakespeare: «No todo lo que brilla es oro». No todo lo que parece bueno es bueno.

La crisis de la modernidad

La idea de que los valores son una creación individual se remonta a las teorías de varios filósofos existencialistas como Nietzsche, Heidegger, Sartre, de Beauvoir y Polin. También está presente en diversas escuelas psicológicas, especialmente en Carl Rogers y Abraham Maslow. De los años sesenta a los ochenta, esta corriente ideológica se infiltró en el sistema educativo americano hasta llegar a ser el modelo más popular.

En las escuelas, más que enseñarse a los alumnos a reconocer los verdaderos valores y a ponerlos en práctica, se les instaba a «esclarecer» sus propios valores sin hacer mucho caso de la realidad objetiva. Se exigía a los profesores, además, que propiciaran una mentalidad abierta en los alumnos, dejando de lado los prejuicios y las imposiciones cuando se trataba de valores. Se aplicó esta técnica por igual al hablar de la ética sexual, del respeto a los propios padres y a la autoridad, del uso de drogas, del aborto, de la eutanasia y de otras cuestiones de la vida humana. Los efectos han sido tan vastos y asoladores que muchos ya no logran distinguir sencillamente entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto. Como ha dicho recientemente el escritor francés André Frossard: «La primera premisa de la modernidad es que no hay valores, ningún valor en absoluto; sólo hay opciones y opiniones». Esto equivale a decir que se ha perdido el sentido de la objetividad de los valores, para fijarse sólo en los valores que cada uno se cocina por su cuenta.

Imagínate al profesor de química explicando tranquilamente en clase: «La sal común se designa con la fórmula NaCl porque generalmente se cree que está compuesta de sodio y cloro. Por supuesto, si alguno de ustedes no está de acuerdo, puede proponer cualquier otra combinación de elementos y tendremos en cuenta su opinión con el mismo respeto y consideración que la opinión de la mayoría». Esta escena, por supuesto, es impensable. En la educación actual existe una firme convicción de que las matemáticas, las ciencias naturales y los datos verificables empíricamente pertenecen al dominio del «saber», de la certeza; mientras que la religión, la ética, la metafísica y otras disciplinas similares pertenecen al dominio de la opinión y de las inclinaciones personales. De acuerdo con esta mentalidad, los valores no tienen nada que ver con la realidad objetiva, sino que dependen de lo que cada uno acepta o elige creer. Esto equivale a decir, en resumidas cuentas, que no existe ningún bien absoluto para el hombre.

Aunque la sociedad moderna quiere proclamarse totalmente imparcial ante los valores, existen, con todo, al menos dos valores que suelen presentarse como absolutos: el valor de la tolerancia y el valor del pluralismo.

¿Tolerancia auténtica, o un sucedáneo barato?

La tolerancia, es decir, el respeto incondicional a los demás y a sus ideas, se promueve como el bien supremo e inequívoco. La tolerancia es, sin duda, un gran bien, pero no es el único bien. La tragedia empieza cuando se llama tolerancia a lo que en realidad no lo es. Muchos consideran tolerancia lo que no es más que indiferencia o escepticismo.

La indiferencia consiste en no preocuparse, ni siquiera interesarse, por los demás. «Cada uno puede pensar lo que quiera, con tal que no perjudique a nadie» -especialmente a mí-. Esta actitud se ve reflejada, por ejemplo, en los escritos de Voltaire sobre la tolerancia. Voltaire identificó la tolerancia con lo que, en lenguaje actual, se dice: «no te metas en lo que no te importa». Santo Tomás de Aquino era para él un intolerante porque se atrevió a desear en sus escritos que todo el mundo fuese cristiano. Pero para santo Tomás aquello era lo mismo que desear que todo el mundo fuese feliz. ¿Alguno consideraría intolerancia desear que todo el mundo goce de buena salud o sea bien educado -aunque esto implique «intolerancia» contra la enfermedad y la mala educación-? La verdadera tolerancia de ninguna manera implica indiferencia en relación con nuestro prójimo.

El escepticismo, por otra parte, consiste en dudar de la existencia de la verdad o, al menos, de nuestra capacidad para encontrarla. Relega los valores personales al ámbito de la «opinión», que se contrapone al de los «hechos». Los hechos se pueden mostrar; las opiniones son una cuestión personal y es mejor reservarlas para uno mismo.

Esta mentalidad se debe en parte al influyente filósofo británico del siglo XVII John Locke. En su célebre carta sobre la tolerancia religiosa, Locke afirmó que la tolerancia es un ingrediente necesario para que la sociedad viva en paz. Sin embargo, el fundamento de la tolerancia para Locke era su convicción de que no podemos conocer, simple y llanamente, quién tiene razón y quién está equivocado -por lo que toda teoría sería, por principio, tan válida como cualquier otra-. Esto es escepticismo, no tolerancia.

La confusión se origina en gran parte por no distinguir entre el respeto a alguien y el respeto a las ideas de alguien. No son lo mismo. Las ideas tienen que ganarse el respeto; las personas ya se lo merecen, por su dignidad de hijos de Dios. No necesitas probarme tu valía para merecer mi amor. El solo hecho de que seas persona humana, creada por el amor de Dios a su imagen y semejanza, me basta.

Pero, ¿y las ideas? Las hay de todos tamaños, colores y sabores: verdaderas y falsas; ridículas y serias, brillantes y aburridas, diabólicas y divinas. Te respeto y defiendo tu derecho a seguir tu conciencia porque Dios te ha hecho libre y digno de respeto. Pero no dudaré en sopesar tus ideas para escudriñar su propio valor. Algunas serán aceptables; otras quizá tendrán que ser rechazadas.

La auténtica tolerancia no exige que abandonemos nuestras convicciones, sino que respetemos la inviolabilidad de la conciencia ajena y su derecho a seguir sus creencias. Implica también reconocer como intrínsecamente malo el uso de la fuerza para cambiar el modo de pensar de alguno, aunque estemos ciertos de que está equivocado.


Ahora bien, no es correcto decir que las teorías verdaderas son «toleradas»; se aceptan, más bien, porque son razonables, por su propio peso. Los errores, en cambio, algunas veces son tolerados en vista de un bien mayor: por ejemplo, el respeto hacia una persona. Esta es la esencia de la genuina tolerancia. Con respeto, pero con decisión, debemos esforzarnos por guiar a los demás hacia una existencia cada vez más plena, mostrándoles el camino que lleva a los valores superiores.

El considerar la tolerancia como valor absoluto conlleva finalmente un serio problema: no se puede tolerar cualquier cosa. No toleramos la viruela, ni el abuso de menores, ni la contaminación de aceite en los mares, ni otros muchos males que aquejan a la sociedad. George Bernard Shaw escribió: «Podemos hablar de tolerancia como queramos, pero la sociedad siempre tendrá que trazar en alguna parte una línea divisoria entre la conducta aceptable y la locura o el crimen».

¿Pluralidad o pluralismo?

Juntamente con la tolerancia, la sociedad contemporánea promueve el valor del pluralismo. El pluralismo se puede entender de dos maneras. Uno es el reconocimiento objetivo de que existe la diversidad. El otro considera que se ha de buscar como ideal una creciente diversidad.

De acuerdo con el primer significado, el pluralismo es un simple reconocimiento de que la pluralidad existe y que, por tanto, se han de tomar en cuenta los diversos modos de pensar y de comportarse. Las personas que son diferentes tienen necesidades diferentes; hemos de tomar en consideración las necesidades particulares de todos y no sólo las de aquéllos que son como nosotros.

La otra forma de pluralismo parece más bien una ideología. Esta ideología sostiene que para que haya una sociedad perfecta o ideal es necesario construirla sobre la variedad más amplia posible de valores. La variedad es buena. La uniformidad es mala.

A primera vista esta postura parece plausible y los argumentos de sus expositores convincentes. Después de todo, ¿no le da la variedad «sabor» a la vida? La variedad de los valores, dirán, añade a la belleza de la sociedad lo que la diversidad de las flores añade a la belleza de un jardín o la variedad de los instrumentos a la belleza de una orquesta. Las cuatro estaciones de Vivaldi no tendría, ciertamente, la misma vivacidad ni el mismo encanto si la ejecutara el fagot en solo. La variedad de intereses y de aficiones también embellece la cultura.

Sin embargo, al pretender aplicar este principio a los valores nos topamos con dos dificultades. Ante todo, ¿la variedad es un bien absoluto? Parecería, más bien, que es buena en la medida en que complementa y perfecciona el todo. En el caso del jardín, es verdad que el añadir diversas especies de flores aumenta la belleza y la armonía del conjunto, pero sólo porque cada una de ellas es bella en sí misma.

¿Qué pasaría si dispersásemos latas de cerveza, bolsas de plástico y cáscaras de naranja en medio de las flores? La variedad aumentaría, pero se destruiría la belleza. Lo mismo ocurriría si, en el caso de nuestra orquesta, introdujésemos un silbato de policía o un martillo compresor. Estos artificios aumentarían ciertamente la variedad pero arruinarían la armonía del todo. Por eso, las piezas musicales son «variaciones de un mismo tema». Es necesario que haya un orden y que las partes individuales tengan un valor por sí mismas.

De modo similar, un valor humano completa y perfecciona nuestra naturaleza y contribuye a la armonía de la persona. La variedad es buena solamente cuando los elementos individuales que la componen son buenos.

Ningún organismo puede constituirse de pura diversidad. La unidad fortalece, la división debilita. Los padres fundadores de los Estados Unidos escogieron como lema de la incipiente nación la frase latina: E pluribus unum, cuya traducción literal es: «De todos, uno». Esta elección manifiesta claramente la diversidad de los orígenes y de las culturas del nuevo pueblo. Al mismo tiempo, podemos percibir el proceso claramente unidireccional de esta expresión: proceso no de homogeneización, sino de unificación. Muchos individuos, de muy diversos antecedentes sociológicos y culturales, se juntan para conformar una nación basada en ciertos valores comunes. Aquí no hay traza de ese moderno «multiculturismo» que quiere acentuar las diferencias. Se ve, más bien, el deseo de formar una unidad, enriquecida con la natural diversidad de sus miembros.

La fuerza de toda asociación, nación o sociedad puede medirse por la unidad fundamental de sus propósitos y de sus ideales. El conocido adagio romano «divide y vencerás», que sintetiza una estrategia militar altamente efectiva, nos da la clave para prever los posibles efectos cuando se busca deliberadamente la división interna. Como enseña la experiencia -pensemos en Bosnia y Rwanda-, el acentuar las diferencias obtiene muy pocos frutos, aparte de conflictos, odios y guerra.

La segunda falacia de esta línea de argumentación es la suposición de que toda uniformidad es mala. Yo diría, más bien, que el conformismo y el inconformismo son siempre parámetros insuficientes para actuar, mientras que la uniformidad puede ser buena o mala dependiendo de otros factores.

El conformista y el que se opone obstinadamente a todo no son contrarios, aunque lo parezcan. En realidad sólo cantan dos versiones de la misma pieza. Su mayor defecto es que asumen la conducta de los demás como criterio para sus acciones, en lugar de apelar a sus propios principios. El conformista es un imitador de la conducta ajena. El opositor obstinado observa el proceder de los demás y actúa, como por reflejo, de modo diverso. En realidad, estos dos comportamientos demuestran inseguridad y excesiva dependencia de los demás. El conformista y el opositor dejan su libertad personal en manos de la moda, de la opinión pública, de lo que es socialmente aceptable, en lugar de tomar decisiones basadas en sus propias convicciones.

La uniformidad, en cambio, resulta natural y buena si lo que todos escogen es un valor en sí mismo. Si nadie copia en el examen de biología, y Carlitos tampoco, no quiere decir que él sea un borrego o una víctima de la presión ambiental. Él es honesto porque la honestidad es un valor en sí misma. Su decisión es independiente de lo que hagan los demás.

Si todos fuésemos leales, rectos y trabajadores, tendríamos más uniformidad, y no por eso la sociedad se tornaría insípida o aburrida. La uniformidad o la «mismidad» es secundaria. Yo hago lo que creo que es bueno, independientemente de lo que hagan los demás. Si ellos hacen lo mismo que yo, bien. Si no, ¿tendré por ello que comportarme de otro modo?


¿Libertad o anarquía?

Surge incluso un problema aún mayor y de más graves consecuencias cuando se cree que los valores son puramente subjetivos. Si afirmamos que no existe ningún bien para el hombre fuera de sus deseos personales e individuales, estamos preparando el pedestal para la anarquía. La sociedad propondrá la tolerancia como principio, pero siempre habrá quién verá las cosas de otro modo.

Puesto que los valores no se pueden «imponer», el intolerante tendrá el mismo derecho a su postura como el tolerante. Y lo mismo cabe decir del antisemita, del distribuidor de droga y del asesino. Si no existen valores objetivos y absolutos que sirvan de referencia, cada uno jugará con sus propias reglas.

Alguno traerá a flor de labios la respuesta: «Sí, es verdad, pero allí es donde interviene la ley. La ley nos protege del fanatismo, preserva el bien común y mantiene el orden social». Es cierto, pero esto no resuelve el problema. Las leyes son útiles, incluso necesarias, pero ellas mismas deben apelar a valores universales como la justicia, la imparcialidad, el orden social, el bien común. La ley no es una mera convención; se apoya en valores objetivos y en los derechos humanos universales.


Podemos mover este argumento al campo lógico. Dejemos que un antilegalista pregunte a un subjetivista: «¿No tiene igual peso mi opinión que la de los demás? Tú aprecias la justicia, pero yo la aborrezco. Podrás impedirme, por la fuerza, hacer lo que yo quiera, pero no digas que lo haces en nombre de la rectitud».

Si no hay valores absolutos, la ley pierde todo su fundamento; no hay parámetros para evaluar los actos de los políticos, de los criminales, de los dictadores; ni siquiera para evaluar las mismas leyes particulares. La ley no será más que un valor arbitrario más, respaldado por la fuerza. Siempre ha sido verdad que quien está en el poder puede realizar su voluntad y dominar a quien no esté de acuerdo con él. Pero éste es el código de los salvajes. Pensemos en las atrocidades cometidas en Francia después de la Revolución, bajo el reinado del terror. Robespierre presumía de encarnar la volonté générale («voluntad general») y amparado en este título no vaciló en masacrar a sus opositores.

Un grupo de personas o una ley pueden estar equivocados lo mismo que un individuo. Una determinada sociedad puede votar a favor de la esclavitud o del aborto o del exterminio de una parte de su población -Hitler fue elegido democráticamente-, pero la legalidad no garantiza la legitimidad moral o el valor de estas acciones. Cuando se cree que el derecho no es más que el capricho de cada hombre, es lógico que impere la ley del más fuerte. Por eso, para que la ley pueda de verdad promover el bien común, tiene que apoyarse sobre el fundamento sólido de valores objetivos.

Como observa Juan Pablo II con perspicacia en su encíclica Veritatis Splendor: «Si no hay una verdad fundamental que guíe y dirija la actividad política, las ideas y las convicciones podrán ser manipuladas por razones de poder. Como lo demuestra la historia, una democracia sin valores se convierte fácilmente en un totalitarismo, declarado o encubierto».

Valores Humanos

Dejando claro que los valores son esencialmente objetivos y subjetivos, podemos ahora enfocar nuestra atención en los valores humanos y, más adelante, en los diferentes tipos y niveles de valores. ¿Qué es un valor humano? Los valores humanos son aquellos bienes universales que pertenecen a nuestra naturaleza como personas y que, en cierto sentido, nos «humanizan» porque mejoran nuestra condición de personas y perfeccionan nuestra naturaleza humana.

La libertad nos capacita para ennoblecer nuestra existencia, pero también nos pone en peligro de empobrecerla. Las demás creaturas no acceden a este disyuntiva. Un gato callejero no podrá ser algo más que un gato común y corriente; siempre se comportará de modo felino y no será culpado o alabado por ello. Nosotros, en cambio, si prestamos oídos a nuestros instintos e inclinaciones más bajas, podemos actuar como bestias. De este modo nos deshumanizamos. Boecio, el filósofo y cortesano del siglo V, escribió: «El hombre sobresale del resto de la creación en la medida en que él mismo reconoce su propia naturaleza, y cuando lo olvida, se hunde más abajo que las bestias. Para otros seres vivientes, ignorar lo que son es natural; para el hombre es un defecto».

Si no descubrimos lo que somos, tampoco descubriremos los valores que nos convienen. Cuanto mejor percibamos nuestra naturaleza, tanto más fácilmente percibiremos los valores que le pertenecen.

Alimentación y naturaleza

Hay una diferencia entre los valores humanos en general y nuestros propios valores personales. El concepto de valores humanos abarca todas aquellas cosas que son buenas para nosotros como seres humanos y que nos mejoran como tales. Los valores personales son aquellos que hemos asimilado en nuestra vida y que nos motivan en nuestras decisiones cotidianas.

Podríamos comparar la diferencia entre los valores humanos en general y los valores personales con la diferencia que hay entre ciertas comidas y su respectivo valor nutricional para el cuerpo humano. La nutrición es para el cuerpo lo que los valores son para la persona humana.

El cuerpo humano tiene sus requerimientos: algunos alimentos son muy nutritivos; otros complementan la alimentación; otros son al menos tolerables en pequeñas cantidades. Todos necesitamos una alimentación balanceada en vitaminas, fibra, minerales y proteínas para mantener una buena salud. Algo parecido sucede con los valores humanos: nos nutren, nos benefician como seres humanos en diversa medida. Así tenemos toda una gama de valores culturales, intelectuales y estéticos que promueven nuestro desarrollo humano y enriquecen nuestra personalidad.

Cuando se habla de la nutrición corporal hay espacio para las preferencias personales. Entre comer coliflor, chícharos o judías verdes, cada uno puede escoger a su gusto; el número de calorías apenas varía. Nuestro organismo asimilará estos alimentos y se nutrirá más o menos igual. Se insiste, más bien, en que la dieta sea balanceada. El organismo cubre sus necesidades y se mantiene en forma en la medida en que el alimento es sano y la dieta equilibrada.

En la esfera de los valores humanos se requiere también un equilibrio y que cada uno de los valores, tomado individualmente, sea «saludable». Así como ciertos alimentos son esenciales y otros sólo sirven para adornar algún platillo, así también los valores tienen una jerarquía, según favorezcan más o menos nuestro desarrollo humano. Una porción discreta de pastel de zanahoria con helado de vainilla es un excelente postre para una comida familiar, pero no se nos ocurriría comer pastel y helado tres veces al día y terminar con una discreta porción de carne con papas. Nuestro organismo no lo soportaría (nuestra línea tampoco). Los valores humanos también pueden ordenarse y clasificarse de acuerdo con los beneficios que nos proporcionan. Algunos son esenciales; otros son más periféricos.


Una jerarquía de valores

Entre los valores objetivos existe una jerarquía, una escala. No todos son iguales. Algunos son más importantes que otros porque son más trascendentes, porque nos elevan más como personas y corresponden a nuestras facultades superiores. Podemos clasificar los valores humanos en cuatro categorías: (1) valores religiosos, (2) valores morales, (3), valores humanos inframorales, y (4) valores biológicos.

Niveles de valores
Valores religiosos
Fe, esperanza,carida caridad, humildad, etc.

Valores morales
Sinceridad, justicia, fidelidad, bondad, honradez, benevolencia, etc.

Valores humanos inframorales Prosperidad, logros intelectuales, valores sociales, valores stéticos, éxito, serenidad, etc.

Valores biológicos
Salud, belleza, placer, fuerza física, etc.

La línea más baja representa el nivel biológico o sensitivo. Los valores de este nivel no son específicamente humanos, pues los comparten con nosotros otros seres vivos. Dentro de esta categoría quedan comprendidos la salud, el placer, la belleza física y las cualidades atléticas.

Desafortunadamente, hay muchas personas que ponen demasiado énfasis en este nivel. No es raro escuchar frases como ésta: «Mientras tenga salud, todo lo demás no importa». Según esto, uno lo pasaría mejor siendo un saludable jefe de la mafia que un enfermizo hombre de bien. Ya lo decía Tomás de Kempis hace unos cinco siglos: «Muchos se preocupan por vivir una vida larga, pero pocos por vivirla rectamente».


No eres más persona porque seas sano o bien parecido. Eso no te dignifica ni aumenta tu valor. Recuerda que estamos hablando del nivel más bajo, que compartimos con los animales. Voltaire, por ejemplo, que a veces se preocupaba más de la ingeniosidad que de la exactitud de sus afirmaciones, llegó a decir que un gallo de corral es «galante, honesto, desinteresado, adornado de todas las virtudes».

Por simpática que parezca esta imagen, difícilmente la tomaríamos a la letra. Puedes tener un canario sano, pero no un canario sincero. Puede crecer un abeto muy hermoso en tu jardín, pero jamás crecerá uno que posea un fino sentido de justicia.

Algunas personas invierten buena parte de su tiempo en buscar comidas saludables, planear bien su dieta y practicar ejercicio. Todo esto tiene su lugar en la vida, pero un lugar limitado; más o menos como el saque inicial en un partido de fútbol. No tenemos por qué «vivir para comer» sólo por el hecho de que tenemos que comer para vivir.

Los valores del segundo nivel (valores humanos inframorales) son específicamente humanos. Tienen que ver con el desarrollo de nuestra naturaleza, de nuestros talentos y cualidades. Pero todavía no son tan importantes como los valores morales. Entre los valores de este segundo nivel están los intereses intelectuales, musicales, artísticos, sociales y estéticos. Estos valores nos ennoblecen y desarrollan nuestro potencial humano.

El tercer nivel comprende valores que son también exclusivos del ser humano. Se suelen llamar valores morales o éticos. Este nivel es esencialmente superior a los ya mencionados. Esto se debe al hecho de que los valores morales tienen que ver con el uso de nuestra libertad, ese don inapreciable y sublime que nos hace semejantes a Dios y nos permite ser los constructores de nuestro propio destino.

Estos son los valores humanos por excelencia, pues determinan nuestro valor como personas. Los valores morales incluyen, entre otros, la honestidad, la bondad, la justicia, la autenticidad, la solidaridad, la sinceridad y la misericordia.

Mientras que en los niveles inferiores los valores a veces se excluyen mutuamente -no es fácil pintar con acuarelas mientras se está tocando el saxofón-, los valores morales jamás entran en conflicto entre sí. Forman un todo orgánico. Podemos, y debemos, ser sinceros, justos, honestos y rectos al mismo tiempo. Cada valor apoya y sostiene los demás; juntos forman esa sólida estructura que constituye la personalidad de un hombre maduro.

Los valores morales son incondicionales y siempre prevalecen sobre los valores inferiores. No puedo sacrificar la justicia para gozar de una mayor prosperidad o traicionar a un amigo por el qué dirán. Esto no ocurre con los otros dos niveles inferiores. Aunque la música es un valor superior a la comida, tendré que dejar de practicar el saxofón para ir a comer alguna cosa.

Hay todavía un cuarto nivel de valores, el más elevado, que corona y completa los valores del tercer nivel, y que nos permite incluso ir más allá de nuestra naturaleza. Son los valores religiosos. Éstos tienen que ver con nuestra relación personal con Dios.

El mundo de hoy con frecuencia pasa por alto un hecho muy sencillo: la persona humana es religiosa. Aunque seguramente será difícil encontrar esta afirmación en un texto de sociología -el fundador de la sociología, Augusto Comte, fue visceralmente antirreligioso y creía que la religión habría de ser reemplazada por la ciencia-, no ha habido en la historia una sola sociedad que no haya sido religiosa. Buscamos instintivamente a Dios porque fuimos hechos para Él.


En 1991, la revista norteamericana U.S. News & World Report publicó los resultados de una amplia encuesta realizada en los Estados Unidos. La pregunta era: «¿Cuál es tu meta más importante en la vida?». El 56% de los entrevistados contestó: «Tener una relación más íntima con Dios». Somos religiosos por naturaleza. Necesitamos a Dios, aunque no siempre caigamos en la cuenta de ello.


Como señala el Papa Juan Pablo II en su libro Cruzando el umbral de la esperanza, la pregunta sobre la existencia de Dios toca el corazón mismo de la búsqueda del hombre por el sentido de su vida: «Uno puede ver claramente que la respuesta a la pregunta por la existencia de Dios no es algo que interese sólo a la mente; es, al mismo tiempo, algo que impacta fuertemente toda existencia humana. Depende de muchas circunstancias en las que el hombre busca el significado y el sentido de su propia existencia. Preguntar por la existencia de Dios es algo que está íntimamente unido al por qué de la existencia humana.


Buscamos de forma natural la trascendencia. Fuimos creados para ir más allá de nosotros mismos, para tender hacia arriba, hacia el Absoluto. San Agustín expresó esta verdad justo al inicio de sus Confesiones, donde dice: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Nuestra trascendencia como seres humanos es lo que da sentido y significado a nuestra vida sobre la tierra. Si el hombre cultiva los valores religiosos con tanta tenacidad es porque ellos corresponden a la verdad más profunda de su ser.


Desde una perspectiva cristiana


¿Qué relación tienen los valores con el cristianismo?  Si los valores humanos dependen de lo que es bueno para nosotros como seres humanos, ¿en qué sentido difieren nuestros valores como cristianos de los valores de un no-cristiano? Finalmente, ¿por qué nos preocupamos de los valores humanos? ¿No bastan los valores religiosos?


Como cristianos, tenemos tres grandes razones para estudiar los valores humanos y reflexionar sobre ellos. En primer lugar, todo cristiano es una persona humana, un miembro de la familia humana. Todo lo que es bueno para la humanidad es igualmente bueno para el cristiano. El cristianismo nos eleva, pero no cambia nuestra naturaleza.


En segundo lugar, Dios mismo se hizo uno de nosotros para revelarnos la verdad sobre la existencia humana. Jesucristo es Dios, pero es también un hombre. Si en Él conocemos a Dios, también en Él conocemos al ser humano ideal, a la persona perfecta. Los cristianos estamos profundamente interesados en la vida humana porque Dios mismo está profundamente interesado en ella. Si queremos saber en qué consiste, de verdad, «ser hombre» y qué cosas son en verdad importantes en la vida, podemos descubrirlo estudiando la vida de Cristo.


Finalmente, incluso si creemos que lo único importante como cristianos es llegar a la santidad, debemos reconocer que la santidad no es algo abstracto y desconectado de la vida ordinaria. La trama de nuestra relación con Dios está tejida con nuestras acciones más ordinarias y, por lo mismo, es preciso que la santidad se apoye en una sólida escala de valores como infraestructura esencial. Primero el hombre, después el santo. La gracia edifica sobre la naturaleza. La santidad presupone una armonía interior, un carácter bien formado y una idea clara de lo que es realmente importante en la vida.


Jesús habló con frecuencia de prioridades; su misma vida es un testimonio transparente de los verdaderos valores. El núcleo de su enseñanza sobre los valores subraya la escasa importancia del bienestar material en comparación con la vida eterna. «¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? ¿Qué podrá dar el hombre a cambio de su alma?» (Mt. 16,26). Todo en este mundo es pasajero: coches, vestidos, juventud, belleza, amigos, placer..., todo menos Dios. Al final de la vida lo único que queda es lo que hallamos hecho por Dios y por los hombres.


Este mismo énfasis sobre el relativo valor de los bienes temporales en comparación con los eternos se repite una y otra vez en las parábolas de Cristo. Anima a sus seguidores a tener la mirada fija en los cielos y a no empantanarse en los bajos placeres y en las riquezas fugaces que este mundo ofrece. En el evangelio de san Lucas podemos encontrar otro ejemplo más de la luminosa escala de valores que Cristo predicó: «No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis: porque la vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido; fijaos en los cuervos: ni siembran, ni cosechan; no tienen bodega ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves!... Así pues, vosotros no andéis buscando qué comer ni qué beber, y no estéis inquietos. Que por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de eso. Buscad más bien su Reino, y esas cosas se os darán por añadidura» (Lc. 12, 22-31).

Jesús también distingue el valor de nuestras acciones. Por ejemplo, cuando una pobre viuda deposita en la alcancía del templo dos monedas de cobre de muy poco valor, Cristo asegura a quienes le rodean que esa ofrenda vale más que las grandes cantidades depositadas por los ricos. «Porque éstos dieron de lo que les sobraba, mientras ella dio todo lo que tenía para vivir» (Mc. 12, 44). Por otra parte, recrimina fuertemente a los fariseos por haber invertido la escala de valores. Ellos lavan el plato y la taza por fuera, pero olvidan las cosas más importantes de la ley: «la justicia, la misericordia y la buena fe» (Mt. 22, 23).


Cuando le preguntaron cuál de los mandamientos era el más importante, Cristo no dudó en subrayar el amor a Dios y el amor al prójimo como la suma y la esencia de toda la ley, mucho más que cualquier sacrificio.


San Pablo, además, exhortó a los primeros miembros de la Iglesia a conservar esta escala de valores, a convertirse en «hombres nuevos», a asumir los nuevos criterios y valores del evangelio. Precisamente por estos valores se distinguirían los cristianos de los no creyentes. Escribe en una de sus cartas: «Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra» (Col. 3, 1-2).


Y cuando se dirige a los corintios, les ofrece un mensaje parecido: «No prestemos atención a las cosas visibles, sino sólo a las cosas invisibles, ya que las cosas visibles duran sólo por un momento y las invisibles son eternas» (2 Co. 4, 18).


El cristianismo ofrece una visión global de la existencia humana, un modo de ver y de evaluar todas las actividades y acontecimientos de la vida humana. Esta visión se basa en la verdad sobre el hombre, sobre su destino y sobre sus relaciones con Dios y con el mundo. Los valores tratan de lo que es bueno, y el camino más seguro para saber lo que es bueno para el hombre es conocer quién es el hombre. De esto hablaremos en el siguiente capítulo.

Capítulo 2: El fundamento del valor

¿Recuerdas el cuento del águila que creció en un corral de gallinas? En una ocasión, alguien encontró un huevo de águila y lo colocó en una jaula de gallinas para ver si alguna de ellas lo empollaba. Cuando nació, el aguilucho se adaptó rápidamente a la vida del corral, comportándose como una gallina.


Un día, otra águila, que la vio en el corral con las gallinas, decidió bajar a conversar con ella: «¿Qué estás haciendo aquí con el pico en el cieno? Tú estás hecha para empresas más altas: encumbrarte por los cielos, ser experta cazadora, contemplar la tierra desde muy, muy alto».

La convenció de que por lo menos lo intentara. Hizo que la observara despegar y aterrizar, y le invitó a probar la capacidad de sus propias alas. De este modo, el águila del corral aprendió a volar.


La moraleja de este cuento es muy sencilla: la altura que alcancemos en la vida depende de nuestros ideales y del empleo que hagamos de nuestro potencial. Para marcarse metas es preciso ante todo saber de qué se es capaz. De este modo, conocer nuestra naturaleza será de gran ayuda para fijar los valores que nos son propios.


Hemos dicho que un valor es un bien reconocido y apreciado. Pero ¿cómo descubrir lo que es verdaderamente bueno para un hombre? Para llegar a la raíz de los valores humanos necesitamos dejar de lado las idiosincrasias personales y enfocar nuestra atención en la naturaleza que los hombres tienen en común. Sólo así podremos encontrar los bienes universales de la humanidad.


Llamamos «bien» a aquello que mejora o perfecciona algo. Para nosotros, una cosa es buena si nos convierte en mejores personas. Esto puede ocurrir de dos maneras: por convenir a nuestra naturaleza, o por convenir al propósito o fin que tenemos en la vida. Es decir, una cosa es buena para mí según lo que soy cuando me ayuda a ser más perfectamente lo que se supone que soy; pero también puede ser buena para mí según para qué soy, cuando me ayuda a alcanzar el fin de mi existencia. Esta distinción nos permitirá descubrir la infraestructura de los valores humanos.


Naturaleza

Todos sabemos que un motor de combustión interna no funciona bien con leche, mientras que un gatito sí. Ello se debe a que tienen constituciones o naturalezas fundamentalmente diferentes. Lo que es bueno para un ganso lo es también para una gansa, porque el ganso y la gansa comparten la misma naturaleza. Pero lo que es bueno para el ganso no lo es para la ostra, la alondra o la vaca.
 

De igual modo, para un árbol es bueno que lo poden, lo rieguen y lo abonen con estiércol, debido a su naturaleza. Sin embargo, no todas las criaturas se beneficiarían si se les amputaran sus miembros, y muchas se resistirían a ser anegadas en estiércol. Necesitamos primero descubrir qué es un determinado ser para poder determinar lo que es bueno para él.


Lassie y Snoopy son individuos distintos, pero hay algo que comparten y que los hace perros: su naturaleza. La naturaleza de algo es sencillamente lo que eso es. Una vaca tiene naturaleza bovina, un lobo tiene naturaleza lupina y un hombre tiene naturaleza humana. La naturaleza es lo que somos.


A pesar de nuestras numerosas diferencias compartimos una naturaleza común. Tenemos algunas características que nos identifican como personas humanas y nos distinguen de todas las demás criaturas. Por ejemplo, tú y yo tenemos personalidades diferentes, pero ambos tenemos una personalidad. Un ladrillo de adobe no tiene personalidad. Tú podrás ser mucho más inteligente que yo, pero ambos tenemos un intelecto. Los geranios no tienen intelecto. Tú y yo somos realizaciones concretas, individuales y distintas de la naturaleza humana. Así pues, la naturaleza no excluye la individualidad. Cada persona es en verdad única, individual y no tiene precio. Y, sin embargo, cada una es, ante todo, un ser humano.


Hay algunas características especiales de nuestra naturaleza que nos separan radicalmente del resto de la creación. Estos rasgos nos llevarán a descubrir el cimiento de nuestros valores humanos comunes. Pero antes de examinarlos con detalle, consideremos la otra dimensión del bien.


Finalidad u objetivo


Ciertas cosas son buenas para nosotros porque nos ayudan a alcanzar nuestro fin u objetivo. Si acertamos a descubrir a dónde vamos como hombres, cuál es nuestro objetivo, podremos entonces saber qué es bueno para nosotros en este sentido.


Puedes observarlo fácilmente cuando se trata de tus metas personales. La espigada gimnasta que se especializa en barras paralelas asimétricas no pensará jamás en desayunar los ocho huevos crudos y la pila de hot cakes que toma diariamente en el almuerzo un defensivo de los Vaqueros de Dallas. Puesto que ella desea ser gimnasta de nivel olímpico, tendrá que reconocer que sólo ciertas cosas son buenas para ella: aquéllas que le ayudan a alcanzar su meta.

Podemos aplicar este mismo principio al hombre en general. En este contexto, no hay que atender tanto a las metas individuales, sino al objetivo y destino universal de todos los hombres. Una vez más, conviene recordar que cada uno de nosotros tiene un destino y objetivo específico y único en la vida. Al mismo tiempo, todos tenemos un objetivo común que deriva de nuestra naturaleza común. Los valores verdaderos nos ayudan a alcanzar este objetivo.

El Fundamento de los valores


El ser humano es un misterio. Un misterio que todos nosotros intentamos descubrir de algún modo. ¿Qué es el hombre? ¿Quién soy yo? Este interés no nace de una simple curiosidad académica; ni siquiera de un legítimo deseo de conocer más sobre nosotros mismos. Lo que aquí nos interesa es la base objetiva de los valores humanos. Cuando hablamos de valores, la clave para descubrir nuestro verdadero bien consiste en examinar nuestra naturaleza humana. No podemos soñar en descubrir lo que es bueno para el hombre hasta que no hayamos afrontado el problema de quién es el hombre
.


Un rápido paseo a través de la historia puede dejarnos pasmados de asombro. El hombre... tan grande y al mismo tiempo tan increíblemente frágil. Capaz de realizar proyectos colosales y, al mismo tiempo, capaz de las iniquidades más bajas y aborrecibles. ¿Es posible que José Stalin, san Francisco de Asís, Nerón y la madre Teresa de Calcuta pertenezcan todos a la misma especie humana?


Nuestra maravilla ante la nobleza y la miseria del hombre queda reflejada en las palabras del salmista: «¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo del hombre para que de él te cuides? Apenas inferior a los ángeles lo hiciste, coronándolo de gloria y de esplendor» (Sal. 8, 5-6).

Las palabras de Shakespeare son también eco de admiración espontánea ante la maravilla del hombre: ¡Qué obra maestra es el hombre! ¡Cuán noble en razonamiento! ¡Cuán infinitas sus facultades! Su forma y movimiento, ¡cuán ágiles y admirables! ¡Actúa como un ángel! ¡Aprende como un dios! ¡Modelo de animales! Mas, para mí, ¿qué es esta quintaescencia de polvo? (Hamlet II, 2).


¿Dónde podemos buscar una respuesta al enigma del hombre? Hoy día casi todos los productos incluyen una lista de instrucciones. Se ofrece información sobre los ingredientes que contiene la comida, cuándo y en qué dosis tomar las medicinas, y cómo lavar mejor las prendas que compramos. Un bebé recién nacido, en cambio, llega al mundo desnudo, sin ninguna etiqueta de instrucciones o manual de operación. Para saber lo que es el hombre y qué es lo que le conviene, habrá que buscar en otra parte.


Disponemos de dos fuentes principales para conocer lo que somos: la experiencia y la revelación divina. La experiencia es una observación continua y un contacto de primera mano con nosotros mismos y con los demás. La naturaleza del hombre se manifiesta a través de sus acciones, habilidades y tendencias espontáneas. Gracias a nuestra inteligencia podemos reflexionar sobre ellas y descubrir datos muy significativos.


Al mismo tiempo, hay muchos secretos y misterios que van más allá de nuestra experiencia, pero que conocemos por el don de la revelación divina. El misterio de la persona se nos descubre en Jesucristo. La revelación es como un «manual del divino diseñador». Dios, que nos conoce por dentro y por fuera, no ha querido dejarnos en la oscuridad; nos manifiesta lo que somos y hacia dónde vamos; nos brinda la clave de lectura del plan divino y nos da las «instrucciones y reglas de mantenimiento» para llevarlo a cabo. Ha sido un gesto muy noble de su parte, pues muchos enigmas que nos atañen profundamente -como la muerte, el sufrimiento y el sentido final de la vida- escapan a la simple observación.


¿Quién es el hombre?


Si nos atenemos a estas dos fuentes -la experiencia y la revelación-, podemos distinguir cuatro características fundamentales de nuestra naturaleza humana. Éstas nos dan ya una imagen clara de lo que somos en el corazón mismo de nuestro ser: 1) Somos creaturas, 2) hechas a imagen y semejanza de Dios (racionales y libres), 3) compuestas de cuerpo y alma, 4) con una naturaleza herida por el pecado original.


Ante todo, somos creaturas. No imaginemos con este término ese repugnante lagarto verde que salía de una laguna negra para agredir a gente inocente. Una «creatura» es, simplemente, lo que ha sido creado. Tú y yo no hemos existido siempre; ni siquiera el género humano. No es éste el lugar para discutir sobre las teorías creacionistas o sobre la evolución. El modo en que Dios creó al primer hombre es mucho menos importante que el hecho mismo de que lo creó.


El hecho de que seamos creaturas lleva consigo algunas conclusiones muy interesantes. Para empezar, dependemos fundamental e intrínsecamente de Dios, nuestro Creador. A nosotros, hombres y mujeres de nuestro tiempo, nos gusta pensar con frecuencia que somos totalmente autónomos y suficientemente grandecitos para cuidarnos solos. Esto es verdad, pero hasta cierto punto, pues en el origen mismo de nuestro ser está el hecho de nuestra creación. Nuestra vida pende de Aquél que nos introdujo en la existencia y que nos mantiene en ella. Y esto lo compartimos con toda creatura: piedras, minerales, arbustos, peces, cometas y ángeles. No surgimos de nosotros mismos, sino de Dios.


En segundo lugar, el hombre es racional y libre. Hay aquí algo inédito en toda la creación: hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Somos, más que ninguna otra creatura, un reflejo de Dios. Dios nos creó a su imagen, «hombre y mujer los creó», según la expresión del Génesis (1, 27). Como escribió Chesterton: «El hombre no es simplemente una evolución sino una revolución». El hombre constituye una revolución porque es radicalmente diferente del resto de la creación; la única creatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma.


Es cierto que no siempre actuamos racionalmente, pero por naturaleza tenemos la capacidad para pensar y conocer. Somos seres racionales. Esta cualidad es, de hecho, la que nos asemeja a Dios y nos separa del mundo de los demás seres vivientes. Nos otorga, además, la dignidad de personas. Yo no soy un «algo», sino un «alguien».


Porque somos racionales, somos también libres. Esta cualidad, que nos abre un horizonte infinito de posibilidades y nos confiere una dignidad especial por encima de todas las creaturas no racionales, deriva de la dimensión espiritual de nuestra naturaleza. Reflexionamos, ponderamos, deliberamos y actuamos. Planeamos y programamos para el futuro.

La libertad no es sólo un valor en sí mismo, sino también la condición necesaria para entrar en el mundo de los valores. Si fuésemos seres «programados» y obligados a seguir nuestros instintos como los animales, la palabra «valor» no tendría ningún sentido. Porque somos libres, somos capaces de reconocer los valores y de luchar por ellos voluntariamente.


En tercer lugar, somos personas compuestas de cuerpo y alma. No se trata de dos partes distintas unidas artificialmente, sino de dos dimensiones inseparables de nuestra naturaleza unitaria. Somos una unidad
. No somos un espíritu aprisionado o sepultado en un cuerpo, como creía Platón; ni una composición de dos sustancias diferentes, una material y otra inmaterial, como consideraba Descartes. Tú y yo no tenemos un cuerpo y un alma; sino que somos cuerpo y alma.

Gracias a esta dualidad presente en nuestra naturaleza, echamos raíces tanto en el mundo material como en el mundo espiritual. Tenemos algunas cosas en común con las plantas y con los animales; en otras cosas nos parecemos más bien a los ángeles. Esto es muy importante porque nos permite entender que el hombre es algo más que materia orgánica. Por lo mismo, nuestros valores tendrán que ir más allá de lo que es bueno para el cuerpo o placentero para nuestros sentidos.


Por último, nuestra naturaleza ha sido dañada, inclinada al mal por el pecado original. Por experiencia sabemos que hay una cierta división dentro de nosotros. Así se explica por qué a menudo nos resulta tan difícil hacer lo que debemos, aunque sepamos que es nuestro deber. Con frecuencia nuestro cuerpo nos sugiere algo, pero nuestra razón propone exactamente lo contrario. No resulta fácil hacer lo que se debe en cada momento; tenemos que luchar duro para vencer y dominar nuestras tendencias. «Dios y el diablo están luchando allí y el campo de batalla es el corazón del hombre», dice Dostoievski en Los Hermanos Karamazov.


Esta grieta interna en el núcleo más profundo de nuestro ser es otro aspecto clave de nuestra naturaleza, que arroja luz para comprender el origen de muchas de nuestras dificultades. Al entender esto descubrimos, además, que uno de los más grandes valores consiste en reconquistar la armonía de nuestro ser. Tenemos que señorear y organizar nuestras facultades según una recta jerarquía.


Estas cuatro características de la naturaleza humana nos ofrecen la llave para entender lo que nos conviene como personas creadas a imagen y semejanza de Dios, dotadas de inteligencia y de libre voluntad, de cuerpo y alma, y heridas en nuestra naturaleza por el pecado. Esta descripción, sin embargo, es aún parcial. Debemos todavía examinar la otra dimensión de nuestro ser: nuestra finalidad o destino.


El significado de la vida


La vida está llena de sentido. Los mil y un episodios que componen nuestra existencia encajan unos con otros en un cuadro más amplio. La vida no es una serie inconexa de experiencias y sensaciones, sino una trama; la vida no es un episodio estático, sino un viaje. ¿Por qué estamos aquí? ¿Hacia dónde vamos? Podemos ofrecer tres respuestas que están relacionadas entre sí.

Dios nos creó para conocerlo, amarlo y servirle en esta vida, y para que, de este modo, lleguemos a ser eternamente felices con Él en el cielo. De todas las creaturas visibles sobre la tierra sólo nosotros somos capaces de conocer y amar a nuestro Creador. Conocer y amar a Dios: para eso estamos aquí; éste es el sentido y la finalidad de nuestra vida sobre la tierra.

Es fácil perder la brújula y pensar que amar a Dios es sólo un aspecto más de la vida, que compite en el mismo plano con nuestro interés por el esquí acuático, el trabajo en la oficina y las películas. No debería ocurrir así. Todas nuestras actividades adquieren su auténtico significado solamente dentro de un esquema más amplio, que es el verdadero sentido de nuestra vida: conocer y amar a Dios. Esto no es una actividad más junto a otras, sino el marco y la motivación de fondo de todo lo que hacemos.

Una segunda respuesta complementaria acerca de nuestro destino lo encontramos en el hecho de que somos mortales. Todos y cada uno de nosotros morirá algún día. Sin incurrir en pensamientos obsesivos, como los que gustaban a Edgar Allan Poe y a Stephen King, hemos de reconocer que la muerte es algo real, importante y digno de consideración.

Evidentemente, esta realidad se puede mirar desde diversos ángulos. El filósofo alemán Martin Heidegger diría que el hombre es «un ser para la muerte». Los epicúreos que vivían en la época de Cristo seguían el lema: «Comamos, bebamos y disfrutemos, que mañana moriremos». Nuestra visión de la muerte condicionará mucho nuestra visión de la vida y, por consiguiente, nuestra visión sobre el verdadero bien del hombre. Si la muerte fuese el fin absoluto de nuestra existencia, la vida sería un absurdo.

Por fortuna, la muerte no tiene la última palabra; sólo abre la compuerta que lleva a la nueva vida. Fuimos creados para una felicidad eterna, inalcanzable en esta vida; junto a ella, la dicha terrena no es más que un reflejo, un entremés, un parpadeo. Desde esta perspectiva podemos comprender esa máxima plurisecular que nos brinda la medida para sopesar todas las cosas: Quid hoc ad æternitatem? -«¿Qué relación tiene esto con la eternidad?»-. Lo que permanece para siempre no tiene comparación con lo que es caduco.
 

La realidad del juicio final es la última característica de nuestro destino humano. La muerte no es la última palabra, pero tampoco es cierto que la vida terrenal y la vida eterna son dos hechos inconexos. Nuestra vida terrena afecta e incluso decide nuestro destino eterno.


Isaac Newton nos asegura que en la tierra no hay acción física que no produzca un efecto. Asimismo, cada uno de nuestros actos libres produce su efecto. Cada acto, cada buen o mal ejemplo, cada palabra tiene consecuencias eternas. Somos responsables de nuestras opciones, y un día rendiremos cuenta de ellas. Jesús asemeja el cielo a una recompensa, y el infierno a un castigo.


El hecho de considerar que después de la muerte nos aguarda el juicio final, nos ofrece todavía más material para desentrañar nuestro fin último. Un jugador de fútbol, cuando está en entrenamiento, valora ciertos ejercicios y rutinas que en sí mismos parecen de muy poca utilidad. En realidad esas rutinas forman parte de un contexto más amplio, y lo preparan para el momento de la verdad, cuando llegue el juego del domingo. Ese jugador valdrá lo que valga el domingo; por eso hizo lo que hizo de lunes a sábado. Nuestro verdadero bien, aquí y ahora, es aquello que podamos considerar como bueno en vista de la eternidad.


Mantener el orden


Además de examinar las características esenciales de nuestra naturaleza y de nuestro destino, conviene hacer un inventario de las herramientas que tenemos a mano para conseguir nuestras metas, es decir, nuestras cualidades, talentos y capacidades. Este inventario de nuestro mundo interior será una magnífica ayuda en nuestro proyecto de forjarnos como hombres y mujeres de sólidos valores.


¿Qué instrumentos tenemos a disposición para alcanzar nuestros objetivos? Nosotros, que estamos compuestos de cuerpo material y alma espiritual, poseemos ciertos poderes o facultades. Una facultad es simplemente una capacidad para llevar a cabo un determinado tipo de acción.


Si observamos un automóvil subiendo una cuesta podemos estar seguros de que cuenta con un motor dentro. Cada acción requiere una capacidad, un poder para llevarla a cabo. Si tú y yo podemos ver, necesariamente poseemos la facultad de la vista. Si pensamos y razonamos, es porque tenemos el poder para pensar y razonar. Este poder es la facultad de la inteligencia. Nos damos cuenta de nuestras facultades al observar nuestras acciones y las de los demás.


No todas las facultades están en el mismo nivel. La habilidad para olfatear no es, definitivamente, tan sublime como la habilidad para razonar. Puesto que somos una unidad, todas nuestras facultades trabajan juntas y todas son importantes, pero guardando cierto orden.

Supongamos, a modo de comparación, que cada uno de nosotros es un velero que cruza el océano. Los instrumentos, la tripulación, las condiciones de navegación, todo entra en juego en nuestra travesía por la vida. Todas las partes del bote tienen que trabajar juntas y armónicamente para que la nave funcione adecuadamente. Cada parte tiene un objetivo particular.

Las pasiones


Un primer elemento que conviene tomar en cuenta son nuestras pasiones. Ellas nos impulsan a la acción como el viento hincha las velas y empuja la barca hacia adelante. Algunas veces los vientos son fuertes como un huracán e impulsan la barca con increíble vigor. Otras veces son suaves y permiten que el velero avance con serenidad.
 

Ocurre con cierta frecuencia que el viento no sopla en la misma dirección en la que nosotros queremos ir. Esto significa que mientras algunas pasiones son positivas, otras pueden arrastrarnos fuera de ruta y obligarnos a avanzar en una dirección diferente de la planeada.


Las pasiones son tendencias naturales que tienen una fuerza especial para impulsarnos hacia algo o alejarnos de algo. En sí mismas no son buenas ni malas, como el viento tampoco lo es. Todo depende de la ayuda o del impedimento que ellas nos ofrezcan en nuestro viaje. Hay pasiones corporales, como el deseo sexual, el apetito y el instinto de conservación; y pasiones del espíritu, como el amor, el odio, la ambición, el temor, el orgullo, la envidia y la ira. Algunos psicólogos dicen que no es saludable controlar nuestras pasiones; que nos sentiremos mejor si les damos rienda suelta. La escuela freudiana, por ejemplo, aconseja que cedamos a nuestros impulsos instintivos como un medio necesario «para vivir de acuerdo con nuestra verdad psicológica».


Pero es precisamente en el dominio de la razón sobre el instinto donde manifestamos nuestra superioridad sobre los animales y alcanzamos nuestra verdadera dignidad. Encauzar nuestras pasiones no es lo mismo que reprimirlas. Si siento hambre a la 1.00 de la tarde es inútil tratar de convencerme de que no la siento. Sería, en cambio, un ejercicio muy provechoso continuar trabajando una hora más, hasta el momento de la comida, en lugar de levantarme del escritorio y buscar instintivamente el refrigerador más cercano. Es preciso que enlacemos bien nuestras pasiones y las dirijamos hacia nuestras metas.


Sentimientos

Los sentimientos son una segunda fuerza que actúa en nosotros, que puede compararse con la corriente del mar. La corriente también puede ser favorable o desfavorable. Algunas veces es una corriente cruzada o empuja nuestra barca hacia peligrosos escollos. Otras veces va en la misma dirección de nuestro objetivo y añade un feliz impulso en el rumbo correcto.


Los sentimientos actúan del mismo modo. Algunas veces sentimos que estamos haciendo lo que debemos. Otras veces nuestros sentimientos obstaculizan el logro de los objetivos. Los sentimientos son reacciones personales, puramente subjetivas, espontáneas y psicológicas ante ciertos estímulos. Puesto que se trata de reacciones, son ciegos, pasivos y fuera de nuestro control. No está en nosotros el sentirnos felices o tristes, alegres o deprimidos.


Al hablar de sentimientos es importante no perder de vista que son irracionales: no siempre corresponden a nuestro verdadero bien. Por lo mismo, a veces será necesario ir contra ellos. Si el capitán permite que su velero sea arrastrado por la corriente, seguramente está en camino de naufragar.


Tipo de personalidad


Hay que considerar un tercer factor: nuestro tipo de personalidad, que es una dimensión del carácter con que hemos nacido. El tipo de personalidad -o temperamento- es como el modelo del barco en que navegamos. Existen canoas, piraguas y pequeños veleros, y también grandes embarcaciones como los cargueros y los trasatlánticos. Unas naves son ligeras y fáciles de maniobrar, como el catamarán. Otras son lentas, pero más estables, seguras y duraderas.


Nuestro temperamento es la suma total de nuestras disposiciones y tendencias naturales. Algunas personas son optimistas, extrovertidas, francas y sinceras por naturaleza. Otras son más introvertidas, pensativas y sentimentales. Algunos individuos son activos, otros son pasivos. Algunos tienden a ser más emotivos; otros menos.


Lo importante aquí consiste en que cada uno se conozca a sí mismo y sepa cómo sacar el mayor provecho posible de su temperamento. Formamos nuestro carácter a partir de este material «en bruto». El capitán debe tomar en cuenta el tipo de embarcación que está dirigiendo, sus peculiaridades, sus desventajas y puntos fuertes. De este modo podrá llegar a su destino con mayor probabilidad.


Inteligencia

Estos tres elementos -pasiones, sentimientos y temperamento- forman parte de nuestra naturaleza corporal. Pero tenemos también dos facultades espirituales: nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Estas dos facultades entran en acción cuando se trata de buscar nuestros valores; la inteligencia reconoce lo que es bueno y la voluntad lo escoge. El objeto de la inteligencia es la verdad, la realidad de las cosas. La inteligencia realiza esta tarea por medio de la reflexión, el razonamiento, la contemplación, el análisis y la síntesis.


«Todos los hombres desean conocer», decía Aristóteles. Nos interesa espontáneamente conocer cómo son las cosas, y por qué son de esa manera. Nuestra inteligencia jamás se satisface plenamente, sino que siempre tiende a más, al infinito.


La inteligencia es como el capitán del barco, que analiza la ruta que lleva la nave y da instrucciones al timonel. El capitán no trabaja solo, sino que se ayuda del vigía (los cinco sentidos), la brújula (la conciencia), los mapas y las cartas de navegación (fe).


El vigía es el ojo del barco e informa al capitán sobre la presencia de rocas, aguas poco profundas, arrecifes, tormentas y tierra. Él está muy alerta a las situaciones cambiantes. De modo similar, la persona recibe información del mundo exterior a través de sus cinco sentidos: vista, olfato, gusto, tacto y oído.


La brújula del barco señala al capitán el verdadero norte, de forma que pueda corregir la dirección. Así también, gracias a la conciencia, nuestra vida sigue el rumbo correcto y cuenta con una guía segura.


Todo capitán dispone de cartas de navegación y mapas para conocer con certeza lo que aún no ha aparecido en el horizonte. Hay escollos que no se ven a simple vista, estrechos peligrosos, atajos aprovechables. De forma semejante, la fe nos ofrece certezas que sobrepasan nuestra experiencia o las limitaciones del conocimiento empírico.


Voluntad

El último integrante de nuestro barco es el timonel. En fin de cuentas, él determina la dirección del barco. Esta tarea corresponde a la voluntad. Incluso cuando hay vientos contrarios, olas y corrientes, un buen timonel mantiene el barco en ruta y encauza las demás fuerzas hacia el destino escogido.


En el plano humano, una persona vale lo que vale su voluntad. La voluntad es la columna vertebral del carácter. Las personas de carácter se distinguen por su fuerza de voluntad. Si pensamos en los grandes protagonistas de la historia, incluso en los grandes hombres y mujeres de nuestro tiempo, encontraremos la fuerza de voluntad como elemento clave de su personalidad.

Ha habido grandes líderes y grandes santos que no han sobresalido por su inteligencia (recordemos al Cura de Ars), pero jamás los ha habido sin fuerza de voluntad. Se puede decir que una persona es más persona en la medida en que su inteligencia y su voluntad tienen el dominio sobre las tendencias más bajas. Nuestras pasiones nos llevan, nuestros sentidos nos ofrecen información, pero depende sólo de nuestra fuerza de voluntad el actuar como personas libres o no.


Tras este breve repaso «en cápsula» de nuestras facultades y de algunas de las fuerzas que intervienen en cada uno de nosotros, hay que añadir que el ordenarlas adecuadamente es un valor fundamental para toda persona. Tal como ocurre en los equipos deportivos, donde el éxito depende de la coordinación y del apoyo mutuo entre los miembros, así también la persona necesita coordinar estas fuerzas para poder alcanzar la madurez y alcanzar los más altos valores en su vida.
 

Esto exige tomar en cuenta todas las dimensiones de nuestra naturaleza humana: comprender lo que somos y para qué hemos sido creados. Sólo así podremos escoger buenos valores -aquéllos que nos ayudarán en nuestro proyecto vital.


De las diversas cualidades ya mencionadas, hay una que destaca por su particular importancia cuando se habla de valores: la libertad humana. Para buscar buenos valores, optar por ellos y vivirlos con coherencia, se requiere la libertad.


Es tan importante y, con frecuencia, tan descuidado este punto, que bien merece que le dediquemos un capítulo entero.

Capítulo 3: La libertad y los valores


Pocos valores tienen un atractivo tan universal como la libertad. Esta palabra ha sido tan traída y llevada como el birdie en un juego de bádminton. Organizaciones de muy diversa índole -partidos políticos, frentes revolucionarios, movimientos juveniles, etc.-se sirven de ella para enarbolarla en sus estatutos y presentaciones públicas. Los protagonistas de la revolución francesa la adoptaron como una de las piedras fundamentales de su credo: Liberté! Egalité! Fraternité! Algunos años antes, los colonos americanos revolucionarios tomaron las armas contra Gran Bretaña bajo la misma bandera, asumida en la famosa frase de Patrick Henry: «Dame la libertad o dame la muerte».
 

El ideal de la libertad parece que jamás estará fuera de moda. Es difícil encontrar una campaña revolucionaria o una constitución nacional que no proponga la libertad como uno de sus máximos logros.


Hoy día, con la caída del comunismo, la expansión de la democracia, el fácil acceso a la información y el progreso tecnológico el género humano está desarrollando un agudo sentido de la libertad. La cultura occidental rinde homenaje a la libertad en todos los sectores de la civilización. Existen estatuas y naves espaciales que llevan su nombre, monedas acuñadas en su honor, champús y dentífricos que prometen más libertad a quien los compra.


La palabra libertad casi tiene un talismán adherido. Hay ciertas palabras que poseen una especie de carga positiva o negativa, como los iones. Términos como «opción», «creatividad», «nuevo», «original» y «libertad» llevan una carga positiva: de antemano estamos predispuestos favorablemente a ellos, aunque no sepamos a qué se refieren. Otras palabras nos provocan aversión, y desde fuera tiñen negativamente nuestra actitud ante alguna frase. Si hemos de ser objetivos, debemos superar el impacto emocional para considerar el verdadero valor que puede haber detrás de una expresión.


Tomemos, por ejemplo, la palabra «nuevo». El hecho de que una idea sea nueva no nos dice prácticamente nada acerca de ella, y no podemos discernir si se trata de una idea valiosa o ridícula. A veces ocurre que lo nuevo es inferior a lo antiguo. ¿Recuerdas lo que pasó cuando salió la «nueva Coca-Cola»? Su éxito se extendió con más rapidez que un incendio forestal, hasta que la gente se dio cuenta de que en realidad la «vieja Coca-Cola» era mejor. O fijémonos ahora en la palabra «opción», que es muy atractiva, pero que en realidad tiene una valencia ambigua. Lo que importa no es la «opción» en abstracto, sino las «opciones» concretas que hacemos.



Las diversas caras de la libertad


Este mismo principio se aplica al concepto de libertad. Es un término análogo, que tiene muchas aplicaciones. Había, por ejemplo, una leona llamada Elsa, que había «nacido libre» (born free), porque no había sido sometida nunca a la cautividad. Se dice también que no hay nada como una «Cuba libre». Un «pájaro libre» es el que no está enjaulado. Una dieta «libre de sal» se caracteriza por la ausencia de esta substancia presumiblemente perniciosa. Tenemos también el caso de las puertas bien engrasadas que giran «libremente», o de la madre con seis hijos que finalmente tiene un «tiempo libre» en sus manos cuando el más pequeño de sus querubines empieza a frecuentar el jardín de niños.


En algunos casos, la libertad se refiere simplemente a la ausencia de elementos perniciosos, como en el caso de los alimentos dietéticos que son libres de azúcar. Aquí la libertad no tiene un valor propio. Aunque conserva su atractivo, su valor depende directamente de la repulsividad que produce el elemento ausente. Que el café no tenga cafeína es un atributo positivo siempre y cuando se considere la cafeína un ingrediente nocivo.
 

¿Iríamos, en cambio, a un parque de atracciones libre de diversión? ¿Intentaríamos nadar en una piscina libre de agua?


Cuando el Papa Juan Pablo II habla de la libertad como raíz de la dignidad humana, él se está refiriendo a una realidad que va mucho más allá de la mera libertad de movimiento o de la ausencia de constricción externa. La libertad específicamente humana es un ingrediente esencial de la naturaleza del hombre que lo distingue radicalmente del resto de la creación. Los seres humanos son esencialmente libres aunque estén en un calabozo o haciendo trabajos forzados en un campo de concentración; un animal no es verdaderamente libre, aunque esté surcando plácidamente el aire o rumiando a sus anchas en las llanuras del Serengeti. La naturaleza, en cuanto tal, no es libre, pues obedece a una serie de leyes fijas. El agua correrá siempre hacia abajo. El fuego no puede encenderse en el vacío. La combinación de sodio y cloro producirá sal, pero jamás nos dará pimienta.


La libertad humana no se identifica con la libertad de pensamiento o con la libertad física, sino con la libertad de la voluntad -o libre voluntad- por la que gobernamos nuestras propias acciones. Un acto humano es un acto libre.


Estrictamente hablando, los «actos del hombre» difieren de los «actos humanos». Acto humano significa un acto realizado con conocimiento y libertad, es decir, un acto específicamente humano. Algunas veces nuestras acciones son deliberadas y plenamente conscientes; otras veces actuamos inadvertidamente o incluso hacemos cosas de forma involuntaria. Cuando la cajera de la farmacia te devuelve accidentalmente el doble del cambio que te debía dar, no ha realizado una acto humano, porque no fue intencional. Pero si, al llegar a tu coche, te das cuenta del error y regresas para devolver lo que en realidad no es tuyo, tu acto es humano porque lleva impreso el sello de tu conciencia y libertad.

La libertad humana incluye la libertad moral. En virtud de ella existen el bien y el mal, la virtud y el vicio. Un gesto de bondad para con tu hermano pequeño tiene valor y mérito porque es un acto libre. La libertad no es como un examen de matemáticas, donde se trata de «escoger» la respuesta correcta -una computadora lo haría tal vez igual o mejor que tú-. Tampoco se identifica con una pura espontaneidad para escoger entre diversas posibilidades sin valor moral, como hace un gorrión cuando «escoge» en qué árbol y en qué rama construir su nido. La libertad humana encuentra su máxima expresión cuando tiene que elegir entre varias cosas buenas y, especialmente, entre el bien y el mal.


Tres niveles de libertad


Dado que la palabra libertad tiene varios significados, es necesario distinguir y aclarar cuáles son las diversas dimensiones de la libertad.


Libertad de constricción


La libertad se aplica en este caso al hecho de estar libre de impedimentos o de interferencias externas para hacer algo. Es la acepción de libertad que más se emplea. Es la autonomía, en contraposición con el control externo. Un adolescente ansía que sus padres le dejen un amplio espacio de libertad. Las industrias tratan de librarse de las restricciones del gobierno. El preso de la cárcel sueña en el día en que por fin podrá saborear una vez más la libertad. La libertad, aunque es un bien en sí misma, puede ser mal empleada. Cuando una persona pretende liberarse de toda responsabilidad y compromiso, comete un grave error, pues está tratando de evitar un ingrediente necesario para su realización como ser humano.

Otro peligro de este aspecto de la libertad es la posibilidad de ser manipulados: pensando que somos nosotros los que decidimos, en realidad es otro el que decide en lugar nuestro. Podríamos preguntar si la gente de hoy goza de mayor libertad que la del pasado. Es cierto que hoy tiene más capacidad para moverse; cuenta con modernos medios de comunicación instantánea y de procesamiento de información. Posee, además, un dominio más amplio sobre el medio ambiente y es capaz de ejecutar tareas que las personas de unas décadas atrás ni siquiera hubieran imaginado.


Sin embargo, en su vida personal, mucha gente se encuentra hoy confundida, insegura, incapaz de pensar por sí misma y de escapar del ruido, del bombardeo de imágenes y de sutiles mensajes generados por la sociedad y, especialmente, por los mass-media. Sus principios se ven atacados y encuentran poco apoyo cuando tratan de vivir coherentemente como seres humanos. En consecuencia, muchas de sus acciones, opciones y preferencias son determinadas por la moda, la opinión pública y las tendencias políticas. Esta manipulación se lleva a cabo con frecuencia impactando directamente nuestras emociones y evadiendo el proceso ordinario de una elección racional.


Para asegurar nuestra libertad, debemos defender nuestra independencia de estas presiones externas.

Libertad de elección


Tú eres el autor de tus acciones. Cuando vas al supermercado o hablas con tu vecino o visitas a un amigo en el hospital, estás ejercitando tu libertad en una serie de actos conscientes. Ahora mismo tú y yo estamos escribiendo nuestra propia historia. Esta dimensión de la libertad es la posibilidad, que se opone a la necesidad. La necesidad es aquello que no podría ser de otro modo. Los actos humanos jamás están sujetos a la necesidad, porque cada acto verdaderamente humano es libre. Las personas son libres. Las cosas son necesarias. Bajo esta luz, la libertad consiste en el dominio que ejerce una persona sobre sus acciones.


Nuestra libertad abarca también la realización de un proyecto vital. Cada uno elige libremente lo que quiere ser en la vida. Una persona honesta es honesta por elección, no por obligación. Nos estamos refiriendo aquí a la auto-determinación, que es contraria al determinismo. Hoy día, como en el pasado, algunos sostienen que el ser humano se encuentra inexorablemente determinado por factores externos a su voluntad. Los que profesan el determinismo biológico señalan que nuestras decisiones están inscritas anticipadamente en nuestro código genético. Otros hablan de condicionamientos culturales y sociales, que determinan nuestra forma de pensar y de escoger.


Hay que reconocer que estas posiciones tienen una pequeña dosis de verdad. Hay factores biológicos y sociales que influyen hasta cierto punto en nosotros. Pero esto no quiere decir que supriman nuestra libertad; aunque haya influencias externas, nuestras decisiones son nuestras. Resulta más cómodo culpar a otro de nuestras caídas, pero en el fondo sabemos que la responsabilidad es nuestra. Por esta misma razón, nuestras buenas acciones merecen recompensa, pues las realizamos libremente, aunque tengamos posibilidad de obrar diversamente.

La libertad es algo más que un deseo. Es la capacidad para realizar ese deseo. Podrías querer, tal vez, no morir jamás, o tener dos metros de estatura, pero no podrás optar por esto porque no tienes el poder para realizarlo. Sólo podemos escoger aquellas cosas cuya realización está dentro de nuestras posibilidades.


Libertad para actuar


La verdadera liberación consiste en algo más que quitar los escombros de nuestra pista vital o romper las cadenas que nos mantienen cautivos. Si descombramos la pista es para iniciar el despegue. Si desencadenamos a alguien es para que pueda vivir su vida y realizar sus sueños. Lo que pretendemos al librarnos de las constricciones es gozar de la libertad para actuar. La libertad invita a la actividad, a la consecución de una meta. Si tengo libre el viernes por la noche... implica que tengo libertad para hacer algo -se sobreentiende que queremos hacer algo-.

La libertad exige compromiso, realización. Si tengo un par de horas libres el viernes por la noche pero no hago nada, me parezco a esas gallinas acurrucadas en el gallinero, esperando algo que empollar. Queriendo aprovechar el tiempo, más bien pensaría: Por fin tengo un par de horas libres, así es que puedo... seguir armando aquel modelo de aeroplano, terminar de leer «El Quijote de la Mancha», escribir a la tía Sara. El dinamismo de la libertad se concreta en una decisión y en una actividad, las cuales se contraponen a la indecisión y a la pasividad. La libertad es libertad sólo cuando se aprovecha para hacer algo, cuando se ejercita.


En este nivel, lo contrario de la libertad es la pasividad y la falta de compromiso. En nuestros días se ha difundido el miedo al compromiso. Muchos deciden «no decidir», porque tienen miedo de optar equivocadamente. Esas personas se aprisionan voluntariamente en la cárcel de su propia inseguridad y temor al futuro. Por querer dejar abiertas todas las opciones, ellas mismas cierran las puertas de su plena realización como personas. Pretenden comer el pastel y conservarlo a toda costa, sin sacrificar ninguna de estas dos opciones. Podría formularse en estos términos el silogismo que respalda la moderna postura del no-compromiso:


1. Lo más importante es ser libre.

2. Si ejercito mi libertad (y me comprometo), limito mis opciones y disminuye mi libertad
.
3. Por tanto, no me comprometeré.


La libertad humana no consiste en la ausencia de compromisos, sino en la capacidad para comprometerse y perseverar en ese compromiso. Nos realizamos cuando nos comprometemos libremente como personas y vivimos coherentemente los compromisos que hemos asumido. ¿Acaso una mujer ha perdido su libertad porque ahora tiene cuatro hijos? ¿Acaso ha encontrado un hombre la llave de la libertad perpetua porque a los 43 años sigue sin graduarse del bachillerato y sin buscar trabajo? Obviamente no. Como veremos, el hecho de desconectarnos de los demás, de evitar las ataduras del amor, de las amistades y de la responsabilidad, no es el camino para lograr nuestra realización personal. Es precisamente en la donación de nosotros mismos donde se realiza y completa nuestro potencial como seres humanos.

El valor de la libertad


A menudo se entiende hoy la libertad en términos de total autonomía. Se la ve como la base única e indiscutible de nuestras opciones personales y como autoafirmación a cualquier precio. Algunos, como Jean Paul Sartre, creen que nuestra libertad crea los valores, y que la libertad misma es el valor supremo. Esta teoría tiene dos contradicciones implícitas. En primer lugar, Sartre dice que la libertad en un valor absoluto, mientras sostiene que todos los valores son relativos. En segundo lugar, considera que el individuo es el creador de todos los valores y, al mismo tiempo, que la libertad debe ser el valor más alto para todos. Si alguno no está de acuerdo con esto, obviamente está equivocado. Como siempre, el relativismo degenera infaliblemente y se convierte en dogmatismo.


Cabe una distinción más. No es lo mismo ser libre que usar correctamente la libertad. Apreciamos, con razón, la libertad en sí misma y reconocemos que es bueno ser libres. La libertad nos ennoblece como seres humanos y nos permite participar en cierto modo de la libertad de Dios. Sin embargo, podemos también abusar de la libertad. Si existen leyes, policías y prisiones es porque existe la posibilidad real de que usemos mal nuestra libertad. En cierto momento, estas instituciones se colocan delante de uno y le dicen: «Lo siento, amigo, has ido demasiado lejos. Te has pasado de los límites».


Resulta extraño ver cómo muchos traen a cuento el mismo concepto como fuente e inspiración de actividades muy dispares. Los pecadores pecan en nombre de la libertad, mientras que los santos ejercitan su santidad precisamente bajo esta misma bandera. Charles Manson fue capaz de asesinar un buen número de personas inocentes porque era libre. Y por esta misma razón, Juana de Arco dio su vida en lugar de renunciar a la misión que Dios le había encomendado. De hecho, no puede haber pecado, ni crimen, ni violencia si no hay libertad, como tampoco puede haber santidad, ni virtud, ni bondad, ni amor.


Sin embargo, la libertad no es, en realidad, la inspiración de horribles crímenes, ni tampoco de heroicos gestos de virtud. Sólo es la condición necesaria que permite que estos actos se realicen. Cuando se ve la libertad como un absoluto, desligada de todo principio, puede llevar a los más graves abusos. Como dijo Juan Pablo II en un discurso en Polonia en enero de 1993: «La libertad entendida como algo arbitrario, separada de la verdad y de la bondad, la libertad separada de los mandamientos de Dios, se vuelve una amenaza para el hombre, y conduce a la esclavitud; se vuelve contra el individuo y contra la sociedad».


La libertad necesita de los valores. Ella sola me ofrece únicamente la posibilidad de actuar, mientras que los valores me dan la razón o el motivo para actuar. Si soy totalmente libre, pero carezco de valores, ¿qué haré? Mi libertad no me lo dirá. Simplemente me responderá: «Puedes hacer cualquier cosa». Mis valores son los que me moverán, los que me dirán: «Haz esto. Esto es bueno; es correcto; es importante». Los valores son los que atraen mi voluntad; la libertad permite que mi voluntad se mueva hacia esos valores. Mi voluntad desea y, porque es libre, es capaz de ir en busca de sus deseos.


También es útil distinguir entre libertad y derechos. La libertad no es una especie de calcomanía cósmica que certifica que todas mis acciones son buenas y lícitas en la medida en que son libres. La libertad no es lo mismo que el derecho de hacer algo, aunque los dos se confunden con frecuencia. «¡Puedo hacer lo que me plazca! ¡Este es un país libre y soberano!». El hecho de que sea libre para hacer algo (sin constricción) no me da derecho para hacerlo. Soy libre para matar a una persona -tal vez nadie me lo podrá impedir físicamente-, pero no tengo derecho de matar.


La libertad, en sí misma no justifica nada. Si Antonio dice a su hermano: «Francisco, no debes cometer adulterio. Debes ser fiel a tu esposa»; y Francisco le contesta: «¡Puedo hacer lo que yo quiera! ¡Para eso soy libre!», esta respuesta está fuera de lugar, y tiene muy poco que ver con el consejo de su hermano. Nadie está poniendo en duda la capacidad de Francisco para hacer esto o aquello. Todos somos capaces de obrar como bestias, pero no debemos actuar como bestias, ni tenemos derecho de hacerlo.


¿Compañeros irreconciliables?


Libertad y responsabilidad


La libertad lleva consigo algunos corolarios un tanto olvidados. Para empezar, consideremos el dúo formado por la libertad y la responsabilidad. Para la mente actual, parecen contradictorios; y, sin embargo, están íntimamente unidos. No son dos realidades separadas, sino dos aspectos de la mismísima realidad. Como una madre y su bebé, no se encuentran nunca separados. Nadie puede decir: «Me gustaría ser madre, ¡pero sin niños!». Es una imposibilidad lógica. Algo parecido ocurre aquí: no puede haber libertad sin responsabilidad -ni responsabilidad sin libertad. Viktor Frankl remarcó una vez que la excelente obra iniciada con la Estatua de la Libertad en Nueva York debía ser completada con la Estatua de la Responsabilidad en Los Ángeles.


Una acción libre equivale a una acción responsable. El mérito o la culpa, fruto de nuestras acciones, recae directamente sobre nuestros hombros. De modo semejante, no hay responsabilidad allí donde no hay libertad. No se nos ocurre castigar un árbol porque no se quitó del camino cuando nos fuimos a estrellar contra él. Reconocemos que el árbol no tiene ninguna responsabilidad, porque no es libre. La responsabilidad presupone el poder para
hacer algo. Sólo podré ser responsable de una acción cuando ésta sea verdaderamente mía.

Ser responsable significa «responder», «rendir cuenta» de nuestras acciones a alguien con quien estamos comprometidos, al menos implícitamente (Dios, otras personas, nuestra propia conciencia). Responsabilidad significa también asumir las consecuencias de nuestras acciones. A veces nos gustaría poder separar los dos elementos: disfrutar los beneficios de la libertad sin tener que cargar con las consecuencias de la responsabilidad. Esta es una de las razones por las que mucha gente se rebela contra la autoridad, por las que los adolescentes se quieren independizar de sus padres, por las que algunos psicólogos inventan métodos para tratar de acallar la persistente voz de la conciencia. Sin embargo, el divorcio entre la libertad y la responsabilidad destruye la libertad misma. La libertad sin responsabilidad no es libertad sino licencia. El que es libre es verdaderamente dueño de sus acciones; y el que es dueño de sus acciones es verdaderamente responsable.


Libertad y límite


A pesar de nuestra grandeza por llevar el sello de la imagen y semejanza de Dios, somos limitados. Desentrañamos progresivamente los secretos de la naturaleza y aprendemos cómo sacar provecho de las fuerzas del cosmos, y, sin embargo, ¡cuánto queda aún fuera de nuestro control! La libertad humana no es infinita o absoluta. Tenemos que trabajar juntamente con nuestra naturaleza. Esta limitación fundamental de la existencia humana se manifiesta en cuatro dimensiones:


-Limitaciones lógicas: Hay ciertas cosas que no podemos hacer simplemente porque no se pueden hacer. Esto no se debe a la flaqueza del hombre, sino a la realidad misma de las cosas. No puedes construir, diseñar, ni siquiera concebir, un círculo cuadrado; es una imposibilidad lógica. Tampoco puedes componer un soneto clásico en cinco líneas. Estas limitaciones se dan, pues, en toda situación que es intrínsecamente contradictoria.

-Limitaciones físicas: Podemos hacer muchas cosas, pero siempre dentro de las posibilidades de nuestra naturaleza. Ella no consiente que tú y yo salgamos volando por la ventana sin necesidad de instrumento alguno, ni tampoco que alcancemos una edad de 529 años, o que aumentemos nuestra estatura unos 10 centímetros después de los 20 años. Las leyes físicas y biológicas no dependen de nuestra voluntad, y nos señalan con claridad un límite real.


-Limitaciones intelectuales: Ninguna persona humana es omnisciente. Por cada segmento de información que logramos asimilar, hay una cantidad infinita de datos que se nos escapan. Como dijo un filósofo: «Cuanto más sé, más me doy cuenta de lo poco que sé». Nuestro conocimiento de las cosas jamás es completo.


-Limitaciones morales: En sentido propio, esta limitación se refiere a nuestra incapacidad para escoger siempre el bien, si no es con la ayuda de una gracia sobrenatural. En un sentido secundario, quiere decir que estamos sujetos a la ley moral, y no por encima de ella. Somos libres para optar por el bien o por el mal, pero no podemos dictaminar según nuestro capricho que algo sea bueno o malo. Somos libres para robar, pero no podemos convertir el robo en un acto de virtud por pura fuerza de voluntad. Seguirá siendo un acto malo, sea que lo reconozcamos o no. El bien y el mal no son invención del hombre. La moralidad corresponde al bien y al mal objetivos. De nosotros depende solamente el adherirnos a uno o a otro.


La presencia de restricciones es una condición indispensable para el ejercicio de la libertad. Soy libre para jugar béisbol en la medida en que existen unos límites que constriñen mi libertad, es decir, unas reglas que debo seguir. Si pudiera poner un número variable de jugadores en el campo, por ejemplo, 34, en lugar de nueve, se arruinaría el juego; ya no sería libre para jugar béisbol. Sería, además, ridículo ir cambiando las reglas a lo largo del partido.


La libertad sin restricciones es como un cuerpo sin esqueleto o como una compañía que no acaba de decidir si su objetivo es hacer dinero o perderlo. Todo carece de sentido cuando no hay una estructura, unos objetivos claros o una dirección. La libertad necesita unos límites, como todo río necesita sus riberas, o todo rifle su cañón.


Libertad y autocontrol


La libertad no consiste en seguir ciegamente nuestros impulsos, sino en el autodominio. Podríamos pensar que somos libres cuando en realidad seríamos esclavos de las cosas: de nuestros apetitos, de nuestras pasiones, de la opinión pública, de las modas, del qué dirán. San Pedro, cuando escribía a los primeros cristianos, acusó la contradicción de algunos que proclamaban ser libres porque se abandonaban a los deseos carnales: «Ellos pueden prometer libertad, pero no son más que esclavos de la corrupción; porque si alguno se deja dominar por algo, se hace esclavo de ello» (2 Pe. 2, 19). La esclavitud de la carne es sólo un tipo de servilismo; la esclavitud de la voluntad es todavía peor.


Ser libre es como estar en buena forma. Cualquier persona tiene libertad para escalar el monte Everest, pero muchos son incapaces de hacerlo porque están fuera de forma. No hay ninguna restricción externa en este caso, pero hay una interna. Como hemos dicho, la libertad es algo más que el simple deseo; es la fuerza para realizar lo que deseamos. Si quiero dejar de fumar, pero no puedo porque me falta fuerza de voluntad, no soy libre. Mi voluntad está fuera de forma.


La libertad humana es libertad de toda la persona, no de alguna de sus partes. Para que un esposo posea la libertad de ser fiel, debe poder controlar sus pasiones. Sin este autocontrol no hay libertad. Imagínate el caso de un piloto de Fórmula 1. Es libre de manejar sólo si tiene un dominio completo sobre su vehículo. Debe ser capaz de frenar, de acelerar, de girar en un momento dado. Todas estas maniobras exigen un estricto control sobre el volante, el acelerador, la caja de velocidades, el freno, etc., y son necesarias para conducir con libertad un Fórmula 1.


Si voy a esquiar, afilo las orillas de mis esquís. Ya no serán libres de ir hacia adelante y hacia atrás, pero yo lo seré para girar y para detenerme. Controlar y dirigir las partes en una dirección es necesario para que el todo sea libre.


No somos libres porque no hay quien nos detenga sino porque, con la gracia de Dios, somos capaces de alcanzar nuestro verdadero fin y destino como hijos de Dios. Si la libertad consistiese en dar rienda suelta a nuestras pasiones más bajas y a nuestros instintos, los animales serían más libres que los hombres. Ellos no se sienten inhibidos por la razón o por la conciencia. Su ley es el instinto y los reflejos.


La verdadera libertad es la capacidad para dirigir nuestros sentimientos, pasiones, tendencias, emociones, deseos y temores bajo el gobierno de nuestra razón y voluntad. Así entendida, la libertad requiere que cada uno sea de verdad señor de sí mismo, decidido a luchar y vencer las diferentes formas de egoísmo e individualismo que amenazan su madurez como persona. Las personas verdaderamente libres son abiertas, generosas en su dedicación y servicio a los demás.


La verdad os hará libres


Jesucristo, cuando era procesado por blasfemia y oposición a que se pagase el tributo al César, fue obligado a comparecer ante el procurador romano, Poncio Pilato. Pilato preguntó a Jesús acerca de sus enseñanzas y Jesús le replicó: «Yo he venido para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad oye mi voz». Y el procurador, que bien podría ser el vocero de nuestro mundo moderno, se burló y replicando: «¿La verdad? ¿Qué es la verdad?».

Muchas personas no tienen hoy, desafortunadamente, ningún interés por la verdad, aunque la traen a flor de labios. Para la mayoría, lo importante es la simpatía que uno siente hacia una determinada idea, y el modo como a uno le afecta, y no tanto si corresponde o no con la verdad objetiva. Esto es muy cómodo, desde luego. ¡Tú cree lo que quieras creer; yo creeré lo que yo quiera, y todos estaremos juntos y felices! Esto es pluralismo, ¿no es así? Esto es «respeto mutuo». Cada uno tiene sus propias ideas -sobre religión y política; acerca del aborto y del matrimonio-, y basta.


Tomemos un ejemplo. A Juan le encantan las zanahorias. Para Martha, en cambio, las zanahorias no son nada del otro mundo; pero le fascina el tomate. Ahora bien, ¿por qué Martha habrá de consumir sus energías predicando las glorias y los beneficios del tomate si Juan está feliz con sus zanahorias? En pocas palabras, ¿qué derecho tiene uno de imponer su manera de pensar a otro?


Cuando se trata de preferencias culinarias, este razonamiento es correcto. No tengo por qué imponer mis puntos de vista, simplemente porque son mis puntos de vista, mis preferencias, mis gustos. Pero la verdad no es como las verduras. La verdad es algo más que mi modo de ver las cosas; la verdad es la realidad de las cosas en sí mismas. Y esto vale no sólo para lo que es posible demostrar con pruebas matemáticas, sino para todo lo que es. La verdad se impone por sí misma y exige ser escuchada.


En cierto sentido se podría decir que el conocimiento nos hace menos libres. Una vez que descubro que la luna es un pequeño astro en el que no hay vida, ya no tengo libertad para considerarla un disco de plata, o una tajada circular de queso Roquefort. Mientras más sé, menos libre soy de pensar lo que quiera. Si te cuesta aceptar esto, intenta creer que 2+2 es igual a 256. Por mucho que te fuercen, tu mente no podrá convencerse de que 2+2 es igual a otra cosa que no sea 4. Esto se debe a que nuestra inteligencia no es una facultad libre. Busca siempre la verdad.


Normalmente este tipo de conocimiento no nos causa gran problema, porque no repercute en nuestro estilo de vida. Pero si una determinada verdad va a cambiar mi vida en la práctica, encontraré seguramente más dificultad para aceptarla, por miedo a que me corte las alas. Esta es la razón por la que se discute tan poco entre los cristianos el misterio de la Santísima Trinidad, mientras que las enseñanzas de la Iglesia sobre el aborto y los anticonceptivos es un perpetuo campo de batalla. Y esto no porque el misterio de la Santísima Trinidad sea más fácil de entender que la ética sexual; al contrario, es más difícil. Simplemente, cuando nuestra forma de vivir se ve amenazada, la búsqueda desinteresada de la verdad requiere una elevada dosis de honestidad personal.


El notable escritor italiano Alessandro Manzoni escribió en una ocasión que si el aceptar algunas verdades matemáticas tuviese consecuencias más prácticas en nuestra vida, veríamos muchos debates sobre la validez del teorema de Pitágoras. Por eso Cristo dijo: «Todo el que es de la verdad, escucha mi voz».


Y sin embargo, en un sentido más real y de mayor importancia, el conocimiento -es decir, la verdad- nos libera. Cuando conozco me libero de la duda, de la ignorancia y del error, y adquiero una mayor capacidad para tomar mejores decisiones. Para ser verdaderamente libres hemos de cultivar la adhesión incondicional a la verdad.


Libertad y cristianismo


A menudo se acusa al cristianismo de recortar nuestra libertad. Cristo, por el contrario, dijo que Él era la Verdad, y que la Verdad nos haría libres. La oposición se puede cifrar en estos términos: El cristianismo, ¿defiende u oprime la libertad humana?


Quien quiera actuar éticamente ha de poder percibir la frontera entre lo bueno y lo malo. Es una primera condición para ser libres. En segundo lugar, no sólo debemos ser capaces de distinguir lo que es correcto, sino que debemos contar con la fuerza necesaria para realizarlo. El cristianismo nos promete precisamente estos dos elementos: (1) la luz para distinguir lo bueno de lo malo y (2) la gracia de Dios, que es la fuerza para realizar el bien.
 

El cristianismo nos revela a Dios en la persona de Jesucristo. Cristo nos enseñó y nos mostró con su ejemplo la diferencia entre lo que es correcto y lo que es incorrecto, entre el bien y el mal, entre lo que agrada a Dios y lo que le desagrada. La Iglesia tiene por tarea dar continuidad a la misión de Cristo desde el momento en que Él le mandó: «Id, pues, y enseñad a todas las naciones...».

Tal vez muchas personas insistirán hoy que la Iglesia coarta nuestra libertad al enseñarnos a discernir entre el bien y el mal. En realidad es justamente al contrario. Cuando nos enseña a discernir entre el bien y el mal, la Iglesia está esclareciendo nuestras alternativas de manera que podamos tomar una decisión mejor informada. ¿Cómo podría escoger lo que ni siquiera conozco? La Iglesia, que es maestra, nos ilumina y nos permite decidir con claridad entre el bien el mal. La ignorancia moral nos confunde y dificulta nuestra decisión; por lo mismo, limita nuestra libertad.


Jesús declaró que Él es la luz del mundo. La luz nos permite ver, conocer la verdad de nuestro derredor, caminar con confianza y saber a dónde vamos. La oscuridad no es libertad. Quienes acusan al cristianismo de limitar nuestra libertad prefieren la oscuridad; prefieren la esclavitud de la ignorancia a la libertad de la verdad.


Un cristiano es verdadera y genuinamente libre, especialmente por tres razones, dos de las cuales ya hemos visto: por el conocimiento de la voluntad de Dios, por la fuerza de la gracia de Dios, y por el regalo inmerecido de la salvación. Por eso san Pablo identifica el cristianismo con la libertad. En Cristo encontramos la realización completa de la humanidad, el paradigma y el modelo de lo que significa ser plenamente hombre. En Él experimentamos la verdad de nuestra existencia y de nuestro destino y, sobre todo, recibimos la fuerza para vivir de acuerdo con esa verdad.


El mayor triunfo


La libertad es la raíz de nuestra dignidad como seres humanos. Esto quiere decir que nuestra dignidad empieza con nuestra libertad, pero no termina allí. La raíz no es todo el árbol, ni tampoco la libertad es la última meta de nuestra existencia humana. La libertad nos ofrece la posibilidad de obtener el mayor triunfo como creaturas hechas a imagen de Dios: el amor, el «derramamiento» de todo mi ser hacia alguien. El amor es imposible sin libertad. De hecho, muchos seres humanos -esencialmente libres-, no son capaces todavía de amar, porque el amor requiere un nivel más elevado de libertad: la capacidad de olvidarse de uno mismo, de anteponer al otro. Muchos no están preparados para esto. Los mayores heroísmos exigen el mayor grado de libertad. La libertad humana, en su sentido más pleno y más profundo, nos impulsa a la donación responsable de nosotros mismos en favor de los demás. Éste es el modo más genuino de usar la libertad y su expresión más profunda. La donación sincera de sí mismo es la senda privilegiada que conduce a la auténtica realización personal.


El amor es la cúspide de la libertad. «Ama, y haz lo que quieras», es la sorprendente máxima de san Agustín. El amor asume todo lo que es bueno. El amor busca el bien del otro pero termina por brindar el mayor bien posible al que lo ejercita. En realidad esto no debería ser ninguna sorpresa, pues ya san Juan nos recordaba que «Dios es amor, y el que vive en el amor, vive en Dios» (1 Jn. 4, 16).



Cultivando mi libertad personal


A lo largo de este capítulo se han ofrecido algunas ideas y recomendaciones para ayudarnos a vivir en la verdadera libertad. Resumamos todo esto en cuatro principios básicos:


1. Las personas libres son dueñas de sí mismas. Los que se dejan dominar por cualquier cosa, se hacen esclavos de ella. La libertad no consiste en permitir que nuestros impulsos nos arrastren, sino en el auto-dominio. Y esto, desde luego, significa auto-disciplina. Es cierto que esta recomendación no suele ser muy grata o bien recibida, pero si somos sinceros con nosotros mismos, hemos de reconocer su valor. Cualquier atleta aprecia el valor y la necesidad del sacrificio. Si queremos de verdad ser libres, hemos de aceptar el sacrificio con coraje y confianza.


2. Las personas libres son leales a la verdad. La verdad es liberación de la ignorancia y de la duda. Para vivir como personas auténticas, debemos buscar, venerar, vivir de acuerdo con la verdad: del sentido de la vida, de la finalidad de las cosas que nos rodean, de la verdad de nuestro ser.


3. Las personas libres ejercitan su libertad. Crecemos en libertad cuando la ejercitamos consciente, decidida y deliberadamente. La rutina, si se cuela e nuestra vida, nos asemeja a un vagón de ferrocarril sobre la vía férrea: empujado por detrás, tirado por delante, metido en una trayectoria fija por dos rieles metálicos. Es mejor determinar por nosotros mismos a dónde vamos, por qué vamos, y cómo llegaremos hasta allí. Sólo así podremos poner todo lo que somos en nuestras decisiones y vivir con coherencia nuestros compromisos.


4. Las personas libres piensan por sí mismas. No nos dejemos gobernar por la opinión pública, por lo que están haciendo los demás, por las ideas y las modas que hoy son y mañana desaparecen. Adhirámonos, en cambio, a lo que sabemos que es correcto, sin tener miedo de llamar a las cosas por su nombre, aunque corramos el riesgo de perder popularidad o de parecer retrógrados.


Como hemos visto, la libertad es mucho más que un eslogan pegadizo que se trae a cuento para justificar nuestras acciones. Es un don que requiere ser administrado cuidadosamente, si hemos de usarlo bien. En el próximo capítulo examinaremos el modo práctico de usar nuestra libertad al tomar decisiones. Allí es donde nuestros valores tienen un impacto en el curso de nuestra vida.

Capítulo 4: Los valores en acción: tomando decisiones


Las elecciones forman el tejido de la vida humana. Desde la aurora hasta el ocaso, nuestra vida discurre en una cadena ininterrumpida de decisiones, una tras otra. Cuando te levantas por la mañana y te pones unos calcetines grises, en lugar de tus calcetas blancas de deporte, estás tomando una decisión. Cuando te vas a la cama por la noche, puedes elegir entre leer unos minutos, o ver la televisión o, después de rezar un poco, partir directamente hacia el «otro mundo». A lo largo del día tomamos continuamente decisiones sobre qué hacer, cómo hacerlo y por cuánto tiempo.


Hay dos formas de enfocar esta serie de decisiones, así como hay dos formas de enfocar la vida: podemos imaginar que es una sucesión de experiencias inconexas, o podemos contemplar la vida como un conjunto lleno de significado, como una historia o un viaje. Para el primer enfoque, la vida se parece a uno de esos canales de televisión que transmiten una serie ininterrumpida de videos musicales. Este enfoque invita a saborear el néctar de la vida, a paladearlo y beberlo sin dejar una gota; su consigna es: ¡vivir el momento! La vida, en su conjunto, no tiene significado. Nuestras decisiones son totalmente independientes unas de otras y carecen de consecuencias. Lo importante es vivir «según los propios sentimientos».

El segundo enfoque, en cambio, considera la vida como un viaje en el que cada uno es capitán de su propio barco. Tus elecciones son maniobras que realizas con el timón, y tienen un efecto real en tu trayecto. Otro modo de considerar la vida desde esta perspectiva es asemejarla a una novela histórica en la que cada uno es co-autor y personaje principal. El drama de tu vida es una aventura cuyo argumento, fascinante e intrincado, se va desenvolviendo ante los tus ojos a medida que lo vives. Tu pasado, tu presente y tu futuro forman parte de un todo continuo, ininterrumpido y lleno de significado.


Nuestras decisiones reflejan nuestros valores; así también, nuestros valores son como el telón de fondo de nuestras decisiones. Esto quiere decir que nuestros valores constituyen una fuerza orientadora que está detrás de nuestras decisiones. Si aprecias el valor del orden, lo reflejarás con tu decisión de doblar bien la ropa, ordenar las cosas del escritorio antes de empezar a trabajar, etc. Las elecciones y los valores son compañeros inseparables. Nuestras decisiones son la manifestación concreta de nuestros valores.


¿Qué hay de por medio en una elección?


No todas las decisiones producen el mismo impacto en nuestra vida. Algunas, como el matrimonio, marcan un comienzo, un cambio importante en nuestro estilo de vida. Otras, como elegir la corbata por la mañana, repercuten poco en nuestra vida. Sin embargo, todas las elecciones, grandes y pequeñas, constan de algunos elementos que podemos resumir en cinco puntos: 1) libertad de elección, 2) múltiples posibilidades, 3) deliberación, 4) renuncia, y 5) acto de elegir. Cada ingrediente es necesario y, cuando falta alguno, no hay elección.



Libertad de elección


La elección se basa en una premisa básica: la libertad. Sencillamente, donde no hay libertad no puede haber elección. Si bien hay quien niega el libre albedrío, es decir, que tengamos una voluntad realmente libre, nuestra experiencia personal y el sentido común nos confirman su existencia. Tú y yo somos libres de actuar como queramos.


La libertad de elección depende de la conciencia, de la reflexión y de la fuerza de voluntad. Una elección no es una respuesta ciega a un estímulo, parecida al instinto de un animal. Es, más bien, la capacidad de tomar una decisión después de haber reflexionado sobre distintas posibilidades.

Incluso la pasividad es una forma de elección: la abstención del ejercicio de nuestra libertad. Equivale a consentir que otras personas o que los acontecimientos decidan por nosotros. La pasividad equivale a abordar un tren cualquiera sin importarnos su destino; o flotar en medio de un río dejando que la corriente nos lleve adonde quiera. La pasividad, en definitiva, es abdicar voluntariamente el derecho y el deber de protagonizar nuestro propio destino. Es un modo de abusar de nuestra libertad.


Así pues, nos vemos obligados a elegir. La vida se entreteje a base de decisiones constantes, una detrás de otra, y debido a nuestra naturaleza de seres libres no podemos esquivar el tener que elegir. La pasividad dice: «No quiero elegir». Pero en realidad, aun cuando decidamos no elegir, estamos realizando una elección. Si todos los días Guillermo pregunta a Susana si se quiere casar con él, y cada día ella responde: «No lo sé, pregúntamelo mañana», al final de su vida, Susana se habrá quedado soltera, habiendo elegido, de hecho, esta opción.


Las elecciones no están desconectadas entre sí. Dado que la vida discurre en una trama, tus decisiones más importantes repercuten profundamente sobre las elecciones cotidianas menos significativas que sueles afrontar. En efecto, esas elecciones menores a menudo provienen directamente de tus decisiones básicas, como ramas que brotan de un tronco, o calles que se originan de una misma avenida. Cada elección es una bifurcación en el camino.


Si manejas por carretera y decides tomar cierta autopista, las nuevas alternativas que se te presenten estarán determinadas por esta elección. Nunca hallarías las siguientes salidas si no hubieras tomado esa autopista. Del mismo modo, hay muchas posibilidades que ni siquiera consideras, porque no elegiste la ruta que conduce a ellas.


En el poema El camino no tomado, Robert Frost representa estupendamente esta imagen y expone la importancia y la trascendencia de las decisiones de la vida:


Dos caminos se bifurcan en un bosque dorado,

y no poder elegir los dos es mi lamento,

pues soy un único viajero;

y me detengo largo tiempo...


Nuestras elecciones presentes determinan nuestras opciones futuras. Una vez emprendido un determinado sendero, daremos sólo con las encrucijadas que se hallan en ese camino.


Piensa en el cuento de Peter Pan. El inmortal enemigo del Capitán Hook se enamora de la pequeña Wendy, que era una persona normal. Se le ofrece la oportunidad de elegir entre seguir siendo como es, sin ella, o volverse una persona normal con ella. Esta fue la encrucijada de su camino. Como Chesterton expresó con tanta perspicacia: «Ni siquiera en el mundo de las hadas podrás recorrer dos caminos a la vez». Solamente se puede escoger una opción.

Si bien tus elecciones presentes repercuten en las futuras, no por eso dañan o disminuyen tu libertad. Por ejemplo, si permaneces fiel a tus deberes y mantienes tu palabra, no se debe a que tu libertad está condicionada por la decisión que tomaste, sino que ratificas y confirmas libremente hoy lo que ayer elegiste.


Múltiples posibilidades


Un día, a las dos o tres de la tarde, el estómago te avisa que ya es hora de comer. Vas al refrigerador, pero lo encuentras vacío. Abres la despensa y encuentras tan sólo una lata de sopa de cebolla, que no hay más que calentar... En este caso sólo existe una opción: la sopa de cebolla (claro que morir de hambre también podría ser una opción, pero no la vamos a considerar). Sólo podemos elegir cuando se presenta, al menos, una alternativa.

Si envías tu solicitud de ingreso a dieciséis universidades y sólo te aceptan en una, no necesitas decidir, pues no tienes alternativa.

Ahora bien, para que se dé una elección no basta con que haya por lo menos otra opción, sino que debes darte cuenta de que existe esa alternativa. En el ejemplo anterior, de nada te serviría descubrir a la mañana siguiente una alacena repleta justamente al lado de la despensa donde encontraste la lata de sopa. Estaba allí, pero no lo sabías; así es que, por lo que ve a tu elección, es como si nunca hubiera existido. Si tu hermanito menor hubiera abierto las cartas de aceptación que te enviaron las dieciséis universidades, te habría perjudicado mucho, pues no hubieras podido elegir lo que no conocías.

Deliberación

El aspecto intelectual de una elección se llama deliberación. Consiste en ponderar atentamente las posibilidades según sus aspectos positivos y negativos. «Este coche tiene una línea más elegante y viene con aire acondicionado. Este otro, en cambio, es más barato y gasta menos gasolina...». Deben observarse muchos factores antes de adoptar una decisión.

No todas las elecciones requieren el mismo esfuerzo de deliberación. A menudo aplicamos ese piloto automático, tan especial y conveniente, que se llama «hábito». Hay varios tipos de nudos que podrían servir para atarse los zapatos, pero es raro que nos apartemos del tradicional nudo de florecitas que aprendimos cuando niños. Lo hacemos en un instante, sin pensarlo. ¡Imagínate si tuvieras que estar ponderando cada movimiento de los dedos cuanto te atas los zapatos!


Anudarse los cordones es sólo un ejemplo. Quien está aprendiendo a jugar golf tiene la cabeza llena de mil consejos cuando se acerca a la pelota colocada en el césped: las piernas separadas, la cabeza hacia abajo, tirar de los hombros, balancear el peso, girar sobre uno mismo, soltar las muñecas... -con tantos consejos en la cabeza tendrá mucha suerte si acierta a darle a la pelota-. Pero después de horas de práctica, la mayoría de estos consejos resultan superfluos. Jugar golf se vuelve algo natural.


Somos seres rutinarios, y quizá esto nos libre de volvernos locos. Si tuviésemos que pensar en todos los pequeñas pasos que realizamos cuando conducimos, hablamos, caminamos, comemos y nos vestimos, nos quedaríamos mentalmente secos a media mañana.


La formación de los hábitos libera la mente y le permite realizar elecciones más importantes. En vez de pensar con qué dedo formar el lazo del nudo del zapato, podrás reflexionar en un nuevo contrato o en la presentación que harás por la tarde. En lugar de concentrarte en mantener recto tu brazo izquierdo, calcularás exactamente en qué parte del green deseas que caiga la pelota. En lugar de poner conscientemente un pie delante del otro, pensarás más bien a dónde quieres ir.


Renuncia

El cuarto elemento de cada elección es la renuncia. Quizá te sorprenda, porque no estamos acostumbrados a enfocar la elección como la negación de algo, sino, por el contrario, como libertad de hacer algo. Pero ésta no es más que una cara de la moneda. La palabra decisión deriva del latín de-cidere, que quiere decir "separar cortando". Seleccionar una parte implica siempre dejar el resto.


¿Recuerdas cuando tu mamá te llevaba de niño a la heladería? Te preguntaba: «¿Qué sabor quieres?», y tras unos momentos de angustiosa indecisión, probablemente mencionabas, al mismo tiempo, dos o tres: «¡Chocolate, ...y vainilla, ...y fresa!». ¿Por qué te costaba tanto decidir? ¿Por qué en ciertos momentos las elecciones resultan tan difíciles? Porque al optar por el de chocolate, eliminabas el de pistache, el napolitano, el de coco, y las demás posibilidades que tanto prometían a tu paladar. Debido a nuestra capacidad limitada, cada elección supone una renuncia. Nos gustaría elegirlo todo... ¡todos los helados parecen tan sabrosos!

Del mismo modo, sólo tenemos una vida para vivirla y nuestras elecciones adquieren un peso especial debido a esa limitación. Tendremos que realizar nuestras elecciones con realismo y reflexión, considerando lo que implican. Si tuviésemos a disposición muchas vidas podríamos ensayar cualquier cosa. Al fin y al cabo tendríamos por delante nuevas posibilidades. Pero, como ya hemos dicho, sólo tenemos un cartucho en la vida, y más vale que lo aprovechemos bien a la primera.


El acto de elegir


Pero los cuatro elementos mencionados hasta ahora no son suficientes. Nos llevan solamente al borde de la decisión. El escenario está listo, cada cosa está en su lugar, pero falta un ingrediente indispensable: la elección en sí, el acto de elegir. Podría parecer evidente, pero aquí es donde está la esencia de la elección, cuando lo que podría ser se transforma en lo que es. Los otros cuatro componentes constituyen sólo las condiciones necesarias para que la elección sea posible.


Hay dos tipos de elección: elecciones intelectuales y elecciones vitales. No es lo mismo decidir una cosa que realizarla. Una cosa es el plan y otra es la ejecución, aunque ambas sean formas de elección. Como Shakespeare nos recuerda: «Si hacer fuera tan fácil como saber qué sería bueno hacer, las capillas serían catedrales, y las chozas de los pobres, palacios de príncipes». En otras palabras, la elección no es solamente un acto de la inteligencia, sino también un acto de la voluntad.


Basta ver a un niño de seis años en la piscina: decide que ha llegado el momento de tirarse del trampolín de tres metros, como hacen los chicos más grandes. Sube la escalerilla del trampolín tomando bocanadas de aire llenas de resolución; se acerca lentamente hasta la punta, echa un vistazo hacia abajo y le parece que el agua ¡está tan lejos...! que termina por bajar por la escalerilla con igual resolución. Otro ejemplo bien conocido es el de las dietas. Muchos se imponen un régimen estricto; calculan escrupulosamente el número de calorías de cada alimento y confeccionan un menú que compite en frugalidad con el de un asceta... pero sucumben miserablemente ante el primer ofrecimiento de chocolates envinados o de un trozo de pastel de queso con fresas. Nuestras decisiones manifiestan mejor su radicalidad en las situaciones difíciles.


En la actualidad se ha difundido el temor a elegir, la actitud del «no-comprometerse». Muchos carecen de la madurez básica necesaria para comprometerse en un proyecto, en un ideal, o con una persona, en especial cuando el compromiso es para toda la vida. ¿De dónde proviene esa actitud? De la visión del compromiso, es decir, del ejercicio de la libertad, como una limitación de la libertad personal: «En cuanto me comprometo, quedo obligado; elimino las demás posibilidades y me ato a las consecuencias de mi elección».


Cada elección es total, en el sentido de que el pasado es irrevocable: nunca podré volver atrás y repetir lo que hice o no hice. Con todo, encuentro mi felicidad y mi realización personal precisamente aquí: en ejercer responsablemente mi libertad, y no en llenar un gran depósito de libertad potencial que nunca usaré.


Un hombre rico que no gasta nunca su dinero por miedo a quedarse pobre, termina por vivir como un mendigo (que era precisamente lo que quería evitar). La mentalidad de no-comprometerse encierra una paradoja similar. La persona que teme comprometer su vida en una causa noble, en un ideal, con una persona, vive en realidad como quien no tiene libertad; por temor al compromiso, termina por perder su libertad.


En cada elección, especialmente en las más fundamentales, se acepta siempre un cierto riesgo. ¿Cómo te sentirás dentro de cinco años? ¿Cómo sabes que esto y aquello no cambiará? ¿Cómo puedes estar seguro de haber encontrado tu vocación? Este riesgo no hace más que ennoblecer y embellecer una promesa, pues supone un compromiso maduro y personal, que no depende de las circunstancias actuales o futuras. La fidelidad irá aquilatándose con el paso del tiempo, más aún si viene con dificultades.


Las cuatro grandes


Después de repasar los elementos de toda elección, podemos ahora considerar los tipos de decisiones que existen. Se pueden clasificar según su grado de «trascendencia». Trascender significa ir más allá del momento. Las elecciones trascendentes son las que afectan más profundamente nuestras vidas y las de los demás. Algunas influyen poco; otras lo hacen de modo radical y condicionan nuestras decisiones futuras.


El histórico día en que Julio César decidió cruzar el río Rubicón, tomó otras muchas decisiones que pronto fueron olvidadas. Cada día realizamos numerosas elecciones: algunas insignificantes y algunas que estremecen todos los rincones de nuestra existencia.

La trascendencia de una elección depende de su profundidad y permanencia. La profundidad se refiere al grado de implicación de una persona en su elección. La elección de mudarme a otro estado del país me afectará mucho más, sin duda, que la de pedir unas enchiladas suizas en lugar de unos huevos rancheros en un restaurante. En el primer caso mi vida y mi persona se verán más comprometidos.


La permanencia es el factor temporal de nuestras decisiones. Una elección cuyos efectos se pueden percibir por un tiempo prolongado es trascendente; otras, en cambio, son como estrellas fugaces, pues rápido se desvanecen. Tatuarse es una decisión más trascendente que maquillarse: el tatuaje quedará por muchos años; para eliminar el maquillaje bastará lavarse.

A decir verdad, muy pocas decisiones en la vida sacuden profundamente nuestra existencia. Vivimos la mayor parte de nuestros días sobre las consecuencias de las elecciones que hemos hecho. Además, no siempre reconocemos la trascendencia de nuestras decisiones al momento de tomarlas.


En cierto sentido, la decisión de la señora Jordan de regalar a su hijo Michael -el jugador estrella de los Bulls de Chicago- una pelota de baloncesto, en lugar de un charango o una subscripción al semanario sobre aves Bird Watchers´ Weekly, fue un momento histórico. El día en que Johann y María Beethoven decidieron inscribir a su hijo Ludwig en clases de piano, en lugar de enviarlo a aprender natación o estudiar arquitectura, fue un gran momento, tanto para Beethoven como para la música. A veces las consecuencias de nuestras decisiones emergen sólo con el tiempo.


Mientras que algunas decisiones adquieren un notable significado gracias al desarrollo de los acontecimientos, otras son importantes por su misma naturaleza. Éstas requieren mayor reflexión y ponderación. Valdrá la pena detenernos a considerar un momento las cuatro decisiones más importantes que la gente suele afrontar en su vida.



La elección de una carrera.


Muchas personas afrontan esta decisión. Ciertamente, entre las cuatro que vamos a examinar, ésta es la de menor trascendencia, y varía de individuo a individuo. Para algunos la carrera no es más que la forma más conveniente de poner pan sobre la mesa cada día y de mantener lleno el tanque de la gasolina. Un número cada vez mayor de personas cambia de profesión varias veces durante su vida, según las oportunidades que se vayan presentando.


Para otros, en especial para aquellos que han pasado años estudiando y preparándose, la decisión adquiere mayor significado. Un doctor, por ejemplo, invierte muchos años en prepararse. El motivo de dicha elección depende, a menudo, del deseo de realizar algo en la vida y contribuir de ese modo al bien de la sociedad.



Elegir una vocación


Otra decisión importante consiste en elegir una vocación. En este caso no nos estamos refiriendo al curso introductorio que se suele ofrecer a los aprendices en algunos trabajos, ni tampoco al curso de orientación para ingresar en una universidad. Por eso la vocación no forma parte del mismo apartado dedicado a la carrera, pues tiene sus características propias. Una vocación (del latín vocare, llamar) es una llamada, un sendero particular de servicio a Dios y a nuestro prójimo. La vocación marca el estilo de vida que Dios ha señalado para cada persona, la misión para la cual Él creó a cada uno. Los cristianos distinguen, tradicionalmente, tres tipos de vocación: 1) matrimonio, 2) celibato, 3) vida consagrada (dedicada exclusivamente a Dios), que incluye el sacerdocio, la vida religiosa y la consagración seglar.


Desafortunadamente, el término vocación ha sufrido muchas distorsiones en los últimos treinta años, y en la actualidad muchos jóvenes no piensan ni siquiera en preguntarse qué les pide Dios en sus vidas. Sin embargo, no puede minusvalorarse un tema tan serio. Si Dios me creó, Él sabe para qué me creó. Es verdad que me creó para que fuera feliz, pero, ¿quién conoce mejor lo que me hará feliz a la larga? ¿Él o yo? No es difícil perder de vista la verdad más elemental de nuestra vida: de dónde vengo, a dónde voy y cómo puedo llegar ahí.


Para un joven resulta importante considerar esta pregunta con objetividad y generosidad, ayudándose de la oración. ¿Me está llamando Dios a ser sacerdote, religioso, cónyuge o laico consagrado? No debería darse esto por supuesto con demasiada facilidad. Con frecuencia se responde a esta pregunta: «Sólo quiero ser normal, y hacer lo que la mayor parte de la gente hace». Pero quien piensa así olvida que no estamos hechos «en serie», como los automóviles o las computadoras. Dios me creó personalmente, me ama personalmente y espera que yo, personalmente, cumpla una misión. No me dio la vida sólo para que fuese «normal», o «uno del montón».



Elegir cónyuge


La mayor parte de las personas, al llegar a la madurez juvenil, afrontan la delicada elección de su pareja. No debe subestimarse la profundidad, la hermosura y la importancia de este paso en la vida, especialmente en una era en la que esta institución humana fundamental sufre violencia y distorsión.


Desconcierta la superficialidad con que muchas personas se acercan al matrimonio, si se tiene en cuenta la seriedad con que afrontan otras decisiones menos importantes. Piensa, por ejemplo, en la elección de un coche. Hay quienes pasan meses buscando marcas y modelos diferentes, consultando a expertos o propietarios de coches. Antes de cerrar el trato quieren estar seguros del consumo de gasolina, de las garantías, del sistema eléctrico, de la durabilidad de los neumáticos: todo ha de funcionar a la perfección. Un coche es una inversión y tiene que compensar el gasto.


La elección del cónyuge sobrepasa infinitamente cualquier compra. Se trata de encontrar un compañero para toda la vida, alguien con quien compartir las alegrías y tristezas, un amigo del todo especial. Los esposos se embarcan en una de las aventuras más grandes que ofrece la vida: formar una familia, célula de la sociedad.


Desafortunadamente, muchos se dejan guiar por criterios periféricos para decidir con quién casarse, reflejo de la concepción tan superficial que tienen del matrimonio. Pasan por alto las cuestiones más profundas y prestan más atención a aspectos frívolos y secundarios. El elemento más importante de compatibilidad entre un hombre y una mujer no está en que les guste jugar juntos a los naipes, o en que tengan alguna otra afición o pasatiempo en común; ni siquiera en el mutuo atractivo.

Aunque estos aspectos también tienen su lugar, el ingrediente primordial debe ser el coincidir en su visión de la vida, de la fe, de los ideales y objetivos para su futuro hogar. Cuando hay unidad en lo que es fundamental y esencial, podrán solucionarse con el diálogo otros aspectos menos importantes en los que no concuerdan. Pero si los ideales, las creencias y las aspiraciones no coinciden, no será de extrañar que surjan graves dificultades cuando la luna de miel ceda el paso a la realidad de vivir juntos.


La elección de vivir como cristianos


La cuarta elección vital que deben afrontar los creyentes es la decisión de ser o no ser cristianos. Hay que advertir que no se trata simplemente de llevar el título de «cristianos», como quien tiene un certificado colgado en la pared; ni siquiera de llevar el sello del bautismo en el alma (que es la puerta de entrada para formar parte de la Iglesia y el punto de partida de la vida cristiana): una carrera olímpica es mucho más que el disparo de salida. Se requiere un proceso, un ponerse en camino.


Decidirte a ser cristiano significa optar por seguir a Jesucristo, aceptar la salvación que Él te ofrece y comprometerte a vivir según sus enseñanzas. La fe y las obras se combinan para formar la esencia de la vida cristiana. Nuestra elección proviene de la convicción de que Jesucristo es el Hijo de Dios, que vino a la tierra, vivió y murió para salvarnos, y resucitó de entre los muertos como prueba de su victoria sobre la muerte. Pero también implica un determinado estilo de vida. El cristianismo no consiste sólo en una creencia intelectual separada de la vida práctica. Más bien, se presenta como un camino de vida según el ejemplo y las enseñanzas de Aquél que le dio nombre: Jesucristo.


Si pudiésemos preguntar a Cristo cuáles son las decisiones más importantes en la vida, ¿qué nos diría?


Para Cristo la opción más fundamental se reduce, en definitiva, a escoger entre la vida y la muerte. Como mencionamos en el primer capítulo, las palabras de Cristo son simples y claras: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? Pues ¿qué puede dar el hombre a cambio de su alma?» (Mt. 16, 26). Esta es la opción más importante que nos ofrece la vida: la senda que conduce a la vida eterna o el camino que lleva a la muerte eterna. No resulta fácil aceptar la disyuntiva, por su tono tan drástico. Pero son palabras de Cristo mismo. Las opciones que vamos realizando -grandes y pequeñas- forman parte de esa elección única y radical entre la vida y la muerte.


Cristo nos advierte que en el día del juicio final se trazará una clara línea para separar dos grupos de hombres: los que vivieron para los demás y los que vivieron para sí mismos. Hace la comparación con un pastor que separa las ovejas de los cabritos. Dice a los que están a su derecha (las ovejas): «Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme» (Mt. 25, 34-36). Ellos responden diciendo que nunca lo vieron en tales condiciones, pero Él les contesta: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt. 25, 40). El cristianismo toca el corazón de nuestra vida y repercute en todas nuestras decisiones. El cristiano es de verdad un hombre nuevo.


Desde luego, cuando uno decide vivir como cristiano no pone fin a la contienda. No basta una resolución de «una vez para siempre» para que todo quede resuelto. Esta decisión no nos libera automáticamente de las tentaciones o de las dificultades; más bien, nos ofrece una nueva orientación fundamental.


Opción fundamental


De todas las elecciones que hacemos hay una que fija los horizontes y el marco de toda nuestra vida. Todas las demás decisiones las tomamos en referencia a esta opción fundamental. Implícita o explícitamente, damos a nuestra vida una dirección básica, un significado completo.


La vida del hombre es una unidad. Un hilo conductor recorre en toda su extensión nuestras decisiones y acciones. Para cada persona existe un principio, una orientación profunda en la vida, un ideal vital que la persona aspira a realizar, y al que se subordinan todos los demás valores o proyectos. La opción fundamental de vida no es un acto particular que precede a otros. Es una actitud subyacente y una orientación primaria que está presente tácitamente en todas nuestras decisiones.


Utilizo intencionalmente la palabra opción, en lugar de elección, porque su significado es más amplio y profundo que el de una elección. No busca un objeto particular sino que abarca toda nuestra existencia. Esta opción determina el significado que cada uno confiere a su vida y la orientación que imprime a sus acciones.


Decir que es fundamental subraya el hecho de que afecta el núcleo y los cimientos más profundos de la existencia humana, la relación de una persona consigo misma y con Dios. Expresa el dilema entre dos posibilidades opuestas que, según santo Tomás de Aquino, se resumen en una elección a favor o en contra de Dios. Es la base de toda elección futura.

El hombre ha sido creado para alcanzar un fin último, y no sólo algunos «bienes» particulares. En cada acto nos realizamos, hacemos de nosotros la persona que somos. Elegimos nuestro fin eligiendo los medios. Si alguien dice: «Quiero esto y esto», pero sus acciones no se dirigen a ese fin, podemos deducir que en realidad no lo quiere o, por lo menos, que hay otra cosa que quiere más.


Nuestras elecciones configuran y desvelan nuestra identidad. Cada elección nos hace y, al mismo tiempo, muestra el tipo de personas que de verdad somos, manifiesta nuestra opción fundamental. Babe Ruth fue un gran jugador de béisbol que bateó muchos home-runs. O, mejor dicho, cada vez que lograba conectar un home-run, estaba haciendo de sí mismo un gran jugador de béisbol. Nunca lo clasificaríamos entre los grandes del béisbol si jamás hubiera hecho un hit. Del mismo modo, nuestras pequeñas decisiones son una expresión de la orientación de nuestra vida y, al mismo tiempo, determinan esa orientación.


Si optas por decir una mentira habrás optado no sólo por ese acto aislado, sino que también habrás optado por ser un mentiroso. No existen personas honestas que cometan actos deshonestos. Como dijo Cristo: «¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Así que por sus frutos los reconoceréis» (Mt. 7, 16-20). Nuestras acciones manifiestan lo que somos. Nuestro estilo de vida -la suma total de nuestras acciones- es la expresión exterior más clara de nuestra opción fundamental de vida.


Raramente se dan trasformaciones radicales de 180 grados en la vida. Por lo general cambiamos poco a poco, de forma imperceptible. Judas Iscariote no nació traidor, ni Teresa de Jesús nació santa. Una persona generosa puede volverse menos generosa gradual y sutilmente. Un individuo egoísta puede mejorar si elige actuar cada vez con más generosidad y bondad en las incontables oportunidades que le ofrece la vida. En cada acto libre nuestra opción fundamental puede ser ratificada, modificada o, incluso, invertida.


Decisiones firmes


Hemos hablado de las decisiones, de sus componentes y de las decisiones importantes que afrontamos en la vida. Pero aún resta el aspecto más práctico: ¿Cómo puedo tomar buenas decisiones? ¿Cómo puedo alcanzar el nivel de madurez en el que podré ser libre de verdad, capaz de comprometerme sin temor y de mantener mis compromisos con serenidad y alegría? Vamos a considerar cinco principios básicos que nos pueden ayudar como guía para tomar decisiones maduras y prudentes.


1. Saber qué es lo que se quiere. Si todavía no estás seguro de lo que quieres en la vida, si no has alcanzado aún la etapa en que puedes decir: «Éste es el verdadero significado de la vida», con dificultad podrás tomar otras decisiones. No podrás saber si una decisión concreta te lleva más cerca o más lejos de tu meta si no has establecido primero cuál es esa meta. Hay que empezar por lo primero. Para tomar decisiones hace falta tener unos principios. Ya lo decía Chesterton: «La clave para solucionar cualquier problema es tener un principio, así como la clave para poder leer una cifra es tener un punto. Cuando un hombre conoce sus propios principios, entonces puede actuar».


Hay muchos que dan por sentados sus principios y se sumergen en mil actividades sin pensar en su significado. Corren el peligro de desperdiciar los mejores años de la vida apoyando sus esfuerzos en ilusiones, emociones e impresiones, en lugar de fundarlos en valores y objetivos duraderos. Vale la pena invertir el tiempo y las energías que sean necesarios en descubrir el significado de la vida. Es lo más importante que hemos de averiguar.


2. Fundamentar las decisiones en lo perdurable, y no en las impresiones o sentimientos del momento. El doctor Spencer Johnson, en su best-seller «"Sí" o "No": guía para mejorar las decisiones» ofrece este simple secreto para acertar en las decisiones: «Para descubrir lo verdaderamente necesario me pregunto: ¿Qué me gustaría haber hecho?» Se suele decir que las cosas se ven mejor en retrospectiva, una vez que ya ocurrieron. Cuando miramos hacia atrás, percibimos con mayor facilidad si hemos tomado una buena decisión o no. Podemos, entonces, aplicar el siguiente experimento a nuestra opción fundamental: proyectarnos en el futuro hasta el final de nuestra vida y desde allí, desde ese lugar estratégico, volver la mirada para contemplar nuestro paso por la tierra con mayor claridad y objetividad. ¿Qué nos muestra esta visión «retrospectiva»?


Muchas cosas, que en su momento parecían importantes, asumirán un valor relativo -o incluso insignificante- a la luz de la eternidad. Otros aspectos, que hoy pueden parecernos poco interesantes, se transformarán en elementos esenciales y de la máxima importancia para nuestra vida. Los bienes materiales, la fama, los logros personales y el poder sobre los demás se convertirán, sin duda, en poca cosa. Los gestos de bondad, de generosidad y de amor brillarán de improviso con un resplandor nuevo. Al final de nuestra breve estancia en la tierra, cuando nos encontremos ante el umbral de nuestro paso a la eternidad, ¿qué nos gustaría haber hecho? Nuestra mayor consolación será «haber vivido una vida bien vivida».


3. Reflexionar antes de elegir. La deliberación debe ser proporcional a la trascendencia de la decisión. Algunos se lanzan de forma impulsiva y toman compromisos que más tarde querrán rechazar. Otros se dejan llevar por sus sentimientos en lugar de razonar. Y hay también algunos indecisos a quienes les cuesta mucho tomar incluso una pequeña decisión. No temamos elegir, comprometernos con un ideal o con un modo de vivir. Nunca tendremos una certeza completa. Tenemos que aprender a ser prudentes en la decisión, pero enérgicos y diligentes en la ejecución.


Esta reflexión a menudo supone consultar a otros. Conviene, sobre todo, preguntar a personas prudentes, cuyas vidas sean testimonio de la solidez de sus propios principios y decisiones. Quien cuenta con un amigo que puede ayudarle a discernir el sendero justo en medio de la duda y de la indecisión posee un auténtico tesoro.


4. Renovar cada día las «decisiones clave». Nunca permitas que tus decisiones vitales se vuelvan una rutina ni las des por descontado. Estas decisiones tocan lo más profundo de tu alma y comprometen toda tu persona. A veces atropellamos con excesiva superficialidad nuestras convicciones más profundas; otras veces las dejamos oxidar por el «desuso». Deberíamos, en cambio, renovarlas cada día, ratificarlas con plena libertad, devolverles su primera lozanía, especialmente cuando la fidelidad a ellas nos exija mayores sacrificios.


Renueva tu ideal. Mantenlo siempre presente y no lo pierdas nunca de vista. Renueva el amor a tu vocación, ese único sendero y estado de vida que Dios eligió para ti con un amor infinito y personal. Renueva tu amor a Dios, tu amor a la persona de Jesucristo. Y manifiesta este amor comprometiéndote a seguirlo «en las buenas y en las malas», en una obediencia plena y fiel a su voluntad, a su Iglesia, a sus mandamientos, y de modo particular al mandamiento del amor.

Estas opciones son el verdadero cimiento de tu vida, las que dan sentido y significado a tu trabajo, a tus esfuerzos, a tus sudores y lágrimas.


«Renovar» no significa «cuestionar» los compromisos que has adquirido, o «replantear» tus decisiones una y otra vez. Renovar es hacer nueva una cosa, revitalizarla, darle frescura e ilusión. Renovar es lo contrario de caer en la rutina, ese cáncer del alma que reseca la vida, dejándola marchita y seca, como una flor sin perfume ni belleza. Renovar es la vitalidad del comenzar de nuevo.


5.Mantener la mirada fija en la meta. Quien compite en una carrera no se limita a correr mucho y rápido, o a mantener un paso constante para no agotarse; sino que se dirige hacia un destino muy preciso. Si corres mucho y rápido, pero en la dirección equivocada, o haciendo un rodeo por donde no debías, no sólo no ganarás, sino que ni siquiera lograrás mantenerte dentro de la competencia. Para tomar buenas decisiones, primero hay que saber a dónde se quiere ir y qué es lo que se está buscando.


Aunque sea perogrullada, hay que decirlo: si no sabemos a dónde vamos, es seguro que no llegaremos a ninguna parte. Cuando uno sale de viaje con toda la familia, normalmente no llena el coche de equipaje, acomoda a sus hijos y a su esposa, y sale a toda velocidad por la carretera... sin haber antes decidido a dónde va y cómo piensa llegar. Es cierto que a veces salimos sólo a dar un paseo, sin ningún destino preciso en la cabeza. Pero todas las carreteras llevan a alguna parte. Eventualmente llegaremos a un lugar, y posiblemente no sea del tipo que nos gustaría visitar. Un modo más inteligente de actuar es fijar primero un destino y después salir a tomar el camino que lleve hasta ahí.


Saber a dónde voy es, ciertamente, resolver más de la mitad del problema. Sin embargo, esto no tiene ningún valor si no lo utilizo para llegar efectivamente a ese lugar. Saber cómo llegar implica utilizar los medios apropiados para conseguir el objetivo. Hay muchas autopistas muy placenteras en el mundo, pero sólo una determinada combinación me llevará a donde quiero ir. La costera de Manzanillo a Puerto Vallarta, en México, es muy hermosa, pero de poco me servirá si tengo que volver de Manzanillo a Guadalajara.


Con estos principios en mente, podemos ahora enfocar los valores que más nos afectan como personas. De todas las decisiones que tomamos en la vida, las decisiones morales o éticas son las que tienen una mayor importancia. Ellas se rigen por nuestros valores más profundos y determinan el tipo de personas que seremos. A ellas les dedicaremos el siguiente capítulo.


Capítulo 5: El valor moral


Hitler dijo que era un invento de los judíos. Sigmund Freud la redujo al «super-ego» inconsciente, y los seguidores del análisis transaccional la explican como una interiorización de la figura del padre en la persona. Para ser algo que supuestamente no existe, la conciencia atrae ciertamente más atención de la que merecería. La mayor parte de nosotros cree que la existencia de la conciencia es un hecho inequívoco. Su evidencia crece día a día por nuestra experiencia personal, y es una realidad tan obvia como nuestra mente, nuestro corazón, nuestros dientes y nuestras uñas.


La lucha contra la propia conciencia -precisamente porque es inseparable de la experiencia humana- es uno de los temas perennemente favoritos de la literatura. Obras como Telltale Heart, de Poe; Scarlet Letter, de Hawthorne; Macbeth de Shakespeare; y Crimen y Castigo, de Dostoievski apuntan al corazón de nuestra existencia y dramatizan experiencias morales que todos hemos vivido de primera mano.


Dentro de la serie innumerable de opciones que tomamos en la vida, nuestras decisiones morales son, seguramente, las más sobresalientes. Nuestras decisiones de conciencia constituyen los momentos de mayor grandeza en nuestra vida. Quizá a esto se debe la inmortalidad de las obras literarias que he citado, las cuales siguen despertando una fascinación particular en las nuevas generaciones.


A pesar de nuestra familiaridad con la conciencia, sigue siendo una noción confusa que nos cuesta indicar con el dedo. ¿En qué pensamos cuando escuchamos la palabra «conciencia»?


Quizá la imaginación se adelanta y pone frente a nuestros ojos dos figuritas, prendidas de cada uno de nuestros hombros; una toda vestida de satín blanco, con alas doradas y una aureola resplandeciente; la otra armada con tridente, cuernos, vestida de rojo y con una malévola expresión en el rostro. O, tal vez, la palabra «conciencia» trae a la memoria la imagen de Pepe Grillito, el amigo de Pinocho, exhortando a la traviesa marioneta a «dejarse guiar por su conciencia». En cierta ocasión pregunté a una clase de niños de educación básica, qué es la conciencia. Uno me contestó: «es una campanita que empieza a tocar cuando hacemos algo que no debemos».


Estos ejemplos nos dicen algo acerca de la conciencia, pero no nos dan una imagen completa.


El Bien y el Mal

Antes de analizar la conciencia, tenemos que echar un vistazo al bien y al mal. En 1980, cuando estudiaba en la Universidad de Michigan, a uno de mis compañeros en el curso de psicología le costaba mucho aceptar un modo particular de conducta defendido por el profesor. Levantó la mano y preguntó: «Pero ¿es correcto?» Después de un momento de silencio el profesor respondió: «Prefiero no emplear los términos ´correcto´ y ´equivocado´; para mí, todo se describe mejor utilizando los términos ´práctico´ o ´impráctico´». Mi compañero aceptó la respuesta, aunque se veía en su cara un notable desconcierto por la idea de reducir toda la moralidad a un asunto de mero pragmatismo.



Nuestra experiencia de la obligación moral es completamente única, substancialmente diferente de cualquier otra experiencia humana. La encontramos en la esencia de nuestra identidad como personas humanas libres y responsables. En su libro El problema del dolor, C.S. Lewis expresa estupendamente la singularidad de este fenómeno: «Todas los seres humanos que la historia conozca han admitido algún tipo de moralidad; es decir, han experimentado ante determinadas acciones esa "sensación" que puede expresarse con las palabras "debo" y "no debo". Estas experiencias... no se pueden deducir lógicamente del entorno ni de la experiencia física del hombre que las vive. Se podrán barajar todo lo que se quiera frases como "yo quiero", "me veo forzado", "convendría estar bien asesorado", y "no me atrevo", pero jamás se extraerán de ellas ni una pizca de un "debo" y un "no debo". Los intentos por reducir la experiencia moral a cualquier otra cosa nunca dejan de presuponer precisamente lo que intentan probar».


Es importante reconocer la existencia del bien y del mal objetivos para apreciar el valor de la conciencia. La conciencia dirige nuestras acciones hacia el bien, hacia algo que existe realmente y nos atrae. Nuestra alma posee una tendencia espontánea que le urge, con la fuerza de un mandato, a hacer el bien y evitar el mal. Esta tendencia, como la llama Newman, es «la voz de Dios en el alma». Esta inclinación interior tan irresistible no nos la enseñó nadie, ni la asimilamos de nuestra cultura, ni es una decisión que tomamos por cuenta nuestra. Es una característica común de todos los seres humanos.


«El bien» no se identifica simplemente con lo que me atrae o que me resulta agradable o útil. Algo es bueno cuando es lo que debería ser, y algo es ´bueno para mí´ cuando me ayuda a ser lo que debo ser. La «bondad» es la perfección de la naturaleza y la plenitud de la existencia. Una «buena comida» es una comida que cumple lo que debe cumplir: deleitar el paladar y alimentar. Una comida a base de pastelillos y batido de fresa no es una buena comida, aunque pueda agradar a algunos paladares, porque le falta una cualidad esencial: la de alimentar. Un partido de fútbol es bueno cuando reúne todos los elementos que debe reunir: competitividad, destreza atlética, jugadas limpias y emoción.


Y ¿qué podemos decir de una persona buena? Si alguien nos dice que Martha es una buena persona, todavía no podemos deducir si se trata de una extraordinaria gimnasta, de una chica inteligente o alucinantemente hermosa. Lo único que sabemos es que ha de ser una persona desinteresada, honesta, leal, generosa y amable. En otras palabras, sabemos que es una persona moralmente buena, según unos parámetros objetivos de bondad.


Sin importar la abundancia (o escasez) de otras cualidades y talentos, la bondad moral es siempre el peso que se pone en la balanza cuando se trata de calificar a una persona como buena o mala. Por ejemplo ¿cuál podría ser «la libreta de calificaciones» de Adolfo Hitler en valores humanos? Tal vez sería algo así:


HITLER, Adolf

Valentía 9.5 Astucia 9.8 Inteligencia 9.9

Fuerza de voluntad 10.0

Valor moral 0.0

Valor como persona

0.0

A pesar de las elevadas notas de Hitler en algunos sectores, su calificación final como persona refleja su vida moral. El valor moral se sobrepone a los demás valores. Cuando actuamos bien ratificamos la verdad de nuestro ser, pues somos imagen y semejanza de Dios, la Bondad por excelencia. Por otro lado, cuando obramos mal, negamos esta verdad, incurrimos en una falsedad moral. La conciencia es la voz de la verdad, y hace cuanto de ella depende para preservarnos de vivir en la mentira. El remordimiento de conciencia funciona a modo de alarma que se activa cuando algún acto cometido no ha sido coherente con la verdad de nuestro ser.

El verdadero tú


La persona humana posee diversas facultades corporales y espirituales. Así, por ejemplo, gracias a su inteligencia puede distinguir entre lo verdadero y lo falso. También es capaz de percibir y discernir sensaciones, sonidos, visiones y olores -caliente o frío, grito o murmullo, claro u oscuro, dulce o salado- gracias a sus sentidos externos. La conciencia es la facultad que le permite distinguir entre el bien y el mal.


Santo Tomás de Aquino definió la conciencia como «el juicio práctico de nuestra razón que decide sobre la bondad o la maldad de nuestros actos humanos». Es como un «vigía siempre en vela» para detectar la verdad moral; es la facultad que nos dice lo que debe hacerse y lo que debe evitarse en un momento u otro; es como una voz interior que nos dice: «¡Haz esto...! ¡No hagas aquello...!».


Las nociones populares sobre la conciencia nos dicen algo acerca de su naturaleza, pero casi todas ellas tienen un defecto común, que es el de situarla fuera de nosotros mismos, como una especie de policía que está sentado esperando la ocasión para acusarnos cuando violamos la ley moral. En realidad, la conciencia no es una ley fría, arbitraria y externa, sino una ley razonable, que está escrita en nuestros corazones; de hecho, es nuestra propia razón, pero en su papel de juzgar el valor de nuestras acciones.


Tú eres tu propia conciencia. Tu «verdadero yo», tu «yo profundo, espiritual y trascendente», él es tu conciencia. Todos experimentamos en nuestro interior tendencias opuestas, dada nuestra naturaleza caída. Nuestro espíritu quiere volar alto, mientras que nuestras pasiones e instintos (lo que algunos llaman «la carne») quieren arrastrarnos hacia abajo. San Pablo describió esta lucha interior entre la carne y el espíritu en su carta a los romanos: «Realmente mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la Ley en que es buena; en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí. Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí. Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta. Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros» (Rm. 7, 15-23).


Es claro que Pablo se identifica con su ser espiritual interior; ése es el verdadero Pablo. Es la misma expresión que utiliza el salmista cuando dice: « Bendigo a Yahveh que me aconseja; aun de noche mi ser interior me instruye» (Sal. 16:7). La imagen que tenemos de la conciencia depende de la imagen que tenemos de nosotros mismos. Si reconocemos en nosotros dos tendencias opuestas, no nos queda más remedio que tomar partido. Tenemos que decidir cuál de las dos será nuestro «verdadero yo».


Si me identifico con mis pasiones y tendencias instintivas, si las considero mi verdadero yo, entonces me parecerá que la conciencia y la razón son una camisa de fuerza de la que debo librarme. Éste es el punto de vista freudiano, perpetuado en el psicoanálisis clásico y en los movimientos que glorifican lo primitivo y lo instintivo. La teoría de la educación de Jean Jacques Rousseau se basa también en esta visión del hombre. Para Rousseau, cuanto más primario e instintivo, tanto mejor. Deshagámonos de la razón y dejemos que broten los sentimientos más silvestres. Bajo esta perspectiva, la conciencia se convierte en un tabú, un «super-ego», una personificación de normas sociales que hemos de vencer.


Si, por otro lado, me identifico con mi espíritu, que anhela la verdad y el bien, entonces encauzaré y aprovecharé la fuerza de mis pasiones en lugar de someterme servilmente a su tiranía. Ningún caballo se siente cómodo con un freno en el hocico, como tampoco nuestra carne se siente a gusto cuando la sujetamos a nuestra voluntad. Todo depende, por tanto, de que decidamos ser caballo o jinete.


El cristianismo nos llama a convertirnos en hombres «nuevos», a identificarnos con el espíritu y las obras del espíritu. «El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha» (Jn. 6, 63). Cuando obedecemos a la carne y actuamos contra nuestra conciencia, actuamos contra nosotros mismos. Cuando obedecemos a nuestra conciencia, respondemos a nuestras aspiraciones más profundas, las cuales nos llevan a la satisfacción y a la felicidad.


Enfoque moral


Aunque la conciencia forme parte de nuestro verdadero ser interior, esto no quiere decir que sea puramente subjetiva. Ella juzga de acuerdo con una determinada norma o principio, y esta norma es la verdad moral objetiva. La conciencia es personal, pero objetiva. Es tan personal como la vista de cada uno. Todos podemos ver una misma cosa, pero cada uno lo hace con su propia vista. Diez personas con buena vista reconocerán que la bandera de México es tricolor (verde, blanca y roja), y que tiene como escudo en el centro un águila devorando una serpiente. Si una de ellas dijese que la bandera de México es azul con estampados amarillos en forma de triángulo, podríamos deducir inmediatamente que le haría bien una visita al oculista. Algo parecido ocurre con la verdad moral: podemos verla gracias a nuestra «vista moral», que llamamos conciencia.


Para que la conciencia emita juicios certeros, es indispensable que se encuentre sana; de otro modo percibirá la realidad deformada y pronunciará sentencias equivocadas. Cristo lo dejó muy claro cuando comparó la conciencia con los ojos: «La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si está enfermo, también tu cuerpo estará a oscuras» (Lc. 11, 34).


Si alguien tiene la córnea de sus ojos deformada, verá las cosas más grandes y delgadas de lo que son. Si no lo operan o le colocan unos lentes, jamás podrá apreciar correctamente la distancia, la profundidad ni la forma de las cosas. Algunos expertos creen, por ejemplo, que las figuras alargadas de los cuadros de El Greco se deben más a una disfunción visual que a una técnica revolucionaria. Lo mismo puede pasar con nuestra conciencia. Si se deforma, juzgará nuestras acciones de forma distorsionada: lo que está mal le parecerá o «sentirá» que está bien, y verá maldades donde no hay más que bondad.


En la actualidad se glorifica, a menudo, la conciencia como si fuera una guía de conducta infalible, único e indiscutible punto de referencia para el bien y el mal. «Es un asunto personal entre mi conciencia y yo». «Usted siga su conciencia; yo seguiré la mía». «Si su conciencia está de acuerdo, entonces está bien».


Esta actitud brota del subjetivismo moral, el cual sostiene que todo depende del punto de vista de cada uno, y que no hay una moral absoluta. Lo que está bien para una persona no tiene nada que ver con lo que está bien o mal para otra. Apoyándonos en este subjetivismo, podemos sentir la inclinación a justificar moralmente todo lo que nos plazca, siempre y cuando se acomode a nuestra conciencia subjetiva.


Este subjetivismo conduce a una especie de «moral de cafetería», donde cada uno escoge las doctrinas, los dogmas, las normas y las enseñanzas que le gustan o que coinciden con su estilo de vida. Pero ya san Pablo, que se esforzó con todas sus fuerzas por obrar el bien, señaló que la conciencia no es el juez supremo, pues también ella se puede equivocar: «Cierto que mi conciencia nada me reprocha; mas no por eso quedo justificado. Mi juez es el Señor» (1 Co. 4, 4).

Ninguno de nosotros tiene la última palabra sobre el valor moral. Si nuestra conciencia puede discernir entre el bien y el mal es porque ha sido «calibrada» de antemano según el orden objetivo de la verdad moral. Cuando un hombre inventa algo, él pone las reglas. El bien y el mal, en cambio, no son fabricación humana. Asesinar voluntaria e injustamente a una persona es siempre moralmente malo; aquí no cabe más que sujetarse a esta norma, y no querer sujetar la norma a las propias opiniones.


Si somos honestos, hemos de reconocer que en el fondo de nuestra conciencia existe una ley que no ha sido escrita por nosotros, y a la cual nos sentimos obligados a obedecer. Podemos obrar el bien o el mal, pero no podemos decidir por nosotros mismos que algo sea bueno o malo. Podemos «decidir», por ejemplo, no respirar más oxígeno, pero al cabo de un minuto, más o menos, nuestro cuerpo nos recordará que no le hemos consultado antes de tomar esta decisión. Podemos «decidir» que el cianuro sea saludable pero si ingerimos una pequeña cantidad estamos comprando un boleto «sólo de ida» al cementerio. Algunas cosas son como son a pesar de nuestras opiniones o de nuestros deseos personales.


Al mismo tiempo, el bien y el mal no son arbitrarios, sino razonables. No son simplemente los antojos de algún legislador caprichoso. La justicia, por ejemplo, es buena -realmente buena. No es una noción inspirada en la fantasía de Dios cuando se sentó en cierta ocasión a escribir los Diez Mandamientos. Es buena porque es buena. Dios no exige la honradez, la justicia, la templanza y la religión porque siente que son buenas, sino porque son realmente «buenas» para nosotros. Lo moralmente bueno es precisamente tal en virtud de que es «bueno para nosotros». En efecto, cuanto más examinamos la bondad, más atractiva y prometedora la encontramos en todos sentidos.

Volviendo al ejemplo de nuestro barco, nuestra conciencia nos guía de forma muy parecida a como hace la brújula que mantiene el barco en la ruta. La brújula señala hacia el norte. Gracias a ella podemos saber qué dirección lleva el barco y rectificar el curso de la nave de acuerdo con la ruta que nos habíamos fijado. Si la brújula es veraz, todo lo que tiene que hacer el timonel es seguir la aguja que apunta hacia el norte, con la seguridad de que el barco va hacia el norte. Pero la brújula puede fallar e indicar un norte falso, que bien puede ser el sudeste. Así, en lugar de llegar a Groenlandia, tal vez el barco atraque en Cuba. Esto quiere decir que el piloto estaba «subjetivamente» en lo correcto, pues no hizo más que obedecer a la brújula; sin embargo, «objetivamente» estaba equivocado, pues la brújula le sacó de la ruta que él quería seguir.


Más que un sentimiento


El juicio de la conciencia es una actividad intelectual. Es un acto de la razón, no un sentimiento. Solemos sentir satisfacción cuando hemos actuado bien; y experimentar remordimiento cuando hemos obrado mal, pero la conciencia en sí no es un sentimiento. Muchas actividades producen sentimientos, pero las actividades de por sí no son sentimientos. Podemos «sentirnos bien» jugando béisbol o yendo a una fiesta de cumpleaños, pero ni el béisbol ni las fiestas son sentimientos. No nos sentimos muy bien en el sillón del dentista, pero tampoco el sillón del dentista es un sentimiento. Un sentimiento es el resultado de otra cosa, un efecto. Los sentimientos frecuentemente acompañan la actividad de la conciencia, pero la conciencia no es un sentimiento.


Los juicios de la conciencia no son destellos aislados de una reflexión moral, sino conclusiones razonadas. Cuando te sientes mal después de haber mentido para salir de una situación difícil, es porque tu conciencia está juzgando tu acción y, a la luz de los principios objetivos, te dice que has obrado mal: «Debes decir siempre la verdad. Mentir es malo. Has actuado mal». En realidad este proceso es casi siempre instantáneo y los juicios morales se vuelven un hábito, pero siguen siendo juicios racionales. No es que sólo sientas que has obrado mal, sino que lo sabes.


Esta importante distinción puede salvarnos de caer en algunos errores comunes ligados a los sentimientos y a la moralidad. Algunas veces podríamos pensar que, puesto que no nos sentimos mal después de determinadas acciones, éstas no son malas, aunque sepamos que violan principios básicos de una conducta recta.


Esto es particularmente común cuando hemos formado el hábito de obrar mal. Después de repetir una mala acción varias veces, terminamos por no sentir que es algo malo; la conciencia ya no nos reprende por nuestra conducta. Podemos, incluso, experimentar un sentimiento de poder y de satisfacción, por ejemplo, después de vengarnos de un enemigo. Pero esto no disminuye nuestra responsabilidad, ni cambia la cualidad moral de nuestras acciones. Más bien indica que nuestra conciencia se ha deformado. Algunas veces pasa lo contrario y nos sentimos culpables aunque no hayamos hecho nada malo (es el caso de la conciencia escrupulosa). Pero éste también es un error.


El papel de la conciencia


Pero, ¿acaso se reduce la conciencia a avisarnos que hemos obrado mal? En realidad, esa es sólo una parte de la actividad de nuestra conciencia. De hecho, ella actúa en tres momentos distintos: 1) antes de decidirnos a actuar, 2) mientras actuamos, y 3) después de haber actuado. Antes de decidirnos a actuar, la conciencia nos ilumina y aconseja. Nos revela la cualidad moral de la acción que estamos pensando realizar y, en consecuencia, ordena, prohíbe o permite, según sea la acción buena o mala. Mientras actuamos, nuestra conciencia atestigua que la acción es moral o inmoral, buena o mala. Finalmente, después de haber actuado, la conciencia juzga lo que hemos hecho y emite un juicio de alabanza o de condena por el acto cometido.


Se podría comparar la conciencia con el dolor físico. A nadie le gusta sentir dolor y, sin embargo, tiene una función muy importante. El dolor nos anuncia que algo no anda bien en nuestro organismo. Supón que te has fracturado una pierna, pero no sientes ningún dolor. Tal vez seguirías trabajando o jugando, aunque la lesión se hiciese más grave; tal vez el hueso soldaría por sí solo, pero en una posición incorrecta. Del mismo modo, la conciencia nos indica que se ha producido un daño en nuestra vida de forma que podamos repararlo.


El papel de la conciencia, sin embargo, no se limita a descubrir lo malo, sino que nos alienta, y esto es más importante, a obrar el bien, a buscar la perfección en todo lo que hacemos. Cuando se presenta la oportunidad de ayudar a una persona mayor a llevar la bolsa de compras a su coche, o de lavar los platos en la cocina, nuestra conciencia nos estimula a actuar de forma positiva.


Calibrando con precisión


Cuando la conciencia es sana no anda con ambages: «al pan, pan y al vino, vino»; reconoce y llama bien al bien y mal al mal, sin confundirlos. Pero, por diversos motivos, nuestra conciencia puede desajustarse, como ocurre con las básculas que no señalan el peso correcto. Tal vez la mayor parte de nosotros no se inquietaría demasiado al subir a un báscula que marca menos de lo que debería. Más aún, quizá nos halagaría descubrir que la aguja se detiene en los 70 kg., en lugar de ir hasta los 85 kg. que pesamos en realidad. Sin embargo, quien desea conocer la verdad sabe que no puede engañarse utilizando básculas defectuosas.


Para ayudarnos a distinguir entre una conciencia bien calibrada y una que está desajustada, podemos emplear tres adjetivos que describen los grados de sensibilidad de la conciencia: escrupulosa, laxa y bien formada.


1. Escrupulosa: Una conciencia escrupulosa es una conciencia enferma. Es como una báscula que marca más de lo debido: todo le parece peor de lo que es. Descubre pecados donde no los hay y ve pecados graves donde hay sólo alguna imperfección. La persona escrupulosa es tímida y aprensiva; cree que «sentir» equivale a «consentir» y, por lo mismo, confunde la tentación con el pecado. Vivir con una conciencia escrupulosa es como conducir un auto con el freno de mano puesto: en continuo estado de fricción, tensión y estrés.


La conciencia escrupulosa es un síntoma de la falta de confianza en la bondad y en el amor de Dios. El mejor tratamiento para esta enfermedad moral es formar nuestra conciencia correctamente, de acuerdo con las normas objetivas, y hacerse aconsejar por alguien de probada rectitud de juicio.


2. Laxa: Si la conciencia escrupulosa peca por exceso, la conciencia laxa peca por defecto. Se asemeja a una báscula que marca menos de lo debido. La persona con conciencia laxa decide, sin fundamentos suficientes, que una acción es lícita, o que una falta grave no es tan seria. Ve virtudes donde hay pecados y acepta como bueno lo que es una clara desviación de la ley moral.

La persona laxa tiene como lema: «Errar es humano»; vive convencida de que es demasiado débil para resistirse al pecado, y tiende a quitarle toda importancia. No se preocupa ni hace esfuerzo alguno por investigar si lo que va a hacer es malo; se excusa en un «todo mundo lo hace, por lo que no debe de ser tan malo». Este tipo de persona tiende también a infravalorar la responsabilidad de sus acciones. Una conciencia laxa es como un resorte vencido. A fuerza de repetir actos contrarios a lo que exige su conciencia, la persona laxa pierde toda tensión espiritual; su conciencia ya no le reclama. Normalmente empieza por cosas pequeñas, pues cree que «carecen de importancia»; no advierte que ese camino desemboca en el abismo. Como señaló Chesterton: «Un hombre que jamás ha tenido un cargo de conciencia está en serio peligro de no tener una conciencia que cargar».


3. Bien formada: La conciencia bien formada se localiza entre estos dos extremos. Una conciencia bien formada es delicada: se fija en los detalles, como un pintor de pincel fino que no se contenta con figuras y formas más o menos burdas, sino que insiste en la perfección, incluso en los aspectos más pequeños.


La persona que tiene su conciencia bien formada sabe que se encuentra delante de Dios en cada instante; no se deja llevar por sofismas ni pretende huir de la verdad. Aún más, la conciencia bien formada no se limita a percibir el mal, sino que impulsa a buscar activamente el bien y la perfección en todo.


Obligación moral


Como hemos visto, la conciencia es mucho más que un grillito cantor con sombrero de copa. Ella entra en acción constantemente a medida que trazamos la ruta de nuestra vida como seres libres. Para vivir moralmente, es necesario aceptar dos obligaciones en relación con nuestra conciencia: formarla y obedecerla. Para ser hombres de bien es preciso tomar una resolución firme de actuar según las reglas objetivas que nos muestra la razón. Sin embargo, nuestra conciencia no es infalible; requiere educación. De ahí nuestro deber de formarla.


Obedecer a la conciencia


A menudo es difícil obedecer a la conciencia. Thomas More, Canciller de Inglaterra en el s. XVI, fue decapitado por su buen amigo, el rey Enrique VIII, por haberse negado a reconocer a Enrique como cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Fue un problema de conciencia. Pero ordinariamente las dificultades surgen de nuestro interior: las pasiones, la soberbia y el egoísmo tiran de nosotros en dirección opuesta a la que debemos seguir.


Un obstáculo particular de nuestra época es la tendencia al racionalismo. Cuando no alcanzamos a comprender el por qué de una norma u obligación, rehusamos obedecerla. Esto contrasta curiosamente con la experiencia diaria de la vida, en la que aceptamos sin mayor dificultad un sinnúmero de leyes y fenómenos que no comprendemos plenamente. Pocas personas podrían dar una explicación científica seria del magnetismo, de la electricidad o de la gravitación de los cuerpos; los demás nos conformamos con admitir que son una realidad y que «funcionan». Cada vez que enciendo la luz de mi habitación, entro en contacto con un fenómeno «misterioso», del cual ignoro más de lo que sé. Tal vez deberíamos ser más consecuentes en el campo moral y admitir que, aunque las proposiciones éticas son de suyo razonables, no siempre seré capaz de descubrir sus «porqués» con mi entendimiento, especialmente si no soy perito en la materia. Esto no elimina mi responsabilidad, la cual brota de un principio general que comprendo en sí o de la libre aceptación de una autoridad que me comprometo a obedecer.


Formar una conciencia recta


Nuestra conciencia no es infalible y, de hecho, se equivoca. Algunas veces se debe a una formación deficiente. Es posible, por ejemplo, que un niño crezca con un sentido equivocado de lo que significan algunos valores de notable importancia moral, como el perdón de nuestros enemigos, la honradez, la pureza y la obediencia a la autoridad legítima. También ocurre que personas dotadas de valores sanos se equivocan al afrontar circunstancias nuevas o imprevistas. La conciencia es un juicio humano e imperfecto, que requiere educación y, a veces, corrección.


Toda persona debería al menos conocer suficientemente las obligaciones morales de su propio estado y profesión: un médico debería conocer la ética médica; una pareja casada, sus deberes mutuos y para con sus hijos; un hombre de negocios, sus obligaciones para con sus empleados, así como los principios de la justicia y de la caridad. ¿Cómo imaginar a un cristiano que ignora los Diez Mandamientos y la enseñanza moral básica de Cristo y de su Iglesia? Estas obligaciones morales son los principios objetivos, los puntos de referencia para nuestra conciencia.


Cuestión Perspectiva


Nuestra conciencia, lo hemos dicho, decide el tipo de persona que somos y que seremos; ella abre o cierra las compuertas de nuestra fecundidad y felicidad personal. Nuestra conciencia es mucho más que un apéndice de nuestra vida, especialmente para los cristianos. Como señala el Papa Juan Pablo II en su encíclica El esplendor de la verdad: «La conciencia moral no encierra al hombre en una soledad infranqueable e impenetrable, sino que lo abre a la llamada, a la voz de Dios. En esto y no en otra cosa reside todo el misterio y dignidad de la conciencia moral: en ser el lugar, el espacio santo donde Dios habla al hombre».


Nuestra postura ante la conciencia refleja muchas veces nuestra postura hacia la vida. Para algunos, la conciencia es un fastidio, un yugo que hay que sacudirse, una voz que les fastidia con sus prohibiciones y recriminaciones: «¿Por qué no me dejará en paz? Tanta gente lo hace, y mi conciencia no me deja...».


Es curioso que despotriquemos contra nuestra conciencia cuando normalmente no nos quejamos de nuestras demás facultades. Nadie se lamenta de poseer una buena inteligencia, o buenos sentimientos, o un buen sentido del olfato o de la vista. ¿Por qué enojarse ante una conciencia sana? Tal vez porque no nos deja disfrutar el mal «a gusto». Ciertamente este modo de pensar no es muy sano que digamos. El hecho de reconocer nuestra culpa después de haber obrado mal no es más que una consecuencia lógica; como es lógico que caigamos enfermos después de un atracón de veinticuatro hamburguesas. Si el mal nos inquieta, deberíamos sentirnos agradecidos; es señal de una conciencia sana. Querer hacer una maldad sin sentir remordimiento desentona con el verdadero sentido de nuestra vida.


Otros, en cambio, aceptan la conciencia como lo que es: un regalo. Quien de verdad quiere obrar correctamente, encuentra en su conciencia una herramienta sumamente útil, que le permite mantenerse en la senda correcta, aunque sea estrecha. Todo depende, por tanto, de lo que uno quiera hacer con su vida. Si un conductor, por ejemplo, en un arrebato adolescente, prefiere salir de la carretera para dar brincos con el coche por parajes agrestes, verá en la barrera de protección de la carretera un estorbo que se opone a ese capricho. Los conductores «normales» suelen agradecer que haya carriles señalados y barreras de protección que les ayudan a mantenerse sobre la cinta asfáltica. Quien decida vivir en conformidad con la verdad de su propia existencia, agradecerá igualmente el auxilio de una conciencia que le permita mantenerse dentro del camino que le llevará al objetivo que persigue.

Más allá del legalismo: el amor


Nuestras actitudes marcan el tono de nuestros actos y colorean nuestras reacciones. ¿Has estado alguna vez con una persona que ama verdaderamente el arte? Se puede pasar una hora contemplando un Renoir o un Monet, mientras que otro pasaría por delante sin ni siquiera darse cuenta. Una puesta de sol o un jardín radiante de color le provoca una necesidad irresistible de correr por una cámara fotográfica o por un pliego de papel y una caja de acuarelas. Su predisposición positiva le mantiene en perpetuo estado de «observador de arte» y todo le habla de arte.


Cada uno podría preguntarse: «¿Cuál es mi predisposición hacia lo bueno y lo malo? ¿Me entusiasma el deseo de vivir una vida recta?» Pienso que hay dos modos de responder a estas preguntas fundamentales. En primer lugar, tenemos a esas personas cuya meta en el campo moral es la de no infringir las reglas. Se sienten satisfechas con «mantener limpia su conciencia». Esta actitud se puede denominar legalismo moral. Para esta clase de gente, la moralidad es un código de leyes, un conjunto de reglas que hay que obedecer, límites que hay que respetar. Puesto que la tendencia normal de la gente es buscar el mínimo exigido, la moralidad se resuelve en los términos «permitido» y «prohibido».


El primer defecto del legalismo moral es que oculta nuestras omisiones, todo el bien que podríamos hacer, pero que no hacemos. A veces nos sentimos satisfechos con no cometer ningún delito, pero olvidamos que nuestro paso por esta tierra conlleva el deber de realizar obras de bien. También nos ocurre que pasamos por la vida haciendo muchas cosas que en sí mismas no son malas, pero que se centran en nuestros propios intereses, sin ofrecer ningún beneficio a los demás.


La esencia del cristianismo es algo más que evitar el mal: es imitar a Cristo, que «pasó haciendo el bien» (Hch. 10, 38). Esta realidad nos recuerda la parábola de Cristo sobre los talentos que un señor dio a tres siervos para que los administraran. Cuando el señor volvió para ver cómo habían aprovechado los talentos, alabó a los dos primeros siervos, pero al tercero lo condenó porque desperdició el talento que había recibido, escondiéndolo y perdiendo la oportunidad de lograr algún beneficio.


San Pablo se esforzó denodadamente por dejar su mentalidad de fariseo legalista, pues sabía que ella refleja la relación que se da entre un esclavo y su señor, y no la que corresponde a la verdadera libertad de los hijos de Dios. Defendió la ley del amor contra una legalidad fría y desencarnada. San Agustín comprendió tan bien esto que llegó a resumir la ley moral en su célebre frase: «¡Ama, y haz lo que quieras!». Cuando una madre está afligida porque su hijo está enfermo, no se conforma con cumplir su «deber» mínimo de madre; no se pregunta por el límite inferior de su obligación. ¡No! Movida por el amor, rebasa con mucho el mínimo exigido por «la ley», y se desvive por aliviar a su niño. Busca al mejor doctor, consulta a otros papás, consigue las mejores medicinas. ¿Por qué? Porque es el amor el que la impulsa y no la mera obligación.


Para quienes desean amar a Dios de verdad, para quienes aspiran a realizar cabalmente las potencialidades de su ser, la conciencia es un faro de luz de inestimable valor; es una guía que les permitirá recorrer el sendero del amor más elevado y de la donación de sí. Ella les alertará ante cualquier claudicación en la búsqueda de su ideal, y los impulsará hacia metas cada vez más elevadas.


Pocos escritores han descrito el poder del amor mejor que Tomás de Kempis: «Gran cosa es el amor; bien sobre manera grande; él solo hace ligero todo lo pesado y lleva con igualdad todo lo desigual. Pues lleva la carga sin carga y hace dulce y sabroso todo lo amargo... El que ama, vuela, corre y se alegra, es libre y nada puede frenarlo. El amor no siente la carga ni hace caso de los trabajos; desea más de lo que puede, no se queja que le manden lo imposible, porque cree que todo lo puede y le conviene. Para todo, pues, sirve, y muchas cosas cumple y pone por obra, en las cuales el que no ama desfallece y cae. El amor siempre vela, y durmiendo no se duerme; fatigado, no se cansa; angustiado, no se angustia; espantado, no se espanta; sino, como viva llama y ardiente antorcha, sube a lo alto y se remonta con seguridad. Si alguno ama, conoce lo que significa esta palabra».


En resumen, la conciencia orienta a quien vive en el amor, no en el legalismo, y le ofrece un camino seguro para emplear correctamente su libertad, dando respuesta a esa pregunta fundamental en la vida: ¿cómo usar la propia libertad?
 

Nuestra respuesta a esta pregunta (expresada con las obras y no sólo con las palabras) marca la ruta de nuestra vida y, a la larga, determina la clase de persona somos.

Capítulo 6: Armonía de la persona humana


Quien sigue su conciencia ha encontrado la puerta que conduce hacia una vida auténtica. Como dice William Kilpatrick, «La moralidad no consiste simplemente en aprender las reglas de lo bueno y lo malo; es una rectificación total de nosotros mismos». El hombre es como un cubo de Rubik, ese «cubo mágico» que estuvo de moda hace algunos años: ningún cuadro puede estar fuera de lugar. Todas las partes del hombre se encuentran interrelacionadas; se requiere la armonía entre ellas para que el hombre realice su potencial. Esta auto-rectificación suele llamarse comúnmente «madurez». A diferencia de los demás valores, que perfeccionan y complementan a la persona, la madurez sintetiza e integra los valores humanos en un todo orgánico.


A todos nos gusta que nos consideren maduros. Uno de los insultos más humillantes para un muchacho de quince años es que se le tache de «inmaduro». Los adolescentes ambicionan con todas sus fuerzas, además de ser aceptados por sus compañeros, que se les considere maduros. Cada año, muchos jóvenes estudiantes, recién salidos del bachillerato, se trasladan a otras ciudades para continuar sus estudios y, de paso, para paladear el sabor de la independencia (toda una oportunidad para determinar su porvenir y llegar a ser adultos).



La madurez es un valor universal, algo que todos desean por la imagen que expresa: «Soy maduro, soy independiente, sé pensar por mí mismo». Sin embargo, una cosa es que a uno lo consideren maduro y otra muy distinta es que en verdad lo sea. Damos así una vez más con la afirmación de que libertad no sólo no existe sin la responsabilidad sino que depende de ella.


Por lo general, la gente asocia la madurez con la edad (a mayor edad, mayor madurez). La edad, es cierto, tiene algo que ver con la madurez (nuestro desarrollo psicológico, intelectual, físico y espiritual se va verificando con el pasar del tiempo). Sin embargo, la edad no es el factor determinante. Hay octogenarios irresponsables, como hay muchachos maduros de catorce años. Basta un simple vistazo a los problemas que afligen a la sociedad en nuestros días para percatarnos de que no todos los mayores de 25 años son verdaderamente maduros.

Todos conocemos casos que ilustran este hecho lamentable. Un ejemplo típico es el hombre de mediana edad que abandona a su esposa y a sus hijos por una mujer más joven. Nuestra reacción inmediata puede ser de incredulidad, lástima y coraje: «¡Qué tontería! ¡Pobre mujer y pobres hijos! ¡Qué canalla!» Cabe notar, aparte de las obvias implicaciones morales, una absoluta carencia de madurez humana. En lugar de un hombre, tenemos un adolescente con toda la apariencia exterior de un adulto.


Mitos de la madurez


La cultura popular suele atribuir a la madurez elementos que no corresponden a su verdadera naturaleza. Hay tres mitos, en especial, entrelazados con las nociones modernas de madurez: 1) invulnerabilidad, 2) infalibilidad, 3) inflexibilidad.


En primer lugar, la madurez no es invulnerabilidad. Nuestra sociedad presenta a veces la madurez como si fuese una cierta inmunidad de toda tentación o maldad, como si lo bueno y lo malo fuesen cosas de niños. Los adultos suelen creer que ya están «más allá del bien y del mal» (para usar una expresión de Nietzsche). Basta pensar en los carteles colocados en las salas de cine o en los periódicos que anuncian películas pornográficas: «Sólo para personas maduras» (como si la preocupación por la moral fuese sólo un asunto de niños). La verdad, por supuesto, es todo lo contrario. Un adulto es maduro precisamente porque no necesita que nadie le diga que debe obrar el bien y evitar el mal. Actúa según sus convicciones personales y su recta conciencia.


Una persona madura reconoce sus debilidades. Evita las ocasiones que pueden conducirlo al mal y busca las oportunidades para hacer el bien. Como diría Alexander Pope: «Los necios corren allí donde los ángeles no se atreven ni a pisar».


Pensar que la madurez es invulnerabilidad equivale a decir que una persona no puede hacerse daño con una sierra eléctrica simplemente porque es madura. El adulto es capaz de usar herramientas peligrosas de alto poder precisamente porque está alerta ante el peligro y toma las precauciones necesarias para evitar cualquier accidente.


El segundo error es el de concebir la madurez como infalibilidad. Madurez no significa posesión de todas las respuestas. Nada más lejos de la realidad. Sócrates afirmó que el hombre sabio es aquél que reconoce su propia ignorancia. Mientras más madura es una persona, reconoce con mayor humildad sus límites. «La humildad, como decía santa Teresa de Ávila, es la verdad». Ni más ni menos. Y la verdad es que todos podemos equivocarnos. La persona madura reconoce sus debilidades y no se precipita en sus juicios. Pondera, estudia, consulta y decide con prudencia.


El tercer error consiste en asociar la madurez con la inflexibilidad. Algunos, equivocadamente, creen que la madurez consiste en una seriedad impasible y en una perpetua rigidez, como si el reír, el gozar de las cosas sencillas y el saber relativizar los problemas fuesen signos de inmadurez. Lo hermoso de la madurez es su armonía. Reír, conversar, apreciar a los demás, admirar las maravillas de la naturaleza..., son cualidades humanas bellísimas y forman parte de la madurez.


La persona verdaderamente madura sabe cuándo es tiempo de ponerse serio y cuándo de tomar las cosas con tranquilidad; no lleva su vida con superficialidad sino guiada por principios claros. El capítulo tercero del Eclesiastés nos ofrece una excelente sinopsis del equilibrio que es fruto de la madurez:


Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo:

Su tiempo el nacer, y su tiempo el morir...

su tiempo el destruir, y su tiempo el edificar...

su tiempo el llorar, y su tiempo el reír...

su tiempo el lamentarse, y su tiempo el danzar...

su tiempo el callar, y su tiempo el hablar...


Madurez significa tener la capacidad para discernir entre un tiempo y otro, y para saber lo que conviene en cada ocasión.


En busca de una definición


Tras examinar lo que no es la madurez, volvamos ahora a lo que sí es. La palabra tiene distintas acepciones, según el contexto. Un programa de televisión sobre la vida en el reino animal puede informarnos que un oso pardo macho «maduro» puede pesar más de 700 kilos. En otro momento, tal vez una amiga nos dirá que ha conocido a un hombre extraordinario y «muy maduro». El concepto «maduro» tiene, pues, diversos matices de significado. Por este motivo, es mejor ofrecer tres definiciones, en lugar de una.



Perfección de nuestra naturaleza


En el sentido más amplio, «madurez» significa cumplimiento o perfección de nuestra naturaleza, el punto más alto de un proceso de crecimiento y desarrollo. Se trata de un proceso unidireccional, progresivo, no de un simple «cambio». El proceso de maduración es un recorrido que culmina en la adquisición de todo aquello que una planta, un animal o un hombre debería ser. Un perro es «más perro» cuando llega a la cumbre de su desarrollo, a su «madurez». Hasta entonces había sido un «cachorro», más tarde será un «perro viejo», de esos que ya no aprenden nuevos trucos. Una manzana es «más manzana» cuando está madura. En algunos idiomas se usa la misma palabra para designar la madurez de una planta que la madurez de un ser humano. Así, por ejemplo, en alemán una manzana madura es ein reifer Apfel y un hombre maduro es ein reifer Mensch. También en francés una granada madura es une grenade mûre y una mujer madura es une femme mûre.


En este sentido la madurez se puede aplicar a las plantas, a los animales, a las personas, incluso a los vinos, a todo lo que se somete a un desarrollo orgánico. Esta definición vale también para la naturaleza física del hombre. Un niño crece hasta que alcanza la madurez; después el cuerpo empieza a deteriorarse. De aquí la expresión «en la plenitud de la vida»; la plenitud es el punto culmen del desarrollo físico de una persona.


Pero a diferencia de las manzanas y de los osos pardos, el hombre tiene también una naturaleza espiritual, y aquí adquiere la madurez su dimensión propiamente humana, del todo única. En las cosas meramente materiales, la madurez es un fenómeno estrictamente físico; la madurez humana, en cambio, es física, emocional, psicológica y espiritual.


Interiorización de los principios


Según una definición más restringida, se entiende por madurez la transformación de las normas y reglas externas en convicciones y principios internos. Este proceso de asimilación se irá dando de forma consciente y libre en la medida en que la persona aprenda gradualmente a reconocer y apreciar ciertos valores.


Los niños necesitan que se les vigile, incluso a veces que se les obligue de alguna manera, para que hagan la tarea o vayan a misa los domingos. Los papás tienen que poner un límite al tiempo que dedican los niños a ver televisión, ya que ellos no tienen la madurez suficiente para exigirse a sí mismos lo que conviene. Si un niño pudiera planear su propia dieta, seguramente pondría como plato fuerte de la cena una buena tajada de pastel de chocolate en lugar de una porción de guisantes. Al niño hay que imponerle las normas desde fuera, porque de otro modo se dejaría llevar por inclinaciones espontáneas e impresiones del momento. Aún no es capaz de comprender el porqué de muchas cosas ni ve la necesidad de sacrificar un placer inmediato en vistas de un mejor futuro. Éstas son cualidades propias de un adulto.


De modo semejante, un adolescente que se fuga del colegio y desperdicia su tiempo, que no sigue un programa de estudios, olvida la moral y se deja llevar por sus pasiones y tendencias
«naturales», no puede considerarse maduro.


Para el que es maduro no importa quién le esté mirando, ni qué están haciendo o dejando de hacer sus amigos, ni qué dirán los demás. Él lleva las riendas de su vida, siguiendo los principios y las convicciones que él mismo, libremente, ha hecho suyos.



Armonía de la persona humana


La madurez humana, en su sentido pleno, consiste en la armonía de la persona. Más que una cualidad aislada, es un estado que consiste en la integración de muchas y muy diversas cualidades; es un compendio de valores más que un solo valor. Podemos comparar la madurez con una obra de arte, con un cuadro de Rembrandt o de Velázquez. Los colores se combinan perfectamente. Todo está en su punto, las líneas, las figuras y las formas, la proporción y la perspectiva. Cada pincelada tiene su valor y cada color resulta indispensable para completar y perfeccionar la obra.


Lo mismo sucede con la madurez. Es armonía y proporción, es combinación e integración de cualidades humanas muy diversas en un conjunto orgánico: voluntad, intelecto, emociones, memoria e imaginación; todas las facultades de una persona humana. Pero no basta que estén presentes todos estos elementos; tiene que haber un orden y una armonía entre ellos. Sobre la paleta del artista descansan todos los colores, pero no por eso forman una obra de arte.


Esta armonía se traduce en la correspondencia perfecta entre lo que uno es y lo que uno profesa ser, y su expresión más convincente es la fidelidad a los propios compromisos. En una persona madura no hay lugar ni para la hipocresía ni para la insinceridad.


Así como una manzana madura es «más manzana», así una persona es más humana cuando alcanza la madurez. Pero a diferencia de lo que ocurre con las manzanas y las demás creaturas, el hombre es capaz de reflexionar sobre su naturaleza y de escoger libremente entre vivir o no de acuerdo con lo que debería ser como persona humana. De este modo, la madurez consiste en la conformidad entre el modo como vivimos y nuestra verdadera naturaleza.

Entre otras cosas, esto implica aceptar el propio estado de vida y actuar con coherencia. Una persona casada madura vive de acuerdo con la naturaleza del estado matrimonial; no se comporta como si fuera soltera -llevando una vida social más activa, quedándose en el trabajo hasta altas horas de la noche, viajando cuando se le ocurre...-. A partir de la boda, sus costumbres y pasatiempos, sus relaciones con los demás y el uso de su tiempo libre tendrán que regirse por el compromiso que libremente ha asumido ante Dios, ante los demás y ante sí mismo. Lo contrario sería vivir en la mentira: decir que se es casado pero comportarse como un soltero.


Madurez significa aceptar las alegrías y las dificultades que conllevan las propias decisiones, como hacen los esposos el día de su boda: «En la prosperidad y en la adversidad, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe». Las personas maduras son capaces de comprometerse sin temor, porque son dueñas de sí mismas y no esclavas de las mudables circunstancias.



Una generación "light"


El famoso psiquiatra y escritor español Enrique Rojas publicó en 1992 un libro titulado El hombre light, en el que compara la oleada de productos «light» que invadió el mercado en la década de los años 80 -Coca Cola sin cafeína, cerveza sin alcohol, margarina sin grasa, y edulcorantes sin azúcar- con un nuevo tipo de persona que carece de substancia, que es sólo apariencia, máscara, sin nada por dentro. Lo «light» está de moda, y con ello toda una forma nueva de ver la vida: todo light, flojo, reducido, aguado, vacío de contenido.


Rojas asevera que en este nuevo clima psicológico está surgiendo un nuevo modelo de persona: el «hombre light». Puede describírsele de la siguiente forma: un hombre indiferente a los valores trascendentes, que hace del dinero, del poder, del éxito, del sexo, del narcicismo y del pasarlo bien, la totalidad y el contenido de su vida. Carece de creencias firmes y no acepta que haya una verdad absoluta -aunque tiene un deseo insaciable de información-. Quiere saberlo todo, no para cambiar o mejorar sino, simplemente, para conocer lo que está pasando.


El «hombre light» se parece al que C. S. Lewis llama «hombre sin pecho». El pecho, según la terminología de Lewis, es el lugar donde residen el temperamento, los principios y la magnanimidad. El pecho tiene el cometido de conjugar la dimensión «cerebral» y «visceral» del hombre. Quien no posee principios, deja de lado lo más humano que hay en él. La superabundancia de datos y estadísticas no suple en modo alguno la falta de principios y de carácter. El racionalista no es el hombre más inteligente. «Su cabeza, como observa Lewis, no es más grande que lo ordinario. Lo que ocurre es que tiene el pecho atrofiado y por eso podría parecer que su cabeza es más grande».


El «hombre light» posee cuatro atributos característicos: hedonismo, consumismo, permisivismo y relativismo. Padece de un exceso de «cosas» y de una correspondiente carencia de valores. Harto y aburrido de la vida, busca una felicidad «a la carta». Su pensamiento es débil e inconsistente; sus convicciones, tambaleantes. En conjunto, el «hombre light» es una persona que no tiene puntos de referencia; no posee una meta en la vida ni un ideal que dé sentido a sus empresas.


En contraste con este tipo de hombre frágil, Rojas presenta otro modelo: el «hombre sólido». Mientras el «hombre ligth» avanza en todo, menos en lo más importante, el «hombre sólido» se compromete, se esfuerza; es consistente, profundo y moralmente auténtico; se sobrepone al escepticismo cínico reinante y es capaz de subir al plano espiritual para descubrir cuanto tiene de bello, noble y grande la existencia.


El «hombre sólido» es una persona madura. Su vida tiene una dirección y sus acciones encajan perfectamente dentro del significado de toda su existencia. La madurez es solidez. La madurez desemboca en ideales y genera la firmeza para mantenerse fiel a ellos. En términos parecidos, el padre Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, describe la diferencia básica entre el hombre maduro y el inmaduro: «La historia y la mentalidad modernas nos han acostumbrado a clasificar a los hombres en buenos y malvados, listos y tontos, ricos y pobres; pero tengo para mí que hay una distinción más básica y más en consonancia con lo que es el hombre; yo los separaría en generosos y egoístas, batalladores y sensuales. El egoísmo y la magnanimidad, la sensualidad y la lucha han partido al mundo en dos bandos penetrando todas las razas, las culturas, las edades y las estructuras sociales. Al fin y al cabo se puede ser materialmente el más pobre del mundo y el más tonto, pero si hay generosidad y espíritu de trabajo y conquista, ahí está un hombre que tiene su centro más arriba de sí mismo, un hombre que se ha tomado la vida en serio y ha puesto su ideal a rendir, un hombre abierto. Si a este ser humano le infundimos el amor a Cristo, si le ofrecemos un ideal trascendente, si le invitamos a cultivar la vida de gracia, tenemos ya al santo».

Un hombre así fue santo Tomás Moro. En 1960, el dramaturgo británico Robert Bolt escribió el estupendo drama Un hombre para todas las estaciones, del que luego se sacó una película que ganó el Oscar para la mejor película en 1966. Bolt, un no-cristiano, quedó tan impresionado por la firmeza de carácter de santo Tomás Moro, que se dedicó a estudiar e investigar sobre su vida.
 

Bolt, al igual que Rojas y Lewis, percibió también el fenómeno moderno del «hombre light». «Nos ocurre algo parecido a lo que pasa en las ciudades -comenta Bolt en el prefacio de su obra-, cuando termina el horario de trabajo se inicia una carrera a toda prisa hacia la periferia, dejando un centro completamente vacío...». Le cautivó la solidez de Tomás Moro por su contraste con la sociedad que le circundaba, cargada de ligereza. «Lo primero que me atrajo -escribe- fue una persona que no podía ser acusada en absoluto de incapacidad para vivir; una persona que valoraba la vida de múltiples formas; una persona que, sin embargo, encontró en sí misma algo sin lo cual la vida perdía todo su valor y que, al negársele eso, aceptó morir».


Ésta es, pues, una línea divisoria fundamental de la humanidad. Un hombre o es sólido o es «light», o es maduro o es inmaduro, o es egoísta o es abierto a los demás. Más adelante tendremos que analizar de cerca las características de estos dos tipos de personas.


Cuando yo era niño


Visitando el museo del Louvre en París, el Palacio de los Uffizi en Florencia o una de las numerosas iglesias de Roma, es fácil encontrar alguna pintura al óleo de Caravaggio. Sus obras maestras, cuyo efecto más característico es el claroscuro, son un testimonio de la fuerza que hay en el contraste. La luz y la oscuridad nunca resaltan tanto como cuando están una junto a otra. De modo semejante, los conceptos suelen verse con mayor claridad cuando se comparan con sus contrarios. Para aclarar lo que hemos dicho hasta aquí sobre la madurez, podemos presentar ahora un cuadro más o menos detallado del concepto opuesto: la «puerilidad» (del latín puer, que significa niño). El proceso de maduración humana, lo sabemos, no es otra cosa que el paso de la niñez a la edad adulta.


Al escribir a los corintios, san Pablo reflexionó sobre este proceso en su propia vida: «Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño» (1 Co. 13, 11). Y luego añade una distinción: «Hermanos, no seáis niños al juzgar. Sed niños en lo que se refiere al mal, pero como hombres maduros en vuestra manera de pensar» (1 Co. 14, 20).


Ser como un niño no es del todo malo. En numerosas ocasiones, Cristo exhortó a sus discípulos a ser «como niños», al grado de poner esto como condición para entrar en el cielo: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt. 18, 3). La palabra «niño» tiene dos connotaciones radicalmente distintas. Ser «como niño» significa ser sencillo, confiado, inocente y espontáneo (todas las notas positivas de la niñez). En este sentido, hemos de empeñarnos en ser como niños. Ser «pueril», en cambio, significa ser caprichoso, egoísta e ingenuo (en una palabra, inmaduro).


Tal vez si comparamos diez pares de características contrastantes, podemos precisar mejor el significado de la madurez. El primer término de cada par se asocia a la puerilidad y el segundo a la madurez. El siguiente cuadro presenta una síntesis de estas cualidades:


Niño Adulto

1 Superficialidad Profundidad

2 Impulsividad Reflexión

3 Inestabilidad Constancia

4 Sentimentalismo Carácter

5 Satisfacción Capacidad de

inmediata sacrificio

6 Autoestima exagerada Humildad

7 Subjetivismo Objetividad

8 Extremismo Equilibrio

9 Egoísmo Apertura

10Dependencia Independencia



1 Superficialidad vs. Profundidad


Superficialidad significa fijarse en lo externo sin penetrar en la esencia de las cosas. Una persona superficial se interesa más por las apariencias que por la realidad.


Los niños tienden a ser superficiales. Un niño vive de cada instante; su vida es un sucederse de experiencias y descubrimientos, uno tras otro. Cuando termina una aventura ya está empezando una nueva. No alcanza a ver bajo la superficie el hilo conductor de los acontecimientos o el significado más profundo de sus experiencias. Se contenta con tomar las cosas como vienen. Esta superficialidad en su mirada es el origen de ese candor inocente que lo caracteriza, pero también es la causa de su modo de juzgar basado en apariencias y primeras impresiones. Los niños son excelentes observadores, pero no suelen ser tan buenos para interpretar las palabras y las acciones de los demás.


La superficialidad no es exclusiva de los niños. Un amigo mío, al volver de visitar a su familia, a la que no había visto en varios años, me comentaba que su hermano menor, ahora de veintinueve años, se entretiene todo el día conduciendo a toda velocidad por las calles de la ciudad en un coche deportivo. Más tarde espera vender ese coche y comprar una motocicleta. Su hermana se pasa cerca de tres meses al año viajando por Europa con un grupo de ciclistas que se alegran cuando la gente les sale al encuentro. Mi amigo quedó algo apenado al ver que «sus vidas no tienen ningún otro sentido que el de pasarlo bien mientras puedan».


Una persona madura se caracteriza por su profundidad. Busca el significado detrás de la información; busca la realidad detrás de las apariencias. Este interés por llegar al fondo de las cosas le permite juzgar correctamente sobre las personas, los acontecimientos y las ideas. Para ser profundo hay que tener una mirada realista, libre de prejuicios y de críticas superficiales. Una persona madura sabe afrontar la realidad y manejarla tal como se presenta.

La «realidad» es un horizonte mucho más amplio que el de las cosas visibles o, más genéricamente, perceptibles para nuestros sentidos. No hay ninguna razón para suponer que lo invisible es necesariamente menos real que lo visible. El amor no es menos real que los trastos de la cocina. Dios no es menos real que sus criaturas. De hecho, es infinitamente más real. Todas las criaturas tienen un principio y un fin de su existencia. Dios, en cambio, no tiene principio ni fin.


2. Impulsividad vs. Reflexión


Un efecto de la superficialidad es la impetuosidad. Dado que una persona superficial percibe sólo las apariencias inmediatas, no es capaz de ver a distancia las consecuencias de sus acciones. Actúa sin pensarlo. Recuerdo cómo se accidentó un muchacho que vivía cerca de mi casa cuando yo era niño. Puso un petardo dentro de una botella y, cuando miró dentro para saber por qué no pasaba nada, el petardo estalló. Aunque los médicos le salvaron el ojo, su vista quedó dañada permanentemente. Es un ejemplo típico de imprudencia que deriva de la falta de reflexión.


A la impulsividad se opone la virtud de la prudencia: el hábito de reflexionar las cosas antes de actuar. La persona madura no suele lamentarse de sus decisiones, pues suele pensar y medir las consecuencias de sus acciones. Y esto vale para todo, desde si conviene o no hacer una inversión en tal negocio hasta qué cursos opcionales escoger en la universidad; desde el discernimiento vocacional hasta la elección de la pareja para el matrimonio.


Ahora bien, reflexión no significa indecisión. Nunca podremos tener una seguridad total ni tampoco es posible tomar en consideración todos los factores y posibles consecuencias de nuestros actos. La prudencia es equilibrio.


La reflexión entra en juego tanto al hablar como al actuar. ¡Cuánto lastiman las palabras duras y los comentarios desconsiderados! Como decía el apóstol Santiago, «El que no peca con la lengua es un hombre perfecto» (Sant. 3, 2). La reflexión puede librarnos de muchos remordimientos.

3. Inestabilidad vs. Constancia


Los sentimientos son volubles. Si dejamos que ellos tomen las riendas de nuestras decisiones, terminaremos siendo inconstantes. Es una de las características más típicas de los niños: no pueden entretenerse por mucho tiempo en una cosa. El niño empieza a armar un rompecabezas, y a los cinco minutos ya está harto; va entonces a jugar con el cochecito..., hasta que encuentra el monedero de mamá, tan atractivo para su espíritu explorador. No hay ningún principio que dé continuidad a lo que hace.


Los adultos inmaduros suelen ofrecer un cuadro parecido. Les falta constancia y tenacidad para realizar sus proyectos hasta concluirlos del todo. La persona que no ha alcanzado la madurez es irresponsable y difícilmente conserva un trabajo; desmerece toda confianza, ya que no se sabe si hará o no lo que se le encarga. Necesita que alguien esté detrás para supervisar su trabajo y evitar que se meta en problemas, pues sus antojos pasajeros fácilmente lo sacan de ruta.


Sólo una persona verdaderamente libre es capaz de comprometerse y de ser fiel a la palabra dada. Y sólo una persona madura es verdaderamente libre. Si uno es maduro, puede tomar decisiones responsables sin tener que arrepentirse. La responsabilidad, además, da estabilidad a la propia vida.


Cuando una persona madura toma una decisión importante en la vida, no se pasa años enteros replanteando su decisión: «¿Me habré equivocado? Tal vez no sabía lo que estaba haciendo; era tan joven. Creo que he cambiado de opinión...». La actitud de un individuo maduro es muy diferente: «Yo sabía que no todo iba a ser fácil; sabía que vendrían dificultades y sacrificios, y aun así determiné que valía la pena. Ahora lo que cuenta es la fidelidad». Viendo así las cosas, el hombre se libera de los altibajos del buen o mal humor y del vaivén de las circunstancias.


Algunas veces se subestima la tenacidad. En un número de 1993 de la revista US News and World Report, John Leo deploraba una campaña que pretendía eliminar las competencias deportivas en las escuelas para evitar traumas a los alumnos. El éxito de esta campaña, señalaba Leo, podía ser un desastre para el país.
 

El deporte enseña la virtud de la determinación, de la perseverancia y de la tenacidad, del trabajo en equipo, del valor. Saber ganar y perder, saber levantarse cuando se ha caído, saber retomar los aparejos y volver a empezar... ésta es la virtud que ha hecho posible los más grandes logros de la humanidad, tanto a nivel personal como colectivo. El duque de Wellington solía decir: «la batalla de Waterloo se ganó en los campos de juego de Eton».


Hay ciertos ideales por los que vale la pena luchar a toda costa. Ni siquiera quienes se esfuerzan por quitar las competiciones en las escuelas pueden soñar en tener éxito si no demuestran resolución, perseverancia y tenacidad.

La constancia implica autodisciplina. Cualquier trabajo u ocupación, por interesante que parezca, produce inevitablemente cierto tedio y hastío; de ahí la facilidad con que muchos se dejan llevar por las distracciones o dejan el trabajo a medias. Una persona madura, en cambio, jamás deja algo sin acabar, salvo en casos de verdadera necesidad; «obra comenzada, obra terminada». Comenzar un proyecto con entusiasmo es relativamente fácil; llevarlo a término no es así de fácil. La célebre fábula de Esopo de la tortuga y la liebre, tan válida hoy como cuando se escribió, es un testimonio del valor de la perseverancia. Más vale despacio, pero seguro...


4 Sentimentalismo vs. Carácter


El carácter es como un buen bistec: sólido y sustancial. Los sentimientos son sólo un aderezo. Es preciso mantenerlos en su lugar. Los sentimientos dependen de los estados anímicos, de las impresiones y de las sensaciones; el carácter, en cambio, se basa en principios y en una voluntad firme.


Los niños suelen dejarse llevar por sus sentimientos y deseos del momento. No necesitan que nadie les diga: «Si te gusta, hazlo», pues les brota espontáneo. El sentimiento y la espontaneidad llevan la voz de mando.


Una persona inmadura es como una hoja seca llevada por el viento, o una veleta que gira constantemente, sin una orientación fija. ¿Alguna vez has visto una hoja seca llevada por el viento? En un instante el viento la levanta y la lleva hasta una colina radiante de sol; pero un minuto más tarde, el viento la arranca de ahí y la deposita en un charco de aguas negras. La persona inmadura corre una suerte parecida, pues está a merced de sus impredecibles caprichos.

En una persona madura, la razón y la voluntad gobiernan sobre los sentimientos y los estados de ánimo. Por eso es capaz de actuar en un determinado modo aunque los sentimientos sean contrarios. Esto no significa que el hombre deba rechazar las emociones o reprimir ciegamente los sentimientos. No se trata, pues, de elegir entre razón o sentimiento, sino de determinar quién ha de gobernar. No debemos ofuscar la razón, pero tampoco reprimir los sentimientos; hay que armonizarlos. Los principios han de situarse por encima de los sentimientos. Quien forma el hábito de dirigir sus emociones a la luz de la razón y de la voluntad, se libera de esa terrible esclavitud que consiste en vivir de impulsos, sentimientos o impresiones.

Quizá esto pueda parecer una agresión contra la «espontaneidad». Nuestra generación suele valorar mucho la capacidad de adaptarse y de saber improvisar. «Hay que tomar las cosas como vienen, con flexibilidad...», se dice.


Sin embargo, la espontaneidad no siempre es ventajosa. En una charla informal o en un momento de descanso, algo de espontaneidad no viene mal. Pero nadie recomendaría al cirujano que le va a operar que proceda con absoluta espontaneidad. Un cirujano que se deja llevar de ocurrencias y experimentos improvisados en medio de una operación a corazón abierto no inspira mucha confianza. En éste y en otros muchos campos, preferimos la seriedad y la profesionalidad, en lugar de la «creatividad» o la espontaneidad. La clave es saber cómo actuar en cada circunstancia, y esto exige dominio personal.


Una persona madura es auténtica, es decir, lleva las riendas de su vida. Hay dos modos de entender la «autenticidad». Algunos la consideran como la expresión desinhibida de los propios impulsos instintivos, al margen de toda restricción. Esta visión vitalista de la autenticidad se queda muy corta y no hace justicia al hombre, pues lo reduce a la condición de un animal.


El otro modo de entender la autenticidad tiene en cuenta la naturaleza espiritual del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Según esta visión integral del hombre, la conciencia interviene para examinar las tendencias, los impulsos instintivos y las aspiraciones, aprobándolos o desaprobándolos. La autenticidad así considerada no es la expresión espontánea de nuestros impulsos, sino un ideal por conquistar. Es un esfuerzo por vivir de acuerdo con la verdad de nuestro ser y con el significado auténtico de la vida humana.


5 Satisfacción inmediata vs. capacidad de sacrificio


El mundo del niño es el presente; de ahí su natural impaciencia. No sólo quiere una galleta, sino que la quiere ahora. Decir a un niño que deberá esperar antes de salir a jugar es como decirle que no podrá jugar nunca más. Puesto que vive de sensaciones, un niño no tiene perspectiva de futuro, ni es capaz de planear el porvenir. Por eso es tan saludable enseñarle a meter su dinero en una alcancía. Así se va preparando para su vida adulta.

El hombre maduro actúa según su deber, por encima de los gustos a antojos del momento. Para los padres de familia no siempre resulta agradable cuidar a sus hijos, lavarlos, proporcionarles todo lo que necesitan... Afortunadamente para los niños, hay muchos padres generosos.

El sacrificio nunca ha sido popular. Cuando Jesús anunció a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame», seguramente los discípulos no pudieron evitar retorcerse un poco bajo la túnica. Ningún sacrificio es agradable. No sólo eso, sino que tampoco tiene ningún valor en sí o por sí mismo. El sacrificio sólo tiene valor en tres casos. Las personas maduras saben reconocerlos.


Como medio para alcanzar un objetivo. Toda elección conlleva una renuncia. Dejamos de lado un bien determinado, pero sólo porque así podemos obtener uno mejor. Un estudiante, por ejemplo, invierte varios años de su vida en prepararse profesionalmente, renunciando con frecuencia a muchas satisfacciones inmediatas, pero porque así podrá cosechar los beneficios después.

Como ejercicio para formar la voluntad. Algunas cualidades sólo se pueden adquirir con la práctica. La fuerza de voluntad es una de ellas. Un libro puede enseñarte las principales técnicas que se requieren para ser un buen jugador de fútbol, pero después habrá que practicar en el campo durante largas horas de entrenamiento. La abnegación es un entrenamiento indispensable para la voluntad.


Como acto de amor. Cuando uno se sacrifica por otro, es como si le dijera: «Mira, te quiero más que a mí mismo. Te prefiero a ti antes que a mí mismo». Todo regalo es un tipo de sacrificio, algo de nosotros mismos que ofrecemos a los demás.


La capacidad de sobreponernos a nosotros mismos y de llevar a cabo acciones costosas vigoriza nuestro carácter y nos abre el camino hacia la máxima realización de nuestras potencialidades. Toda grande obra y todo proyecto a largo plazo, incluido el de construir una personalidad auténtica, requiere fuerza de voluntad y capacidad de sacrificio.


6 Autoestima exagerada vs. humildad


Los niños suelen irse a los extremos. A veces son impetuosos y a veces excesivamente cautos. No han adquirido una perspectiva realista de sus capacidades y de sus límites. Esto mismo les ocurre a las personas inmaduras que nunca se ajustan completamente a la realidad.


La humildad consiste en conocerse y aceptarse a uno mismo, con las propias cualidades y limitaciones. Se es humilde cuando se tiene una mirada objetiva de uno mismo, sin creerse más ni sentirse menos de lo que se es en realidad. Para triunfar en la vida, es preciso conocerse con honestidad.


Quien es humilde es capaz de reconocer el valor de los demás. Se siente lo suficientemente seguro de sí mismo como para apreciar la riqueza de ciertas tradiciones, y no exagera el valor de la propia «creatividad». Richard John Neahaus escribió a este respecto: «La creatividad requiere humildad, que equivale a hacerse aprendiz del pasado. La creatividad del ignorante e inexperto no es sino «auto-expresión», que es, lamentablemente, lo que hoy muchos llaman creatividad. También los bebés son maestros de «auto-expresión» cuando se trata de chillar. Los adultos que solicitan la atención de los demás suelen dar por supuesto, desde luego sin ninguna garantía, que ellos mismos son interesantes para los demás. En realidad, las personas interesantes son aquéllas que se reconocen al servicio de una tradición; y las tradiciones interesantes son las que aspiran a una verdad o a un bien que está más allá de ellas mismas».

7. Subjetivismo vs. Objetividad


Los niños suelen tener una visión demasiado subjetiva de sí mismos. Esto no es más que un síntoma de un subjetivismo aún mayor. El mundo de un niño suele ser muy pequeño. Para él no existe más realidad que su experiencia personal y la impresión que le producen las cosas.

A medida que crece, el niño debe ir aprendiendo a ser más objetivo a la hora de evaluar diversas situaciones. Este hábito, juntamente con la reflexión, le librará de la precipitación al juzgar. Las personas maduras suelen entrar en el núcleo de las cosas y, después de sopesar los diversos factores, son capaces de hacer una evaluación justa y equilibrada.


Esta equidad es particularmente necesaria cuando se trata de la relación con los demás. Es preferible dudar antes que condenar tajantemente sus palabras o actuaciones. Bien puede valer como lema para nuestra relaciones con los demás: «Creer todo el bien que se oye; y no creer sino el mal que se ve».


Otra faceta de la objetividad es la capacidad para ver las cosas desde otra perspectiva. Es cierto que no resulta fácil abandonar nuestros prejuicios inveterados o las opiniones que hemos sostenido por mucho tiempo para valorar otras posiciones y puntos de vista, pero éste es un camino que libra del subjetivismo y nos hace más imparciales a la hora de juzgar.


8. Extremismo vs. Equilibrio


Los niños suelen ser muy ágiles para pronunciar juicios categóricos: o es blanco, o es negro; o es bueno o es malo. La realidad no es así de nítida. Todos los hombres, aunque con diversos matices, compartimos una tonalidad más bien grisácea: todos somos capaces de acciones muy loables, incluso heroicas; pero también somos capaces de horrendos crímenes.


Desafortunadamente, esta costumbre infantil de etiquetar a las personas y las cosas se convierte fácilmente en vicio para el resto de la vida. La madurez, en cambio, nos lleva a descubrir el lado bueno de todas las personas, a excusar sus defectos y sus faltas, a cultivar y potenciar la propia bondad.


Puesto que la madurez es armonía, la persona madura sabe discernir lo que es importante y lo que puede pasar a segundo plano. Así, por ejemplo, los padres de familia maduros detectan con facilidad aquello que, en la educación de sus hijos, no puede venir a menos. Muchas cosas pueden ser secundarias, pero la educación, la fe, la moral, el sentido de justicia y de caridad, son virtudes que no pueden dejar de fomentar y encauzar en sus hijos, y ellos lo saben.


Aristóteles enseñaba que la virtud está en el punto medio entre dos extremos. Así, por ejemplo, describió la valentía como el medio entre la cobardía y la temeridad. El cobarde huye del peligro; el temerario se mete de cabeza en él. El hombre valiente afronta el peligro cuando es necesario, sin cohibirse por el miedo.


Es importante, sin embargo, no confundir este equilibrio con la mediocridad. Buscar el justo medio no equivale a pactar con la tibieza. El hombre que reza todos los días y toma en cuenta el valor de la eternidad en sus decisiones no es un fanático religioso; es un realista. Una persona madura pone el énfasis donde corresponde: en lo que es más importante en la vida.


9. Egoísmo vs. Apertura


Los niños pequeños creen que ellos son el centro del universo. Todo gira alrededor de sus necesidades y deseos, y no son capaces de anteponer los intereses de los demás a los suyos propios.

El egoísmo es otro rostro de la inmadurez. La persona inmadura se encuentra tan ocupada en sí misma y en lo que le interesa que le resulta difícil pensar en los demás, comprenderlos, compadecerse de sus sufrimientos o compartir sus alegrías.


La madurez, en cambio, se caracteriza por la apertura y la sincera preocupación por los demás; es una disposición habitual de olvido de uno mismo para poner a los demás en el primer lugar.


Una niña de siete años se queja amargamente antes de recibir una inyección, y haría cualquier cosa por evitarla. Pero años más tarde podríamos encontrarla ofreciéndose para donar sangre en el hospital de la Cruz Roja, pues sabe que su sacrificio puede salvar la vida de una persona. La diferencia está en la madurez.


10. Dependencia vs. Independencia


El «borreguismo» es la plaga de los adolescentes. Los niños suelen pasar por períodos de inseguridad y necesitan que los demás los acepten. Es natural de esa edad; pero sería catastrófico arrastrar esta inseguridad toda la vida. La persona inmadura se preocupa demasiado por lo que los demás puedan pensar o decir de él; no posee la fortaleza necesaria para mantenerse firme en sus principios. Así, termina por actuar de modos muy diversos según se encuentre solo o con sus amigos o con otras personas.


La persona madura, en cambio, es consistente y actúa del mismo modo, sea que esté sola, sea que esté con otras personas. En su interior encuentra la dirección justa y el significado que debe dar a sus acciones, sin tener que acudir a otros parámetros que circulan por el mundo. La autenticidad es una tarea fundamental de nuestra vida, y sólo se logra a través de la coherencia entre lo que hacemos y lo que somos.


La independencia propia de la persona madura en relación con el ambiente tiene, además, otra dimensión: la capacidad para cuestionar los valores que la sociedad le presenta. Es característico de este tipo de personas el no creer todo lo que se escucha por ahí. Desde luego, no es señal de madurez el no creer en nada; eso es cinismo. La persona madura toma en consideración qué es lo que se dice, quién lo dice y por qué. Suele poner a prueba los valores que se le ofrecen confrontándolos con los principios ciertos y probados que posee. Como dice la carta a los hebreos: «El alimento sólido es para hombres maduros, que por razón de la costumbre tienen el sentido moral desarrollado para distinguir entre el bien y el mal» (Heb. 5, 14).


Después de repasar estos diez principios, tal vez podemos sentir cierto agobio ante la perspectiva de poner todo esto en práctica. Estudiar la madurez es una cosa; vivirla es algo muy distinto. ¿Es posible vivir humanamente como personas maduras?


Afortunadamente hay muy buenos ejemplos, incluso heroicos, de personas maduras. Podemos trasladarnos, por ejemplo, al mes de enero de 1993, a la ciudad de Bérgamo, en Italia. Una joven madre de familia llamada Carla Levati moría ocho horas después de haber dado a luz a Stefano, su segundo hijo. Durante el embarazo, los médicos le habían diagnosticado un tumor maligno, por lo que le recomendaban recurrir al aborto. Ella se rehusó. A quienes trataban de persuadirla para que se sometiese a la radioterapia, les decía: «Un día menos para mí es un día más para mi hijo».


Su esposo, Valerio, es un carpintero. A los reporteros que acudieron a entrevistarlo para pedirle su punto de vista, les dijo con toda sencillez: «Yo no sé nada de estas cosas. En mi vida, lo único que he aprendido es a meter clavos en la madera». Sin embargo, en un cuaderno desvencijado, que le servía a Valerio como diario, se encuentra la siguiente nota:
«Gracias, Carla, porque me has hecho un hombre completo. Me siento feliz de que haya nacido Stefano. Felicidades, Carla. Gracias. Adiós». A pesar de las pésimas noticias que nos ofrecen los periódicos todos los días, es posible todavía encontrar héroes en el mundo.


El camino a seguir


Los cristianos no tenemos que ir muy lejos para encontrar un modelo de madurez auténtica y un camino seguro para avanzar firmemente hacia ella. Jesucristo, el hombre perfecto, es el centro y el modelo de la vida cristiana. Él nos ha dejado un ejemplo consumado de madurez y nos invita a imitarlo.


Cuando uno piensa en la vida de Cristo, no puede dejar de conmoverle inmediatamente su profundo sentido de identidad personal. Él sabe quién es, y para qué está aquí. Al venir al mundo, resume su actitud en las palabras: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». Toda su vida es un desarrollo continuo de esa identidad, tanto que hacía de la fidelidad a ella su alimento: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y completar su obra» (Jn. 4, 34).

Jesús jamás sucumbió ante la opinión de la gente. Cuando las multitudes, admiradas por sus enseñanzas y milagros, querían llevárselo para proclamarlo rey, él se retiró solo, porque su hora no había llegado aún.


Y cuando llegó finalmente esa hora, se abrazó a la voluntad de su Padre y se entregó libremente a la muerte, a pesar de que su naturaleza humana se resistía ante la perspectiva de tanto sufrimiento. No podremos encontrar en ninguna parte un ejemplo más perfecto de madurez. La vida de Cristo es un libro abierto que nos revela la verdad sobre nosotros mismos y nos señala el camino a seguir.


La formación de una personalidad madura, verdaderamente integrada, es un ideal por el que vale la pena luchar. La sociedad actual, que con frecuencia valora más el «tener» que el «ser», necesita con urgencia nuevos testimonios de madurez. Sólo viviendo de acuerdo con la verdad de nuestro ser, podremos descubrir el camino que conduce a la felicidad auténtica y duradera.

Capítulo 7: En busca de la felicidad


Comprar regalos para los demás no siempre es fácil, sobre todo si no conocemos bien a la persona a la que queremos obsequiar. Por eso existen tantos libros que aconsejan cómo proceder ante esta cuestión tan espinosa. «Vamos a ver... podría usted comprarle un gatito», pero y ¿si no le gustan los gatos? o ¿si es alérgica...? «A él le podría regalar una corbata de Armani...», pero tal vez anda muy sobrado de corbatas; además, ¿cómo atinar a sus gustos? «¡Ah! podría regalarle una buena botella de Grand Marnier...», pero ¿y si es abstemio? Para acabar pronto, la clave está en encontrar alguna cosa que nuestro agasajado desee de veras y todavía no posea.


La sociedad ha encontrado una buena solución en las tarjetas de felicitación que nos intercambiamos en ciertas fechas importantes. «¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo!», «¡Feliz Cumpleaños!», «¡Feliz Aniversario de Bodas!», «¡Feliz Día de las Madres!». Todo es un «feliz» esto, o «feliz» aquello, independientemente de lo que estemos celebrando. Cualquier persona recibe estos buenos deseos con agrado -excepto, desde luego, las amargadas que refunfuñan de todo-, porque la felicidad siempre nos resulta apetecible, y jamás quedamos satisfechos.

¿Qué tiene que ver esto con los valores humanos? La felicidad es la reina de los valores, la «vasija de oro que está al final del arcoiris». Todos la buscamos y apreciamos sobremanera. ¿Acaso no es un bien para todo hombre? Como vimos en el capítulo segundo, hemos sido creados para la felicidad. Ese es nuestro destino: ser felices para siempre. Más aún, todas nuestras acciones tienden, en definitiva, a conquistarla. La felicidad no es un «medio» para obtener otros fines; no es un peldaño para llegar a otra meta. Nadie vende su felicidad simplemente para conseguir dinero; más bien, busca dinero porque lo considera un medio para alcanzar mayor felicidad.


¿Es feliz todo el mundo?


Si esto resulta tan claro, ¿por qué fracasan con tanta frecuencia nuestros esfuerzos por ser felices? El rostro del mundo contemporáneo nos sugiere que hay muy pocas personas verdaderamente felices. Un artículo de la revista Time (del 13 de septiembre de 1993), llevaba como subtítulo: «La alegría es muy difícil de encontrar en estos días, adondequiera que vayas, según un grupo internacional de encuestadores».


Es verdad, muchos ríen y se sumergen en distracciones, pasatiempos y entretenimiento, pero no dan muestras de haber conquistado la felicidad. Más bien parece que están huyendo de sí mismos. Un síntoma claro de esto es el rechazo, tan difundido en la actualidad, del silencio. Preferimos el ruido, la música, la actividad frenética, antes que enfrentarnos con nuestra propia realidad. ¡Cuánto nos ayudaría tomar un momento para reflexionar sobre nuestra vida y sobre el destino hacia el que nos encaminamos!


Cientos de libros hablan de la felicidad. Desde los antiguos filósofos hasta los psicólogos de moda, abundan las recetas para la felicidad, pero la gente no parece muy feliz. Basta caminar por las calles de París, Nueva York o Londres, y mirar a los ojos de la gente que pasa; casi todos llevan la mirada triste. Los periódicos y muchas personas conocidas nos descubren a diario la tragedia de la infelicidad.


A veces nos engañamos pensando que, para ser felices, se requieren muchos ingredientes: dinero, poder, placeres, «experiencias»... Es la consabida receta de la felicidad que propone la cultura moderna. Incluso las Naciones Unidas formularon en cierta ocasión una lista con 12 requisitos para la felicidad, que incluía la radio, la bicicleta y un juego de utensilios de cocina para la familia.


Sin embargo, apoyar toda la felicidad sobre el tambaleante soporte de las posesiones materiales y de la buena suerte es desconcertante. Estas condiciones son externas y, hasta cierto punto, no dependen de nosotros. Más aún, ninguna de ellas es permanente o segura. Jamás estaré seguro de poder conservar indefinidamente estos requisitos «indispensables» para ser feliz; por tanto, jamás seré verdaderamente feliz. Viviré angustiado, pensando que la felicidad es tan inestable como un castillo de naipes, próximo a precipitarse de un momento a otro. Sin embargo, la experiencia humana nos sugiere otra realidad. Hay personas que viven materialmente en la pobreza, pero son felices; como también hay millonarios que inspiran verdadera compasión.


¡Cuántos hombres de nuestra era se sienten como niños mimados: inundados de «cosas», pero profundamente insatisfechos! La civilización actual nos ofrece una infinidad de bienes de consumo que nuestros abuelos ni siquiera habían soñado. Y, sin embargo, tal vez la vida de muchos hombres hoy es más miserable y angustiada que la de la gente de hace unas cuantas décadas. El hombre sabe cómo construir un avión, cómo llegar a la luna; conoce el funcionamiento de un coche o de una computadora, pero se siente inmensamente infeliz porque, en el fondo, no sabe «cómo funciona» él mismo, ni para qué está aquí, ni cuál es el sentido de su existencia. El progreso tecnológico pone ante sus ojos muchas respuestas a sus «qué», «cómo» y «cuándo», pero no a sus «por qué».


Incluso Nietzsche llegó a decir: «Quien tiene un por qué vivir, siempre encontrará un cómo». Los «por qué» tienen que ver con el significado de nuestra vida, y este significado tiene que ver con nuestra felicidad. El problema está en que hemos puesto todo nuestro interés en los «cómo», dejando de lado lo que es fundamental: el «por qué».


¿Cómo solucionar esta situación? ¿Cómo alcanzar la felicidad? ¿Cómo ayudar a los demás a alcanzarla? La felicidad es escurridiza; se nos va de las manos; parece que no se deja alcanzar. En realidad, tal vez nos ocurre esto porque no sabemos qué es exactamente la felicidad. Por aquí habrá que empezar. Circulan muchas teorías sobre el significado de la felicidad; pero veremos que la única verdadera es aquélla que toma en cuenta lo que significa «ser hombre».


Tal vez muchas personas se verían en apuros para contestar a quemarropa esta pregunta: ¿qué es la felicidad? En parte porque hay diversos tipos de felicidad. Decir que uno «se siente feliz» después de beberse una copa de vino es algo muy diverso de decir, por ejemplo, que «Fernando es una persona feliz», o que «Carlos y Beatriz son una pareja feliz». Hay, pues, diversos tipos o grados de felicidad.


Grados de felicidad


El churrasco es uno de los platos más famosos de la comida brasileña. Consiste en un buen trozo de carne asada lentamente al carbón, después de una noche de remojo en una mezcla de vinagre, sal, y algunas hierbas y especias. Cuanto más tiempo pasa la carne en el remojo, tanto más se impregna del sabor de las especias. Todo depende del sabor que queramos.

Algo parecido pasa con la felicidad. Hay varios «grados de penetración». La felicidad puede ser algo superficial y pasajero, o puede penetrar hasta el corazón de nuestro ser. Tal vez mostrando los cuatro niveles básicos de felicidad podemos entender lo que significa esa palabra, según el contexto en el que se esté usando.


Primer grado: Disfrute


Todos hemos experimentado momentos de deleite, euforia, placer emocional. ¿Quién no se ha recostado plácidamente en la arena, olvidando todos los problemas, para tomar el sol y «dejar que las cosas se arreglen solas». Estos sentimientos pueden provenir de muy diversas fuentes: un paseo en bicicleta, una hoguera con los amigos, la contemplación del cielo en una noche estrellada. También se pueden producir artificialmente, recurriendo, por ejemplo, a las drogas o al alcohol.


La famosa canción de «Simon and Garfunkel» The 59th Street Bridge Song, asume una actitud típica de los años sesenta que también puede ser atractiva para muchos de nosotros:


«Más despacio, vas muy de prisa,

tienes que hacer que dure la mañana,

pateando una piedra por la calle,

buscando diversión y sintiéndote estupendamente...


No tengo hazañas que realizar,

ni promesas que cumplir,

estoy cansado, soñoliento y listo para dormir,

 deja que el amanecer deje caer sus pétalos sobre mí,

vida te amo, todo va estupendamente».


Ese «sentirse estupendamente» es una fuente muy superficial de felicidad, que poco tiene que ver con la realidad. Consiste simplemente en olvidar las preocupaciones, los compromisos, y refugiarse en sentimientos de falsa tranquilidad y libertad, como una balsa que se desliza suavemente sobre un río sereno. El «sentirse estupendamente» se puede entender de dos maneras: uno activo (la euforia), y otro pasivo (la despreocupación). Este tipo de felicidad ejerce su atracción sobre la capa más superficial de nuestro ser. Pasa por alto nuestras facultades superiores (la inteligencia y la voluntad) para ir directamente al nivel sensitivo de nuestra naturaleza: la imaginación, los sentidos externos y los sentimientos.


No está mal, desde luego, escapar de los problemas de vez en cuando para airearse, siempre que se usen medios lícitos, pero no debemos confundir estas «escapadas» con la verdadera felicidad. La experiencia nos enseña que la superficialidad suele desembocar en la insatisfacción.

Éste es el tipo de felicidad que prometen algunos cultos religiosos de moda, como el New Age, y la televisión de puro entretenimiento. Muchos canjean la posibilidad de una vida llena de significado por un caudal de sensaciones y experiencias superficiales. Al final, se quedan con el alma y con la mente marchitas y secas, como un mazo de flores agostadas. Éste no es el tipo de felicidad que satisface nuestros anhelos más profundos.
 

Segundo grado: Alegría


Hay días en los que uno se levanta «con el pie derecho». Todo sale a pedir de boca. El primer día de vacaciones, un aumento de sueldo, un premio de tres millones en la lotería... uno se siente dueño del mundo. Son grandes momentos, pero pocos en la vida y muy distanciados unos de otros.


La alegría y el gozo son muy parecidos; a veces no se pueden distinguir. Sin embargo, hay entre ellos tres diferencias notables: 1. La alegría puede ser ilusoria, mientras que el gozo es siempre auténtico. 2. La alegría es transitoria, mientras que el gozo es permanente. 3. La alegría sigue siendo, esencialmente, un sentimiento, mientras que el gozo es un estado habitual, un modo de ser.


San Agustín distingue muy bien entre la alegría y el gozo. Para él, el gozo es «la alegría en la verdad»; la alegría puede ser provocada por una causa buena o mala, mientras que el gozo siempre es fruto del bien (porque es en la verdad). Uno puede sentir alegría al pecar. Un esposo adúltero puede sentirse «alegre» cuando se encuentra con su amante en una cita clandestina. Un atracador de bancos puede sentir «alegría» cuando logra un golpe perfecto, dejando a la policía totalmente confundida. Hay una alegría buena (que brota de las cosas buenas) y una alegría perversa (que brota de las cosas malas).


Quien peca puede sentir alegría, pero no gozo. El pecado es una forma de mentira; el gozo se funda en la verdad.


Tercer grado: Paz


La paz es el tercer grado de felicidad. Consiste en la ausencia de conflictos, divisiones y de todo aquello que pueda perturbarnos o inquietarnos. Como uno de esos lagos cristalinos en una tarde de agosto, la paz es tranquilidad, serenidad, calma interior. La paz es ausencia de temores, angustias, dolores o lágrimas; la paz es reposo después del tráfago del día, serenidad después de las prisas, tranquilidad después de reconocer los fallos cometidos; la paz es eso que se experimenta cuando al final todo se arregla.


La verdadera paz sólo la disfrutaremos en el cielo, meta final de nuestro maratón terreno. Sólo allí todo será «perfecto»; sólo allí se secarán las lágrimas para siempre; sólo allí las heridas sanarán, desaparecerán las divisiones y cesarán las preocupaciones.


Aquí, en la tierra, percibimos sólo reflejos de esa paz, al menos los indispensables para darnos cuenta de que la anhelamos con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma.


Podríamos decir, incluso, que la paz y la felicidad son la misma cosa. De hecho, en la Sagrada Escritura se entiende la paz no sólo como la ausencia de todo mal, sino también como la presencia de todo bien. Para el hombre de nuestro tiempo, la paz se asocia normalmente con el reposo y la liberación de todo esfuerzo. En este sentido, la paz es necesaria para la felicidad, pero no es la felicidad en sí misma. La felicidad es un bien real, y no sólo la ausencia de otra cosa.


Tal vez los jóvenes tienen razón al no aceptar fácilmente que la paz se identifica, sin más, con la felicidad auténtica, pues les parece insípida, que no satisface. Ellos quieren acción, aventuras; les gusta soñar, planear, descubrir, en una palabra: vivir. La felicidad es vida. Por eso rechazan esa caricatura que algunos pintan de lo que nos espera en el cielo. Les repugna el tedio y la monotonía de un cielo de descanso, de contemplación, de coros celestiales que cantan salmos repetitivos una y otra vez...


Teniendo esto presente, hay que dar un paso más para descubrir la verdadera naturaleza de la felicidad: el gozo.


Cuarto grado: Gozo


Boecio, uno de los más grandes filósofos cristianos, describe la felicidad como «el bien que, una vez alcanzado, no deja espacio para desear otra cosa. Es la perfección de todos los bienes y contiene en sí todo lo que es bueno». Más adelante añade: «La felicidad es el estado perfecto por la posesión de todo lo que es bueno». Esta es la verdadera y perfecta felicidad. Esto es lo que en realidad anhelamos. El gozo consiste en poseer y disfrutar el bien, y esto sólo es posible plenamente en el cielo, donde el gozo se convierte en «beatitud», es decir, en posesión y disfrute de la Bondad Suma.


Ya se ve por qué resulta insuficiente ese concepto, demasiado infantil, que a veces tenemos del cielo. El cielo no es sólo la ausencia de problemas o de dolor, sino la presencia de todo bien. Jesucristo no habla del cielo como si consistiese en estar sentados sobre las nubes, tocando el arpa todo el día. Las imágenes que utiliza se refieren a banquetes, fiestas, bodas..., algo más atractivo, ciertamente, que una serie de ejercicios para arpa.


A San Pablo se le encadena literalmente la lengua cuando trata de describir el cielo y termina por decirnos, que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre pudo imaginar lo que Dios tiene preparado para aquéllos que le aman» (I Cor. 2, 9).


La felicidad no consiste en tener todo lo que uno quiere. No siempre queremos lo que nos puede hacer felices. El que es alcohólico querrá siempre un vaso con whiskey; el que es misántropo, querrá estar siempre solo; el que es dictador querrá siempre controlar a cuantos habitan la faz de la tierra. Para ser felices, necesitamos no sólo poseer lo que queremos, sino aprender a querer lo que es bueno.


Una cosa es saber lo que se quiere y otra, cómo alcanzarlo. Todos los hombres suspiran por sus sueños en la vida; y, sin embargo, muy pocos los realizan. Cuando un niño visita la tienda de animales y se obsesiona por una lagartija, que a él le parece particularmente atractiva, tiene que ingeniárselas para convencer a mamá de que aquel lagarto en miniatura tiene mucho que ofrecer a la familia. Saber lo que queremos es el primer paso, pero después viene el problema de cómo conseguirlo.


No basta decidir, de un momento a otro, que uno quiere ser feliz. La felicidad no es una actividad, como patinar sobre hielo o ir de compras al centro comercial. Ni siquiera es algo que podemos producir a fuerza de quererlo. La felicidad es un estado, una manera de vivir. Es más un efecto que una tarea, más una consecuencia que un proyecto.


En busca del tesoro


Retomemos la parábola de Cristo sobre el tesoro escondido en el campo, que comentamos en el primer capítulo de este libro:«El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo. El que lo encuentra lo esconde y, lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo» (Mt. 13, 44).


Conviene notar que el tesoro no está en venta. El tesoro viene con el campo. Sucede de modo semejante con la felicidad: no está en venta, no se puede escoger ser feliz directamente, sino sólo indirectamente, a través del uso de nuestra libertad en las decisiones de la vida diaria.

Entonces, ¿dónde está el secreto? ¿Cuál es ese campo donde está el tesoro escondido? Hay muchas respuestas para esta pregunta, tan sencilla en apariencia. La respuesta que el mundo suele ofrecer es la de las tres «p»: placer, poder y posesiones. Aunque esta respuesta, bien lo sabemos, no satisface nuestras aspiraciones más profundas, no deja de ejercer una fuerte fascinación sobre nosotros.


Las tres «p»


1. Placer


El placer es agradable, a todos nos gusta. Es inútil tratar de convencernos de lo contrario. El problema no consiste en saber si el placer es agradable o no; hay que preguntarse, más bien, si es suficiente. ¿Puede el placer colmar el espíritu humano? Me refiero en este caso al placer sensible, pues existe, por extensión, un tipo de placer «espiritual», de alcance más profundo.


Quienes han experimentado realmente el placer, nos aseguran que no basta. El célebre humanista francés del renacimiento, Michel Montaigne, asegura en el tercer libro de sus Ensayos: «Yo, que me jacto de gozar de todos los placeres de la vida tan a menudo y de forma tan particular, encuentro en ellos, cuando los observo detenidamente, que no son nada más que viento. Los placeres nos atraen fuertemente, pero una vez que los tenemos en la mano, nos damos cuenta de que son vanos y efímeros».


La Biblia nos ofrece un testimonio similar de la insuficiencia del placer para satisfacer las necesidades del espíritu humano. Así, por ejemplo, el libro del Eclesiastés sugiere, con palabras muy ilustrativas, el escaso valor de una vida acomodada: «Dije en mi corazón: "¡Ea, quiero probar la alegría; gozar del placer!... Resolví en mi corazón regalar mi cuerpo con el vino..., y entregarme a la necedad para ver dónde está la felicidad de los hombres y lo que hacen debajo de los cielos durante los días de su vida. Emprendí grandes obras, me construí palacios y me planté viñas; me hice huertos y jardines, y planté en ellos árboles frutales de toda clase. Me hice estanques de agua para regar con ellos un bosque fértil. Compré siervos y siervas, y tuve siervos nacidos en mi casa; tuve también mucho ganado, vacas y ovejas, en mayor número que todos los que me precedieron en Jerusalén. Amontoné plata y oro, y tesoros de reyes y de provincias; me hice con cantores y cantoras, y lo que constituye la delicia de los hombres, princesas en cantidad. Y continué engrandeciéndome más que cuantos me precedieron en Jerusalén... No negué a mis ojos nada de cuanto deseaban, ni privé a mi corazón de placer alguno... Luego reflexioné sobre todas las obras que mis manos habían hecho y sobre la fatiga que me había tomado por hacerlas, y he aquí que todo es vanidad, atrapar el viento, y no queda provecho alguno bajo el sol» (Ec. 2, 1-11).


Los psicólogos suelen hablar de la «ley de la saturación» y de la «desensibilización» de las personas en el disfrute del placer. Cuanto más nos abandonamos a los placeres, tanto menos nos satisfacen. Pasa aquí como con el uso de narcóticos: hay que incrementar constantemente la dosis para obtener el mismo nivel de gratificación. Así (incluso desde el punto de vista de los epicúreos), es preciso medirse en los placeres para poder apreciarlos. Evidentemente, si éste es el caso, hay que buscar la felicidad en otra parte.


2. Poder


La mayoría de la gente no admite que busca más poder, porque cae mal. Sin embargo, dada nuestra naturaleza y nuestra tendencia al orgullo, a todos nos gusta sentirnos superiores: nos gusta ser servidos y no servir; nos gusta que nos traten de modo especial; nos gusta hacer las cosas a nuestro modo. Esto es poder.


El poder, como el placer, no conduce a la felicidad. Quien alimenta su hambre de poder, en lugar de mantenerla a raya, alimenta lo que tiene de más bajo y vil. El deseo de poder es una pasión; si no la dominamos, ella nos domina. Y una vez que esta pasión nos encadena, podemos decir adiós a la felicidad.


Las vidas más trágicas de la historia han sido las de hombres obsesionados por el poder: Nerón, Napoleón, Hitler, Mussolini, para nombrar algunos de los más famosos. Julio César, el célebre emperador romano, dijo que él preferiría mil veces tener el dominio sobre una pequeña aldea, pero de modo absoluto, que ocupar el segundo puesto en el Imperio Romano.


El ansia de poder es un cáncer. Nos va comiendo por dentro, sin dejarnos en paz. No es un mal exclusivo de dictadores y potentados; a todos nos asecha.


Incluso cuando el anhelo de poder se ve satisfecho, deja un inmenso vacío en el alma. Basta leer las palabras de Abderrahman II, Califa del reino de Córdoba hasta el año 961, en su testamento: «He reinado por más de cincuenta años, en victoria o en paz. He sido amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Las riquezas, los honores, el poder y los placeres acudían inmediatamente a mi llamado. No hay bendición terrena que no haya tenido. Viviendo en esta situación, procuré contar con cuidado los días en que pude disfrutar de una felicidad pura y genuina. Fueron sólo catorce. ¡Oh hombre, no pongas tus esperanzas en esta tierra!


En el mejor de los casos, el poder es temporal e incierto. En el peor de los casos, el poder es obsesivo, y convierte al hombre en el peor enemigo de sí mismo. Cuando estaba en la cumbre de su poderío, José Stalin se volvió tan fanático y desconfiado que llegó a exterminar a sus amigos y colaboradores más cercanos, convencido de que estaban armando algún complot para derrocarlo. Las más de las veces, el poder nos acarrea ansiedad, no felicidad.

3. Posesión


Al corazón humano le gusta poseer. Cuando ponemos la mirada en algo que nos atrae, inmediatamente lo queremos para nosotros. La felicidad tiene mucho que ver con la posesión. Cuando tengamos todo lo que necesitamos, todo lo que anhelamos, todo lo que nuestro corazón desea, seremos felices, sin lugar a duda. El problema no está, pues, en poseer, sino en qué es lo que se posee.


¿Qué significa poseer? Significa tener pleno dominio sobre algo. Poseer no es simplemente tomar una cosa en la mano o traerla en el bolsillo. Cuando voy a la casa de un amigo y tomo un video, no pasa a ser de mi propiedad por el solo hecho de que lo tengo en mis manos. Lo tendré temporalmente en mi poder, pero no será mío para siempre.


Preguntémonos ahora: ¿acaso hay «algo» que poseeremos para siempre? Diariamente, miles de personas sufren robos y despojamientos. De un día para otro pierden sus posesiones. Los terremotos, las inundaciones y otras catástrofes naturales deberían recordarnos a todos que los bienes materiales son inestables, pasajeros; y que tarde o temprano los vamos a perder.


Hay que añadir, además, que las cosas materiales no son completamente «poseíbles». Ellas están ahí, fuera. No podemos poseer lo que es exterior a nosotros, sino lo que es interior: nuestra alma, nuestra libertad, nuestras virtudes. En cierto sentido, poseemos también nuestro pasado, todos nuestros pensamientos, palabras y acciones -lo bueno, lo malo, y lo feo. Nuestras decisiones y elecciones son verdaderamente nuestras.


Es mucho más importante ser que tener. Muchas personas tienen mil y una cosas, pero no son felices. Tener cosas no basta. Por eso hay tanto suicidio, tanto divorcio, tanto problema psicológico entre gente rica. Precisamente en esta semana, mientras escribía este capítulo, cundió la noticia del suicidio de tres prominentes hombres de negocios.


¿Por qué habrá dicho Jesucristo: «Felices los pobres de espíritu»? Porque las cosas no satisfacen. Si aceptamos la falacia de que la felicidad consiste en tener cosas, no deberá maravillarnos que seamos víctimas de la depresión cuando, después de alcanzar una notable fortuna, nos demos cuenta de que aún estamos vacíos interiormente. Esto es lo que significa «atrapar el viento».


Con cuánto tino describe Dickens en su obra Great Expectations la profunda insatisfacción que experimenta quien posee todo lo que el dinero puede comprar. Pone en los labios de Pip estas palabras, una vez que ha acumulado su fortuna: «Hemos gastado tanto dinero como hemos podido, y a cambio hemos recibido tan poco como la gente nos ha querido dar. Hemos sido más o menos miserables, y la mayor parte de nuestros conocidos han estado en la misma condición. Siempre rondó sobre nosotros la alegre ficción de que éramos felices, junto a la esquelética verdad de que nunca lo fuimos».


En resumidas cuentas, las tres «p» son campos estériles. Podemos excavar todo lo que queramos. Podemos traer picos, excavadoras o maquinaria pesada. En estos campos jamás encontraremos ni tesoro, ni felicidad. Tal vez podamos desenterrar alguna baratija, suficiente para mantener nuestro interés, como los buscadores de oro, que se pasan la vida haciendo minas sólo por haber encontrado dos pepitas. Jamás los veremos millonarios.


Las tres «p» no sólo no nos obtienen la felicidad sino que, además, nos obstruyen el camino para alcanzarla. Jesucristo lo sabía. Por eso nos ofreció una misteriosa alternativa: los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. La pobreza (no el despojo, sino el desapego de las cosas) nos libera de la esclavitud de las posesiones. La castidad (no la represión, sino el correcto uso de la sexualidad) nos libera de la esclavitud del placer. La obediencia (no la sumisión ciega, sino la libre dependencia de Dios y de la autoridad legítima) nos libera del apego al poder y al orgullo. Sólo cuando nuestra mente se libera de la voz de estas tres sirenas -las posesiones, el placer y el poder-, podemos ir en busca de la verdadera felicidad.

Tres campos fecundos


Si la felicidad no se encuentra en los campos señalados convencionalmente por la sociedad materialista, ¿dónde podemos encontrarla? La respuesta no es suficientemente sensacional como para ponerla en la primera plana de los diarios o en las revistas de sociedad. No es una solución rápida, como las medicinas milagrosas o los limpiadores que anuncian los supermercados. Sin embargo, una vez más, lo que cuenta no es el campo, sino el tesoro que encierra.


El amor


El amor es el don de sí. Lo curioso de este don es que no se pierde cuando se da. Cuando damos dinero, perdemos dinero. Cuando damos nuestro tiempo, nos queda menos tiempo. Cuando damos comida o vestidos o cualquier otro bien material, merman nuestras pertenencias. Pero cuando nos damos a nosotros mismos, terminamos con más, nos ganamos a nosotros mismos.


Entre las excelentes historias de Among O. Henry, una de las mejores es El regalo de los magos. Es un cuento sobre una joven pareja (James Dillingham Young y su esposa Della) que apenas tienen para sobrevivir con lo que gana James. Viven en un pequeño apartamento en la ciudad, y a duras penas les alcanza el presupuesto, pero son felices. Cuando se acerca el invierno, cada uno busca el modo de conseguir dinero, pues en su corazón ha decidido ofrecerle al otro el mejor regalo de Navidad. La posesión más valiosa de James era el reloj de bolsillo de oro, que había heredado de su padre. Della piensa que el mejor regalo que puede ofrecerle es una cadenilla para su reloj. Viendo que el precio de la cadenilla era muy superior a sus posibilidades, Della optó por vender su largo y hermoso cabello oscuro.


James tenía sus propios planes. Después de recorrer la ciudad, finalmente encontró el regalo perfecto para su querida esposa: un juego de peines de concha de tortuga para su hermoso cabello. Viendo que le alcanzaba el dinero que tenía, optó por vender -ya se adivina- su reloj de bolsillo para comprar los peines.


El amor es así. Ridículo. Ilógico. Tonto. Pero ¿qué es la vida si falta el amor? ¿Qué clase de significado se podría dar a una vida sin amor? El amor es una realidad difícil de conceptualizar, un misterio que no admite explicaciones fáciles. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, y Dios es amor. Sin amor nos convertimos en monstruos de la naturaleza; nos volvemos un enigma para nosotros mismos. Jesucristo ya había advertido que hay más felicidad en dar que en recibir, y así es. La felicidad se encuentra en el olvido de sí y en la donación a los demás.


Esto nos lleva a una importante conclusión, que hace estremecer a la mentalidad contemporánea: ¡la felicidad y el sufrimiento no son dos polos contrapuestos! Los publicistas se han afanado por hacernos creer que la solución para la infelicidad es la eliminación del dolor: «tómate una pastilla», «tómate unas vacaciones», «tómate un trago». Enredados en esta mentalidad, difícilmente podremos comprender la lógica del amor. El amor no rehuye el sufrimiento. El misterio del amor es un misterio de sacrificio, de abnegación, de olvido de sí en favor del otro. Por eso la cultura de los "algodones" y del "sentirse bien" es incapaz de ofrecer felicidad, porque nos incapacita para amar. Y nos incapacita para amar porque nos incapacita para olvidarnos a nosotros mismos.


Parece extraño que las personas más felices del mundo sean personas que han sufrido mucho. Blindar nuestro corazón para hacerlo insensible al dolor es deshumanizarnos. Tú y yo hemos sido creados para amar, y encontraremos nuestra realización y nuestra felicidad en esta sublime actividad humana. Como dijo Corneille: «En la felicidad de los demás yo busco la mía».

El mayor obstáculo para la felicidad es el egoísmo o la búsqueda de uno mismo. Nadie es una isla. Quien se cierra en sí mismo jamás podrá ser feliz, porque «no es bueno que el hombre esté solo» (Gen. 2, 18).


No sin razón, la reclusión solitaria es uno de los peores castigos. Importa poco si las murallas las construyen los demás para encerrarnos o si las levantamos nosotros mismos para mantener fuera a los demás. Nuestra pequeñez e impotencia nunca son tan evidentes como cuando estamos completamente solos. Y nadie está tan solo como la persona que está llena de sí misma.

Egoísmo significa hacer de uno mismo la medida de todas las cosas. Es la preocupación exagerada por sí mismo, por el propio mundo y los propios problemas. Egoísmo es buscar lo más fácil y cómodo, en lugar de lo que es justo, noble y bueno. Egoísmo es esa mirada individualista, que considera siempre a los demás como enemigos. El egoísta ve en su vecino un rival, como una hiena mira a otra mientras giran alrededor de la misma presa: o es mía o es tuya, pero no puede ser de los dos. No hay espacios para la solidaridad en este esquema.
En lugar de tratar al otro como persona, el egoísta lo usa, le saca provecho.


La felicidad y la caridad (el amor) caminan juntos. El egoísmo destruye la caridad y, por lo mismo, aniquila la felicidad. Como sugiere el P. Marcial Maciel en una carta escrita en 1977: «La caridad abre, el egoísmo cierra; la caridad mantiene el ideal, el egoísmo lo agosta; la caridad agudiza la conciencia y tensa la voluntad, el egoísmo embota la conciencia y tuerce la voluntad hacia otros fines; la caridad perfecciona, el egoísmo apoca. La caridad inquieta, es dinámica, es apostólica...»


La vida consiste en aprender a amar. Puesto que tendemos espontáneamente a buscarnos a nosotros mismos, dada nuestra naturaleza herida por el pecado, tenemos que permanecer alertas para mantener el egoísmo a raya. Sólo dominándolo podremos ser libres para amar.

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El segundo campo es la fidelidad. La fidelidad es el fruto y la culminación del amor. Es la capacidad para comprometernos, para vivir de acuerdo con la palabra dada, aunque las circunstancias cambien y se tornen adversas. La persona fiel no se apoya en las arenas movedizas de la fortuna, sino que vive en la libertad del autodominio. La fidelidad no necesita poesía, porque el alma fiel es el más bello poema que se puede admirar en esta tierra. Las palabras sobran. Es una virtud que se caracteriza por las obras, hechas en silencio y sin aspavientos. La fidelidad es un verdadero heroísmo, porque supone perfección y constancia.

La fidelidad consiste en la identidad entre el «yo debo» y el «yo quiero». Todos hemos tenido en la vida dos experiencias muy profundas, las más profundas que se pueden tener: la experiencia del deber y la experiencia de la libertad. Si uno hace lo que debe, está cumpliendo su deber, su «yo debo». Pero si lo hace libremente, porque quiere hacerlo y no sólo porque debe hacerlo, entonces está realizando su «yo quiero». Cuando el «yo quiero» y el «yo debo» coinciden, la felicidad brota espontánea. El «yo debo» sin el «yo quiero» crea una experiencia de esclavitud; el «yo quiero» sin el «yo debo» produce vaciedad.


Hay muchas obras buenas que despegan muy bien, como un cohete, pero pronto se desvanecen. Es fácil empezar con entusiasmo, pero es difícil conservar el mismo espíritu durante todo el trayecto. Los actos heroicos aislados se parecen a un «sprint». El heroísmo de la fidelidad es un «maratón».


El mundo occidental ha dejado de ser una cultura de la fidelidad; ahora es una cultura de la infidelidad. Antes, todos nuestros héroes eran héroes de la fidelidad: escuderos fieles a sus caballeros, caballeros fieles a sus reyes, reyes fieles a sus pueblos y a sus príncipes.


Tenemos, por ejemplo, la fidelidad de Penélope, la esposa de Odiseo, que esperó contra toda esperanza por veinte años, mientras su marido volvía de Troya. Rechazó con valentía las oleadas de pretendientes que llegaban a diario para cortejarla y casarse con ella. Tenemos también la fidelidad de Cordelia, la hija del Rey Lear, que se mantuvo firme junto a su padre a pesar de tanta incomprensión.


Por otra parte, la historia no ha titubeado al calificar de villanos y canallas a los máximos traidores de la amistad y la confianza. Todavía nos estremece la traición de Bruto, amigo y después asesino de Julio César; o la traición de Judas Iscariote, quien entregó a su Señor por treinta monedas de plata.


Hoy, sin embargo, la infidelidad goza de las mejores credenciales y se presenta como camino de libertad y espontaneidad. En otros tiempos, la infidelidad era considerada como lo que es: una traición. Hoy recibe títulos menos drásticos, que suavizan su dura realidad. Usamos expresiones como «echar una cana al aire», tener una «experiencia inocente» o una «aventurilla».

¿Quiénes son los héroes de nuestro tiempo? Tenemos, por ejemplo, a James Bond, el «agente 007»: un tipo simpático, que conjuga sus buenas maneras con una vida moral a ras de tierra y un corazón tan voluble como las circunstancias que le van saliendo al paso. Como Bond, muchos héroes de turno son personajes de telenovela, que planean cómo engañar a sus esposas, a sus amigos y a sus socios. ¡Cuántos cantantes y estrellas de cine viven, ya fuera del escenario, las mismas tragedias que representan en sus canciones y películas!


La infidelidad, por desgracia, aunque parezca fascinante y alucinadora, es uno de los caminos que conducen con mayor certeza al vacío y a la desilusión.


Las relaciones marido y mujer, médico y paciente, abogado y cliente, socios de negocios, exigen confianza. Quien es fiel a sí mismo y a sus principios, a Dios y a los demás, es una persona íntegra, de una pieza. Y esta integridad es ingrediente necesario para ser felices.


Dios

Aunque parezca muy obvio, el tercer campo de fecundidad es nuestra relación con Dios. Quizá no es tan obvio. Hoy se discute mucho sobre la posibilidad de construir una ética totalmente «laica», que no tenga ninguna relación con un Ser Supremo. ¿Es posible ser felices sin Dios? Muchos afirman desesperadamente que sí. Y digo «desesperadamente» porque les da pánico reconocer que, para ser verdaderamente felices, es necesario recurrir a Dios.


El hombre es un ser espiritual. Por eso pasa espontáneamente de lo finito y lo limitado a la búsqueda de lo Absoluto. El espíritu humano tiende al infinito; jamás se satisface con los bienes limitados, aunque sean muchos. Aunque se sumerja en mil placeres, aunque se lance por incontables aventuras y obtenga todas las posesiones que el mundo le ofrece, el espíritu, insatisfecho, se levanta, mira hacia lo lejos y pregunta: «¿No hay nada más?».


A todos nos sucede que buscamos y no encontramos; buscamos a izquierda y derecha, miramos en derredor y debajo de nosotros, pero no se nos ocurre levantar la mirada y buscar arriba. Sólo Dios es capaz de llenarnos plenamente, porque Dios es infinito. El vacío infinito que reside en nuestros corazones sólo puede llenarlo un Ser infinito. Blas Pascal, en sus Pensamientos, nos ofrece un diagnóstico estupendo de esa sed insaciable que tenemos de felicidad: «Un abismo infinito sólo puede ser colmado con un objeto infinito e inmutable, es decir, sólo con Dios mismo».


Más cercano a nuestros días, C.S. Lewis, en su popular obra Mere Christianity, explica por qué la felicidad sin Dios no es más que un sueño inconsistente: «Lo que Satanás hizo creer a nuestros antepasados remotos fue la idea de que ellos podían inventar algún tipo de felicidad lejos de Dios, apartándose de Dios. Y a raíz de ese intento desesperado fueron llegando todas las cosas que denominamos historia humana: dinero, pobreza, ambición, guerras, prostitución, diferencias de clases, imperios, esclavitud; la larga y terrible historia del hombre que intenta encontrar algo para poder ser feliz, pero al margen de Dios. Sin embargo, esto es imposible, ya que Dios es nuestro Hacedor. Él nos «inventó», como un hombre inventa una máquina. Y así como el hombre fabrica coches que funcionan con gasolina, y éstos no pueden funcionar con otra cosa que no sea gasolina, así también Dios dispuso que el hombre «funcionase» solamente con Él. Dios mismo, y sólo Él, ha querido ser la gasolina para que nuestros espíritus ardan, el alimento para que nuestros espíritus se nutran. Por eso no tiene sentido pedir a Dios que nos permita ser felices «a nuestra manera», sin tener que preocuparnos de la religión. Dios no puede darnos la felicidad y la paz fuera de Él, simplemente porque fuera de Él no existe tal cosa».


Puesto que la persona humana es una, todas las dimensiones de su vida están ligadas entre sí. La felicidad no es un elemento aislado, independiente de los demás aspectos de su vida. Todos los valores, incluida la felicidad, forman una red y se apoyan mutuamente. Todas nuestras decisiones, iluminadas y orientadas por la conciencia, son como las ramas que convergen en el sólido tronco de una personalidad madura, enraizado en la libertad. La felicidad es el fruto maduro de ese árbol. Si la raíz, el tronco y las ramas son sanos, siempre habrá frutos.


La clave para encontrar algo es buscarlo donde está. La felicidad está en Dios. No pretendamos encontrarla en otra parte. Las creaturas de la tierra, buenas en sí, no son más que señales que apuntan hacia el Bien Supremo. Lo importante es no confundir las señales con el punto de destino. Si somos conscientes de que nuestra vida es un viaje, disfrutaremos de la vida como un viajero disfruta de su viaje. El viajero -el peregrino- es feliz por la esperanza, por la certeza de que poseerá en el futuro lo que hoy todavía no posee. Un día no muy lejano, cuando el viaje haya concluido, gozaremos la felicidad del destino conquistado.




Un valor no se aprende como se aprende un dato cualquiera; el valor se asimila. Tampoco se enseña, sino que se testimonia. Si queremos contribuir a hacer felices a los hombres de nuestro tiempo, los discursos y los argumentos, por ingeniosos que sean, nos salen sobrando. Sólo el ejemplo de nuestra vida auténtica, cimentada en la roca firme de los verdaderos valores, puede ayudarles. El único camino para librar a nuestra era de una visión superficial y subjetiva de los valores consiste en tomar en nuestras manos los auténticos valores y mantenerlos muy en alto para que todos puedan apreciar su bondad y su belleza.